Chapter 11
VI/ El cerco invisibl e
San Sebastián amaneció mojada y gris. Lo de Pasajes seguía moviéndose por dentro y, desde arriba, alguien ya había decidido que aquel día no se defendía nada: se entraba a quedar fijado.
El pasado mañana de la notificación llegó sin ceremonia. Antes de ver el edificio, Santiago supo que allí la carretera y el instinto servían de poco: corredor, fluorescentes, DNI en la mano y una línea pintada en el suelo decidían el resto. Lo demás lo llevarían otros desde lejos.
Por el prepago, Mikel Legarza, «el Lobo», fue al grano.
No quería historia; quería dejar claro qué tocaba fuera y qué tocaba dentro.
Si lo de Pasajes ya había saltado a diligencias, había que saber qué presencia rodeaba el juzgado y por qué enlace podía estar corriendo aquello mientras ellos estaban dentro.
—Quédate fuera —dijo Legarza—. Entradas, salidas, coches raros, matrículas si puedes. Dentro ya te miran otros; tú dime qué puerta se mueve.
Jarri no preguntó por qué. Preguntó por el perímetro.
Legarza se lo dio en dos frases y remató con una regla útil: si ves registro, no mires al que pregunta; mira qué puerta cubre.
A Alberto, en cambio, lo quería dentro: no para acompañar, sino para leer pasillo, acuse y añadido, y para que Santiago no se quedara solo cuando el trámite se cerrara.
Fueron hacia el juzgado sin hablar. Alberto iba medio paso por detrás, leyendo esquinas y reflejos, pero también el tipo de mañana que les esperaba dentro. Era temprano: llegar tarde también es dejar constancia .
Al letrado Jorge Argote lo activaron la misma tarde en que llegó la citación.
Santiago no quiso un turno de oficio ni un nombre al azar.
Quiso a un viejo conocido de los tiempos de Intxaurrondo, alguien que había visto demasiados papeles venir torcidos y sabía distinguir una diligencia de un recado con membrete.
Lo llamó desde el prepago y le dio lo justo: juzgado, hora y que no entrara con ellos.
Apoyado en una columna, Argote los esperaba antes del arco, como si estuviera allí por rutina.
Santiago reconoció antes la carpeta de cartón con gomas que la cara: pesaba igual que ciertos viajes de carretera.
Sesenta y ocho años, pelo oscuro peinado hacia atrás sin agua, barba de dos días muy medida.
No llevaba toga; llevaba carpeta y una pluma barata que, en su mano, parecía un bisturí.
Saludó sin aspavientos, mirando primero alrededor y después a Santiago.
—Mira quién está aquí… —dijo Argote, y la voz le salió más humana que jurídica—. El comandante Luque.
Se acercó lo justo y le dio un apretón breve en el antebrazo, viejo gesto de cuartel. Sonrió apenas.
—Qué tiempos los de Intxaurrondo, ¿te acuerdas?
Tú con los Equipos Rojos , yo entrando y saliendo con Galindo por los pasillos.
Escúchame bien: hoy no has venido a explicarte.
Lo de Pasajes, si no es hecho limpio, no existe.
Y fuera de sala, nada de firmar ni de hablar por educación. Aquí la educación la usan otros.
Santiago asintió una sola vez. Alberto miró la carpeta de Argote y luego el arco.
Dentro, el edificio ya imponía. Olía a lejía y papel húmedo.
El arco no pitó, pero obligó a vaciar los bolsillos en una bandeja de plástico helada.
Santiago dejó reloj, llaves y monedas y notó el frío en las yemas como si le desarmaran algo más que el metal.
El funcionario tomó el DNI; lo retuvo un instante de más, miró la foto, miró la cara y luego bajó la vista a la pantalla.
Tecleó sin prisa. A Santiago se le cerró un punto la mandíbula.
Al devolvérselo, no sonrió. Señaló una marca torcida en el suelo.
Argote miró el reloj, levantó apenas la carpeta y les hizo un gesto corto con la barbilla .
—Paso dentro y me visto —dijo—. Vosotros entráis detrás y no habláis con nadie hasta verme sentado.
—Aguarden ahí —dijo el funcionario—. No entren hasta que les diga.
Cuando devolvió el carné, no dijo “Guardia Civil”. Dijo “la Guardia”, corto, como quien coloca una categoría. En el corredor, dos personas se apartaron lo justo para no rozarlo. No lo miraron: reajustaron el cuerpo.
La línea era torcida, de pintura barata, y aun así mandaba. Esperaron detrás. Una impresora escupió dos páginas tras una puerta cerrada y alguien grapó: chasquido seco de oficina. Pasaban togas y carpetas. Cada vez que Santiago giraba un poco la cabeza, alguna conversación bajaba un tono.
Argote reapareció, con la carpeta bajo el brazo y la toga aún sin asentarse del todo en los hombros. Se detuvo un segundo junto a Santiago.
—Dentro, si la abogada de la acusación te busca la cara, no se la regales —murmuró—. Tú al juez. Siempre al juez.
Pequeña y blanca, la sala tenía esa limpieza que no tranquiliza. La silla crujió cuando Santiago se sentó. Puso las manos planas sobre la mesa, sin entrelazarlas. Alberto se sentó al fondo, cerca de la puerta, en ese punto desde el que se lee mejor un acuse que una cara.
Arantxa Zulueta, acusación popular , con un pasado que todos conocían y nadie recordaba en voz alta —simpatizante de HB en los noventa, detenida más de una vez por altercados de kale borroka, y luego candidata elegible por la izquierda abertzale en dos comicios municipales que nunca llegó a ganar—, ya estaba dentro.
A Santiago le bastó leer el nombre para preguntarse qué pintaba una acusación popular de ese signo en una causa de tráfico de drogas.
Había entrado antes, sin ruido, y se había sentado con la tranquilidad de quien conoce a la gente que sostiene el mecanismo: un gesto al funcionario, dos palabras al fiscal, nada que llamara la atención.
La carpeta era fina, sin etiquetas. Cuando Santiago se sentó, ella ya tenía el bolígrafo preparado.
Miró a Santiago de arriba abajo y le dejó una sonrisa breve, de aviso.
El secretario judicial leyó con voz neutra, bolígrafo en mano, sin levantar apenas la vista.
—Diligencias previas. Comparece don Santiago Luque Salgueiro, comandante de la Guardia Civil en la reserva y detective privado, en calidad de investigado por un presunto delito de tráfico de drogas vinculado al puerto de Pasajes. Se le informa de sus derechos.
El juez esperó a que terminara, comprobó primero a Santiago y luego el papel que tenía delante, y habló con el mismo tono neutro de sala.
—Según atestado policial, su nombre figura vinculado a un alijo intervenido en el puerto por la titularidad y uso de una matrícula. ¿Va a contestar o se acoge a su derecho a no declarar?
Argote se inclinó lo justo hacia Santiago .
—Señoría, mi defendido contestará a hechos concretos —dijo—. Si lo que hay es un apunte y una manifestación sin contraste, pedimos día, hora y soporte. A lo demás no vamos a entrar.
El fiscal intervino entonces, sin mover el tono.
—Concretamente, ¿ha estado usted en el puerto de Pasajes en los días a los que se refiere el atestado? Y, en caso negativo, ¿niega también cualquier relación con la matrícula que se le atribuye?
—No he estado en Pasajes —dijo Santiago. Notó seca la lengua al pronunciarlo, como si hasta negar tuviera trámite—. No conozco a las personas del atestado. Si se me vincula a un hecho, que sea con un dato objetivo.
El juez bajó la vista, anotó dos líneas y pasó el pulgar por el canto del folio, como si comprobara que seguía ahí. Luego levantó la mirada hacia el fiscal, breve.
—Concretemos. ¿Qué día exacto sitúa el atestado a este investigado en Pasajes? ¿A qué hora? ¿Y con qué soporte, además de la manifestación?
—En este momento, señoría, el atestado sitúa al investigado en la zona de Pasajes en una franja de mañana, sin hora cerrada, y lo vincula a la matrícula del T-Roc ya comprobada en Ordizia por una patrulla —dijo el fiscal—.
Interesamos que continúen las diligencias y que se requiera concreción horaria y extremos de identificación.
Zulueta intervino entonces, sin prisa y con el tono neutro del expediente.
—Y, además, señoría —exacta, sin una sílaba de más—, esa titularidad no va sola.
La sostiene la manifestación de un testigo protegido que sitúa a una persona coincidente con el investigado en las inmediaciones del puerto.
No pedimos cerrar nada hoy; pedimos que no se clausure una línea útil por falta de detalle todavía no incorporado.
Santiago sostuvo un instante la mirada de la abogada y la apartó hacia el juez antes de que el gesto dijera más de la cuenta.
—Señoría, repito que no he estado en Pasajes.
Zulueta no esperó a que hubiera hueco “formal”. Cuando vio que el fiscal había dejado el hilo de las diligencias sobre la mesa, lo agarró.
—Cuando dice “reserva en la Guardia Civil”, ¿qué significa exactamente?
—preguntó—. ¿Que ha dejado de vestir uniforme o sólo de responder por conducto regular?
¿Sigue conservando capacidad de moverse por ese terreno sin dejar el mismo rastro que otro?
Porque eso, señoría, no es biografía. Es contexto operativo.
Argote levantó una mano, palma abierta, sin teatralidad.
—Con la venia, eso es valorativo —dijo—. Si la acusación tiene hechos, que los formule. Mi defendido no va a contestar insinuaciones.
Santiago sostuvo el gesto:
—No, no importa. Contestaré. Estoy en la reserva y soy detective privado —dijo—. No tengo acceso operativo ni a bases ni a dependencias oficiales. Si se me vincula a un hecho, que sea con un dato objetivo.
—Queda hecha la manifestación —cortó el juez, sin mirar a nadie.
Argote no levantó la voz. Se limitó a abrir la carpeta y señalar una hoja en blanco, como quien muestra que ahí no hay nada todavía.