Chapter 11 #2
—Con la venia, señoría —dijo—: con un testigo protegido sin contraste y una matrícula sin fecha ni soporte no se puede construir una medida cautelar.
Nos oponemos: mi cliente tiene domicilio conocido, es agente de la autoridad, tiene arraigo y ha comparecido cuando se le ha citado.
Lo que pedimos es simple: concreción de hechos y acceso íntegro a las actuaciones para poder defendernos.
El juez escribió un par de líneas y levantó la vista por primera vez, lo justo para que se notara el peso del gesto.
—Se acuerda la continuación de las diligencias previas —resolvió—. No procede, en este momento, acordar medidas cautelares personales más allá de la obligación de estar localizable y comparecer cuando se le cite. Hoy no se le está condenando; se le investiga. Puede marcharse.
Zulueta cerró la carpeta sin prisa, con un gesto brusco que sonó más a reserva que a conformidad.
El fiscal no añadió nada; sólo reunió sus folios y evitó mirar a Santiago, como si la resolución no cerrara el punto, sino que lo dejara pendiente.
Argote recogió su pluma y se inclinó apenas hacia la mesa, sin girarse todavía hacia ellos.
Antes de salir de la sala, un funcionario se acercó a Santiago.
—Firme aquí.
Sostenía un acuse. El papel estaba ligeramente húmedo por las manos ajenas.
Alberto vio, detrás, un folio grapado, recién añadido, sin sello visible: la coletilla que llega después, cuando ya has puesto tu nombre.
La pluma del funcionario ya estaba destapada, quieta, apuntando a la línea.
Alberto negó una vez, apenas, y Santiago entendió el aviso.
Argote lo confirmó con la misma cadencia neutra de siempre .
—No firmes nada fuera de lo que yo haya visto antes —dijo— .
—No firmo —dijo Santiago.
El funcionario apretó los labios. Sin discutir, escribió en el margen con un trazo fuerte — rehúsa firmar — y retiró el acuse como quien se guarda una pieza más. Santiago notó el tirón en la nuca al ver la fórmula quedar puesta allí, como si le hubieran añadido una frase al cuerpo.
El letrado los apartó un metro del flujo del pasillo, lo justo para que el funcionario ya no oyera.
—Bien —dijo, y por primera vez sonó casi orgulloso—.
Eso era. —Bajó un poco la voz—. Ahora van a tirar de dos cuerdas: testigo protegido y matrícula.
Con eso te pueden tener meses dando vueltas.
Tú no improvises. Si te llaman o te paran, me avisas y lo movemos por escrito. Hoy mismo pido copia de lo actuado.
Argote lo miró un instante más de lo profesional. Llevaba años viendo a guardias del SIGC sentarse delante de papeles torcidos y sabía cuándo una causa no terminaba de encajar.
—Una cosa, Luque —dijo, ya fuera del tono de sala—. Esto de Pasajes no te cae solo. Y tú lo sabes. ¿Quién te ha puesto en la foto?
Santiago sostuvo la mirada un segundo.
—Me han metido —dijo—. Lo único que sabemos es que alguien quiere que nos quedemos quietos. Y nosotros… no somos de quedarnos quietos.
Argote miró un momento hacia la puerta de la sala, como si aún oyera el arrastre de las togas.
—Otra cosa —añadió, más bajo—. Cuando arriba cambia el aire, aquí abajo vuelven a moverse asuntos que parecían dormidos. Ya he visto ese clima antes. Así que no te confundas: esto no va sólo de Pasajes .
Si de verdad había quedado algo enterrado fuera de entrega, aquel no era un buen momento para que subiera a superficie.
Con un gobierno nuevo buscando estabilidad, cualquier resto material de ETA dejaba de ser sólo prueba o peligro: se convertía en problema de relato y de cierre.
Lo que Santiago empezó a entender allí fue otra cosa peor: no estaban chocando con un trámite aislado, sino con un mecanismo que ya sabía convertir la verdad tocada en papel, sello y margen fijado.
Argote soltó el aire por la nariz, como si le bastara. Se le notó que entendía más de lo que estaba oyendo.
—Yo te puedo sacar de un atestado flojo. Pero no te saco de una imprudencia. Ahora no me la cagues con conversaciones “inocentes”. Cero.
Santiago y Alberto asintieron, sin añadir nada. Argote guardó la pluma en el bolsillo interior, cerró la carpeta con las gomas y se perdió entre togas sin volver la cabeza.
Salieron. El aire estaba frío y limpio, casi cortante. No alivió. Sólo le dejó a Santiago más visible el cansancio en la mandíbula y el peso de haber pasado a papel.
Jarri estaba a la vuelta de la esquina, sin parecerlo.
Tenía las manos frías metidas en los bolsillos y un cigarro sin encender entre los dedos, por costumbre, no por vicio.
No miraba caras: contaba pausas, qué coche aguantaba un minuto de más con el morro bien orientado y quién esperaba sin motivo. Era suficiente.
Desde la esquina, Jarri lo vio ordenarse sin necesidad de que nadie se acercara demasiado a nadie.
Zulueta salió del juzgado con la carpeta cerrada y no se fue: se quedó un instante junto al bordillo, como quien espera coche, pero sin mirar el tráfico.
A media acera, el hijo de Trocaola —reconocible por la misma cicatriz junto a la oreja izquierda que le habían visto en Ordizia— ya estaba colocado desde antes, fumando sin tirar del cigarro y con la puerta del juzgado metida en el rabillo del ojo.
Más atrás, el uniforme no intervenía: cubría.
Un ertzaina apoyado junto al coche patrulla miró una vez hacia la salida, otra hacia los vehículos aparcados y volvió a quedarse quieto, como si no mirara nada en particular.
Cuando Santiago y Alberto cruzaron hacia su coche, los tres reajustaron apenas la posición: Zulueta echó a andar entonces; el hijo de Trocaola cambió de acera sin motivo; el uniforme giró la cabeza lo justo para seguir la maniobra.
Jarri no necesitó oírles nada. Le bastó ver que sostenían la salida entre los tres, sin tocarse. Sacó el terminal y dijo al oído de Legarza:
—Abogada en bordillo sin irse, Trocaola ya puesto a media acera, uniforme cubriendo salida y coche. Hay enlace.
—Entonces ya no es sólo pasillo —cortó Legarza—. No le quites el ojo a lo que abre, no a quien habla.
La orden siguiente les llegó igual de corta. Jarri abriría la línea del uniforme sin forzarla y Legarza bajó la otra regla para ellos: noche corta en punto de tránsito y espera de lectura. Si el canal fino salía tocado, a la mañana siguiente no seguirían con el mismo coche ni con el mismo dibujo.
—¿A quién sigo? —preguntó Jarri—. ¿A la abogada?
—Al uniforme —puntualizó «el Lobo»—. La abogada abre puertas; él las cierra. Si se separan, me cuentas primero quién se queda con quién. Y no te acerques.
El coche patrulla seguía con el motor encendido y el morro orientado hacia la salida. El otro vehículo, sin distintivos, estaba dos plazas más allá, apagado, pero puesto de forma que podía ver puerta y arranque. Jarri no buscó matrículas. Le bastó la colocación.
Santiago y Alberto llegaron al coche sin acelerar. Alberto abrió la puerta del copiloto y se agachó sin dramatismo; recorrió el chasis con la yema de los dedos, buscando cables nuevos, tornillos tocados, marcas recientes. No encontró nada. Eso bastaba: el ataque no iba por ahí.
Subieron al vehículo.
Santiago sostuvo un segundo el retrovisor. No vio cierre de carretera ni uniforme delante. Arrancó sabiendo que, desde ese momento, también podían llevarle el paso por escrito.