Las balas silenciosas del Norte Chapter 10
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Chapter 10

V/ El golpe con sell o

La lluvia resbalaba por el parabrisas sin limpiar nada.

Dentro del coche olía a goma mojada y a café.

El silencio pesaba de otra manera: ya los habían metido dentro.

En cuanto dejaron atrás el radio corto de Ordizia, Alberto encendió el móvil prepago lo justo y dio un estado de fase en pocas palabras: vehículo cantado, matrícula emitida, hijo de Trocaola confirmado, intercambio visto, seguimos dentro.

La respuesta llegó igual de breve, sin relato ni consuelo: “no salgáis; reordenad y mantened lectura”.

Santiago conducía con los hombros duros, como si el volante también exigiera respuesta.

Sin acelerones ni frenadas, sin mirar dos veces.

Alberto iba midiendo retrovisores y márgenes; también el cuerpo: el pulso en la muñeca, la lengua seca, ese tirón en el cuello cuando algo repite distancia.

No iban de retirada, seguían dentro del terreno, saliendo sólo del foco inmediato de Ordizia mientras el resto del operativo recolocaba posiciones y ellos mantenían el coche en movimiento para no regalar una segunda lectura fija.

El teléfono vibró una vez: Petra. Santiago contestó con el terminal limpio que usaban para emergencias, encendido sólo para eso, sin altavoz.

Al otro lado, la secretaria tardó un segundo en hablar.

Se oyó una puerta al fondo, un murmullo de pasillo.

Luego el roce del anillo, insistente, como si buscara ancla.

—Jefe… Ha venido un inspector del Cuerpo Nacional de Policía, adscrito a Seguridad Privada —dijo Petra—.

Vicente Ranea. Ha enseñado la credencial, ha pedido licencias, ha tomado notas y ha hecho fotos al archivo.

Ta mbién ha preguntado por el libro de visitas y por un teléfono de contacto. No le he dado nada.

Santiago no contestó enseguida. Notó un tirón seco bajo el esternón, como si la credencial hubiera entrado también en el coche.

Aflojó apenas los dedos del volante para que Petra no oyera el cuero crujir.

Alberto giró la cabeza lo justo: no necesitaba escuchar la llamada entera para saber que el golpe ya había llegado al despacho.

—Si vuelve, dile que no estamos —dijo Santiago—. Si deja algo, que sea por escrito y con copia. No confirmes teléfonos. Y, si intenta que firmes, no lo hagas: ni acuse ni “recibí”. Que escriba él lo que quiera.

Santiago sostuvo el móvil un segundo más, sin colgar todavía.

Pensó en Petra sola en el despacho, frente a una credencial.

A él le había bastado una carretera para entrar en el tablero; a ella, abrir la puerta.

Lo del inspector no era aún el golpe entero: venía a tomarle el pulso al sitio antes de abrirle expediente. Se obligó a no llamarla otra vez.

Alberto no respondió enseguida. Se pasó el pulgar por el borde de la montura, sin tocar el cristal, y notó en el pecho ese cierre sordo que le llegaba siempre cuando otro convertía el método en arma.

A Vidal le habría bastado oír “archivo”, “libro de visitas” y “fotos” para pensar primero en otra cosa: casa, familia y el fallo material mínimo por el que una puerta deja de proteger a los de dentro.

—Han entrado por dentro —dijo al fin—. Credencial, libro de visitas. Ya no les basta con vernos pasar.

Alberto actualizó el estado en el prepago con dos palabras: expediente abierto . Al otro lado no pidieron relato.

Unos kilómetros más adelante, un destello azul parpadeó entre los árboles. Control de la Policía vasca. No ordenaban el tráfico: sumaban otra capa .

Santiago detuvo el coche sin brusquedad y bajó la ventanilla un poco.

El ertzaina pidió documentación sin mirarlos a la cara.

Retuvo los carnés un segundo de más, bajó la vista a la pantalla del chaleco y tecleó despacio.

Habló por la emisora, repitió los apellidos por la lluvia y, al devolver la documentación, dejó el carné de Santiago medio segundo apoyado sobre el marco de la ventanilla, sin soltarlo del todo, como si quisiera medir si la mano temblaba al recogerlo.

Sólo entonces lo soltó y dio dos toques secos en el techo, señal de paso.

El coche echó a andar despacio, pero lo importante no era la parada: era lo que quedaba escrito después.

—Lo peor no es que nos hayan parado —dijo—. Es el segundo de más con el carné en la mano. Ahí te pasan de cuerpo a apunte.

Santiago aflojó un punto, para no delatarse.

—En Ordizia nos soltaron ya con el rastro puesto —respondió Santiago—. Emisora, matrícula, terminal. Lo demás llega solo.

La carretera se estrechó y la niebla se agarró a los árboles.

Muy atrás, un coche gris aparecía y desaparecía del retrovisor con una paciencia de oficio.

En una recta larga recortó de golpe —no para adelantar, sino para quedarse un segundo entero en el espejo— y volvió a abrir hueco como si nada.

No hacía cola corta: dejaba una presencia y la entregaba.

Santiago notó cómo se le cerraba un poco la boca del estómago.

En el primer apartadero, Santiago puso el intermitente tarde, como quien duda. Se metió y volvió a salir sin detenerse. El gris no entró; pasó de largo. Diez segundos después reapareció, otra vez atrás, clavado a la misma distancia. Alberto no dijo “confirmado”; se limitó a tragar saliva.

—No les regales la nuca —murmuró Alberto—. Ya saben que los has visto.

—Desde antes de la niebla —dijo Santiago.

Un minuto después, sin apartar los ojos de la carretera, Santiago recordó la voz de Petra y el nombre: Ranea. Ya estaba dicho. Ahora tocaba moverse como si no lo supiera nadie más.

Santiago escuchaba su propia respiración, como si aún oliera el despacho. No pensó en traición; pensó en fuga: un ruido donde no debería.

El coche gris se tragó una curva y ya no volvió. Mala señal: podían haber hecho ya el relevo.

Santiago salió a una comarcal y bajó más el ritmo; la lluvia ayudaba a disimularlos. Pararon un minuto en una gasolinera de paso, esta vez bajando del coche sólo lo imprescindible: café, monedas sueltas y una pausa para romper el dibujo. Volvieron al coche sin correr.

Ya en marcha, vibró el teléfono. Petra otra vez. Santiago contestó sin altavoz. Al otro lado, el aire le llegó más cargado: puerta, pasos, papel rozado.

—Ha llegado una notificación del Juzgado de Instrucción de San Sebastián —dijo Petra—.

Comparecencia urgente. Usted figura como investigado.

La ha traído un funcionario con el papel abierto, como si quisiera que yo lo tocara.

Me ha pedido firma. Le he dicho que no. Ha escrito “rehúsa firmar” en un margen y ha dicho que, para el juzgado, con eso basta.

Al final de la frase se le quebró apenas el aire, no la voz. Luego volvió el roce del anillo, más rápido esta vez .

Santiago dejó de ver la carretera durante un segundo.

No fue distracción: fue impacto. Aflojó la presión del volante y volvió a agarrarlo enseguida, como si el coche también pudiera oír la palabra investigado .

Sintió que algo bajaba desde más arriba que el juzgado, más arriba que la patrulla de Ordizia y que la visita de Ranea: una mano que ya no medía, sino que empezaba a cerrar.

Alberto se quitó las gafas, las limpió sin necesidad en la pernera y tardó un instante en volver a ponérselas.

No se miraron mucho. Les bastó para entender lo mismo: aquello ya no lo estaba moviendo la calle sola.

No era sólo una maniobra de juzgado. Si se consolidaba un nuevo marco arriba, lo último que convenía abajo era abrir la posibilidad de que el remanente no entregado de ETA dejara de ser rumor y volviera a pedir inventario, cadena y responsabilidad.

—Tráfico de drogas. Puerto de Pasajes —continuó Petra—. Citan un atestado, un testigo protegido y una matrícula vinculada a usted en una franja de mañana, junto a un alijo intervenido sin hora cerrada ni soporte que yo vea aquí. La comparecencia será pasado mañana a las nueve.

Santiago tardó un segundo más de la cuenta en responder. Cuando habló, la voz le salió baja, tirante de golpe.

—Guarda la copia y no la comentes con nadie. Si vuelven, todo por escrito. Y si preguntan por mí o por Alberto, no estamos.

Petra colgó sin añadir más.

Dentro del coche, el silencio cambió de peso. Ya no llevaban sólo carretera encima. Llevaban una copia, un margen y una hora que ya no les pertenecía.