Chapter 8
III/ Contar ventanas
Llegaron a Isaba en dos coches, por separado, con minutos de margen y un par de giros de más para borrar el trayecto. Santiago condujo su T-Roc ; Alberto, su Crossland , dos vehículos propios del despacho usados para seguimientos, discretos por costumbre más que por catálogo.
Habían salido de Madrid a distintas horas y, después de la meseta y el corredor largo de autovía, el viaje se les fue cerrando hacia el Norte: Navarra, la subida limpia primero, luego el valle más encajado, la carretera cada vez más húmeda y esa última tirada hacia el Roncal en la que el asfalto parece meterse entre montes, hayedos y niebla baja.
La ruta rápida los había echado hacia el eje grande y luego hacia la entrada al Pirineo, pero lo que importó no fue el itinerario, sino cómo el paisaje se fue cerrando alrededor de los dos coches hasta volverlos pequeños.
En las últimas casas de Isaba, detrás de cortinas quietas, había luces encendidas que no parecían de casa, sino de espera.
Santiago las contó al pasar, sin mover los labios.
Calculaba cuántos podían verlos, desde qué ángulo y con qué memoria.
El caserío quedaba por encima de Isaba, metido en un ramal hacia Belabarze, entre hayedos, sin farolas y sin vecinos a distancia útil.
Mikel Legarza, el Lobo , había sido la voz al otro lado del prepago cuando Santiago llamó al final del día anterior, y seguía imponiendo ahora lo mismo que entonces: regla antes que relato.
No era sólo el hombre que abría aquella casa.
Entre los viejos del oficio, su nombre conservaba el respeto de los años en que había enseñado que una organización también podía empezar a caer por dentro.
En el interior del caserío olía a gasoil y madera mojada. La luz era baja, deliberada: la suficiente para ver manos; no para leer un papel desde lejos. Servía para trabajar.
Santiago no había convocado una mesa oficial; había pedido un sitio neutro para decidir sin paredes contaminadas. Legarza puso el encuadre y dejó la regla por adelantado. A cada uno le llegó lo mismo: hora, punto y no juntos . El resto vendría al sentarse.
Santiago se quedó de pie junto a la mesa central, con puerta y ventanas dentro del cono de visión sin parecerlo.
Alberto eligió una silla lateral, espalda protegida, campo limpio sobre la estancia.
Llevaba la carpeta pegada a las piernas y, antes de dejarla en el borde de la mesa, se pasó el nudillo por el puente de las gafas sin llegar a tocarlas.
Luego la dejó allí, lo suficiente para poder abrirla; no tanto como para invitar a nadie a tocarla.
A Santiago le bastó ver ese gesto para entender que los dos habían vuelto a un clima conocido, a esa forma del Norte en la que una reunión deja de ser reunión y pasa a parecerse demasiado a una operación antigua.
A Alberto no le inquietaban los golpes abiertos, sino el segundo anterior: desde que perdió en Donostia a un hombre al que había querido como a un hermano, no confiaba en ningún paso que no llegara ya leído del todo.
Los demás ya estaban repartidos por la estancia según oficio, no por jerarquía.
Con Legarza bastaba entrar para que el cuarto se ordenara solo: no imponía volumen, imponía marco.
Vidal volvió a comprobar cerrojo, luz y distancias con la sequedad de quien sabe que un cierre mal hecho o una bolsa fuera de sitio cuestan más que una mala idea.
Del Hoyo, del GAR , tomó el extremo desde el que podía leer botas, barro y mapas sin pedir turno; desde la muerte de un mando en una bomba-trampa, el terreno le hablaba antes de que el papel.
Morcón, de la USE , no terminó de sentarse del todo, como si ya oliera el papel que podía llegar después; había aprendido pronto que a los muertos jóvenes se les abría expediente antes de que nadie encontrara una épica decente.
Habían ido a lo justo: Santiago, lectura del cerco y decisión; Alberto, método y documento; Legarza, tablero y reglas; Vidal, logística y disciplina; Del Hoyo, campo; Morcón, presión y contrapeso.
Afuera no se oía nada raro, y precisamente por eso el lugar imponía más respeto.
En una casa así, cualquier motor fuera de hora, una puerta mal cerrada o un paso torpe en la pista habría cantado enseguida.
Vidal apagó la lámpara más próxima con el nudillo y la sala bajó un tono.
No era miedo al bosque, sino la costumbre de trabajar en un sitio donde el silencio también cuenta.
Santiago dejó que el sonido se asentara antes de hablar.
Miró un instante a Alberto. Allí estaba la otra mitad del trabajo: convertir miedo difuso en procedimiento.
Alberto abrió la carpeta, extendió un folio limpio sobre la mesa —isla— y fue dejando encima, en una copia breve para cada uno, lo ya depurado: la filiación de Irati Mendiola y su posible vínculo con Aurelio Salgueiro; el resultado esencial del ADN —Peio excluido, línea Salgueiro compatible, paternidad directa pendiente de contraste—; el croquis pasado a limpio sin marcas de origen; las dos cifras de matrícula; la referencia al seguimiento; y, aparte, el contenido del primer sobre aparecido en el rellano del despacho: Arkaute.
Chaos. Ispáster. Más un número manuscrito.
Al final, una línea subrayada por él mismo: posible depósito/zulo no entregado .
Nada se empujó hacia nadie. Quedó allí para ser leído, no para circular.
Santiago dejó pasar unos segundos, los justos para que todos levantaran la vista con lo esencial ya dentro.
—Lo que tenéis delante es todo lo que podemos dar por recibido sin adornarlo —dijo—.
La mujer se llama Irati Mendiola. El informe no la convierte todavía, por sí solo, en hija de Aurelio Salgueiro; descarta a Peio y la coloca dentro de la línea Salgueiro.
Eso me toca por dentro y me obliga a extremar lectura; no a vosotros a creer menos.
Pero esto no empieza con ella sola. Antes de que Irati cruzara la puerta del despacho, alguien dejó en el rellano un sobre sin remitente con tres palabras que no caben juntas por casualidad: Arkaute.
Chaos. Ispáster. Y un número que no hemos movido todavía, porque un número así puede ser contacto o anzuelo.
Lo que nos sienta aquí es la combinación, no una sola pieza.
Si ese depósito existe, puede haber material que nunca se confesó ni se entregó cuando dijeron que todo estaba cerrado.
Eso cambia la escala. Y explica que no estemos hablando en un despacho.
No levantó la voz. Apoyó apenas el nudillo en la mesa, una vez, para fijar el punto.
Pensó un instante en Raquel, en Carmen, incluso en Ignacio. Lo apartó enseguida. Antes de llevar aquella sangre a casa, tenía que saber si llegaba limpia.
Morcón levantó la vista del folio antes que nadie.
—Lo del parentesco tendría que haber estado delante desde el primer minuto —dijo—.
Y ahora ya lo está. Bien. Pero entonces la pregunta no es sentimental: es si el informe que trae esa mujer aguanta cuando se le quite a ella de en medio y cuando a ti se te quite la sangre de delante de los ojos.
Porque si nos equivocamos aquí por seguir una línea que también te toca por dentro, no nos van a pasar la factura en casa: nos la van a pasar por escrito.
Santiago no se molestó por el corte.
—Por eso estáis aquí —respondió—. Para quitarme a mí del centro y dejar sólo lo que aguanta sin mí.
Si en algún punto creéis que estoy viendo sangre donde no hay más que ruido, me lo decís y se corta.
Pero, mientras no haya un dato mejor, lo que toca es esto: comprobar qué se está moviendo, leer terreno y no regalar el primer paso.
El sobre de la puerta y la llegada de Irati ya no podían leerse como dos irrupciones separadas; alguien había conseguido que ambas líneas se tocaran antes de que ellos alcanzaran a nombrarlo.
Santiago asintió.
—Eso es —dijo—. Si el zulo existe, cada hora que regalemos juega para otro. Si no existe, el croquis sólo sirve para sacarnos del despacho y meternos en un paso ya pensado. En los dos casos hay riesgo.
Morcón se rascó la comisura, vieja cicatriz de servicio, y se inclinó hacia delante sin llegar a apoyar los codos.
—¿De dónde sale exactamente el croquis y la referencia al zulo?
—preguntó—. Porque una cosa es que la mujer esté desesperada y otra que os la hayan dejado caer en la mesa para ver cómo reaccionáis vosotros.
A mí lo que me huele mal no es sólo el papel: es la limpieza del encaje.
Sangre, ADN, sobre previo, seguimiento, matrículas, depósito.
Demasiadas piezas entrando a la vez. Si entramos en un dibujo ya servido sin limpiar antes qué es verdad y qué es cebo, no nos estarán esperando allí: nos estarán esperando a la vuelta, con comparecencia, con acuse y con un relato ya escrito para nosotros .
Vidal no levantó la cabeza del vaso. Lo hizo girar un poco entre los dedos antes de hablar.
—Puede ser un cebo —dijo—. Y puede ser real.
El papel miente mejor que el terreno; por eso el croquis, tal como está, me orienta, pero no me decide nada hasta que vea fuera si la entrada existe, si el seto está trabajado o si hay barro rehecho.
Si el dibujo ya trae pensadas la entrada y la salida, entonces no es orientación: es paso servido.
Y cuando otro te sirve el paso, casi siempre también te ha pensado la vuelta.
Santiago asintió y cortó por donde importaba.
—Por eso os he puesto el informe delante antes de hablar —dijo—. No para convenceros, sino para que nadie discuta a ciegas. Primero se comprueba estado y terreno. Después, si aguanta, se mueve fase. Lo demás lo manda el expediente.