Chapter 7
II/ El hilo al cuello
La mañana siguiente no trajo calma. En la mesa, el documento de Irati —tapado, pero presente— seguía pesando en el aire. Sabían lo suficiente: el despacho había quedado marcado y el pasillo ya no podía darse por ciego.
Santiago llegó antes que nadie por insomnio. Se quedó junto a la ventana, sin tocar la persiana. Sostenía un cigarrillo apagado, sólo para ocupar la mano.
En la radio baja de un coche mal aparcado, al otro lado de la calle, una voz hablaba de la moción de censura en el Congreso y de votos que aún se estaban contando como si el país pudiera cambiar de manos en cuestión de días.
Santiago no levantó la vista. Arriba quizá se estuviera moviendo el tablero; abajo, el sobre y la puerta ya habían empezado a moverse antes.
No era sólo política de radio. Si arriba cambiaba el color del Gobierno, abajo podía volverse aún más inconveniente que asomara lo que nunca se había entregado del todo.
Le vino la voz de su padre, áspera: La venganza es un pozo sin fondo.
Si bajas, no vuelves igual. Santiago la repitió por dentro y la dejó ahí.
No buscaba justicia. Quería que no pudieran borrarlo.
Se sentó y encendió un cigarrillo. Un portazo en la calle le tensó la nuca.
El silencio que quedó le dejó claro lo demás.
Alberto apareció minutos después en la entrada, con la chaqueta húmeda y la cara sin dormir.
Petra estaba en su mesa de recepción, separada de los dos despachos del fondo.
Dejó la chaqueta en el perchero, cruzó sin pedir paso el tramo corto que llevaba al cuarto de Santiago y, antes de sentarse frente a él, se ajustó las gafas de montura fina con el nudillo, sin tocar el cristal.
Desde que montaron el despacho habían recuperado enseguida la costumbre de entrar y salir del cuarto ajeno sin anunciarse.
Luego movió el cenicero un par de milímetros hasta que dejó de molestarlo: un gesto mínimo que le salía cuando algo ya estaba torcido.
—Antes de nada, un técnico de seguridad —dijo Alberto—. Quiero ojos en la puerta y memoria en el pasillo. Si vuelven a rondar por la calle Libertad, que no lo hagan a ciegas para nosotros.
—¿Has dormido? —preguntó Santiago.
Alberto soltó una risa corta, sin alegría.
—Un rato —dijo—. Lo justo para llegar aquí sin empezar a pensar tonterías.
Santiago había querido una verificación en frío; el frío, en cambio, se la cobró.
Sacó los guantes del cajón y se los calzó.
Abrió el Kraft lo justo para leer cabecera, fecha y las palabras que cambiaban la escala sin resolverla: exclusión de Peio Larrañaga como progenitor biológico; compatibilidad significativa con línea familiar Salgueiro; paternidad directa no concluyente sin muestra del presunto padre o contraste con pariente consanguíneo adecuado.
No buscó más. Lo devolvió dentro, guardó el sobre en el fondo del archivador y cerró. Con eso sólo ganaban tiempo.
Para Santiago, “Ispáster” no era una clave del sobre: era el nombre de una carretera que se le había quedado dentro antes de aprender a llevar galones.
Petra asomó la cabeza desde su escritorio de la entrada, sin empujar del todo la puerta del despacho de Santiago. El pulgar le rozó el anillo y se apartó enseguida. Traía la cara de quien ha oído algo pararse donde no tocaba y ha preferido no comprobarlo.
—Está aquí la mujer de ayer —dijo—. Le he abierto abajo al entrar. Y abajo hay un coche parado desde hace un rato.
Santiago no se movió. Con eso le bastaba: coche abajo y nadie subiendo todavía.
Irati entró detrás de Petra sin vacilar, pero no por confianza: por disciplina.
Petra cerró a su espalda y se quedó un segundo junto a la hoja, escuchando el pasillo antes de apartarse.
Venía mojada de calle: había dejado el coche de alquiler un par de manzanas más allá y había hecho el último tramo sin paraguas, entre el metro y el portal, sólo para no traer la matrícula hasta la puerta.
El pelo le goteaba en la nuca. Traía la respiración cortada, como si hubiera subido más deprisa de lo que quería admitir.
Abajo, el motor se apagó. No sonó a despedida. Antes de sentarse, Irati eligió la silla desde la que podía ver la puerta.
Santiago no tocó la persiana. A esas alturas, el apagado a destiempo bastaba.
—Ayer me cogieron el paso —dijo ella—. Había alquilado un coche al llegar a Madrid para no depender de horarios. Uno se me puso delante y otro detrás. Lo bastante cerca para que yo los viera. Lo bastante lejos para que, si decía algo, pareciera que estaba imaginándomelo.
Al decirlo, se tocó la comisura de la ceja herida con la yema del dedo, comprobando el borde. La mano le tembló una vez sobre el bolso y se quedó quieta, obligándose.
Llevaba días ensayando cuánto podía contar sin quedarse sola. Y desde antes del viaje llevaba dentro otra cosa: no una explicación, sino una palabra clavada como una astilla, Salgueiro , suficiente para romperle el relato sin llegar aún a devolvérselo entero.
Alberto no le dio margen compasivo.
—Cuéntamelo de la manera más concreta que puedas —dijo—. Qué coches eran, de qué color, si viste parte de una matrícula y qué detalles se te quedaron grabados de la persona o personas que iban dentro. Aunque sea una sola cosa.
Irati se humedeció los labios, miró un instante hacia la puerta cerrada y apretó el asa del bolso antes de contestar.
—Gris oscuro, compacto. Del otro apenas vi el morro en los retrovisores. En una rotonda alcancé a leer dos cifras: 96… o 98. Del segundo me quedó un 84 suelto. No quiero inventarme lo demás.
Dejó una carpeta gastada sobre la mesa y la abrió. No era un dossier preparado, sino lo que había podido reunir sin pedir permiso. Había fotocopias torcidas sacadas de un archivo ajeno, direcciones subrayadas a mano y un recibo con dos matrículas a medias escrito a toda prisa en el reverso.
En una hoja asomaba la cabecera de “Diligencias” y un sello mordido, como arrancado a destiempo. En otra, el agua había corrido la tinta y había borrado justo lo central.
—No debería traer esto así —dijo Irati—, pero es lo que pude sacar sin dejar mi nombre en ningún sitio. El coche de alquiler lo dejé lejos antes de venir aquí. No he vuelto a Mondragón. En casa están mis hijos.
Santiago no dejó pasar la frase .
Al nombrarlos, la mujer apretó el asa del bolso con la misma fuerza con la que otras personas aprietan una barandilla .
—¿Cuántos años tienen? —preguntó.
Irati sostuvo la mirada .
—Diecisiete y dieciocho —dijo—. No me preocupa que sepan abrir la puerta o calentarse la comida. Me preocupa que sepan dónde están.
—En Madrid no te puedes quedar mucho más —dijo Santiago—. Y a casa no vuelves con esto pegado.
—Si tiras a casa con cola, ya no vas sola —añadió Alberto.
En el edificio, arriba, una cisterna descargó con lentitud. El sonido bajó por las cañerías como un recordatorio: había más vidas detrás de aquellas paredes. Y cualquiera podía escuchar.
Irati lo sabía y no apartó la mirada. Santiago cogió una de las hojas por el borde y la deslizó dentro de una carpeta limpia, sin cerrarla del todo.
—Esto no puede quedarse aquí a la vista —dijo—.
Si vuelven a llamar o entran, no quiero que encuentren estos papeles en la mesa ni que puedan llevárselos.
Y, si son copias, mejor todavía: nos sirven para orientarnos, pero no para regalar a nadie una prueba de que has estado aquí y nos has traído esto.
Santiago apartó el resto de los papeles y dejó el croquis arriba, solo.
Lo sujetó por una esquina de papel blanco, buscando donde no hubiera mina.
La presión del lápiz había hundido la fibra: curvas sin nombre, una flecha insistente, una cruz apretada hasta casi romper.
No servía sólo para orientarse; marcaba una forma de entrar.
Alberto leyó el trazo sin acercarse. Y dijo una sola palabra, como si fuera un parte :
—Si este croquis es bueno, ese escondite del que hablaba tu madre no es un rumor viejo: vuelve a ser algo que alguien usa o vigila ahora.
Santiago no respondió. Con el pulgar —sin tocar el grafito— siguió la flecha hasta la cruz y se detuvo. Levantó la vista hacia Irati: no buscaba emoción; buscaba grieta. Volvió al papel. Alguien había decidido que miraran. Y que entraran en su paso.
Leyó despacio una de las matrículas cortadas y la dejó caer de nuevo sobre la carpeta.
—Escúchame bien —dijo Santiago—. Desde hoy no vuelves aquí por tu cuenta. Si tenemos que verte, te diremos dónde y cuándo. Lo demás sigue como queda dicho.
Alberto añadió sólo lo necesario:
—Y no improvises —dijo—. Si se mueve algo, haces exactamente eso.
Cuando Irati se fue, Alberto reunió las fotocopias, las notas y las dos matrículas en una carpeta muda. La cerró con un empuje corto del canto de la mano y la apartó, sin ceremonia. Era una forma de cerrar por el momento. El sobre Kraft, aparte, quedó oculto donde Santiago lo había devuelto.
Alberto la acompañó hasta la calle, sin tocarla, a dos pasos de distancia. La dejó bajar al metro y volvió sólo después de verla desaparecer escaleras abajo. En la acera se quedó el tiempo justo para comprobar si alguien arrancaba tarde o si alguna cara repetía demasiado la salida.
Cuando Alberto volvió y cerró tras de sí, el despacho recuperó su quietud falsa.
Santiago esperó un minuto —nada más— y salió al pasillo.
En el felpudo había una colilla apagada, demasiado recta para haber caído sin más.
Se agachó. Ceniza mínima. Al incorporarse oyó un roce en la escalera, metal leve.
Regresó sin prisa. En el aire quedaba lo único que importaba: alguien había llegado hasta la puerta.
De momento sólo tenían una prueba seria, pero incompleta: el ADN no cerraba a Aurelio; abría la línea Salgueiro y descartaba a Peio.
Lo demás todavía podía ser verdad o cebo: el croquis, las matrículas cortadas, las fotocopias sacadas deprisa, el seguimiento, el nombre escondido en un misal y el primer sobre, que no había llegado para informar sino para medirles la reacción.
Pero el problema ya no era sólo qué había traído Irati.
Era dónde había venido a traerlo. El despacho estaba leído.
Y una compatibilidad de sangre, un posible depósito y una puerta marcada difícilmente podían sostenerse mucho tiempo en el mismo sitio.
Santiago pensó en el número del primer sobre.
No lo tocó. Un anzuelo sólo se prueba mientras aún puedes cortar la línea.
Pero aquello ya no iba únicamente de miedo ni de intuición táctica: el caso se había salido del despacho.
Sacó del cajón el teléfono prepago, lo encendió apenas y marcó. Esperó el clic de línea.
Lo peor no era sólo que el pasado reapareciera, sino reconocer en él la misma mano vieja que ya le había entrado dos veces: por la sangre y por la carretera.
—Necesito un sitio neutro —dijo en cuanto oyó la respiración al otro lado—. Mañana. Sin rastro. Si dudas, cuelga.
Al otro lado hubo una pausa. No silencio: calibración. Luego la voz, curtida y sin saludo, preguntó sólo eso:
—¿Lo das por cruzado?
Santiago dudó lo justo para que la palabra no sonara a certeza .
—Lo doy por suficiente para moverme —dijo—. No por cerrado.
La respuesta llegó como en otros años, sin una palabra de más: Isaba. Mañana a la noche. Dos coches. No entréis juntos.
La regla ya estaba dentro: no juntos.
Mientras apagaba el teléfono, la frase de su padre volvió sin consuelo: cada favor abre otra cuenta. Santiago cerró el cajón con el papel dentro y dejó la mano apoyada en la madera, notando el latido en la yema. Afuera, en la calle, un claxon sonó una vez y se cortó. Nadie subió.
Siguió junto a la ventana, sin devolver el gesto. Abajo, el coche seguía donde no debía. Santiago se limitó a memorizar la posición.
Isaba no invitaba a hablar con calma. Era el lugar al que iban cuando un caso ya no cabía en un despacho y había que pensarlo fuera del alcance de la primera mano.