Chapter 6
I/La mujer de la puert a
Raquel, su mujer, llamó dos veces y colgó antes del tercer tono.
Entre ellos aquello venía de lejos: no alargar una llamada, no repetir un nombre, no dejar nada que luego pudiera escucharse dos veces.
Santiago vio su nombre en la pantalla y dejó morir la vibración.
Cuando el móvil se quedó quieto, el despacho pareció más frío.
David había dejado un mensaje la noche anterior: “¿Todo bien, papá?”. No era una pregunta cualquiera. Carmen había escrito después: “Llámame cuando puedas”.
Santiago no respondió a ninguna llamada, pero a David le escribió dos palabras antes de guardar el teléfono: «Todo bien».
Era mentira, pero era también lo único que podía darles sin arrastrarlos dentro.
Se había prometido mantener a Raquel y a los chicos fuera de aquello.
Ya no sabía si aún mandaba sobre eso. Quien había tocado el despacho no sólo conocía un apellido: sabía a quién había que tocar para que el Norte volviera a entrar por la sangre y por el oficio a la vez.
Torrejón de Ardoz amaneció con un gris pegado a las persianas.
En la calle de la Libertad el edificio donde tenían el despacho seguía en pie por costumbre más que por reforma: mesa de Petra en la entrada, dos despachos al fondo, ascensor, portero automático recién puesto, archivos, rutina, café.
Se lo habían alquilado por poco a un capitán retirado del Ejército y, para Santiago y Alberto, que apenas llevaban año y medio ejerciendo como detectives privados, aquel sitio céntrico y cerca de casa había sido una suerte .
En una radio mal sintonizada del local de al lado se coló un titular sobre la sentencia de Gürtel y una moción que podía cambiar Madrid y España en cuestión de horas. Santiago no levantó la cabeza. A esas alturas, bastaba saber que también arriba empezaban a moverse las piezas.
Pero desde el sobre sin remitente de la víspera, el lugar había dejado de ser operativamente limpio. A Santiago le seguían rondando aquellas tres palabras, mal avenidas entre sí: Arkaute. Chaos. Ispáster.
En el ventanal de su despacho vio un coche parado más de la cuenta.
El nudillo del índice, engrosado por años de servicio, rozó el canto del folio al pasar página.
No volvió la vista. Ya había bajado al portal aquella mañana y había mirado la calle con otros ojos.
En algún piso el ascensor se quejó con su ruido de arrastre y quedó quieto.
Alberto estaba en el otro despacho, al fondo del pasillo, escogiendo archivadores sin hablar.
Cuando sonó el timbre, dos veces seguidas, el coche encendió las luces un segundo y volvió a apagarlas.
El doble timbrazo sonó como un chasquido de otro tiempo.
Petra apareció en la entrada. Abrió lo justo. Al hablar, el pulgar buscó el anillo; en la muñeca asomó la marca pálida de algo apretado demasiado tiempo.
—Ha llegado la señora Mendiola —dijo—. Irati. Viene de Mondragón. Pidió cita hace una semana y no quiso explicar por teléfono de qué iba. Dijo que había dado con el despacho buscando un apellido que no suele salir en internet: Luque Salgueiro .
El apellido le abrió a Santiago un hueco viejo en el estómago. Volvió un olor de madrugada: papel húmedo, café requemado. No fue una idea. Fue el Norte, otra vez, subiéndosele al cuerpo.
Irati Mendiola cruzó el umbral con una serenidad trabajada.
Andaría por los cuarenta y muchos. Llevaba un abrigo oscuro, demasiado fino para el viaje, vaqueros y unas botas húmedas de calle larga.
Antes de mirarlos, barrió el pasillo con los ojos; sólo después sostuvo la mirada.
En la ceja izquierda llevaba un corte fino, ya cerrado: reciente, discreto, sin explicación.
—Si no les importa, bajen un poco más la persiana —dijo—. No me gusta hablar de esto con la calle tan cerca. Y… si tengo que decir algún nombre, mejor no andarlo repitiendo.
Abrió el bolso y dejó sobre la mesa un sobre Kraft. No lo acercó a nadie. Alberto apartó el cenicero y el bolígrafo con el canto de la mano, despejando alrededor.
Santiago abrió el cajón sin apartar los ojos de la puerta, comprobó que seguía allí lo necesario y volvió a cerrarlo. No tocó el sobre. Alberto bajó apenas la barbilla: entendido.
—No tengo mucho tiempo —dijo—. He traído esto porque ya no sabía qué hacer con ello… Necesito que investiguen una muerte que se cerró demasiado deprisa. Quedó demasiado limpia en el papel.
Santiago no miró el sobre. Miró el pasillo reflejado en el cristal, la puerta, las manos de Irati sobre el bolso. Fuera sonó un roce breve. Metal contra metal, como una llave probada sin prisa. Petra alzó la vista hacia la puerta. Nadie entró.
—Hable, señora.
Irati tragó una vez. La voz le salió firme, pero no del todo entera .
—Creo que mi padre biológico fue Aurelio Salgueiro —dijo—. Su tío. El informe no lo cierra todavía como una sentencia, pero me trae hasta esa línea de sangre.
Santiago notó el golpe en el estómago y, detrás, algo peor: no una evidencia cerrada, sino la posibilidad de sangre donde durante años sólo había habido hueco. No pestañeó. Alberto se quedó inmóvil.
—Ahí está —continuó, señalando el sobre—.
Es un estudio genético. Lo mandé hacer yo.
Viene firmado y sellado. No dice “Aurelio Salgueiro” con la limpieza que yo necesitaba, porque no había una muestra directa suya.
Dice otra cosa: que quien consideraba mi padre queda excluido y que mi ADN encaja con la línea Salgueiro.
Para cerrar el nombre haría falta contrastarlo con alguien de esa familia.
Hizo una pausa corta, midiendo hasta dónde podía llegar sin quebrarse.
—Y también sé quién ordenó la muerte de Aurelio. Ansola Larrañaga. Le llamaban Peio el Viejo.
Santiago esperó un segundo, como si aún le concediera una salida. Apoyó el nudillo engrosado en el borde de la mesa. Si ella iba a cruzar, cruzaría sola.
—¿De dónde sale ese informe? —preguntó—. ¿Qué compararon exactamente? ¿Quién tomó las muestras? ¿Quién te lo entregó?
—Una clínica privada en Vitoria —respondió—.
Mi madre me dejó una dirección antes de morir.
Me dijo: “Si algún día necesitas saber, hazlo bien y lejos de casa”.
Yo había crecido pensando que mi padre era Peio el Viejo.
Primero hicieron mi muestra. Después usaron una referencia familiar indirecta que mi madre había dejado indicada.
No era de Aurelio. Por eso el resultado abre la línea, pero no la cierra .
Alberto apartó el móvil un palmo más y lo dejó boca abajo. En el silencio, el ascensor carraspeó al fondo del edificio.
—Mi madre y yo vivimos años con él, cuando todavía estaba metido en ETA —siguió—.
Por eso lo del misal era otra cosa. Dentro de la funda había un solo nombre: Aurelio Salgueiro.
No una explicación. Sólo ese nombre. Yo ya había oído ese apellido en casa, siempre dicho a medias, como allí se nombraba al enemigo.
Con eso bastaba. Mi madre no dejó una frase completa, pero sí lo suficiente para que yo entendiera que mi padre no era Peio y que venía del otro lado, de la Guardia Civil… El enemigo ancestral de Euskadi…
—Entendí después que la dirección era para comprobar si aquel nombre podía sostenerse —dijo—.
Las muestras las tomaron allí. El informe me llegó por mensajería a un apartado.
Lo abrí sola. Y cuando vi que Peio quedaba fuera y que la línea Salgueiro aparecía en el papel, también entendí que aquello no bastaba.
Con el apellido Salgueiro llegué hasta ustedes porque alguien de esa sangre tenía que confirmar lo que mi madre sólo se atrevió a dejarme a medias.
Santiago no dijo nada. No hacía falta. Con eso bastaba para entender por qué la madre había callado tantos años y por qué Irati no traía una certeza cerrada, sino una puerta que sólo podía abrirse desde el lado de los Salgueiro.
El móvil de Alberto vibró otra vez. No miró la pantalla. Lo apagó del todo. Petra, sin apartar los ojos de la puerta, bajó un centímetro más la persiana.
Irati no dejó que el silencio se acomodara.
—Y no es sólo eso —dijo—. En casa se hablaba de un depósito, de cosas que no llegaron a sacar del todo cuando empezó a decirse que aquello se acababa. Mi madre nunca me lo explicó entero. Se limitaba a decir que seguía habiendo algo ahí.
Mantuvo la vista lejos de la ventana.
—No tenía la llave ni una dirección —añadió—. Sólo una frase y un croquis mal copiado, con una cruz muy apretada. Decía: “Entrada por seto, no por portón”.
Santiago no reaccionó con palabras. Vio dos riesgos pegados: lo que pudiera haber en ese depósito y el rastro que dejaría buscarlo. Entendió lo esencial. Si era cierto o si era una trampa, en una cosa daba igual: no podían moverlo por cauce oficial.
—Yo quiero encontrarlo —dijo Irati—. Quiero que me mire a la cara cuando lo niegue. Y necesito saber si esto sirve de verdad para algo… o si van a taparlo otra vez.
Alberto intervino desde su rincón, con la calma de quien no necesita imponerse:
—Antes de nada: si alguien te ha seguido hasta aquí o ha visto que entrabas, hoy se acaba. Tú sales y nosotros no tocamos nada. No por miedo, sino para no confirmarles que esto existe.
Santiago lo miró sin apartar la vista del pasillo.
—Y si lo dejamos aquí tal como está —dijo Santiago—, también pueden leer otra cosa: que nos han hecho frenar. Primero vamos a comprobar si de verdad vienes marcada y hasta dónde llega.
Sacó un bolígrafo corto y apuntó en un papel dos palabras: cola y rastro . Lo guardó sin que nadie se lo pidiera.
Irati negó despacio.
—No puedo jurarlo —dijo—. Al inicio del viaje, en la A‑8, me siguió un compacto gris a distancia fija.
En dos rotondas entró y salió detrás de mí, haciendo lo mismo que yo.
En un semáforo vi un reflejo: gorra, barba.
Me quedé con dos cifras sueltas de la matrícula; puede que no sirvan de nada.
Pero hay algo que sí sé: desde hace meses, cada vez que cambio de ruta, alguien cambia conmigo.
Santiago acercó la mano al sobre y la dejó suspendida a un dedo del Kraft. No lo tocó. Esta vez no midió el cuarto; midió qué podía contaminarse con un gesto.
—No te voy a prometer nada en caliente —dijo—. Primero verificamos. Si esto se sostiene, entramos. Petra te dará un número. Lo guardas y sólo lo usas si hay riesgo. Si una cara o un coche se repiten, no tires hacia casa: entra en un lugar público, llama y di una sola palabra: andén .
Irati dudó un instante, como si hasta eso le costara decirlo en voz alta.
—Me quedo esta noche en Madrid —dijo—. En un hostal cerca de Atocha. No pensaba regresar hoy. Si volvía con alguien detrás, me lo llevaba a casa. Y en casa están mis hijos.
Petra ya había sacado una cartulina lisa del cajón pequeño. No tomó el nombre como quien abre cliente, sino como quien deja una puerta entornada por si luego hace falta correr. Anotó lo imprescindible, sin leerlo en voz alta, y guardó la ficha aparte del archivo general.
Irati asintió, guardó el bolso y se levantó sin prisa. Antes de irse miró un segundo el sobre, no la mesa. Luego a Santiago, apenas. La sangre había llegado así: empapada, tarde y con miedo. Salió sin volver la cabeza.
Petra la acompañó hasta la puerta sin darle nada en la mano. La ficha quedó guardada aparte, sin pasar aún a cliente ni a encargo .
Cuando Irati se fue, Alberto miró a Petra. No hizo falta decir la clave. Un gesto mínimo bastó para cerrar el despacho por dentro: cortar conversación, mover.
La puerta se cerró y el despacho quedó un segundo en suspenso. Afuera sonó un paso contenido, donde no debía. Alberto se tensó hacia la puerta, pendiente de si aquel ruido se quedaba en el rellano o seguía hasta ellos. Santiago no se movió.
El sobre Kraft seguía en la mesa, cerrado.
Alberto apoyó encima una carpeta, sin apretar.
Luego dejó libre un hueco de mesa y Santiago separó dos lamas.
Abajo, en la acera, un hombre con abrigo oscuro se detuvo frente al portal.
Alzó la vista, midió el edificio, se tocó el bolsillo y siguió su camino.
Alberto se acercó a la puerta y apoyó la mano en la cadena, sin correrla. No miró por la mirilla; escuchó.
No llegaron ni llamada, ni timbre, ni voz, ni un segundo roce al otro lado.
Santiago lo entendió: no habían venido a entrar ni a hablar. Sólo a dejar constancia de que el despacho ya no les pertenecía del todo.