Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 74. Carl
99%

74. Carl

CARL

Carl acababa de conseguir que un amable médico le indicara la habitación de Assad cuando la puerta se abrió de golpe y por ella salió Marwa como un torbellino, cargada con una pila de táperes grasientos.

Detrás iban Alfi, el hijo, y Nella y Ronia, las hijas, empujados al pasillo por una auténtica riada de juramentos y maldiciones en árabe procedente de la habitación.

Lo único que Carl alcanzó a entender fue que Assad estaba hecho una furia.

—¿Qué ha pasado? —le susurró a Nella.

—Que he conseguido trabajo. —Sonrió y añadió—: Suerte, Carl; ¡hoy te toca lidiar con un camello enfurecido! —Y se alejó hacia los ascensores.

Cuando Carl entró, Assad estaba incorporado en la cama, con la bata de hospital puesta y el antebrazo izquierdo vendado. En la habitación flotaba un denso olor a especias exóticas.

—Oye, tus hijas son clavaditas a ti —dijo, intentando suavizar un poco el ambiente—. Puedes estar orgulloso de…

Assad puso los ojos en blanco.

—Orgulloso, siempre… Pero contento no estoy, Carl. ¡Estos niños! Nunca escuchan lo que les dice su padre.

Carl le dio una palmadita comprensiva en el hombro.

—A ver si lo entiendo… ¿Estás enfadado porque a Nella le han dado trabajo?

—Es que no es un trabajo normal y corriente de nueve a cinco, Carl.

¡Ha entrado en el Servicio de Inteligencia de Defensa!

Va a salir muy quemada. —Respiró hondo un par de veces—.

¿Cómo han podido darle la habilitación de seguridad?

¡Es que no me entra en la cabeza! Con su pasado.

¡Y el mío! En cuanto su nombre aparece sobre la mesa, deberían saltar todas las alarmas habidas y por haber.

—El pasado pasado está, Assad. Toca mirar hacia delante. Lo de mirar atrás ahora es cosa mía. Toma, a ver si esto te anima un poco.

Carl le tendió un ejemplar de Los chicos que cayeron en la trampa , que Assad recibió casi con veneración.

—¿Tu segundo libro? —Assad leyó por encima el texto de la contraportada y, por primera vez en el día, una ligera sonrisa le bailó en la barba de varios días—.

Menudos casos resolvimos tú y yo, ¿eh? —Hizo una pequeña pausa—.

Pero ya entiendo que las cosas no volverán a ser como antes.

—Alzó una mano para indicarle que no hacía falta que hablara—.

Y no pasa nada, con tal de que podamos vernos de vez en cuando… Tú, yo, Rose y Gordon.

—Por supuesto que sí. ¿Qué tal Gordon? ¿Ha conseguido cerrar su caso? No es moco de pavo que un comisario novato resuelva un cuádruple homicidio.

—Sí, me llamó esta mañana. Los peritos han limpiado la grabación del vídeo que el oficial de máquinas le mandó a la mujer del pescador y no les cabe duda de que el hombre que aparece subiendo al barco en segundo plano es Jakob Gade.

Al pescador le quitaron un peso de encima cuando se lo dijeron —explicó Assad.

—¿Y el secreto de la mujer se fue a pique con el barco?

—¿A pique?

—Déjalo. ¿Y qué hay del médico, Kaare Berg?

Assad apartó el nórdico de un manotazo y empezó a ponerse los pantalones.

—Puede que ya estuviera muerto cuando me llegó ese mensaje de «ahora no puedo hablar» el viernes por la noche.

Eckert pudo enviarlo desde el móvil de Berg para ganar tiempo.

El análisis de huellas dactilares nos lo dirá.

—Se quitó la bata con algo de dificultad y se puso una camiseta—.

Tendríamos que haber evitado la muerte del médico y de Konrad —dijo Assad, y se atusó los escasos rizos—. Y la de Tommy…

—Tommy Eckert ya había decidido acabar con su vida. Tú hiciste todo lo que estaba en tus manos para impedirlo.

—¿Lo dices de verdad? A ese hombre lo sacaron partido en dos, Carl —sacudió lentamente la cabeza—. Casi me dio pena allí arriba, en el barco.

—Tommy era un doble asesino, no lo olvides.

—Y Jakob… ¿recuerdas que te dije que sonaba como un verdugo?

—Sí.

—Pues solo era un niño cuando todo empezó. Todos eran niños. Niños pequeños .

Carl se sentó en el borde de la cama.

—Todos los asesinos fueron niños pequeños alguna vez, Assad. Pero no todos los niños pequeños eligen ser asesinos. Somos la suma de nuestras elecciones. Jakob y Tommy tomaron el camino equivocado en la vida. Eso no es culpa tuya.

Assad inspiró tan hondo que por un instante Carl temió quedarse sin oxígeno.

—Puede que tengas razón —dijo al fin, y tomó su libro nuevo y las gafas de leer de la mesilla—. Ya va siendo hora de salir de aquí.

—¿Ahora? ¿No deberías descansar?

Assad negó con la cabeza.

—Terje dice que Helena no quiere quedarse en el Departamento Q, así que tendré que intentar convencerla, aunque a Rose no le caiga del todo bien.

Carl se levantó sonriendo y le puso una mano en la espalda mientras salían.

—Me alegro de oírlo. Si quieres mi opinión, Helena es la persona idónea para el Departamento Q. Rose se irá ablandando. Helena te salvó la vida, y esas cosas enternecen el corazón de casi cualquier policía, incluso el de Rose.

Assad se encogió de hombros.

—A Rose le parece que tiene demasiados secretos.

—No hace falta saberlo todo de una persona para poder confiar en ella —dijo Carl—. ¿Qué sabía yo de ti cuando apareciste? ¿O de Rose?

Entraron en el ascensor.

—Tienes razón, Carl. La propia Rose está llena de secretos. Todos lo estamos.