Epílogo. Helena
Epílogo
HELENA
Helena se sobresaltó cuando llamaron a la puerta de la habitación del ático. Maldijo entre dientes y gritó:
—¡Un momento!
—Soy yo —respondió Nanna desde la escalera.
—¡Dame un par de segundos! —Helena comprobó con un gesto rápido que las dos pistolas Smith solo le faltaba montar un par de molduras decorativas y dos de las viejas puertas de teca. En cada balda reposaba un regalo envuelto. Doce en total. Uno por cada cumpleaños.
Se inclinó y, con la mano, apartó un poco el polvo que la lija había dejado en la balda del paquete de unicornios.
Solo alguien que supiera del compartimento secreto notaría la diferencia de profundidad, de apenas unos centímetros, entre esa balda y la contigua.
El armero se integraba en la pared posterior.
Helena había temido que no hubiera espacio suficiente para las armas de mano que había traído a Dinamarca en coche, después de cruzar dos puestos fronterizos custodiados por unos policías muy amables que, al ver la placa, se limitaron a charlar con ella sin más.
Desde su llegada a Copenhague, las pistolas habían permanecido ocultas bajo el falso fondo de la caja de herramientas del sótano, pero había llegado el momento de engrasarlas, cargarlas y guardarlas cerca de la cama.
Volvieron a llamar, esta vez con insistencia.
Helena abrió.
— Qu’est-ce qui se passe ?
—¿Que qué pasa? —Nanna entró en la habitación y la tomó de la mano—. Tengo algo para ti. —Vaciló, se detuvo un instante y olfateó el aire—. Ah, ese olor a madera… ¿Ya está acabada la estantería?
—Casi.
—Déjame ver.
Helena la guio hasta el mueble para que pudiera deslizar los dedos por las superficies pulidas. La mano de Nanna tropezó con un objeto envuelto, luego con otro.
—Regalos… ¿Son…?
—Sí, están todos. Uno por año.
Nanna asintió en silencio.
—Es mañana, ¿verdad? Su cumpleaños.
—Sí.
—Dieciséis años ya… —Se quedó callada unos segundos; luego se volvió hacia Helena y la miró con sus ojos casi ciegos—. ¿Has decidido si te quedas en el Departamento Q?
Helena negó con la cabeza.
—Aún no.
—Mmm… —Nanna se rascó la nariz con el borde de un sobre que llevaba en la mano—. Ya sabes lo que pienso, chérie . Lo que pasó pasó. Ahora tienes que mirar hacia delante, aprovechar las oportunidades. También por ella.
En lugar de responder, Helena recolocó uno de los regalos en la balda.
Un puzle de 2016. ¿Les gustarían los puzles a las niñas de diez años?
¿Y a las de dieciséis? No tenía ni idea.
En su memoria, Juliette seguía congelada en el tiempo: una niña de cuatro años en su sillita del coche, con la cara redonda y la mirada confiada.
—Hay una carta para ti. Ha tardado un montón en llegar; la reenvía Raphael.
—¿Raphael, de Rillieux-la-Pape? —Helena había desplegado el metro para comprobar las medidas de unas molduras que debía cortar a inglete, pero estuvo a punto de soltarlo—. ¡Si sabe perfectamente que no puede reenviarme nada!
—Pensaría que era importante. —La voz de Nanna temblaba, y el nerviosismo se le contagió a Helena.
—¿Algo relacionado con la herencia de mi padre?
—La abrí sin querer, perdona, pero está escrita a mano; mi móvil no la lee.
Nanna gestionaba casi toda la correspondencia y las compras con una aplicación que convertía el texto en voz.
Helena tomó la carta. La letra no le decía nada: una caligrafía escolar, insegura, sobre un papel rosa pálido, sin demasiado carácter, pero bonita, como si el remitente se hubiera esmerado.
—¿Qué pone? —Nanna se acercó justo cuando a Helena empezaban a temblarle las piernas. La carta se le escurrió de la mano, flotó un par de veces en el aire y aterrizó sobre el polvo de lijado que cubría el suelo.
En ella se leía, en francés:
«Mamá, creo que ya lo recuerdo todo».