Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 73. Terje #2
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73. Terje #2

—Sí que lo es. —Se le quebró la voz.

—¿Por qué? Demostraste un coraje enorme, capacidad de reacción. Pusiste tu instinto policial y la vida de un crío de trece años por encima de tu seguridad. ¿Por qué te lo ibas a echar en cara?

Helena no respondió, y Terje tampoco insistió. Decidió dejar hablar al silencio y esperar a que uno de los dos no pudiera soportarlo más.

—Porque… —articuló Helena al fin— porque Juliette iba en el coche. Mi hija. Estaba allí conmigo.

Terje levantó la vista, atónito.

—¿Tu hija?

—Juju, mi niña de cuatro años.

Terje tuvo que armarse de valor antes de formular la siguiente pregunta.

—¿La perdiste?

Helena alzó la cabeza y lo miró directamente a los ojos.

—Sí. —Volvió a dejar caer la mirada hacia el suelo—. Traté de protegerla cuando disparó. Estábamos tumbadas delante del coche; la luz de los faros nos deslumbraba. Nunca le vi la cara al agresor, solo su silueta y el vaho blanco de su aliento en el frío. Desapareció y jamás lo identificaron.

—Helena… —Terje no sabía muy bien cómo seguir después del giro que había tomado la conversación—. No sé qué decir…

Ella levantó la vista.

—Ahora entenderás que quiera, más que nadie en el mundo, puede que incluso más que tú, encontrar a ese hombre y meterlo entre rejas. —Se detuvo de nuevo.

—¿El arma nunca apareció? —preguntó Terje, prudente.

Helena negó con la cabeza.

—Solo sé que era una pistola. Lo noté por el sonido.

—¿Por el sonido, así sin más?

Ella esbozó una sonrisa vacía.

— Champion de France de tiro en categoría júnior tres años seguidos. Ganadora del Campeonato Nacional de Tiro Policial en Francia en 2006.

Terje reflexionó un momento.

—¿Y las cámaras de vigilancia de Brønshøj qué tienen que ver?

La sonrisa de Helena se disipó tan rápido como había aparecido.

—¿Cómo sabes tú eso?

Terje se encogió de hombros.

—Rose lo mencionó…

—Rose, claro… —Helena suspiró con cansancio—. Hace unos meses recibí un correo de una dirección ip de Frederikssundsvej, aquí en Copenhague, y me picó la curiosidad. Pero solo encontré un hámster y un par de periquitos. C’est tout .

—¿Un hámster?

—Una especie de rata, sí…

—Sí, sí, ya sé lo que es un hámster. ¿Era un correo amenazante?

Helena se encogió de hombros.

—No era nada; no tiene importancia.

—Mmm… —Terje juntó las yemas de los dedos.

Tenía la sensación de que Helena se estaba guardando algo.

No necesariamente porque quisiera mentir, pero su lenguaje corporal delataba algún tipo de inquietud.

Parecía asustada, y presionar a alguien que tiene miedo no suele servir de nada—.

Aun así, tienes que mantenerte al margen de la investigación de TaTo —dijo—.

Tanto de la pista de blanqueo de capitales como de la investigación de homicidio.

No puede ser; estás demasiado implicada de manera emocional y existe un claro conflicto de intereses.

Si el caso llega a juicio, nos arriesgamos a tener problemas, así que…

Ella lo miró incrédula.

—¿Así que qué? No tengo antecedentes penales. Tengo las mejores referencias de Lyon, tanto de superiores como de compañeros. Tengo quince años de experiencia como investigadora. ¿Me estás diciendo que esa experiencia aquí no vale de nada?

—¡Por supuesto que vale! —Terje abrió los brazos e intentó calmarla con una sonrisa—. Y creo que ese talento debería aprovecharse en el Departamento Q.

Helena lo miró incrédula.

—¡Pero es que no quiero estar en el Departamento Q!

Tenía los brazos caídos a los lados y parecía a punto de patear el suelo como una niña pequeña.

—¿Por qué no? No encontrarás un compañero mejor ni más leal que Assad.

Le salvaste la vida; te puedo asegurar que irá hasta el fin del mundo por ti.

—Terje tomó aire antes de pronunciar una frase que jamás creyó que diría en voz alta—.

Hasta el propio Carl Mørck considera que eres la persona idónea para complementar a Rose y a Assad.

Y él no suele equivocarse —dijo, y se apresuró a añadir—: Al menos en lo que respecta al Departamento Q.

—¿O sea que me das a escoger entre el Departamento Q o irme a la calle?

Terje entrelazó las manos sobre el escritorio.

—Helena, a la luz de lo que me has contado, fui demasiado duro contigo el otro día y lo siento de veras. Pero ahora mismo lo único que puedo ofrecerte es el Departamento Q, y tampoco es que esté tan mal, ¿no?

Helena lo fulminó con la mirada durante cinco larguísimos segundos. Luego abrió la puerta de un tirón.

—¿En serio pretendes que me pudra ahí abajo con esos dos… esos dos misérables ? ¡Olvídalo!

Giró sobre sus talones y chocó de frente con Rose, que estaba plantada delante de la puerta con una expresión tan corrosiva que ninguna escala de pH habría podido medirla.

—Me alegra comunicarte que no te falta mucho para librarte de esta miserable —espetó Rose, y retrocedió para dejarla pasar.

—¿Tienes dos minutos? —En la voz de Rose había una fragilidad que Terje nunca antes había oído.

Helena desapareció por el pasillo, y Rose entró en el despacho y cerró la puerta. Con llave. Entonces Terje constató, preocupado, que también era la primera vez que veía esa expresión en su rostro.

—Es un tema personal —dijo ella.