73. Terje
TERJE
—¿Helena? No contaba con verte hoy por aquí. —Terje se levantó y apartó a toda prisa una pila de periódicos de la silla de visitas, pero Helena ignoró la invitación a sentarse.
—Tenía órdenes de personarme aquí este lunes por la mañana.
—Ya, pero… —Incómodo, Terje se frotó las manos—.
Después de lo que pasó el fin de semana, nadie te reprocharía que te quedaras un par de días en casa.
Y, francamente, te los tienes más que merecidos.
—Mientras hablaba, intentó descifrar el lenguaje corporal de Helena.
Los ojos inquietos delataban cierto nerviosismo, pero la postura firme y la camiseta sin mangas eran las de una mujer lista para el combate.
Se pasaba el móvil de una mano a otra, como un balón de fútbol americano, y con cada movimiento los músculos del antebrazo se le marcaban bajo la piel, lo que llevó a Terje a plantearse si no sería hora de apuntarse de nuevo en la asociación deportiva de la policía—.
¿Cómo te encuentras? —preguntó al fin—. ¿Qué tal la cabeza?
—De maravilla, gracias. En mi opinión, en el Departamento Q tenemos motivos de sobra para darnos una palmada en el hombro.
—En la espalda, querrás decir.
—Da la palmadita donde más te guste. —Se acercó a la ventana—.
Lo que me revienta es que Tommy Eckert haya muerto.
Tendría que haber comparecido ante la justicia.
—Daba la impresión de estar en máxima alerta, lo que le recordó a Terje que menos de cuarenta y ocho horas antes la había amenazado con despedirla—.
Espero que esto no vaya a crear problemas en Christiansborg.
—No lo creo —dijo Terje, señalando con la cabeza el pequeño televisor de pantalla plana que retransmitía tv2 News sin sonido—.
Lo de que el hombre acabara decapitado es un detalle que esperamos mantener al margen de los medios.
Pero esta mañana, el ministro de Justicia y el presidente del partido de Eckert se apresuraron a desmarcarse de él.
Y, de todos modos, seguro que habría acabado suicidándose.
Según la primera declaración de su esposa, llevaba tiempo con problemas psicológicos graves.
Terje volvió a sentarse tras el escritorio.
Quedarse de pie le parecía demasiado formal, casi provocador.
En teoría, tendría que seguir enfadado con Helena por negarse a contarle lo del tiroteo en Lyon doce años atrás, pero aquel no era el momento para broncas ni preguntas incisivas.
No en un día en que el Departamento Q había sumado cinco homicidios y un intento de asesinato a sus estadísticas de resolución de casos.
Nueve homicidios, si se contaban los pescadores de Hirtshals.
El sábado por la noche, los peritos forenses habían encontrado un revólver con el tambor vacío y un totschläger en el maletero del Fiat de Eckert, ambos con sus huellas.
También habían recuperado en el bosque de Heibergsminde una bolsa de deporte llena de fajos de papel de periódico recortado en forma de billetes, con restos de sangre y cabello en la parte exterior.
El grupo sanguíneo coincidía con el de Kaare Berg y, aunque los informes forenses definitivos tardarían aún días o semanas, Terje daba por hecho que Tommy Eckert había asesinado primero a Kaare Berg con el totschläger y luego disparado a Jakob Gade con el revólver.
El móvil de los dos crímenes seguía sin estar claro del todo, pero los fajos de papel de periódico apuntaban a un intento de chantaje fallido. Jakob Gade, en cualquier caso, tenía a Eckert contra las cuerdas.
En el coche de Jakob, los peritos localizaron dos memorias usb.
La primera contenía un extenso informe sobre un accidente mortal de tráfico en las afueras de Humlebæk en el que el político había estado implicado.
Eckert, bajo los efectos del alcohol, viajaba en el asiento del copiloto.
Quien conducía era Mira Dam, su amante. Ella resultó herida de gravedad, pero en lugar de pedir auxilio, Tommy se dio a la fuga, y la joven falleció poco después a consecuencia de las lesiones.
Una acusación así habría sido casi imposible de probar diez años más tarde, de no ser por la segunda memoria usb.
En ella, los peritos encontraron una larga secuencia de vídeo en la que se veía a Tommy saliendo tambaleante del vehículo siniestrado y alejándose de la escena, así como la foto de una corbata marrón dorado empapada en sangre, presuntamente de Mira Dam.
La corbata había aparecido en una bolsa de plástico dentro del bolsillo de la chaqueta del político.
Haría falta un análisis de adn para determinar si la sangre de la corbata correspondía a la difunta Mira.
Por lo pronto, Terje tenía la difícil tarea de desplazarse hasta Humlebæk aquella misma tarde, llamar a la puerta de la casa parroquial y contarles a los padres lo que en realidad había sucedido la noche del accidente, diez años atrás.
La cuestión era si conocer la verdad aliviaría de algún modo su dolor.
Terje lo dudaba, pero para un policía, la verdad era la única herramienta de trabajo.
Encontrarle sentido a todo aquello… eso se lo dejaba al pastor.
Helena carraspeó.
—Jakob admitió ante mí los asesinatos de Ole Horsten y de su hijo Konrad antes de morir, pero no llegué a preguntarle por Linette Thykier. Lo lamento. —Miró a Terje por primera vez desde que había entrado al despacho.
Él hizo un gesto quitándole importancia.
—Hiciste lo que pudiste. Además, la recepcionista de Charis ya ha confirmado que fue a Jakob a quien vio salir del almacén de medicamentos de la clínica.
Y los compañeros de la comisaría Station City y de Crimen Organizado tienen agentes desplegados por la zona de la Estación Central y la calle Istedgade.
Si consiguen localizar al camello que le vendió el fentanilo, el caso de Linette Thykier puede darse por cerrado.
La mató para hacerle daño a Berg. Bastante cínico, todo hay que decirlo.
Helena asintió.
—Hablando de Crimen Organizado…, ¿cuándo puedo incorporarme?
Terje la miró con incredulidad.
—¿A la Unidad contra el Crimen Organizado?
—El trato era familiarizarme con la cultura y los procedimientos de la policía danesa.
Et voilà : cinco homicidios y un intento de asesinato resueltos de un plumazo.
He participado en inspecciones de la escena del crimen, asegurado pruebas decisivas, intervenido en interrogatorios y localizado a personas en fuga. ¿Qué más tengo que demostrar?
Terje se revolvió en la silla.
—Pero, Helena…, entenderás que ni yo ni nadie con poder de decisión aquí en esta casa puede autorizar tu traslado a Crimen Organizado cuando…
—También puede ser la Unidad de Investigación de Crímenes contra las Personas. Tu departamento.
—¿Mi departamento? Pero si tú…
—Quiero formar parte del equipo que investiga los asesinatos de TaTo. Y si no puede ser en los asesinatos en sí, me gustaría trabajar en la línea del blanqueo de capitales.
Terje observó a Helena, que estaba plantada frente a él con los brazos cruzados.
La mujer no era ninguna ingenua, eso lo había demostrado con creces en las últimas semanas.
Así que, o se había dejado llevar por delirios de grandeza, o tenía algún propósito oculto que él no alcanzaba a ver.
En cualquier caso, sus exigencias estaban por completo fuera de lugar.
—Helena, creo que fui muy claro el otro día. El arma del caso TaTo está directamente vinculada a un delito cometido contra ti en 2011, y mientras esa conexión no acabe de aclararse, deberás mantenerte alejada de mi investigación.
Volvió a levantarse. Había esperado que la conversación no tomara ese rumbo, pero con ciertos principios no se podía transigir.
Helena abría y cerraba los puños.
—¿O sea que sigues insistiendo en que no puedo trabajar en la policía de Copenhague solo porque me dispararon hace doce años? —dijo.
—En ningún momento he dicho eso. —Terje hizo una pausa.
De todos los candidatos que había enviado al Departamento Q, Helena era la única que había sobrevivido más de una semana.
Y no solo eso, sino que había contribuido a mejorar las estadísticas de resolución de casos de forma tan espectacular que cualquier debate sobre la razón de ser del Departamento Q quedaría zanjado por una buena temporada.
Incluso el director, tan amigo de los recortes, se había quedado sin argumentos.
La noche anterior, Terje había recibido un correo entusiasta comunicándole que en el Ministerio de Justicia aplaudían el «control de calidad de investigaciones históricas deficientes» llevado a cabo por el Departamento Q, y que, por tanto, podía seguir operando sin intromisiones.
Al menos hasta los próximos presupuestos—.
Pero ahora tienes que ser sincera conmigo. ¿Qué sabes sobre esa arma?
Helena suspiró, apesadumbrada, y se quedó unos segundos pensando.
—Sé tan poco como tú —soltó al fin—. Fue en 2011.
Era joven. Tenía el día libre. Era de noche.
Estaba oscuro. Llevaba la radio policial encendida, una costumbre muy mala.
Llegó un aviso de robo en casa de una familia rica, un caso violento.
Los ladrones se llevaron al hijo de trece años al huir.
—Hizo una pausa—. El vehículo que buscaban, una furgoneta Peugeot Expert negra, me adelantó poco después.
Yo fui detrás. Se detuvo a las afueras, en una carretera oscura.
El conductor bajó y me disparó. Salí del coche y…
Se interrumpió. Su relato tenía un extraño tono monótono y entrecortado. Terje pensó que debía de ser una forma de protegerse, de distanciarse de su propia historia, de despersonalizarla para no revivir el trauma.
—Estaba tumbada en el suelo cuando volvió a disparar —continuó—. Y eso es todo.
—Suena terrible, pero no es algo que debas echarte en cara; más bien todo lo contrario.
Helena tenía los hombros hundidos y la cabeza inclinada, y Terje reprimió un impulso paternal de levantarse a darle un abrazo.