Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 72. Assad
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72. Assad

ASSAD

— PUTAIN! ¡Está ahí aparcado!

Helena señaló a través del parabrisas.

Con la mano izquierda seguía presionando una bolsa de hielo contra la parte de atrás de la cabeza; si por Assad fuera, a esas alturas estaría camino del hospital en una ambulancia.

Los agentes de la policía de Selandia del Norte habían tomado el relevo en el lugar de los hechos en Heibergsminde, pero justo antes de que se cerraran las puertas de la ambulancia llegó un aviso del Centro Nacional de Situación y Operaciones.

Una cámara había detectado el coche de Tommy que iba rumbo a Humlebæk, y Helena, con un repertorio de expresiones francesas de lo más colorido, había convencido a los sanitarios de que gastaran su énergie en alguien que de verdad lo necesitara, porque ella tenía un claro presentimiento sobre el paradero de Eckert: la tumba de Mira Dam.

Assad se inclinó hacia delante para orientarse.

A un lado de la carretera, la iglesia de Humlebæk brillaba bajo la tenue iluminación exterior y, como sospechaban, el Fiat de Tommy Eckert estaba en el aparcamiento, así que Assad puso el intermitente y aparcó justo detrás de él para bloquearle la salida en caso de que intentara escabullirse otra vez.

Bajaron del vehículo y Assad echó un vistazo a su alrededor.

Al otro lado de la carretera, la casa parroquial y una vieja posada asomaban entre los árboles y los matorrales.

Un rumor intermitente delataba el mar rompiendo contra la costa más allá del cementerio, y había empezado a llover.

No con fuerza, pero sí lo suficiente para empaparles el pelo y enturbiar la visibilidad; en aquel cementerio a oscuras no se veía más allá de la punta de la nariz.

—El motor aún está caliente. —Assad apoyó la mano sobre el capó del Fiat—. Tiene que estar por aquí.

—Vamos. —Helena le tendió una linterna de la guantera y echó a andar—. Por si lo habías olvidado, hoy se cumplen diez años de la muerte de Mira —comentó por encima del hombro.

—Tú deberías quedarte en el coche.

Helena no respondió. Abrió la verja y se adentró en el cementerio. Assad se apresuró a seguirla.

—Seguro que el cerebro te sigue vibrando como un flan. —Trató de disuadirla.

— Ça va bien , gracias. —Se apartó el flequillo mojado de los ojos—. Yo rodearé el lago por la izquierda, tú ve por la derecha. Y no olvides que buscamos una lápida reciente. Moderna.

Un poco más abajo, en el leve desnivel, Assad distinguió la lluvia que golpeaba la superficie del pequeño lago.

Sus ojos se iban acostumbrando lentamente a la oscuridad mientras avanzaba deprisa por los caminos del cementerio en busca de la tumba.

Ragnhild, Edith, Aage, Echardt… Nombres antiguos en lápidas grises cubiertas de musgo. Ninguna Mira.

—¡Assad! —La voz de Helena cortó el murmullo de la lluvia.

Se giró en esa dirección y vio el haz de la linterna de su compañera que oscilaba en la oscuridad, hasta que se detuvo apuntando al frente.

Más abajo, en la pendiente, una silueta con chaqueta verde oliva se había puesto en pie junto a una de las tumbas.

La figura, encorvada y con los puños apretados, miraba fijamente la luz como un corzo paralizado.

—¿Tommy?

La pregunta de Helena lo sacudió como una descarga eléctrica y echó a correr ladera abajo hasta desaparecer tras una densa hilera de tejos. Helena corrió tras él, pero se detuvo junto a la tumba donde había estado sentado.

«Mira Dam. 1989-2013. Por siempre nuestro ángel», leyó.

—Voy a ver si lo encuentro —resopló Assad—. El cementerio no puede tener tantas salidas.

—Voy contigo. —Helena dio un salto.

—¿Estás loca? Tienes que volver al coche y pedir refuerzos.

—¿En serio quieres que me quede esperando en el coche? —Sus ojos echaban chispas en la oscuridad—. ¿No fuiste tú quien dijo que no debíamos separarnos? El cementerio es enorme, y yo soy buena encontrando…

—No encontrarías ni el culo de un camello sentada del revés entre sus jorobas. —Assad señaló hacia el aparcamiento de la iglesia—. Espera en el coche. Vigila las salidas de Strandvejen mientras yo bajo a mirar si está junto al agua.

Las últimas palabras las gritó por encima del hombro, porque ya había echado a correr.

De Tommy no había ni rastro, pero una verja abierta dejaba a la vista un sendero que descendía hasta el rugido del Øresund y el pequeño puerto de Humlebæk.

La lluvia arreciaba, y al llegar, tras cien metros de carrera, la oscuridad del puerto le pareció aún mayor que la del cementerio, si es que era posible.

Quitó el seguro a la pistola reglamentaria y fue corriendo de una caseta a otra, pero la zona estaba desierta. La única luz provenía de un edificio rojo oscuro con pinta de almacén y el rótulo «Astillero de Humlebæk» en la fachada.

Assad miró por el portón. La nave estaba casi vacía.

Solo había piezas de motor y armarios de herramientas pegados a las paredes, amontonados sin orden.

En el centro, un carro cargado de velas en desuso descansaba entre cubos de pintura vacíos, junto a un andamio rodante de tres o cuatro metros de altura.

Estaba a punto de marcharse cuando un movimiento casi imperceptible le hizo mirar hacia arriba.

Del techo colgaba un pequeño velero de casco esbelto suspendido de cuatro cables de acero. La embarcación se balanceaba levemente, apenas un par de centímetros, pero bastó para que Assad apuntara el arma hacia la popa.

—¡¿Tommy?! —Tuvo que gritar para hacerse oír por encima de la lluvia que repiqueteaba contra el fino techo de aluminio.

No hubo respuesta.

—¡Policía! ¡Baja ahora mismo!

La cara y los hombros de Tommy asomaron por encima de la borda.

—¡Largo de aquí! —gritó. Y luego, entre sollozos—: ¡Voy a saltar!

El pelo rubio, empapado, se le pegaba al cuero cabelludo. Se había quitado la chaqueta encerada y forcejeaba con un fino alambre metálico que estaba atado a una cornamusa en la borda.

La cabeza de Tommy volvió a desaparecer en la quilla del barco, y Assad aprovechó el momento para colarse bajo el casco, fuera del ángulo de visión del político.

A lo largo de su vida había visto a demasiada gente con una soga al cuello, y nunca era buena señal, pero si Tommy de verdad quisiera quitarse la vida, ¿no habría saltado ya, en lugar de anunciarlo a voces?

Ese «voy a saltar» sonaba más bien a grito de socorro, el grito de un hombre que había empezado a dudar; y además Assad no estaba dispuesto a dejar morir a nadie más en aquel caso en el que la línea que separaba a víctimas y verdugos era, cuando menos, difusa.

Echó un vistazo rápido y constató que la única forma de subir al velero era por el andamio, así que se quitó la chaqueta empapada y el jersey, guardó el arma en la funda del cinturón y comenzó a trepar, procurando no hacer ruido.

Los brazos le ardían cuando por fin alcanzó la última plataforma.

Se puso en pie y desenfundó la pistola en un solo movimiento ágil.

Tommy, de espaldas a él, seguía forcejeando con el alambre.

—¡Alto, policía! ¡Al suelo! —gritó Assad.

—¡No te acerques! —Tommy se dio la vuelta. El alambre le ceñía el cuello, como una corbata demasiado apretada—. ¡Fuera! ¡Tienes que irte ya!

Assad lo repasó con la mirada. Vestía unos vaqueros y una sudadera gris, y estaba blanco como la cera. A primera vista no llevaba encima armas de fuego ni de otro tipo.

—Subo al barco y hablamos, ¿vale?

—¿De qué? —Tommy lo miraba con los ojos desencajados—. Mi vida está acabada.

—No es verdad. Puede que ahora lo veas todo negro, pero tiene arreglo. —Assad puso el seguro a la pistola, la dejó a un lado y se quedó unos segundos con las manos en alto—. Ahora sí podemos hablar.

Los cables de acero del techo crujieron cuando cruzó del andamio al barco. Alzó la vista y rezó para que las poleas aguantaran el peso del velero, el de Tommy y el suyo propio.

—Siéntate. —Señaló un banco detrás del timón, pero Tommy no se movió.

—Lo voy a perder todo. —Le temblaba el labio inferior—. Iré a la cárcel por lo que he hecho.

Assad dio un paso hacia él.

—Eso sí puede ser, pero volverás a salir. Así funcionan las cosas, Tommy. Uno comete errores, asume la responsabilidad, pide disculpas, se arrepiente, expía sus faltas… ¿Y sabes qué? A veces incluso lo perdonan.

La cabeza de Tommy se balanceaba de un lado a otro, como si estuviera sedado.

—Esto no… Esto no se puede perdonar.

Assad dio otro paso adelante.

—La muerte de Mira no fue culpa tuya. Fue un accidente, ¿no?

Tú la querías. —A Tommy la cabeza se le desplomó sobre el pecho.

Había en él un aire de sumisión, de condenado a muerte ante el patíbulo, y Assad se acercó un poco más; estaba ya a menos de medio metro.

Le puso una mano en el hombro—. Sé lo negro que parece todo ahora.

Yo mismo he estado ahí. Pero créeme: las cosas mejoran.

Intentó tirar de él para llevarlo al andamio y ponerlo a salvo, pero Tommy estaba como anclado a la cubierta.

Por sus pantalones empezó a extenderse una mancha oscura, y ambos se quedaron observando los hilillos de orina amarilla que un instante después se escurrían por la blancura del suelo de la embarcación.

De pronto Tommy se apartó de un tirón, de forma tan violenta y repentina que hizo chirriar las poleas. El barco se bamboleó peligrosamente y lo hizo tropezar con los peldaños que bajaban a la cabina.

Assad miró por encima de la borda. Puede que la caída desde esa altura no lo matara, pero casi seguro le dejaría secuelas graves, y él no tenía ni tiempo ni paciencia para eso.

—Nos vamos. —Se inclinó y agarró a Tommy por la sudadera, pero él se revolvió como una serpiente y lo atacó.

Incrédulo, Assad bajó la vista hasta su brazo izquierdo y vio cómo la sangre brotaba de la arteria en pequeños géiseres rítmicos. Tommy, igual de atónito, contempló su propio puño cerrado y la navaja de pescador que aún sostenía.

—¡Perdón! —exclamó, con los ojos abiertos como platos al ver la sangre chorrear sobre la cubierta blanca a una velocidad aterradora.

Assad presionó la herida con la mano para tratar de cortar la hemorragia.

—Tranquilo, te perdono. Estás bajo presión, tienes miedo…

—Perdón. —Tommy se dejó caer de rodillas con las manos en la nuca sin soltar la navaja, de modo que la hoja larga y estrecha sobresalía por detrás de su cabeza como una pluma—.

Perdón —repitió, con la mirada fija en Assad, pero a la vez ausente—.

Perdóname, perdóname, perdóname —murmuró, y Assad comprendió que Tommy ya no le hablaba solo a él.

—Tommy, suelta la navaja y ven conmigo. Vamos a bajar —dijo Assad con delicadeza, y dejó de presionar la herida un momento para tenderle al político la mano manchada de sangre.

Si la lluvia no hubiera golpeado el techo con tanta violencia, quizá habrían oído el chasquido de la polea al soltarse. Pero no se oía nada; Assad solo vio la polea pasar zumbando por el rabillo del ojo y, en el mismo instante, sintió cómo el velero se hundía bajo sus pies.

Extendió el brazo derecho y consiguió aferrarse a una cornamusa de babor. Los tres cables restantes aún resistían, pero la popa escoraba cada vez más hacia estribor.

—¡Te dije que me dejaras en paz! —Tommy se había puesto en pie y mantenía el equilibrio como un surfista sobre una ola indomable, mientras que Assad colgaba con la espalda medio vuelta hacia él, pateando el aire desesperadamente en busca de apoyo.

Entonces Tommy levantó la mano que empuñaba la navaja de pescador por encima de la cabeza.

Assad cerró los ojos y pensó en sus hijos, y justo entonces la voz nítida de Helena penetró a través del estruendo de la lluvia.

— Ihthari ! —gritó ella.

El cuerpo de Assad reaccionó por puro instinto. Sin soltar la cornamusa, se arrojó hacia un lado para alejarse de Tommy. Sonó un disparo y levantó la mirada justo a tiempo de ver cómo la mano del político estallaba.

Tommy acercó el brazo al cuerpo y se quedó mirando en silencio la mano destrozada. El pulgar había desaparecido. Se tambaleó, como si fuera a desmayarse, y dio un par de pasos inseguros antes de perder el equilibrio y precipitarse de cabeza por la borda.

El alambre emitió un chirrido agudo al tensarse. Le siguieron dos golpes sordos. Después, solo la lluvia.

Assad oyó a Helena trepar por el andamio y, segundos después, sintió sus manos agarrándole las perneras del pantalón.

—¡Assad! —gritó—. ¿Estás bien?

Helena le movió el pie hacia un punto firme de la borda, lo bastante sólido para que pudiera impulsarse y dejarse caer sobre el andamio.

—No te muevas. —Helena le sujetó el brazo herido y presionó el pulgar contra la herida para cortar la hemorragia, mientras con la otra mano sacaba el móvil del bolsillo.

A Assad la cabeza le daba vueltas, y la sensación no mejoró al mirar hacia abajo.

Sobre el carro, entre las velas desechadas, yacía la cabeza cercenada de Tommy Eckert, como una joya grotesca envuelta en papel de seda.

Los ojos abiertos lo miraban fijamente desde abajo. Aún brillaban de arrepentimiento.

—¿Rose? —dijo Helena al teléfono—. Tommy Eckert está muerto. Necesitamos una ambulancia. Y a los peritos. El Astillero de Humlebæk. Havnevej, detrás del Louisiana.

Escuchó y asintió antes de mirar a Assad.

—Sí, se encuentra bien. Lo tengo aquí conmigo.