Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 71. Helena
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71. Helena

HELENA

—¿Helena…? ¡Helena!

La voz llegaba desde muy lejos, y ella, suspendida en un limbo donde no veía ni sentía nada, no tenía el menor deseo de reaccionar.

Pero esa voz acabó abriéndose paso en su inconsciencia y entonces irrumpió el dolor.

De repente sintió el cráneo retumbarle y un fuego bajarle por la nuca desde detrás de la oreja hasta la columna.

Al mismo tiempo, alguien la agarraba de los hombros con unas manos enormes, como zarpas de oso, y la zarandeaba. Entonces lo recordó todo.

Se zafó de un tirón, empuñó la pistola con ambas manos y la levantó por encima de la cabeza; luego rodó boca arriba y se llevó el arma a la altura de la cara. Fue en ese momento cuando volvió a abrir los ojos.

Al otro lado del cañón, unos ojos redondos como canicas la miraban fijamente. La linterna táctica iluminaba aquel rostro desde abajo y lo deformaba, dándole un aspecto monstruoso.

—¡Helena! —El monstruo se apartó a un lado—. ¡Soy yo!

Reconoció aquella forma tan peculiar de pronunciar su nombre.

—¿Assad? ¿Dónde está? —Bajó el arma.

—¿Quién, Jakob? —Assad la ayudó a sentarse—. ¿Qué ha ocurrido?

—No lo sé. Debí de pasar corriendo justo por delante de él. Me atacó por la espalda.

—Déjame ver. —Assad le quitó el gorro y le palpó con cuidado la parte posterior de la cabeza, apartándole el pelo con los dedos.

Helena soltó un leve quejido cuando Assad encontró el bulto detrás de la oreja. Para su sorpresa, no sangraba. El gorro debía de haber amortiguado lo peor del golpe.

—Hay que llamar a una ambulancia. Te han dado un buen porrazo. —Assad sacó el móvil y miró la pantalla—. ¡Será posible! No hay cobertura, tenemos que volver al coche.

—Todavía no. —Helena extendió una mano para que la ayudara a ponerse en pie—. No podemos abandonar a Tommy. Puede que esté herido por aquí cerca.

Assad sacudió la cabeza.

—Tienes que ir al hospital. Y si Jakob se ha largado en el coche, pedimos una orden de búsqueda.

—Escucha…, Eckert es parlamentario. Exministro. Pertenece a la élite, está bien connecté , tiene amigos poderosos. No sé cómo funcionan estas cosas en Dinamarca, pero si lo dejamos aquí tirado y se muere, al Departamento Q lo entierran con él.

Vio que Assad vacilaba. Tras la marcha de Carl Mørck, Assad era el Departamento Q. Si algo le había quedado claro en los escasos diez días que llevaba en el sótano, era eso.

—Veamos al menos adónde conduce el sendero —insistió—. Si en diez minutos no hemos encontrado nada, volvemos al coche y pedimos refuerzos, ¿te parece?

Assad suspiró.

—Cinco minutos. Ni uno más —concedió.

Doscientos metros más adelante, Assad arrastró a Helena tras un pino para observar el claro y el lago que se abrían ante ellos.

—Allí hay algo. —Señaló Helena.

A unos metros del embarcadero, una masa amorfa yacía sobre el terreno llano de la orilla. Desde la distancia parecía una enorme bolsa de basura abandonada.

Assad estiró el cuello y, en un movimiento rápido, alzó la pistola en posición de tiro.

—Es una persona. Tiene que ser Eckert. —Le hizo una seña para que se acercara—. Espalda contra espalda, Helena.

— D’accord . —Helena levantó el arma con ambas manos y se pegó a él.

Avanzaron de lado, como un cangrejo, hacia la figura tendida en la orilla, mientras Helena inspeccionaba la linde del bosque, pendiente de cualquier movimiento o sonido fuera de lo normal.

Jakob Solvig podía estar rondando por allí.

Iba armado y, aunque habían apagado las linternas, tendría que estar más ciego que un topo para no acertar al menos a uno de ellos si se lo proponía.

—No es Eckert. —Assad se detuvo de golpe, y Helena casi chocó con él.

—¿Cómo?

Assad la sujetó del brazo, le hizo darse la vuelta y señaló hacia abajo.

El hombre que yacía frente a ellos era moreno y llevaba una chaqueta negra acolchada. A la luz de la luna, la piel del rostro tenía un tono ceniciento. Respiraba con dificultad.

Assad y Helena se miraron. ¿Qué diablos había pasado allí?

—¿Jakob? —lo llamó Assad, pero el hombre no reaccionó. Tenía los ojos medio cerrados—. Tú mira cómo está. Yo te cubro. —Assad se giró hacia el bosque.

Helena se arrodilló y le palpó los bolsillos. No llevaba armas, solo una llave de coche y un pequeño pájaro de porcelana negro. Pero enseguida notó que el lado izquierdo de la chaqueta estaba empapado de sangre. Le buscó el pulso en el cuello.

—Aún tiene pulso, pero muy débil —dijo al percibir un leve latido—. Tú vuelve al coche y pide ayuda. Yo me quedo aquí.

Assad la miró un instante y después volvió a fijar la vista en el bosque.

—Iremos los dos —zanjó—. No pienso dejarte sola. Tommy Eckert sigue por aquí, y él sí va armado. Ya hemos pasado por esto.

Un débil gorgoteo hizo que Helena bajara la vista. Jakob había abierto los ojos por completo y ahora alternaba la mirada entre ella y el cielo. Por la boca entreabierta le salían pequeñas bocanadas irregulares de vapor y parecía aterrorizado.

Helena se puso en pie.

—No podemos irnos los dos. Necesita primeros auxilios. —Miró a Jakob y bajó la voz—. De pequeño lo torturaron y lo dejaron abandonado en este lugar. No puede morir solo. No aquí.

Assad le sostuvo la mirada un par de segundos.

—No se nos pueden morir todos —murmuró al fin—. Toma. —Se quitó el cinturón y se lo tendió a Helena—. A ver si con esto puedes cortar la hemorragia. Y no enciendas la linterna hasta que vuelva. En cuanto tenga cobertura, llamo a una ambulancia y a la unidad canina.

Desapareció corriendo en la oscuridad del bosque mientras Helena se quitaba el gorro, lo llenaba de tierra y lo presionaba con fuerza contra la herida. Después ciñó el cinturón de Assad alrededor del torso de Jakob para sujetar la compresa improvisada.

Jakob gimió, y Helena vio que le temblaban los labios. Parecía querer decir algo.

—Tommy… —susurró con voz seca y débil, apenas audible.

Helena se inclinó sobre él e intentó no perder el contacto visual.

—¿Fue Tommy quien te disparó?

Los párpados de Jakob se abrieron y se cerraron, y ella entendió que asentía.

—¿Por qué?

Se quedó mirándole los labios unos segundos, hasta que respondió:

—Dinero… Coche… Mira.

—¿Lo estabas chantajeando?

Jakob miró al cielo y no respondió.

—¿Estaba Tommy con Mira la noche en que ella murió? —insistió Helena.

Jakob jadeó y tosió.

—Sí.

—¿Mataste a Konrad Horsten? —preguntó ella.

En su rostro se dibujó una sonrisa apenas perceptible que ella interpretó como un sí.

—¿Y llevaste a Ole Horsten a Asserbo en contra de su voluntad y lo asfixiaste?

Se hizo una larga pausa. Entonces volvió a asentir con los párpados.

—¿Y Kaare Berg?

Esta vez los párpados no se movieron; solo miró a Helena con expresión distante.

—¿Mataste ayer a Kaare Berg? Jakob, sabemos lo que te hicieron aquí, en este lago, cuando eras pequeño, y sabemos también que Berg estuvo involucrado.

—A Helena se le trababan las palabras y tuvo que contenerse para no perder el control, pero había algo en la muerte de Kaare Berg que la molestaba desde el momento en el que encontraron el cadáver.

Era una chapuza, un homicidio impulsivo, que carecía de la planificación y del dramatismo que caracterizaban el falso suicidio de Ole Horsten, la muerte de Konrad Horsten en Kronborg o los sabotajes de Charis y del arrastrero en Hirtshals.

—Tommy —exhaló Jakob.

Helena le puso una mano en el pecho con delicadeza y se inclinó aún más.

—¿Lo mató Tommy? ¿Por qué?

Jakob abrió la boca, pero solo logró balbucear. Helena juraría que estaba intentando tararear, si no fuera porque resultaba completamente absurdo.

Miró en la dirección en que había desaparecido Assad.

¿Cuánto tiempo había pasado ya? ¿Cuatro minutos?

¿Cinco? La luz plateada que iluminaba el lago desapareció de golpe.

Alzó la vista. Las nubes se habían cerrado, y la oscuridad se cernió sobre ella y el hombre malherido como una cúpula.

Empezó a lloviznar, y las gotas se posaron como perlas sobre la chaqueta de Jakob.

Un nuevo sonido escapó de sus labios. Al acercar la oreja a su cara, Helena se dio cuenta de que estaba cantando.

Reconoció la letra y la melodía: Nanna se la había cantado alguna vez para dormir cuando era pequeña.

«… en la soledad del bosque reina la tranquilidad, y los anhelos del corazón encuentran aquí su paz».

Las últimas palabras fueron un susurro más que una canción. Helena esperó por si decía algo más, pero los ojos de Jakob empezaron a moverse como los de un niño que mira absorto por la ventanilla de un tren.

—Cantas muy bien —le dijo.

En su cara se dibujó una sonrisa, y sus ojos dejaron de moverse. Helena alzó la vista al cielo para ver qué estaba mirando, pero no había nada. Solo la lluvia silenciosa.

—¿Jakob? —Lo sacudió con fuerza; había dejado de respirar. Entonces apoyó las palmas sobre el esternón y empezó a presionar a un ritmo constante.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado así cuando divisó un haz de luz en la linde del bosque.

—El coche de Tommy Eckert ha desaparecido. La ambulancia está de camino —anunció Assad, bufando, y se dejó caer de rodillas a su lado para relevarla en el masaje cardíaco.

Helena le puso una mano en el brazo y buscó sus ojos en la oscuridad.

—Ya no corre prisa.