Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 70. Assad
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70. Assad

ASSAD

Assad no llevaba ni cinco minutos corriendo por el sendero resbaladizo cuando supo que algo andaba mal.

Aunque orientarse entre aquella arboleda tan densa no era fácil, su brújula interior le decía que el sendero avanzaba lenta pero inexorablemente hacia el oeste, mientras que el disparo había venido del norte.

Alumbró el sendero por el que había llegado.

—¡¿Helena?! —gritó a pleno pulmón, pero no hubo respuesta. Ya sabía que era poco probable que pudiera oírlo en aquel bosque tupido, pero había algo en esa quietud absoluta que le ponía los pelos de punta.

Dio media vuelta y echó a correr todo lo deprisa que le permitían sus cincuenta y tres años y un consumo de aceite de oliva superior al de todo un pueblo de provincias danés.

No tendrían que haberse separado. Helena había ido directa al norte y quizá en ese momento estuviera cara a cara con un hombre que ya había empleado armas contundentes, explosivos, medicamentos, una barbacoa y sus propios puños para matar.

En otras palabras, un psicópata asesino con una sed de venganza insaciable que ahora, además, iba armado.

¿Por qué demonios había accedido a dejarla ir?

Cierto que Helena era terca como ella sola y había insistido, sí, pero en una situación crítica nunca se abandona a un compañero.

Tendría que haberse plantado. Rose estaba hecha de la misma pasta: compartía su obstinación y esa convicción de que podía apañárselas sola ante cualquier circunstancia.

Pero Assad jamás habría dejado a Rose adentrarse sola en un bosque oscuro tras la pista de un hombre armado y peligroso.

Intentó convencerse de que eran las peleas constantes con Nella en casa las que le habían quitado las ganas de discutir.

De que, tras la explosión de Asserbo, había perdido confianza en el juicio de Helena.

La verdad, sin embargo, era más sencilla: echaba de menos tener a Carl a su lado y, en su ausencia, prefería arreglárselas solo.

Pero ¿no era eso justo lo contrario de lo que predicaba el Departamento Q?

En el Departamento Q se cubrían las espaldas unos a otros. Siempre.

Llegó al tocón con los pulmones a punto de estallar.

—¿Helena? —volvió a gritar, sin respuesta.

Tomó el sendero hacia el norte y consultó el reloj.

Los números 17.42 brillaron en la oscuridad.

¿Hasta dónde podría haber llegado Helena en seis minutos?

Por aquel terreno irregular era casi imposible correr, pero ella estaba en mucho mejor forma que él.

Calculó que bien podría llevarle un kilómetro de ventaja, y aceleró el paso hasta que se sintió al borde del infarto.

Entonces la vio, a lo lejos. Aún llevaba el arma en la mano, y la linterna táctica proyectaba un cilindro de luz sobre el suelo, como si quisiera guiarlo hasta ella. Estaba boca abajo con los pies apuntando hacia él, los brazos inertes, caídos a los lados y la cabeza apoyada sobre un bulto oscuro.

—¡Helena! —Assad barrió con su linterna los árboles que los rodeaban, examinando el terreno. No había nadie más a la vista, pero dejó el seguro quitado y sostuvo el arma con el brazo extendido, listo para disparar, mientras se arrodillaba junto a ella.

Parecía que le hubieran disparado por la espalda, pero en la chaqueta no se veía ningún impacto de bala.

Tampoco sangraba, ni había oído ningún disparo.

Le puso la mano izquierda en la nuca y comprobó que aún estaba caliente…

El corazón le dio un vuelco de alivio cuando oyó un pequeño gemido, como el de un niño que duerme profundamente.

Respiraba.