Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 69. Helena
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69. Helena

HELENA

—Espera un momento. —Assad le puso una mano en el brazo a Helena y ella frenó.

El camino forestal lleno de baches desembocaba en lo que parecía un patio amplio frente a un edificio de dos plantas. «heibergsminde», se leía sobre la entrada principal, o se habría leído algún día, porque ahora faltaban la B y la G. El resto del edificio estaba igual de descuidado y deteriorado.

—Por Alá…, tenías razón. Mira las matrículas. —Assad entrecerró los ojos y se quedó observando los dos coches aparcados en extremos opuestos del patio—. Están los dos aquí. El Peugeot de Jakob y el Fiat de Eckert.

Salió del coche, desenfundó la pistola y se acercó a la puerta delantera del Fiat empuñándola con ambas manos mientras Helena lo seguía con la mirada.

Al poco le indicó que estaba vacío, y entonces ella avanzó hasta el patio y aparcó el coche de cara a la salida, por si tenían que marcharse de allí a toda prisa.

Al apagarse los faros, una oscuridad azulada envolvió el coche como terciopelo.

Eran las 5.25; faltaba casi media hora para la puesta de sol, pero allí, lejos de cualquier luz artificial, era imposible distinguir nada a más de diez o quince metros.

Aquella negrura le revolvió algo por dentro que la incomodaba.

Doce años atrás también estaba así de oscuro cuando el coche que iba delante de ella frenó en seco. Ni siquiera llegó a ver al hombre bajarse del vehículo antes de que sonara el primer disparo y los fragmentos del parabrisas le llovieran encima como copos de nieve afilados.

Del resto solo conservaba retazos. Debió de reptar hasta el asiento trasero y salir del coche por la otra puerta, pero no lo recordaba con claridad.

Era como si sus pensamientos se hubieran borrado por completo en esos dos o tres minutos que aquel desconocido necesitó para arruinarle la vida.

Su cuerpo había actuado por instinto. Había sacado a Juju del coche y se había echado sobre ella como si fueran una sola persona, de eso sí estaba segura, pero lo único que se le había quedado grabado en la memoria era el miedo cuando aquel hombre se cernió sobre ellas.

Su silueta oscura recortada contra un cielo aún más oscuro.

El terror cuando él apuntó y ella rodó para cubrir con su cuerpo a Juju.

El dolor cuando la bala le entró por la espalda.

En cierto modo, había muerto aquella noche. Al menos así lo había sentido, sobre todo durante los primeros años.

Se miró las manos ligeramente temblorosas y luego a Assad, que en ese momento se acercaba al Peugeot azul con pasos calmados. ¿Debería decirle que estaba nerviosa, que tendría que apañárselas solo porque ella arrastraba un fantasma del pasado?

Sacudió la cabeza. De ninguna manera, maldita sea. El pensamiento en sí ya era una estupidez, teniendo en cuenta la escasa confianza que Assad tenía en ella y en sus dotes como policía.

Sacó un gorro del bolsillo, se lo caló y bajó del coche. La explanada frente a Heibergsminde estaba cubierta de gravilla, pero las malas hierbas habían invadido el terreno y la tierra negra asomaba entre las piedras.

—Las maletas de Jakob siguen en el coche. Hay dos, tal como dijo la hija de la vecina. No puede andar muy lejos. —Assad señaló el maletero del Peugeot antes de avanzar hacia el edificio principal, sumido en la penumbra.

Helena quitó el seguro a la pistola, activó la linterna táctica y se encaminó hacia el ala oeste del edificio mientras trataba de reconstruir en su cabeza los posibles escenarios entre los dos antiguos coristas.

La única geolocalización que habían obtenido del Fiat de Tommy Eckert indicaba que había salido de la autopista en Hørsholm y tomado dirección noroeste, de modo que no se dirigía a Kronborg, como habían supuesto en un principio.

A falta de una idea mejor, Assad y Helena habían decidido entonces ir al colegio Laurenti, en Hillerød, pero apenas se habían subido al coche cuando una nueva geolocalización, mucho más relevante, los hizo cambiar de planes otra vez.

Habían localizado el vehículo de Jakob Gade en una carretera al norte de Helsinge: un coche patrulla con cámara había registrado la matrícula, además de captar una imagen del coche que circulaba en dirección norte.

Como desde ese punto no había más que un par de minutos hasta Heibergsminde, Helena propuso ir directamente al antiguo campamento escolar para comprobar si Jakob se había refugiado allí.

Según la secretaria de Laurenti, el edificio llevaba años desierto y en desuso. El escondite perfecto.

El hecho de que ambos coches estuvieran aparcados frente al edificio principal hacía suponer que tanto Jakob como Tommy estaban en las inmediaciones y que su encuentro no era fortuito, sino fruto de algún tipo de acuerdo.

Que Tommy hubiera acudido por voluntad propia ya era más dudoso.

Lo más probable era que Jakob lo hubiera engañado con algún pretexto o que lo estuviera chantajeando.

En cualquier caso, Assad tenía razón: los dos hombres tenían que estar allí.

Uno era un asesino. El otro se encontraba en peligro inminente de muerte.

Oyó dos estruendos secos y el pulso se le aceleró. Al girarse en redondo, vio a Assad en la escalinata, con el pie aún en alto. Volvió a asestar una fuerte patada a la puerta principal, pero la sólida estructura de roble no cedió ni un milímetro.

—Está cerrada —indicó.

Helena le hizo señas para que se acercara.

—Bueno, creo que al norte de Copenhague ya todo el mundo se ha enterado de que estamos aquí —susurró en una especie de bufido. Luego, en un tono más benévolo, añadió—: Alguien ha pasado hace poco por aquí. —Apuntó al suelo.

La maleza, todavía húmeda, aparecía pisoteada en varios puntos, y en un claro de tierra entre los islotes de gravilla había una huella bien marcada.

Por el tamaño, parecía la puntera de un zapato o una bota de hombre, y apuntaba hacia el oeste.

Rodearon el edificio siguiendo la dirección de la huella y, al doblar la esquina, encontraron en el suelo una puerta arrancada.

—Espérame aquí. —Assad pasó por delante de Helena y desapareció con el arma ligeramente en alto por el hueco de la puerta, que conducía a lo que parecía la antigua ala de dormitorios.

Desde fuera, Helena alcanzó a ver el haz de su linterna táctica recorrer el interior, hasta que desapareció por completo y se hizo el silencio.

Alzó su propia pistola y barrió el jardín trasero con la linterna. La hierba había crecido sin control y estaba invadida de hierbajos, cardos y restos de tallos secos. Juraría que las huellas que iban siguiendo continuaban en línea recta hacia una abertura en la linde del bosque.

—Ahí dentro no hay ni ratas ni sabandijas —dijo Assad al salir del anexo—. He revisado todas las habitaciones y todas las literas. La puerta que da al edificio principal está cerrada con llave.

—¿Qué te parece esto? —Helena siguió con su linterna las huellas en la hierba—. ¿Ves el espacio entre aquellos dos abedules? Creo que hay un sendero que se adentra en el bosque.

Assad se frotó la mandíbula.

—¿Y qué iban a hacer en el bosque a estas horas? Está más negro que la boca del lobo.

—Aquella noche a Jakob lo arrastraron al bosque —dijo ella—. Eso fue lo que Vang le confesó a Gordon, ¿no? Que lo despertaron en mitad de la noche y lo tiraron a un lago. Tiene que haber un lago por aquí cerca…

De repente se oyó un estampido lejano. Assad puso la mano en el brazo de Helena y ella se detuvo en seco.

Como él, reconoció el sonido al instante.

No era un estruendo fuerte, sino más bien lo contrario, y procedía de algún lugar a cientos de metros de allí.

El tono era inconfundible: un chasquido metálico y seco que reverberó sobre las copas de los árboles, seguido del graznido indignado de los pájaros asustados.

—¡Un disparo! —Assad la miró y echó a correr.

Durante un par de segundos, Helena se quedó clavada en el suelo, sorprendida por la velocidad con que aquella figura corpulenta surcaba la hierba alta hasta la rodilla y desaparecía entre los árboles.

Entonces salió tras él, pero la hojarasca mojada formaba una capa espesa que la hacía resbalar a cada paso.

No lo alcanzó hasta más adentro en el bosque, donde Assad recuperaba el aliento apoyado en un tocón enorme.

Delante de ellos, el sendero se bifurcaba.

Assad frunció el ceño, irritado. Incluso en la oscuridad, Helena distinguió la profunda arruga entre sus espesas cejas.

—¿Ahora por dónde tiramos? Teníamos que haberle pinchado las ruedas. Si vamos por este lado, él volverá al coche por el otro, y si vamos por aquel…

—Gracias, la lógica me ha quedado clara —lo interrumpió Helena—. Nos separaremos. Yo iré por ahí. —Señaló con la cabeza el ramal de la derecha.

Assad la miró con esa condescendencia que los padres reservan para los hijos obstinados.

—¿Separarnos? Jakob ya no es un pobre niño del coro. Ha matado a tres personas, puede que cuatro, y ha hecho volar por los aires a otros cuatro inocentes. Y has oído el disparo de antes. Va armado.

Helena señaló su propia arma con un gesto.

—Yo también. Y además tengo muy buena puntería. —Miró el reloj—. Son las 17.36. Comprobamos adónde van los caminos y nos volvemos a encontrar aquí a las 17.50 como muy tarde, ¿te parece?

Assad titubeó.

—¿Segura? —Se quedó en pie, como dándole la oportunidad de cambiar de idea.

—Segura —respondió Helena, y le dio la espalda antes de que Assad pudiera ver la sombra de duda en sus ojos.

Si mostraba debilidad ahora, la historia se extendería como la pólvora por todo el distrito policial de Copenhague.

A esas alturas ya se habrían enterado de lo ocurrido justo antes de la explosión en Asserbo.

No pensaba darles también la satisfacción de oír cómo, en una situación de riesgo, se había comportado como una auténtica gallina.

Porque entonces la destinarían a poner sellos en la unidad de patrulla rural o a archivar expedientes en la sección de mascotas perdidas, lo más lejos posible del crimen organizado.

Así que siguió avanzando, con las piernas ligeramente flexionadas y empuñando la pistola con ambas manos.

En ese tramo el sendero era tan estrecho que, si extendía los brazos, podía tocar los árboles de ambos lados a la vez.

Las copas se entrelazaban sobre su cabeza a unos ocho o diez metros de altura, y tuvo la sensación de ir caminando por el interior de una catedral abandonada.

Levantó un poco el arma y la desplazó despacio de un lado a otro para explorar el terreno.

Entonces el haz de la linterna dio con algo inusual en el suelo.

Entrecerró los ojos para verlo mejor. Era una especie de bulto.

Se acercó despacio, sin quitarle ojo, hasta estar segura de que no era nada vivo.

El bulto era completamente negro salvo por un detalle blanco que despedía un brillo casi reflectante cuando la luz lo rozaba.

Reconoció de inmediato el logotipo con los dos arcos opuestos. Under Armour. Era una bolsa de deporte.

Echó un vistazo a su alrededor antes de arrodillarse a examinarla más de cerca.

Parecía seca, así que no podía llevar mucho tiempo allí.

La iluminó con la linterna y removió el contenido con el cañón de la pistola.

¿Qué narices era aquello? Una bolsa llena de papeles de periódico, atados como si fueran fajos de billetes.

Parecía un intento amateur de engañar a alguien.

De repente tuvo la certeza de que no estaba sola. Levantó el arma en posición de disparo y barrió el sendero con el haz de la linterna, pero supo en ese mismo instante que acababa de cometer un error fatal: el sendero frente a ella estaba despejado. El peligro venía por detrás.

En los últimos doce años se había imaginado cientos de veces cómo podría sobrevenirle la muerte, pero por algún motivo nunca había pensado que pudiera ser algo tan simple como esto.

No vio al hombre salir de su escondite bajo una rama baja de pino.

Solo oyó el chasquido del tambor de un revólver al girar, y la embargó una sensación de terror y alivio a la vez: conocía a la perfección ese sonido.

Había entrenado montones de veces con un revólver en el campo de tiro. Y ese revólver estaba vacío.

Quiso ponerse en pie, girarse de golpe y apuntar con la pistola en un solo movimiento, pero ya había perdido demasiado tiempo.

Oyó un silbido y apenas alcanzó a ver algo verde oscuro por el rabillo del ojo antes de que el golpe le estallara detrás de la oreja, con un sonido metálico y la contundencia de un bloque de hierro.

¿Dolía?

Si fue así, no llegó a sentirlo antes de que la oscuridad lo engullera todo. Exactamente esa clase de oscuridad que tanto la aterraba.