68. Jakob #2
Tommy dejó resbalar la bolsa de deporte del hombro y, despacio, la apoyó sobre el embarcadero.
—¿Y los vídeos de esa noche… y mi corbata?
—Ah, sí. —Jakob hurgó en el bolsillo y sacó una bolsa de congelación con la Ferragamo marrón dorado manchada de sangre y la tiró al embarcadero—.
Gracias por prestármela —dijo, y recogió la bolsa de deporte, que pesaba más de lo esperado.
Aunque ¿cuánto pesaban 5 millones de coronas en billetes grandes?
No tenía ni idea—. Los vídeos los borraré en cuanto haya contado el dinero.
—Se alejó un par de pasos y miró el reloj—.
Tú espera aquí treinta minutos antes de volver al coche.
¿Entendido? Treinta minutos. De lo contrario, los vídeos irán directos a la prensa.
Tommy asintió con la mirada vacía y Jakob fue retrocediendo despacio, sin darle la espalda.
Cuando dejó atrás el embarcadero y pisó tierra firme, sintió que las piernas le pesaban menos.
Dejó de vigilar a Tommy, se giró y aceleró el paso hacia el sendero del bosque, con una euforia repentina vibrándole en el pecho.
Su nueva vida comenzaba allí, en ese preciso instante.
Notó cómo la tensión de la garganta empezaba a ceder, como si llevara treinta y cuatro años con una soga alrededor del cuello y alguien, por fin, se la hubiera aflojado.
Cinco millones de coronas. Palpó la bolsa.
Había hecho sitio para el dinero en dos huecos detrás del revestimiento del maletero, pero ¿habría suficiente espacio?
Siguió trotando mientras se apretaba la bolsa contra el pecho para comprobar el contenido.
Abrió la cremallera lo justo para meter la mano y sacó un fajo de billetes.
Se detuvo en seco al darse cuenta de que lo que sostenía era un taco de papel de periódico recortado como si fueran billetes.
Reconoció incluso la tipografía y el artículo del Morgenavisen : una crónica del decimoctavo cumpleaños del heredero al trono.
«Un príncipe de su tiempo», se leía en la parte superior del fajo.
Sacó un segundo fajo. «… de las aguas marinas están muriendo», decía.
Frenético, lo deslizó entre los dedos como si fuera una baraja y lo arrojó al suelo del bosque antes de abrir la bolsa de par en par.
Tardó unos segundos en comprender lo que estaba pasando. Dentro no había nada más que una pesada barra de hierro y un montón de papeles. Fajos de periódico atados con gomas. Basura.
Se encogió por dentro; el ácido gástrico le subió hasta abrasarle el esófago.
Agarró la barra de hierro y echó a correr de vuelta al lago, rugiendo de furia.
El bosque parecía irreal; la penumbra se había cerrado sobre él, claustrofóbica, y apenas logró ver nada cuando llegó, solo el contorno de Tommy en la orilla, con un brazo en la espalda y el otro extendido, como para defenderse de aquella bestia rugiente que salía del bosque.
—¡Hijo de perra! —Jakob resbaló en la orilla embarrada del lago al abalanzarse sobre Tommy con la barra de hierro en alto—. ¿Creías que podrías engañarme?
Intentó agarrarlo e inmovilizarlo para machacarle el cráneo, empujarlo al agua y hundirlo en las negras profundidades del lago hasta que se ahogara.
Pero Tommy se le adelantó.
El golpe, inesperadamente fuerte, retumbó en los oídos de Jakob antes de alcanzarlo en el costado izquierdo, bajo las costillas, y dejarlo sin respiración.
Cayó hacia delante, arrastrando consigo a Tommy, y se derrumbó sobre él.
Por encima de ellos, los pájaros chillaban y graznaban en la oscuridad.
Jakob había perdido la barra de hierro, pero si pudiera levantar las manos, agarrar el cuello de Tommy y apretarlo hasta…
El golpe en el costado dolía demasiado y le escocía, como si Tommy le hubiera prendido fuego.
Rodó de espaldas y metió la mano por debajo de la chaqueta para palpar de dónde venía el dolor.
Sintió el jersey caliente y húmedo y, al sacar la mano y acercarla a los ojos, comprendió lo que había pasado.
La sangre, negra en la oscuridad, le goteaba sobre la cara.
Desvió la mirada de la mano hacia Tommy. El político estaba de pie, inclinado sobre él, con los ojos abiertos de par en par, y respiraba con agitación. Sujetaba un arma con torpeza, con el brazo estirado, como si le quemara la mano.
—Me has disparado —dijo Jakob, notando cómo la sangre manaba de la herida bajo las costillas con cada palabra.
Tommy no respondió. Se quedó inmóvil unos segundos, jadeando, antes de recoger el totschläger y echar a correr.
Jakob consiguió alzar la cabeza y vio a Tommy desaparecer entre los árboles.
Luego volvió a desplomarse y miró al cielo mientras la sangre seguía brotando sin cesar.
Dos nubes se apartaron y la luna se asomó, bañando el entorno con su luz fría y plateada.
Por primera vez distinguió las copas desnudas de los árboles sobre él.
¿Serían los mismos que había visto cuando estuvo atado allí, treinta y cuatro años atrás?
Las ramas parecían manos. Manos retorcidas de bruja que se balanceaban sobre él.
Los párpados le pesaban cada vez más y el movimiento de las copas de los árboles se volvió más rítmico.
Una tras otra aparecían y desaparecían ante él en un parpadeo constante, y de pronto ya no era un hombre de cuarenta y tantos, sino un niño de diez sentado en el asiento trasero del coche de sus padres, mirando apático por la ventanilla mientras las farolas y los árboles desfilaban ante él.
Fueron a buscarlo a Helsinge, a casa de Asger y Lise, poco antes de Navidad.
—¿Qué dije yo? —preguntó el padre mientras recogían sus cosas—. A ver si se te quita de una vez por todas esa puñetera manía de cantar.
La escena que siguió fue de esas que repugnaban a su padre. Tuvieron que arrancarlo, llorando y gritando, de los brazos de Asger, bajarlo a rastras por las escaleras y obligarlo a subir al coche. Cuando al fin pusieron rumbo al ferry , su padre iba en silencio, hirviendo de rabia por dentro.
—¿Qué vamos a hacer con este? —dijo finalmente, cuando subieron a bordo.
La madre intentó hacerlo callar, y Jakob fingió que dormía, pero incluso con los ojos cerrados sentía la mirada de su padre por el retrovisor, acribillándolo y arrebatándole la última esperanza de que hubiera algo bueno en este mundo.
—Lo digo en serio —masculló el padre—. ¿Qué se hace con un niño prodigio que ha dejado de serlo?