68. Jakob
JAKOB
—¿Jakob? —Tommy le recorrió el rostro con la mirada, como si intentara encajar las piezas de un rompecabezas.
—¡Vaya! Ahora sí te acuerdas. —Jakob encendió la linterna y enfocó con ella a Tommy.
Bajo el intenso haz de luz vio que tenía una fina película de sudor en las aletas de la nariz y en el labio superior.
La chaqueta encerada le venía grande y le hacía parecer un niño disfrazado.
El pelo, fino y grasiento, se le pegaba a la cabeza, y las ojeras violáceas delataban una falta de sueño extrema, que en los próximos días solo podría agravarse.
—Andando. Nos vamos al bosque. —Jakob hizo un gesto con la linterna.
—¿Adónde me llevas? —Los ojos de Tommy brillaban con recelo.
—¡Vamos, andando ya! —Jakob se plantó frente a él, lo hizo girarse y le dio un empujón en la espalda—. ¡Al bosque! Mantén las manos en alto, donde yo pueda verlas.
Tommy echó a andar, primero con pasos titubeantes; luego aceleró para mantener la distancia con Jakob, que le clavaba la linterna en la espalda cada vez que iba despacio.
Se metieron por un sendero y el bosque se espesó a su alrededor. Tommy estuvo a punto de tropezar varias veces: los zapatos de cordones resbalaban en la hojarasca y se enganchaban en las raíces que sobresalían entre las hojas muertas cada vez que Jakob lo empujaba.
Al llegar a un gran tocón cubierto de musgo, el sendero se bifurcaba.
—Ve por la derecha —le ordenó Jakob cuando Tommy le lanzó una mirada perpleja por encima del hombro, y siguieron hacia el norte, hasta que el bosque se acabó y algo negro y enorme brilló bajo el haz de la linterna de Jakob.
El lago. A Jakob se le hizo un nudo en la garganta al verlo de nuevo.
—Al embarcadero. Venga. —Le dio un empujón en la espalda, y Tommy avanzó por la estructura de madera carcomida con los brazos en cruz como un funambulista.
—Ahora para y date la vuelta —ordenó Jakob cuando apenas faltaba un metro para el borde. Tommy, que seguía con los brazos extendidos como un espantapájaros y respiraba a bocanadas cortas y nerviosas, se fue girando poco a poco, primero el torso y después el resto del cuerpo.
—Quiero pensar que has traído el dinero —dijo Jakob.
Tommy hizo un gesto con la barbilla hacia la bolsa de deporte que le colgaba del hombro derecho.
—Aquí —señaló con una voz que sonó como el croar de una rana.
—¿Y están los 5 millones? —Jakob escrutó el rostro de Tommy.
Este asintió sin mirarlo a los ojos.
—No hace falta que agaches la cabeza. Te ha salido barato, teniendo en cuenta lo que habría podido ganar yo si no me hubieras arruinado la voz.
Jakob sintió que la furia empezaba a apoderarse de él.
Se había propuesto mantener la cabeza fría, actuar como si aquello fuera una transacción de negocios.
Agarrar el dinero y desaparecer. Pero en ese momento solo pensaba en golpear a Tommy en la cabeza hasta dejarlo inconsciente y luego, cuando cayera al suelo, patearle el estómago y la cara, arrancarle la ropa, mearle encima y empujarlo al agua, solo para comprobar si aquella venganza animal le proporcionaba algún tipo de paz interior.
—Quiero pedirte perdón —dijo Tommy, y alzó por fin la vista.
—¿Perdón? —Jakob soltó una carcajada histérica—. ¿De verdad crees que eso es lo que quiero después de treinta y cuatro años en el infierno? ¿Que me pidas perdón?
Tommy parecía desconcertado.
—Hay a quien le ayuda —dijo—. La primera ministra ha pedido disculpas a muchos niños que recibieron un mal trato en la infancia, así que…
—No me vengas con gilipolleces de político. —Jakob pateó con rabia las tablas del embarcadero—. Ya tuviste tu oportunidad de pedirme perdón… y fue en el despacho de Ole Horsten hace treinta y cuatro años.
Tommy lo miró sin comprender.
—No me acuerdo…
—¿Que no te acuerdas? —Jakob lo observó. Había esperado algo de arrogancia por parte de Eckert, pero aquel aire de inocencia fingida era directamente una provocación—. Te llamaron al despacho de Horsten y te preguntaron qué había pasado aquella noche en Heibergsminde. ¿Y qué contestaste?
Tommy negó ligeramente con la cabeza.
—Dijiste: «Yo de eso no sé nada». Estabas sentado a mi lado; podrías haberme salvado.
Si hubieras dicho la verdad, si hubieras tenido un mínimo de decencia, podría haberme quedado en el colegio, recibir tratamiento, operaciones, fisioterapia…
Pero ¿qué hiciste tú? —Ahora le dolía la garganta.
Hablar así era como pasarse papel de lija por las cuerdas vocales.
Los ojos de Tommy recorrieron el rostro de Jakob como si fuera a encontrar allí la respuesta. Luego volvió a bajar la mirada.
—Exacto —Jakob asintió—. Le mentiste a Horsten a la cara y firmaste allí mismo mi sentencia de muerte.
—No fue… —Tommy se calló cuando Jakob se acercó más a él; aún le sacaba media cabeza.
—¿Sabes lo que es ver cómo todo tu futuro se derrumba ante ti cuando tienes diez años?
—Jakob dio un paso más y las tablas crujieron bajo sus pies—.
¿Sabes lo que siente un niño cuando descubre que el paraíso en el que ha entrado está lleno de víboras como tú?
¿Sabes lo que es tener diez años y perder lo único que le daba sentido a la vida?
¿Ver cómo todo el mundo a tu alrededor, niños y mayores, se alía contra ti?
Tommy parpadeó como si cada palabra de Jakob fuera un latigazo y retrocedió un paso. Ahora apenas lo separaba medio metro del agua.
—Solo intentaba sobrevivir —argumentó.
—¿Qué? —Jakob resopló—. ¿Qué es eso de sobrevivir? ¡Menuda tontería!
—Odiaba ese colegio. —Tommy tragó saliva un par de veces—.
Laurenti nunca fue mi sueño. Fue el sueño de mi padre.
Él aspiraba a pertenecer a la élite, codearse con todos esos padres ricos e influyentes.
Pero yo lo odiaba con toda mi alma… La competencia, la disciplina, el canto, ¡todo!
Cada día, cada hora en Laurenti me arrancaba un pedazo de mí.
—Alzó la vista; el sudor le cubría todo el rostro como una mascarilla húmeda—.
Si no le hubiera mentido a Horsten, el siguiente habría sido yo.
—Ya veo —dijo Jakob—. O sea, que tu estrategia de supervivencia se basaba en pisotear a los que estaban abajo. Empiezo a entender por qué te metiste en política.
Tommy sacudió la cabeza como si estuviera poseído.
—Lo de arrastrarte al bosque aquella noche no fue idea mía. Fue cosa de Konrad. Y de Kaare. —De repente, sus ojos adquirieron un brillo enloquecido—. Kaare está muerto.
Jakob lo miró fijamente.
—¿Muerto?
—Fue sin querer. Lo del bosque fue idea suya… y ahora está muerto. Yo lo maté. Ayer. Está muerto. —Hablaba de manera extraña, como un robot. Luego lo miró a los ojos—. Jakob, los dos somos del mismo bando. Somos un equipo, tú y yo… ¿No lo ves?
Jakob rio con desprecio.
—¿Un equipo? Tú fuiste quien se meó encima de mí y quien tiró mi pijama al agua. Tú, Tommy.
Tommy tragó saliva un par de veces.
—Pero ¿es que no lo entiendes? Si los hubiera delatado, me habrían hecho lo mismo a mí. Me habría convertido en un paria. ¡Mi padre se habría convertido en un paria! Se habría arruinado. Les debía dinero a casi todos los padres del colegio, así que…
—Eres un cobarde —Jakob pronunció cada palabra con una lentitud deliberada—. Si hubieras asumido la responsabilidad de lo que hiciste, ahora no estaríamos aquí.
Tommy pateó el suelo un par de veces.
—Dios, hace más de treinta años de aquello. ¡Éramos unos críos! Casi no me acuerdo. En aquellos tiempos era otra persona.
Jakob sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro seco que parecía una risa contenida. Y es que, francamente, el autoengaño del tipo que tenía delante le resultaba casi cómico. Menudo andrajo humano.
—¿Me estás diciendo que lo que me hiciste entonces no tiene nada que ver con tu carácter? ¿Que no refleja la esencia de lo que eres? —dijo.
—¡Maldita sea, era pequeño! —ahora Tommy gritaba, pero Jakob apenas lo oía.
—O sea… ¿me estás diciendo que, al crecer, por arte de magia, dejaste atrás al cobarde que llevabas dentro? ¿Que al hacerte mayor aprendiste a asumir la responsabilidad de tus actos?
—Pues claro. —Tommy lo miraba como si no hablaran el mismo idioma—. Como todo el mundo. Por algo los niños no tienen responsabilidad penal en este país. No se les puede responsabilizar de sus actos igual que a los adultos.
—¿Crees que Mira estaría de acuerdo?
Tommy se tambaleó ligeramente, como si Jakob acabara de darle un puñetazo.
—Cuando dejaste a Mira malherida en aquel coche, eras un adulto.
Y no solo eso: eras ministro de Sanidad, uno de los hombres con más poder del país.
Pero ¿te comportaste como un adulto responsable y llamaste para pedir ayuda?
No. Desapareciste como un conductor que se da a la fuga.
—Jakob dio unos pasos sin moverse del sitio.
En su interior ardían más de treinta años de venganza reprimida—.
Por cierto, hoy se cumplen diez años. Lo sabes, ¿verdad?
Diez años, y apostaría a que no has visitado su tumba ni una sola vez.
Una mujer a la que afirmas haber amado. ¿A eso lo llamas tú asumir la responsabilidad? —Hizo una pausa calculada.
El nombre de Mira había roto algo en el interior de Tommy.
—Iré hoy. A la tumba. Te lo juro. —Entonces rompió a llorar de forma descontrolada, aullando, con las lágrimas y los mocos resbalándole por la cara, en una escena que a Jakob le pareció casi gratificante, un presagio de cómo iba a ser la vida de Tommy en los próximos días y semanas.
—Dame el dinero. —Jakob extendió la mano—. ¡Ya!
Tommy dudó un instante, lo cual resultaba sorprendente, porque cualquiera pensaría que a esas alturas querría quitarse a Jakob de encima lo antes posible. Alzó la vista. Las mejillas mojadas le brillaban a la luz de la linterna.
—No era más que un niño… —alcanzó a susurrar.
Jakob bajó la linterna.
—Y yo también. Yo también era un niño, maldita sea, y vosotros me destrozasteis la vida. —Se plantó delante de Tommy—. ¡El dinero! —gruñó—. ¡Vamos!