Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 67. Tommy
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67. Tommy

TOMMY

Cuanto más se acercaba a su destino, más claro le quedaba a Tommy que tanto Kaare como Mads-Peter estaban en lo cierto.

Había recibido la dirección por sms hacía una hora, junto con la orden de apagar el móvil. En principio, el nombre de la calle y el número no le decían nada, pero su cuerpo parecía acordarse de la ruta.

Tuvo ya un mal presentimiento en cuanto se desvió de la carretera principal hacia las vías secundarias cerca de Tibirke, con un viejo mapa sobre el regazo.

Poco después, al adentrarse en el bosque, sus sospechas se confirmaron.

Había estado en aquel lugar de pequeño, con el coro. Varias veces, de hecho.

Ahora sudaba a mares. Los cristales se habían empañado y era imposible ver el exterior, así que bajó la ventanilla y oyó los neumáticos crujir en los surcos de la carretera de gravilla que lo llevaba bosque adentro.

Detuvo el coche para consultar el mapa y comprobó que solo le faltaban unos cientos de metros para llegar, así que tenía tiempo de sobra.

Bajó la visera parasol para mirarse en el espejo, pero al momento deseó no haberlo hecho, porque fue como ver su propia alma desangrarse ante él: tenía los ojos enrojecidos y unas ojeras enormes y amoratadas; llevaba casi treinta y seis horas sin dormir y ni siquiera sabía si volvería a hacerlo.

Alargó la mano y pasó los dedos sobre la bolsa de deporte en el asiento del copiloto.

Se sentía blanda al tacto y parecía vacía, pese a que la había rellenado con ocho periódicos recortados en bloques rectangulares y atados en fajos con gomas elásticas, pero ya era demasiado tarde para arreglarlo.

Demasiado tarde para arrepentirse. Demasiado tarde para acudir a la policía. No le quedaba otra que seguir adelante.

Metió primera y dejó que el coche rodara despacio por el bosque que se abría ante él cuando, de repente, emergió entre las sombras un recuerdo que había enterrado hacía mucho tiempo: Heibergsminde.

Recordaba el antiguo edificio del campamento escolar como un inmueble parecido a un caserón rural de dos plantas, de un blanco luminoso, con un anexo en el lateral derecho.

Entonces le había parecido enorme, tan grande como para perderse dentro, pero daba la impresión de haber encogido con los años.

La pintura blanca era ahora de un gris desvaído, el enlucido de la fachada se caía a pedazos y la propiedad estaba completamente invadida por la maleza.

Miró nervioso a su alrededor. Frente al edificio había un Peugeot azul oscuro aparcado, pero estaba vacío. No se veía ni un alma. El crepúsculo se había extendido como un velo por el lugar y los detalles se desvanecían en medio de aquella luz turbia.

Abrió la bolsa y rebuscó hasta dar con lo que buscaba. El revólver de Kaare pesaba y relucía en medio de la penumbra. Dudó un instante antes de guardarlo por detrás del pantalón y salir del coche.

«Rodea el edificio principal», decía el sms.

Tommy se echó la bolsa de deporte al hombro y bordeó el anexo.

Cada paso sobre la gravilla retumbaba como una explosión.

Era como viajar atrás en el tiempo, como si con cada pisada regresara un nuevo recuerdo de todo aquello que había intentado reprimir.

Aquí había dormido y cantado cuando era pequeño, y también aquí había ayudado a arrastrar a Jakob Solvig al bosque, a arrancarle la ropa y a mearle encima antes de tirarlo al lago y finalmente empujarlo al balcón.

Pero, demonios, solo tenía diez años. ¡Él no había tomado la iniciativa!

No era más que un crío asustadizo de un hogar inestable que, en Laurenti, solo se sentía a salvo bajo el ala de Berg, mucho mayor que él. ¿Cómo iba a plantarle cara?

Sintió, a través de la camiseta, el frío metal del revólver rozarle las vértebras al caminar, como un zapato incómodo que aprieta en el talón.

¿Sería de verdad Jakob Solvig quien lo estaba esperando? Por extraño que pareciera, la situación le daba menos miedo si podía poner nombre y cara a quien lo amenazaba. Le vino a la mente un rostro infantil con los ojos muy juntos, una cara de rata con el pelo oscuro y ondulado.

Al doblar la esquina estuvo a punto de tropezar con la puerta de la salida de emergencia, que se había descolgado de los goznes y yacía sobre el suelo, entre un montón de cristales rotos. Tuvo que dar una zancada larga y torpe para no resbalar con los fragmentos.

—¡Quieto! —Una voz a su derecha desgarró el silencio—. No te muevas. Pon las manos en alto para que las vea.

Un escalofrío recorrió a Tommy desde el cuero cabelludo hasta el pecho.

Era él. Era la voz del aparcamiento subterráneo.

Lo atisbó por el rabillo del ojo. Llevaba el mismo gorro y la misma chaqueta de color negro.

El tipo se había ocultado en las sombras del ala de dormitorios; Tommy acababa de pasar por delante de él.

Tommy abrió las manos y alzó los brazos con lentitud. Nada de movimientos bruscos; el arma no debía asomar bajo la chaqueta encerada por nada del mundo.

—Date la vuelta. Despacio —ordenó Jakob.

Tommy obedeció.