Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 66. Rose
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66. Rose

ROSE

—¡Eh, oiga, no puede ir por ahí! ¡Han mandado salir a todo el mundo! —le gritó a Rose un hombre que llevaba a un niño de seis o siete años de la mano, antes de marcharse corriendo como si le fuera la vida en ello.

Quizá no estuviera muy lejos de la realidad.

Tras él, varios cientos de personas avanzaban a lo largo del foso interior en dirección a la salida del castillo, y Rose tuvo que zigzaguear entre la marea humana para abrirse paso.

Echó la cabeza hacia atrás y alzó la vista.

Una niebla tenue envolvía el castillo renacentista de quinientos años de antigüedad y su chapitel de cobre apenas se dejaba adivinar bajo las nubes de color gris plomo.

Entre los gritos y el murmullo confuso de la multitud alcanzó a oír la alarma de incendios: el guarda Ebbe Henriksen había hecho caso e iniciado la evacuación, después de todo.

—¡Vamos, vamos, hacia el aparcamiento! —ordenó un hombre con una chaqueta cortavientos marrón y unos chinos negros, tratando de imponer algo de orden en medio del caos.

Probablemente fuera compañero de Ebbe; en cualquier caso, exhibía la misma autoridad impostada—.

Eso también va por usted, señora. —El hombre uniformado la agarró del brazo.

—¡A mí no me llame «señora»! ¿Tengo pinta de turista? —le espetó, estampándole la placa de policía bajo la nariz, y salió corriendo hacia el patio interior del castillo antes de que a él se le ocurriera responderle que sí.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —En el patio interior, un hombre con esmoquin de espaldas a Rose señalaba las ventanas del segundo piso—. ¡Me están saboteando! ¡Esto es un ataque a mi carrera! ¡A mi persona!

—Nosotros solo cumplimos órdenes —replicó otro de los guardas del castillo, que también vestía una chaqueta marrón, con las manos levantadas, como si así pudiera contener la bronca.

—Pero ¿ustedes ven llamas por algún lado? ¿Les huele a humo? ¿No se dan cuenta de que es una falsa alarma? ¡Apaguen el cacharro ese de una vez, antes de que se vaya todo el mundo!

—Nos han ordenado evacuar el castillo por motivos de seguridad. Alguien…, la policía, cree que puede haber un atentado.

—¿Usted tiene idea de cuánto tiempo llevo esperando este día? ¡Toda la vida! —le gritó al guarda en un tono ofendido que Rose reconoció al instante: aquella figura esmirriada pertenecía al mismísimo Konrad Horsten.

Le dio un toque en la espalda, y él se giró como un pitbull que ha olfateado un hueso.

—¿Tú? ¿Qué demonios…? —empezó, pero Rose le clavó el dedo índice en el pecho de la camisa.

—¿Por qué no contestas al móvil? Llevo una hora llamándote sin parar.

El flamante director del coro la miró con la misma expresión que si le hubiera pedido que tocara una canción de Smokie.

—¿El móvil? Lo tengo apagado. No podemos llevar aparatos electrónicos al escenario, ni los niños ni los adultos.

—Señaló hacia las ventanas del segundo piso y le dio un toque en el hombro al guarda—.

Mi móvil está en el bolsillo del abrigo, en la sala contigua al Salón de baile.

¿Puede ir a buscarlo? No he recogido ni el abrigo ni las partituras.

—Se volvió hacia Rose—. ¿Quién es el responsable de esta locura demencial? ¿Tú?

—¿Locura? —Rose se cruzó de brazos. Era increíble lo que había que oír, ¡encima de que había venido a salvarle la vida!

—¡Sí, locura! Más de trescientas personas, entre colaboradores, el consejo municipal, familiares y amantes de la cultura, han comprado entradas para el concierto.

¡Debería haber empezado ya! Tengo a cuarenta niños, quince cantantes del coro de voces graves y toda una orquesta de músicos conmigo.

¡Es mi concierto de toma de posesión! ¡Llevamos semanas ensayando!

¿Y todo eso se va a ir al garete por una maldita alarma de incendios?

Rose se quedó mirando al hombre vestido de gala sin disimular su repugnancia. El tipo anteponía su vanidad y su carrera a los niños que le habían sido confiados: le costaba imaginar un rasgo de carácter más repulsivo que aquel. Se preguntó si Horsten padre habría tenido las mismas prioridades.

—Hemos evacuado el castillo porque tenemos motivos para creer que existe una amenaza grave contra el coro y contra ti personalmente.

Le lanzó una mirada furibunda de arriba abajo para ponerle en su sitio. Puede que en el escenario aquella chaqueta de cola de golondrina tuviera algún sentido, pero allí, sobre los adoquines irregulares, entre turistas con mochilas Fjällräven y familias con carritos, resultaba un tanto ridícula.

—¿Una amenaza contra mí? —Soltó una risita desdeñosa—.

Es lo más absurdo que he oído en la vida.

¿No es el asesinato de mi padre en lo que deberíais concentraros?

—Agitó la mano en el aire, enfadado de forma visible—.

En fin, aquí me tenéis y, como veis, estoy perfectamente.

¿Terminamos con esta tontería de una vez?

El público no puede haber ido muy lejos.

—Ni hablar —replicó Rose—. Vamos a peinar cada rincón de este castillo en busca de explosivos.

Traeremos perros, y tal vez a los artificieros del ejército.

Esto puede alargarse toda la tarde. —Puso los brazos en jarras—.

Y no me sorprendería que el castillo permaneciera cerrado el resto del fin de semana, porque es un espacio complejo.

—Agarró a Konrad del brazo y se lo llevó consigo—.

Mis compañeros de la policía de Selandia del Norte deben de haber llegado ya.

Necesito que te mantengas localizable y en contacto con…

—¡Esperen! —El guarda de antes llegaba corriendo hacia ellos con un abrigo en una mano y un estuche alargado de madera en la otra—. Creo que esto es suyo —dijo, sin aliento, en cuanto los alcanzó.

Konrad Horsten miró con extrañeza el estuche de madera lacada y luego al guarda.

—¿De dónde lo ha sacado?

No sonaba especialmente agradecido por el esprint de ida y vuelta del guarda al segundo piso para traerle sus pertenencias. Al contrario: el tono que empleó con el pobre hombre era más bien de reproche. La falta de empatía de aquel individuo no conocía límites, pensó Rose.

—¿No es suyo? Estaba junto al atril. —Señaló la tapa del estuche, con el apellido «Horsten» grabado en letras caligráficas doradas.

Konrad sacudió la cabeza con incredulidad.

—No puede ser… Es el estuche de mi padre.

Rose dio un par de pasos atrás y observó con detenimiento la caja que Konrad sostenía en las manos.

—¿Es el estuche del que nos hablaste? ¿El que no encontrabas en casa de tus padres?

Konrad asintió mientras acariciaba la tapa con sus largos dedos.

—Pero si él casi nunca usaba la batuta… No tenía tanta experiencia como yo dirigiendo orquestas.

—Giró el estuche entre las manos, como si fuera un diamante raro—.

¿De dónde diablos habrá salido? ¡Casi no me lo puedo creer, y justo a tiempo para el concierto!

—Miró a Rose con los ojos humedecidos—. Es como si mi padre me lo enviara, ¿no lo ves?

Como si quisiera decirme algo. Como si por fin me reconociera…

Toda su ira se había esfumado. La expresión arrogante de su rostro había desaparecido, y de pronto Rose vio en aquel hombre adulto al niño de trece años que había sido. Un niño que se había pasado toda la vida mendigando el amor de su padre. Sin conseguirlo.

Se le suavizaron las facciones y miró al cielo gris. Por un instante, pareció casi feliz; en cambio, Rose sintió una opresión desagradable en el pecho. No le gustaban los hechos fortuitos ni las coincidencias repentinas, y mucho menos en una situación tan crítica como aquella.

—Suelta el estuche si no lo has traído tú. Ponlo en el suelo. ¡Ahora mismo! ¡Tenemos que salir de aquí! —gritó, intentando arrastrar a Konrad fuera del patio, mientras observaba los alrededores en busca de algún hombre con el aspecto de Jakob Gade—. ¡Ni se te ocurra tocarlo!

Horsten se soltó con brusquedad.

—Solo quiero ver…

Konrad le dio la espalda a Rose, se inclinó sobre el estuche y levantó la tapa con cuidado.

Un estallido seco, seguido de una lluvia de chispas deslumbrantes, hizo que Rose se tambaleara hacia atrás, alejándose instintivamente de la explosión… y entonces se oyó el grito. Al principio, como una sirena continua; luego, en sacudidas intermitentes, como un despertador que nunca se apaga.

Lo primero que vio fue el brazo ensangrentado de Konrad.

Su mano derecha había desaparecido, y la sangre corría por la manga desgarrada de su camisa hasta los adoquines.

Entonces se volvió hacia ella, y Rose le vio la cara.

Tenía los ojos desorbitados y diminutos fragmentos de vidrio incrustados en las mejillas, frente y cuello, como si lo hubieran atacado con una granada.

—Ayuda —jadeó, y cayó de rodillas—. No puedo… no puedo… respirar.

El pelo oscuro se le adhería a la frente y respiraba con dificultad, como si los pulmones hubieran dejado de funcionar. Entonces se desplomó de costado sobre los adoquines.

Rose se puso en cuclillas.

—¡Respira, vamos! ¿Me oyes? —Lo zarandeó y le sujetó el brazo izquierdo, mucho menos dañado que el derecho. Tenía el pulso muy débil.

—Dejadme pasar, soy médica. —Una mujer joven con gabardina azul marino se arrodilló al lado de Rose—. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Está convulsionando?

—Hubo una explosión. Lo alcanzaron fragmentos de vidrio… Debe… debía de haber algo en el vidrio. ¡Cuidado! —Rose apartó las manos de la doctora cuando iba a hacerle el masaje cardíaco—. Ponle primero una chaqueta sobre el pecho para no cortarte —dijo, se puso en pie y echó a correr hacia la salida.

—¡Salgan de aquí! ¡Fuera! ¡Despejen la zona! Get out of here ! —gritó a una pareja de aspecto asiático con mochilas de senderismo, pero no se inmutaron, permanecieron inmóviles como dos estatuas de sal, contemplando la escena detrás de Rose.

La joven médica estaba ahora a horcajadas sobre Konrad, con las manos sobre su pecho, bombeándole el corazón con movimientos rápidos y rítmicos, pero Rose comprendió, al ver el cuerpo inerte del director del coro, que ya era demasiado tarde.

Golpeó un arbusto en un arrebato de ira y frustración. Todo ese revuelo, todos los esfuerzos… y Konrad Horsten había muerto justo delante de sus ojos. También Kaare Berg estaba muerto. Mads-Peter Vang, con suerte, estaría a salvo con Gordon…, pero ¿y Tommy Eckert?

Sintió vibrar el móvil en el bolsillo de la chaqueta.

—¿Assad? —resopló al contestar—. ¿Estáis llegando?

—No. Hemos obtenido una nueva señal del coche de Eckert —dijo Assad.

—¿Viene hacia Kronborg? Tenemos que tenerlo muy vigilado. —Rose echó a correr por el puente sobre el foso exterior—. Konrad acaba de morir delante de mis narices.

Assad guardó silencio un segundo.

—¿Konrad Horsten? ¿Cómo?

—Una explosión. Luego os lo cuento. ¿Dónde está Eckert? ¿Ha llegado ya?

—No —dijo Assad—. Lo captó una cámara. Salió de la autopista en Hørsholm, veinte kilómetros antes de Helsingør, y tomó dirección noroeste. No sabemos adónde se dirige.