65. Rose
ROSE
Rose encendió la sirena. Le faltaban menos de veinte minutos para llegar a Kronborg, mientras que sus dos compañeros estaban a media hora de camino como mínimo.
Había avisado del posible peligro al jefe de la policía de Selandia del Norte, y ya estaban movilizando efectivos y preparándolos para enviarlos al castillo.
Probó de nuevo a llamar al móvil de Konrad, pero fue directo al buzón de voz.
Todo aquello le daba muy mala espina, cada vez más.
Assad y Helena acababan de comunicarle que Kaare Berg yacía muerto sobre un charco de sangre en su domicilio de Hareskovby, y a Tommy Eckert sencillamente se lo había tragado la tierra.
Cuando Assad al fin llamó a la esposa de Eckert, la mujer, furiosa y resentida, le contó que Tommy se había mostrado nervioso e imprevisible desde su regreso a Christiansborg, y que, sobre todo en los últimos días, le temblaban las manos y tenía sudores fríos ante cualquier nimiedad.
No comía y apenas dormía por las noches, pero cuando ella le preguntaba qué le pasaba, le daba largas.
La tarde anterior había salido a hacer un par de recados en el coche pequeño del matrimonio, el Fiat, y todavía no había regresado.
A pesar de todo, a ella ni siquiera se le pasó por la cabeza denunciar su desaparición.
«Estará en algún hotel, emborrachándose.
Nunca debió volver al Parlamento; no aguanta esa presión», zanjó.
Rose puso el intermitente para incorporarse al carril de adelantamiento y tocó la pantalla del móvil.
—Siri, llama al castillo de Kronborg —ordenó.
Ya había llamado a ese número varias veces. Ahora, por fin, alguien respondió. Un tal Ebbe Henriksen, que se presentó como guarda del castillo.
—¿Pretende que evacuemos el castillo de Kronborg? ¿Así, sin más? —La incredulidad era palpable en su voz—. Mire, eso es imposible. Hay aproximadamente trescientos cincuenta espectadores en el Salón de baile, y el concierto empieza en un cuarto de hora.
Rose pisó a fondo el acelerador y anotó mentalmente a Ebbe Henriksen en el primer puesto de la ya interminable lista de idiotas con los que se había cruzado en sus años al servicio de la ley.
Se lo imaginaba: un tipo bajito, sin un gramo de músculo ni personalidad, incapaz de elegir entre cerdo o ternera en la carnicería del supermercado, pero con delirios de grandeza en cuanto se enfundaba el uniforme.
—Henriksen, estoy hablando en serio —dijo, con toda la calma que le permitían las sacudidas del coche y sus hormonas revolucionadas—. Hay vidas en juego.
—¡Sí, la mía! —replicó el guarda—. Hay un tipo, el director del coro del colegio Laurenti, que lleva aquí toda la mañana dándonos la tabarra. Me va a matar si entro y le…
—Tiene que desalojar el castillo inmediatamente. Tenemos motivos para creer que alguien va a detonar una bomba…
—¿Una bomba? ¿Me está tomando el pelo? Nadie con intenciones hostiles ha logrado franquear nunca estas murallas. Al menos en tiempos modernos. —El guarda dejó escapar una risa seca de fumador.
—Escuche lo que le voy a decir. —Rose iba ahora a 150 kilómetros por hora, y su tensión arterial aceleraba a la misma velocidad—.
Le llamo desde la policía de Copenhague, soy del Departamento Q.
Si no quiere que su trabajo, su pomposa institución cultural y su actitud de sabelotodo vuelen por los aires, pulse ahora mismo el botón de emergencia y saque a toda esa gente del castillo, ¡hostia! —gritó, y colgó furiosa.
Por suerte, el jefe de guardia de la policía de Selandia del Norte se mostró mucho más receptivo cuando Rose lo volvió a llamar.
Había movilizado a todos los efectivos disponibles y los había enviado hacia el Puerto Cultural, que lindaba con la fortificación del castillo.
Rose le pidió además que la ayudara a dar con el paradero de Jakob Solvig y Tommy Eckert.
El Centro Nacional de Situación y Operaciones de Ejby disponía de un sistema de geolocalización de última generación capaz de rastrear vehículos o teléfonos móviles en cualquier parte del país.
—Necesitamos una localización en tiempo real de los móviles de Gade y Eckert y una búsqueda interna de sus coches particulares mediante el sistema de lectura automática de matrículas —explicó Rose.
—Entendido. —El jefe de guardia guardó silencio un instante, seguramente para introducir los números de matrícula en el sistema de la Policía Nacional—. Te envío las coordenadas en cuanto tengamos una coincidencia. ¿Entiendo que no tenemos que interceptar los vehículos? —añadió.
—No interceptéis nada; de momento nos mantenemos en la sombra. Por ahora solo necesitamos saber dónde están esos dos. Te aviso en cuanto sepa qué demonios está pasando —aclaró Rose.
Tommy Eckert era político; lo conocían en toda Dinamarca. Por mucho que le preocupara su estado, desplegar toda la maquinaria policial detrás de una persona tan mediática podía tener consecuencias muy desagradables, tanto en los medios como en la política.
Justo cuando Rose entraba en Helsingør, la pantalla del ordenador del salpicadero emitió un pitido.
—¡Joder, qué rápido! —Intentó orientarse en la pantalla. Un punto en el mapa gps indicaba que acababan de localizar el coche de Tommy Eckert en la autopista de Helsingør, cerca de Hjortekær. Se dirigía hacia el norte. Hacia Kronborg, quizá.
Reenvió el mensaje a Helena y Assad. Quizá pudieran dar alcance a Eckert en la autopista. Si Jakob Gade seguía la misma ruta o ya se encontraba en Kronborg, solo el tiempo y la tecnología lo dirían.
Rose giró hacia el puerto deportivo y aparcó frente al castillo en una más que cuestionable doble fila. Mientras cruzaba el puente hacia la puerta principal, oyó a lo lejos las sirenas de sus compañeros de Selandia del Norte.