64. Assad
ASSAD
Helena volvió a guardar el móvil y se colocó al lado de Assad.
—¿Cuánto tiempo dirías que lleva muerto? —preguntó.
A Assad le costaba apartar la mirada del cadáver de Kaare Berg.
Por otra parte, era casi imposible no mirarlo.
El médico yacía medio tumbado de lado, con el brazo izquierdo atrapado bajo el cuerpo en una postura forzada.
Tenía los ojos entreabiertos, con ese aspecto vítreo, y la sangre bajo su cabeza se había secado formando un círculo irregular de color marrón oscuro sobre la alfombra.
La causa de la muerte era evidente: tenía el cráneo hundido justo encima de la oreja derecha.
Assad se puso los guantes desechables y palpó el cuello del difunto.
—Está frío. Diría que lleva así bastantes horas.
—Entonces, ¿podemos descartar que Jakob viniera directo desde Vanløse?
—Creo que sí. La sangre no se habría coagulado de esa manera. Tuvo que ocurrir en algún momento de la tarde o noche de ayer, después de que me llamara a las 19.26.
Assad se sentó en el borde de un sofá beige . De repente se sentía exhausto.
No habían tenido que llamar al cerrajero ni usar la fuerza para entrar en casa de Berg en Hareskovby; cuando llegaron, la puerta principal estaba entreabierta, y encontraron el cadáver nada más entrar en el salón a oscuras.
Berg debía de estar trabajando cuando llegó el asesino, porque había un ordenador portátil abierto sobre un elegante escritorio, junto a un plato con un huevo frito ya reseco.
Uno de los cajones del escritorio estaba abierto y contenía solo unos analgésicos y unas pilas.
Aparte de eso y, obviamente, del cadáver del médico, el salón parecía sacado de una revista de diseño.
No se apreciaban signos de lucha ni indicios de entrada forzada.
—Ya he hablado con los peritos y con los compañeros de Selandia del Norte y están en camino —dijo Helena—. Es mejor que precintemos la puerta y nos vayamos ahora mismo a Helsingør. Aquí ya no podemos hacer nada.
—Debería haber venido anoche, cuando no respondió a mi llamada.
A Assad nunca le había caído bien aquel médico engreído, pero la idea de que quizá hubiera podido evitar su muerte lo atormentaba.
Era una de las cosas que no le gustaban de esta nueva era en el Departamento Q.
Ahora que Carl ya no estaba al mando, la responsabilidad sobre la investigación, los muertos y sus familiares recaía con más peso sobre él.
—¿Cómo podías imaginar que iba a pasar esto? —Helena daba vueltas, pensativa, rascándose la sien—. Pero hay algo que no me encaja…, ¿por qué iba Jakob Gade, o Solvig, o como se llame, a visitar de nuevo a Kaare? Ya le había arruinado el negocio y la reputación profesional.
Assad se levantó.
—Tal vez decidió que no era suficiente. Tenemos que encontrar su coche cuanto antes. Y localizar a Tommy Eckert. El concierto empieza en veinte minutos.
El móvil le vibró en la mano justo cuando lo sacaba para llamar a Rose. Era Gordon.
—Assad, escucha. —Gordon hablaba en voz baja—.
Sigo en casa de Mads-Peter Vang. Resulta que quería hablarme precisamente de Solvig.
En el colegio pasó algo entre Jakob, el propio Vang, el hijo del director del coro, el médico y el político.
Por eso Mads-Peter dejó Laurenti en el 89. —A Gordon se le trababan las palabras.
—¿Tiene que ver con un campamento? —Assad salió al camino del jardín.
—Así es. Ese campamento fue la culminación de meses de acoso contra Jakob.
Vang dice que Jakob era el fenómeno del siglo cuando llegó a Laurenti, que era de otra categoría, pero que a los demás niños les parecía repelente de narices.
Ya sabes, el empollón, el mimado del profesor.
Los niños mayores empezaron a tomarla con él: a hacerle el vacío, a mentirle para que llegara tarde a los ensayos, ese tipo de cosas…
Espera. —Assad oyó que Gordon cerraba una puerta—.
Pero en el campamento del 89 la cosa se les fue de las manos. El médico ese que se llama Kaare…
—A ese lo acabamos de encontrar muerto —interrumpió Assad, mirando a Helena, que estaba precintando la puerta principal de Berg—. Le han aplastado el cráneo.
Se hizo el silencio al otro lado del aparato.
—¡Joder! Vang me ha dicho que Berg se comportó como una auténtica bestia esa noche de 1989, lo mismo que Konrad Horsten.
Vang pensaba que solo le darían un escarmiento a Jakob cuando lo sacaron al bosque.
Travesuras de niños. Pero Konrad y Kaare se espoleaban el uno al otro, y Tommy Eckert, que era el perrito faldero de Berg, se dejó llevar.
Palabras textuales de Vang. —Gordon hizo una pausa.
Assad casi podía percibir en su voz que estaba más blanco que un fantasma—.
Cuesta entender que unos niños fueran capaces de hacer algo así —continuó—.
Todo se convirtió en una auténtica tortura.
Los niños arrastraron a Jakob por el bosque y lo tiraron a un lago.
Y cuando, contra todo pronóstico, consiguió regresar al campamento, lo encerraron en un balcón y lo dejaron allí fuera toda la noche, aunque el termómetro apenas pasaba de los cero grados.
—¿Y por qué Vang no hizo nada? ¿Por qué no alertó a ningún profesor?
Gordon suspiró.
—Eso mismo le pregunté, pero dice que se sentía presionado, que tenía miedo de ser el siguiente, y también del castigo del director si se chivaba, porque en el fondo había sido cómplice de la tortura.
Así que eligió el camino de los cobardes (esto lo ha dicho él) y dejó el colegio de un día para otro.
—¿Y qué pasó con Jakob? —Assad se sentó en el coche y puso el móvil en altavoz. Helena ya estaba sentada al volante con el cinturón abrochado.
—Estuvo ingresado dos semanas. Por laringitis, según la explicación oficial. Era un niño prodigio, el más excepcional que había pasado por el colegio, pero nunca volvió a cantar.
—¿Y al poco tiempo Ole Horsten decidió expulsarlo? —Helena miró a Assad antes de arrancar—. A ese chiquillo le arruinaron la vida.