63. Jakob #2
—¿En Bornholm? —Jakob se aferró al borde del escritorio con tal fuerza que sus dedos dejaron marcas de humedad en el barniz de la madera de roble—. ¿Tengo que volver a Bornholm?
—Lo antes posible, sí. Es lo mejor para todos. —Horsten se puso en pie—. Solo me queda desearte una pronta recuperación.
Extendió la mano por encima del escritorio, pero Jakob no se movió.
—Mira… —El director del coro retiró la mano—. No debes culparte. Fue un terrible accidente. Una tragedia para todos.
—¡Pero es que no fue un accidente! —Jakob se hundió más en el sillón. Tenía la sensación de que la tierra se lo tragaría en el momento en que lo obligaran a salir por la puerta.
—¿Qué quieres decir? —El director lo miró irritado; no le gustaba el tono de Jakob.
Entonces Jakob lo soltó todo. Contó cómo lo sacaron a rastras de la cama, cómo le orinaron encima, cómo le arrancaron el pijama y lo dejaron atado a un árbol antes de tirarlo al lago.
Contó que, cuando intentó despertar a la profesora de guardia, sus «amigos» lo encerraron en el balcón y le dieron un té con algo que le abrasó la garganta.
Probablemente ácido cítrico. Había tarros pequeños en todos los baños y cocinas del campamento.
Ole Horsten se sentó de nuevo y miró a Jakob con los ojos entornados.
—Lo que me cuentas es un auténtico disparate. —Negó con la cabeza—. ¿Quién iba a hacer algo así?
—Kaare Berg. Tommy Eckert. Vang también estaba. Y Konrad. —Los nombres le ensuciaban la boca.
Horsten miró a Jakob durante un largo rato.
—¿Me estás diciendo que Konrad, mi propio hijo, participó en una gamberrada de semejante calibre?
—Horsten inspiró a fondo—. Es una acusación muy grave, Solvig.
No solo contra mi hijo. Kaare es uno de los mejores sopranos del coro.
Ha progresado mucho durante tu ausencia, así que le he dado el papel principal en los conciertos de Navidad.
Y sus padres son extraordinariamente generosos con el colegio; dudo mucho que toleraran una conducta tan…
—¡Pues pregúntele a Vang! Él sabe lo que pasó.
Horsten le sostuvo la mirada.
—Mads-Peter Vang se fue la semana pasada. Ayer llegó su solicitud de baja. Ya sabes lo mucho que le costaba estar lejos de casa.
—¡Entonces pregúntele a Konrad! —El corazón de Jakob latía con pánico.
—Durante los campamentos hay toque de queda. —Horsten agitó el dedo índice en el aire, en un gesto de reprimenda—. Mi hijo conoce esas normas mejor que nadie.
—¡Pero fue Konrad quien me tiró al lago! —Jakob se puso en pie y miró con valentía al director—. ¡Fue él quien me encerró en el balcón!
Horsten se enderezó.
—Te quedaste fuera por accidente mientras jugabais al escondite. Esa es la explicación que me consta de la profesora de guardia, y a los chicos ya se los ha amonestado por ello. No está permitido deambular por las noches bajo ningún concepto.
—¿Al escondite? —dijo Jakob—. ¡Me encerraron! ¡Me arrastraron hasta el balcón y luego cerraron la puerta con pestillo para que no pudiera entrar! ¡Pregúntele a Tommy! Él también estaba. ¡Fue él quien tiró mi pijama al lago!
Horsten se quedó observándolo durante un rato. Luego se levantó y se asomó al antedespacho.
—Jette, ¿puedes ir a buscar a Tommy Eckert?
Cinco minutos después, Tommy estaba en la puerta. El director del coro señaló una silla vacía y el chico se sentó con las manos entre las rodillas.
—Tenemos un asunto que aclarar —dijo Horsten—. A ver, Solvig asegura que el mes pasado, en el campamento escolar, Berg, Vang, Konrad y tú fuisteis bastante crueles con él. Que una noche lo tirasteis al lago y que tú te llevaste su ropa. ¿Hay algo de verdad en esto?
Tommy miró al director y luego a Jakob, que intentaba ocultar la furia que sentía y miraba suplicante a Tommy, tratando de hacerle entender que tenía una oportunidad de enmendar lo ocurrido.
Que se lo perdonaría todo si ahora lo ayudaba.
Si Tommy confesaba, tal vez Jakob podría quedarse en el colegio y recibir clases extra, fisioterapia, tratamientos especiales…
—¿Qué dices, Eckert? —Horsten se recostó con las cejas levantadas y tamborileó con el bolígrafo sobre el escritorio.
Tommy rehuyó la mirada de Jakob y luego afirmó con voz serena:
—Yo de eso no sé nada.
Jakob se estremeció con el frío húmedo del bosque, se sacudió las migas de pan crocante de la chaqueta negra y parpadeó un par de veces.
«Yo de eso no sé nada». ¿Volvería Tommy a refugiarse en esa patética mentira cuando su vida se viniera abajo, dentro de siete u ocho horas? ¿Cuando la policía aporreara su puerta y la humillación acabara de consumirlo?
Buscó el Nokia y la tarjeta prepago. Era hora de citar a Tommy en una dirección a pocos kilómetros de allí. El lugar donde todo había comenzado. O, mejor dicho, donde todo había terminado para Jakob.
Acudiría a la cita. El muy imbécil no era más que un manojo de nervios, y Jakob disfrutaba cada segundo.
Si le pedía que se tirara al lago, Tommy se tiraría, convencido de que podía salvar su vida, su futuro y su trasero con algo tan simple como el dinero.
Como si el dinero pudiera jamás compensar la cobarde traición que cometió aquel día en el despacho de Horsten.
Eckert había tenido la oportunidad de hacer lo correcto, pero eligió protegerse a sí mismo.
Así que esa noche Jakob empezaría por quitarle el dinero.
Después se subiría al coche y conduciría hacia el oeste.
Atravesaría el Gran Belt y el Pequeño Belt, y justo antes de la frontera con Alemania se detendría en un área de servicio desierta.
Allí abriría el portátil, iniciaría sesión en el programa de edición interno del periódico y pulsaría «publicar» en un artículo que llevaba varios días terminado. Con fotos y toda la parafernalia.
Y mientras Jakob desaparecía del país con cinco millones de coronas en el bolsillo, los lectores podrían disfrutar de su última contribución al Morgenavisen . Sin falsa modestia, el titular era el más impactante de su, por lo demás, mediocre carrera:
«El secreto más oscuro del exministro Eckert: oculta el accidente de tráfico en el que dejó morir a su amante».