Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 63. Jakob
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63. Jakob

JAKOB

La ruta que Jakob eligió para salir de Helsingør discurría por callejuelas adormiladas y por carreteras de gravilla que atravesaban un barrio de casas de veraneo antes de adentrarse en las grandes extensiones de bosque al oeste de la ciudad.

Había memorizado cada curva de esas vías secundarias.

Por la mañana había reseteado su iPhone antes de dejarlo en la cesta de la bicicleta de la hija de la vecina.

Parecía una chica solitaria y desatendida, pero ese día le había sonreído al verlo; quizá le hiciera ilusión encontrarse aquel regalo inesperado.

La tarjeta sim la había tirado por la ventanilla.

Pensaba comprar otro móvil al llegar a Austria; mientras tanto, tendría que apañárselas con un viejo Nokia que había encontrado en la caja de trastos de la redacción y con una tarjeta prepago que había comprado unos meses atrás en una tienda de mala muerte cerca del estadio de Brøndby.

Sudaba cuando el coche se adentró en el bosque; era por la concentración y el alivio.

Hasta ahora el plan había funcionado. Para acceder a Kronborg le bastó con una entrada válida.

Ataviado con un blazer y una mascarilla, nadie reparó en él cuando se coló en el castillo camuflado entre un grupo de turistas chinos que seguían la banderita en alto de su guía.

Tal como esperaba, el Salón de baile, en la segunda planta, no estaba vacío.

Los visitantes entraban y salían, en medio de un murmullo constante que llenaba la sala, mientras los músicos de la pequeña orquesta afinaban sus instrumentos con gesto concentrado antes de acompañar al coro de niños.

Nadie advirtió su presencia cuando retiró la goma elástica del estuche, lo dejó al pie del atril del director y desapareció.

El tiempo y la obsesiva ambición de Konrad se encargarían del resto.

Tras volver al coche, recorrió con la mirada el bosque a ambos lados de la carretera.

Aún faltaban unas horas para la puesta de sol, pero la luz gris y desvaída de la tarde otoñal ya no tenía fuerza para colarse entre los árboles.

Apagó los faros del vehículo y se metió con él por un desvío hasta una pila de pinos talados.

Aparcó detrás de ellos, salió del coche, se puso una chaqueta negra y una braga para el cuello, y luego se sentó en el maletero con un paquete de pan crocante y un termo de leche con miel.

El calor dulce de la bebida se le fue extendiendo por el cuerpo, y con él una satisfacción que se propagó lentamente, hasta envolverlo por completo.

Y de pronto lo vio, en el manto del bosque, frente a él: el mirlo.

—¿Qué quieres?

Extendió la mano con un par de migas de pan crocante.

El ave se acercó de un salto, subió a la pila de troncos, inclinó la cabeza y lo observó mientras soltaba un par de trinos aflautados en su dirección.

Una melodía perfecta que Jakob interpretó como una señal.

En el fondo, ¿no eran el mirlo y él dos almas gemelas?

Criaturas infravaloradas y despreciadas, totalmente insignificantes hasta que abrían la boca.

—Come. —Extendió aún más la palma de la mano e imitó la melodía del pájaro.

El mirlo volvió a inclinar la cabeza. Sus ojillos parpadearon un instante, y entonces emitió un graznido áspero y alzó el vuelo.

—Pájaro de mierda —masculló.

Miró el reloj. Las 15.35. Faltaba menos de una hora para el concierto de Kronborg.

Según el programa, el coro de niños de Laurenti, bajo la dirección de Konrad Horsten, interpretaría el «Morgensang» de la cantata Elverskud de Niels Gade, una ironía del destino que le resultaba insoportable.

Porque era precisamente ese gran compositor danés quien había inspirado el nuevo apellido de Jakob, y justo esa era la canción que Ole Horsten le había pedido que cantara en 1989, cuando, después de varias semanas ingresado, tuvo que hacer una prueba de voz.

Jakob respiró hondo y bebió un sorbo del termo.

Cada vez que pensaba en aquel día, treinta y cuatro años atrás, el dolor de garganta se intensificaba, como si las cuerdas vocales se le inflamaran y lo asfixiaran por dentro.

Recordaba los mirlos en el patio del colegio aquel día de 1989.

Por la noche habían caído dos centímetros de nieve, y los pájaros ateridos se habían refugiado bajo los bancos, junto al muro del patio de la escuela, donde picoteaban las migajas de los bocadillos del recreo.

Tuvo que abrirse paso a patadas entre la bandada para entrar por la puerta lateral y bajar al vestuario del sótano, donde las tuberías de calefacción del techo irradiaban un agradable calor y la acústica era especialmente buena.

Había intentado calentar la voz con una escala.

Una escala mayor normal y corriente que debía ser pan comido, pero la tercera nota ya se le quebró.

Lo volvió a intentar, pero la voz le resbaló como una rueda de bicicleta en un frenazo.

Se aclaró la garganta y probó a subir una octava, pero no solo sonaba mal, sino que desafinaba; chirriaba como una gallina enferma.

Cambió de postura, se dio unos golpes en el pecho y se masajeó la garganta, pero de poco sirvió; apenas alcanzó la cuarta nota antes de volver a fallar.

En su cabeza sabía exactamente cómo debía sonar: un fa limpio, impecable, pero lo que salía era un sonido quebrado y distorsionado.

Bebió un trago de la leche con miel que Lise le había puesto en el termo, pero tampoco lo ayudó.

Era como si su voz pasara por un filtro sucio, como si cantara a través de un altavoz oxidado, pero ¿cómo se quitaban el óxido y la suciedad de la voz?

¿Y si gritaba hasta limpiarla? O tal vez Dios lo ayudara si gritaba lo suficientemente fuerte, porque Dios nunca permitiría que una voz como la suya desapareciera, ¿verdad?

Así que el pequeño Jakob de diez años gritó con la esperanza de alcanzar esas notas limpias. Gritó contra la pared, gritó hacia el techo, gritó a su propio reflejo en el espejo. Gritó hasta sentir que los pulmones le subían por la garganta.

Cuando entró en el despacho de Ole Horsten, tenía sabor a sangre en la boca.

—Toma asiento, Solvig. —Ole Horsten apenas levantó la vista de la hoja de color azul claro que tenía delante—. Entiendo que te ha examinado el doctor Bondesen, ¿no es así? —Horsten parecía releer las mismas líneas una y otra vez.

Jakob asintió. El día anterior había pasado una hora en la consulta del otorrino del colegio. El médico llevó a cabo las pruebas y exámenes en el más absoluto silencio, sin despedirse siquiera. Solo le puso una mano en el hombro cuando terminó.

El director del coro lo miró.

—¿Te parece bien que cantemos la primera estrofa del «Morgensang» de Elverskud ?

Jakob se levantó de nuevo. Las palmas de las manos le sudaban y resbalaban en los reposabrazos del sillón.

—Yo empiezo. Tú entras con la voz de soprano. —Horsten le pasó una partitura—. «Por el este sale el sol…» —comenzó, alargando las vocales.

Jakob inspiró hondo y sacó pecho, listo para entrar en «…

avanza sobre la tierra y su gente». Había cantado esa pieza cientos de veces, se sabía al dedillo la tonalidad y el tempo, pero de su boca solo salieron ruidos extraños.

Ni siquiera se podía decir que desafinara, porque apenas eran notas como tal; sonaban más bien como un graznido.

Sintió vibrar las cuerdas vocales mientras intentaba controlar la voz, pero no lo logró. Dolía demasiado.

—Es suficiente. Siéntate. —Horsten se reclinó en el sillón con gesto atormentado. Los segundos pasaban y solo el tictac del reloj de pared rompía el silencio.

A principios de noviembre, un mes y medio antes, Horsten le había comunicado en ese mismo despacho que cantaría el solo en el concierto de Navidad.

Después de la inocentada del uno de abril, Jakob había estado a punto de tirar la toalla.

Se había pasado tres días tumbado en la cama, apático, en casa de Asger y Lise, sin apenas probar bocado; solo había bebido algo.

Ni Laurenti era el reino de los cielos que se había imaginado ni los niños del coro eran los ángeles que creía. Lo odiaban.

Pero, al cuarto día, Asger lo había llevado al Teatro Real de Copenhague, donde un técnico de montaje los dejó subir al escenario.

—Jakob, este es tu lugar —le dijo Asger—. Tienes un talento increíble, y eso nadie te lo podrá arrebatar.

La mirada de Jakob descendió hasta el foso de la orquesta, se deslizó por las hileras de butacas de terciopelo rojo y ascendió por los balcones dorados hasta la gran lámpara de araña de cristal suspendida en lo alto.

Entonces sintió cómo el teatro entero estallaba en aplausos que parecían levantarlo del suelo.

Al día siguiente había vuelto al colegio y al ensayo del coro. Cantó como los ángeles, y durante los meses siguientes no dejó de mejorar, hasta que —para alegría suya y de Asger— consiguió arrebatarle el solo de Navidad a Berg delante de sus narices.

—A veces… —comenzó el director—, a veces suceden cosas que no están en nuestras manos: enfermedades, accidentes…

Es una lástima —empujó el papel azul claro que tenía frente a él hasta dejarlo perfectamente alineado con el borde del escritorio—, pero, sintiéndolo mucho, el requisito básico para formar parte del coro sigue siendo poder entonar las notas, y más aún si se está aquí gracias a una beca. Eso lo sabes mejor que nadie.

Jakob alzó la vista.

—¡Pero yo sí puedo! ¡Mi voz se va a recuperar! —Una sensación punzante se le extendió por el estómago.

Horsten tocó el informe con un dedo rígido.

—El médico no opina lo mismo. Aquí dice que tienes las cuerdas vocales permanentemente dañadas.

—Tragó saliva un par de veces—. Todos…, yo el primero, habíamos esperado, por supuesto, que pudieras quedarte aquí muchos años.

Pero, en fin… —Esbozó una sonrisa fría—.

Ya hemos hablado con tu antiguo colegio: han confirmado que se harán cargo de ti después de Año Nuevo.