62. Helena
HELENA
—Berg sigue sin contestar. —Assad miró a Helena, que acababa de aparcar frente a un edificio de varios pisos en Vanløse.
Ella intentaba por todos los medios concentrarse en la tarea que tenían entre manos, pero le resultaba casi imposible.
La inesperada visita de Terje en el sótano, la información demoledora que había puesto sobre la mesa y la desconfianza que había mostrado la habían dejado con una mala sensación en el cuerpo que no lograba sacudirse con nada.
Aún estaba tratando de desenmarañar todo aquello.
Un arma de fuego no aparecía en la otra punta de Europa por arte de magia; estaba claro que alguien la había traído hasta aquí.
No era ningún secreto que las armas cortas circulaban con relativa facilidad por las redes criminales europeas, así que, en el mejor de los casos, la sig Sauer había acabado en manos de delincuentes daneses por pura casualidad y, en el peor, aquel hombre sin rostro que le había disparado en 2011 estaba ahora de cacería por Copenhague.
Pero ¿cuál era el nexo? ¿La perseguía también a ella? ¿Era la misma persona que le había enviado el mensaje amenazante desde Frederikssundsvej?
Se frotó la cara. El lunes debería tener alguna explicación mínimamente sólida para Terje si quería conservar su puesto en la policía de Copenhague.
Y claro que quería. Quería dejar el Departamento Q y entrar en el equipo de Terje.
Si la información del jefe de Homicidios era fiable, los asesinatos de la dueña de TaTo y del auditor podían conducirla hasta el hombre que le había arruinado la vida doce años atrás.
Al fin podría ponerle cara, mirarlo a los ojos y hacer que respondiera por lo que había hecho.
Pero no podía contarle a Terje todo lo sucedido aquella noche de 2011. Todavía no. Era demasiado arriesgado.
El rostro de Juju se dibujó en su memoria. Ojos marrones y rizos rubios, casi blancos. Una combinación nada común. ¿Sería capaz de reconocer a Juju si…?
—¡Ey, Helena! ¿Me estás escuchando? Decía que Kaare Berg aún no contesta, y tampoco está en Charis —la interrumpió Assad.
Helena se recompuso y prestó atención—. Según la secretaria, tenía pensado quedarse en la clínica todo el fin de semana para ocuparse de la prensa, pero todavía no se ha dejado ver por allí.
—Las cejas de Assad casi se tocaban—. Y parece que tiene el móvil apagado.
Helena estudió el rostro fruncido de su compañero.
—¿O sea, que Berg te llama, después apaga el teléfono y hoy ni siquiera se presenta en el trabajo como tenía previsto?
Una inquietud cada vez más perturbadora se apoderó de ella y, por la expresión de Assad, supo que a él le ocurría lo mismo.
En sus años como agente de patrulla, Helena había tenido que acudir muchas veces a domicilios de personas que se habían quitado la vida, y los hombres que acababan de perder el empleo y la reputación solían encabezar las estadísticas.
Assad se bajó del coche.
—Vive en Hareskovby; está a quince o veinte minutos. Luego pasamos por allí.
Helena fue la primera en llegar al portal del edificio de Jakob Gade y se disponía a abrir la puerta cuando salió una chica de unos quince años con un perro pequeño en brazos.
—Ey, ¿adónde vais? —La chica, de una delgadez enfermiza, llevaba una sudadera que ni siquiera le llegaba al ombligo—. Dice mi madre que no deje entrar a desconocidos.
A Helena le entró el impulso repentino de quitarse la chaqueta y ponérsela sobre los hombros para cubrirle el vientre desnudo.
—Venimos a ver a Jakob Gade, en el segundo piso. ¿Sabes quién es? Somos de la policía, puedes estar tranquila.
—Es vecino nuestro —dijo tras pensarlo un momento—. Es muy creepy . Mamá me dice que no hable con él.
—¿Por qué? —Assad miró hacia la segunda planta a la izquierda. Las persianas estaban bajadas.
—Por nada, solo piensa que es un tipo raro.
Le da mala vibra. Pero se pasa el día escuchando esos pódcasts de true crime sobre asesinatos de mujeres, así que se ha vuelto muy paranoica con los hombres.
—La chica dejó al perro en el suelo—. Da igual, porque no está en casa. Creo que se ha ido de vacaciones.
—¿De vacaciones?
—Sí. Se marchó hace un rato. Yo estaba sacando a la perra —explicó—.
No sé qué le pasa, no para de cagar. En fin, el vecino y yo salimos de casa a la vez, nos miramos a los ojos y yo le sonreí, pero entonces él se dio la vuelta y se metió superrápido en el piso.
Como decía, muy creepy . —La chica puso los ojos en blanco—.
Cuando volví, estaba metiendo dos maletas enormes en el coche.
Assad miró la hora.
—«Hace un rato», dices. Son casi las tres. ¿Cuándo fue? ¿Hace una hora? ¿Dos?
Ella se encogió de hombros.
—A lo mejor eran las doce; no lo sé. ¿Me estáis interrogando o qué?
—No, para nada. ¿Qué coche tiene?
—¡Uf, es que yo de coches…! —La chica suspiró—. Pero es azul oscuro. Y viejo.
Helena le dio las gracias y subió por las escaleras hasta la puerta de Jakob Gade, seguida de cerca por Assad.
Antes de llamar, comprobó que el arma reglamentaria estuviera en su sitio.
Luego aporreó la puerta tres veces y esperó.
Nada. Dio tres golpes más; al otro lado reinaba un silencio absoluto.
Se agachó hasta la ranura del buzón con el nombre de «Jakob Gade» e intentó levantar la tapa, pero estaba tapiada por dentro.
—¿Y si está intentando salir del país? —preguntó al levantarse—. Creo que deberíamos lanzar una búsqueda del coche. ¿Puede Rose encargarse desde el sótano?
—Claro, pero primero probaremos a llamar con más fuerza.
—Assad dio un paso atrás en el rellano, levantó una pierna y le propinó a la puerta dos potentes patadas justo debajo de la cerradura.
A la tercera se oyó un chasquido seco como un disparo, y la puerta se abrió de par en par—.
Insha’Allah , el tipo se olvidó de cerrar con llave —dijo entonces.
Helena observó el marco astillado y el pestillo de la cerradura, que yacía entre fragmentos de madera dispersos por el suelo.
—¿En el Departamento Q nunca llamáis al cerrajero? —preguntó.
—Por supuesto que sí. Pero, como se suele decir, más vale una buena patada de camello en el rellano que tres cerrajeros en el tejado.
—Si tú lo dices… Echemos un vistazo. —Helena sacó dos pares de guantes de látex del bolsillo, le pasó uno a Assad y entró en el piso.
Assad fue directo al baño mientras ella inspeccionaba el dormitorio, de aspecto frío e impersonal.
Sobre la cama había un edredón ajado enrollado y sin funda.
En el armario apenas colgaban unas cuantas camisetas, dos vaqueros en sus perchas y una americana descolorida.
Oyó a Assad atravesar el pasillo hasta el salón, así que ella continuó hasta la cocina, que resultó ser tan austera como el dormitorio.
En la nevera no había nada aparte de una botella de vinagre de limpieza y un poco de leche.
Las alacenas tenían vajilla para cuatro personas, pero apenas había comida, salvo un tarro de miel y un paquete de pasta sin abrir.
Miró debajo del fregadero. No había bolsa de basura en el cubo, y el armario desprendía un leve olor a lejía, a recién limpio, como si alguien hubiera querido borrar todas las huellas.
Cuando levantó el barreño del fregadero, asomó en una esquina un pequeño tubo de plástico marrón de apenas cinco milímetros que parecía una pajita diminuta o un abalorio fino.
—¡No me gusta nada esto! —gritó a través de la puerta abierta—. Parece que ha planeado unas vacaciones muy largas.
Assad metió la cabeza en la cocina.
—Sí, el baño también está vacío. En el armario de encima del lavabo no queda nada, y en el salón han desenchufado todos los cables.
Pero mira lo que he encontrado en la entrada.
¿No es del concierto de toma de posesión en el castillo de Kronborg que mencionó la secretaria del colegio?
—Assad le mostró una fotocopia de un recorte de periódico—.
Aquí dice que el coro va a cantar el «Morgensang» de la cantata Elverskud .
Es esa canción de «por el este sale el sol», pero con una melodía completamente distinta a la que aprendí yo en la escuela de idiomas. Es muy extraño.
Ella le arrebató el papel de las manos.
—¿A qué hora es?
—A las cuatro y media. Dentro de una hora y media.
Helena estudió el recorte un instante y luego cruzó la mirada con Assad.
—Tenemos que parar ese concierto.
—¿Crees que va camino de Helsingør?
—Sí. Creo que planea un ataque contra Konrad. —Le mostró a Assad el pequeño tubo de plástico—. Se ve que Jakob ha estado jugando con cables últimamente. Piénsalo: Konrad es el único de los niños de aquella noche de 1989 que no ha sufrido ninguna desgracia personal en los últimos años.
—Aparte del asesinato de su padre.
—Un padre al que nunca le tuvo demasiado apego.
No, ¿qué es lo que de verdad tiene valor para Konrad?
—Helena le devolvió el papel a Assad—. El haber conseguido el puesto de director del coro.
Por fin ha logrado ser alguien de quien su difunto padre estaría orgulloso, tu comprends ?
Tenemos que evacuar el castillo de Kronborg.
No podemos descartar que haya colocado explosivos.
—¿Evacuar una de las mayores atracciones turísticas del país… un sábado? —Assad sacó el móvil del bolsillo con una mueca—. Helena, eso cuesta una pasta.
—¿Y qué? Solo me importa la seguridad de la gente. El castillo debe de estar ya lleno de espectadores y de niños. ¡Niños, Assad!
—Está bien. —Assad marcó un número y se llevó el móvil al oído—. Aviso a Rose para que lo ponga todo en marcha y salga ya para Kronborg. Nosotros nos pasamos primero por casa de Berg.