Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 61. Assad
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61. Assad

ASSAD

Assad miró de reojo a Helena mientras atravesaban la verja del colegio Laurenti.

Durante todo el trayecto había permanecido taciturna en el asiento del copiloto, oculta tras las gafas de sol y con una mueca de dolor dibujada en la boca. Apenas había pronunciado una frase coherente desde que salieron de la Jefatura.

El hecho de que Terje se la hubiera llevado del sótano para mantener una «conversación confidencial» tampoco ayudó a mejorar el ambiente en el departamento.

Cuando Helena regresó, Rose trató de sonsacarle el contenido de la reunión con tal insistencia que Helena acabó pidiéndole que se metiera de una vez en su tête de noeud que aquello no era asunto suyo.

Rose replicó con aspereza que ella entendía francés perfectamente y que de ninguna manera iba a aceptar que la llamara «imbécil », a lo que Helena respondió que la traducción exacta era más bien «gilipollas integral». Y así habían puesto rumbo a Hillerød.

Assad dedujo de aquel silencio que el tema de la conversación con Terje había sido el futuro de Helena en la policía, pero no sabía si su expresión consternada se debía a que tenía que marcharse del Departamento Q o, por el contrario, a que Terje le había pedido que se quedara con ellos en el sótano.

Y ahora mismo no tenía agallas para indagar en ello.

Una mujer menuda con chaqueta de tweed y un cardado digno de una película de los ochenta esperaba impaciente delante de la imponente escalinata de la entrada principal.

Después de presentarse como la secretaria del colegio, los condujo al interior del edificio, por un largo pasillo que hacía eco, hasta la oficina.

—El director del colegio lamenta no poder estar aquí.

Tendrán que conformarse conmigo —dijo mientras intentaba poner en orden el contenido de varias carpetas colgantes amarillentas esparcidas sobre el escritorio—.

Espero que no nos lleve demasiado tiempo.

El coro de niños va a cantar en el castillo de Kronborg dentro de unas horas.

Es el concierto de toma de posesión de Konrad Horsten, y en los treinta años que llevo aquí jamás me he perdido una actuación.

La mujer se había puesto unas gafas de lectura con montura dorada que le hacían unos ojos enormes.

—Treinta años… Entonces, usted aún no estaba aquí en el curso 88-89, ¿verdad? —Helena se apartó de una pared con fotografías enmarcadas del coro de niños, la más antigua de las cuales parecía de los años treinta, y se volvió hacia la secretaria.

—No. Y por eso tampoco conozco a los alumnos por los que preguntan —respondió con una leve sonrisa—.

Aparte de Konrad, claro. ¡Qué curioso que haya seguido los pasos de su padre!

Horsten hijo está muy orgulloso, y es normal.

Es un puesto importante, con una gran tradición y una responsabilidad enorme.

—Se llevó la mano al corazón con gesto conmovido.

Assad señaló los papeles manuscritos sobre el escritorio; a primera vista, le parecía que era incapaz de descifrarlos.

—¿No tiene nada en formato digital? —preguntó.

La secretaria negó con la cabeza.

—Digamos que en esto de la transición digital no vamos precisamente a la cabeza. Tuve que bajar al sótano para encontrar estas carpetas llenas de polvo, y hasta dudo que sea legal que después de tantos años conservemos datos personales de este tipo. —Insegura, miró a Helena y luego a Assad.

—Tranquila, no pensamos chivarnos al departamento de chupatintas —dijo Helena, cortante.

La mujer miró la hora en el reloj de pared y abrió la primera carpeta.

—Puedo confirmar que a finales de los ochenta tuvimos en el colegio alumnos con los nombres de Mads-Peter Vang, Kaare Berg, Tommy Eckert y Jakob Solvig. Por lo que veo, solo Berg y Eckert completaron aquí los estudios. Y Konrad, claro. Los otros dos se cambiaron de colegio unos años antes.

—Nos interesa sobre todo Jakob Solvig. ¿Qué nos puede contar? —preguntó Assad.

La secretaria se acercó a una de las carpetas colgantes y extrajo unos papeles.

—Jakob Solvig estuvo en Laurenti de agosto de 1988 a diciembre de 1989. Venía de un colegio público de Allinge y empezó aquí en cuarto. —La mujer le dio la vuelta a una ficha bastante gruesa con los datos básicos del alumno para que Helena y Assad también pudieran leerla.

Según la ficha, ese Jakob había nacido en junio de 1979; el número de identificación personal coincidía con el del periodista ahora apellidado Gade.

—En cuarto… ¿Vivía aquí en el colegio? —preguntó Assad.

—No. El internado se cerró en 1978 y luego se pasó a un sistema de voluntarios que acogían en sus casas a los pocos alumnos que no tenían familia cerca.

—¿Una especie de padres adoptivos?

—El término correcto es «familias de acogida». Muchas veces eran parejas sin hijos o matrimonios de más edad con los hijos ya independizados. Era un sistema muy bueno; a menudo se creaban lazos para toda la vida entre los niños y su familia de acogida.

—¿Tiene el nombre de la familia de acogida de Jakob?

—Sí. —La secretaria hojeó los documentos—. Vivía en casa de Asger y Lise Ritter; un matrimonio que regentaba la farmacia de Fredensborg.

—¿Ritter? —Assad y Helena intercambiaron una mirada. Assad vio en sus ojos que estaba reviviendo mentalmente la explosión de Asserbo: el impacto, la sensación de quedar aplastada contra el suelo.

La secretaria alzó la vista.

—¿Ocurre algo? Puedo asegurarles que ese matrimonio de acogida cumplía todas las normas habidas y por haber.

Tenían mucha experiencia: tuvieron a su cargo a cinco o seis niños en un período de veinticinco años, pero después de Jakob Solvig lo dejaron.

Fue una lástima, porque todo el mundo hablaba muy bien de ellos.

—¿Por qué lo dejaron? —preguntó Helena.

—Supongo que era demasiado duro a nivel emocional. Uno acaba encariñándose con los chiquillos.

Helena señaló los papeles con impaciencia.

—Esto que dice aquí de Jakob Solvig…, que abandonó el colegio después de apenas año y medio, ¿es normal?

Por la expresión de la secretaria, era evidente que no pensaba dejarse intimidar.

—Digamos que el niño promedio pasa entre cinco y seis años buenos en el coro.

Normalmente llegan a Laurenti con ocho o nueve años.

Cuando cumplen catorce o quince, a la mayoría les cambia la voz y entonces pasan el resto de su etapa escolar en el «coro de voces graves», que, siendo sinceros, no es una gran experiencia.

—Pero Jakob Solvig se fue a mitad de curso cuando tenía… ¿Cuántos años? ¿Diez?

La secretaria se rascó la melena cardada y sacó de entre la pila de documentos una hoja de papel azul claro con una caligrafía peculiar que, en opinión de Assad, se parecía más al alfabeto árabe que al latino.

—Enfermó —dijo una vez que examinó el documento—.

El colegio Laurenti cuenta con un médico especialista encargado de examinar con regularidad la garganta y el estado general de salud de los alumnos.

Por lo que leo, Jakob Solvig sufrió una lesión en la garganta.

En el informe médico dice: «Se aprecian erosiones en el conducto esofágico».

—Levantó la vista, consternada—. ¡Dios mío, eso son quemaduras químicas en el esófago!

Aquí añade: «Se presume que las erosiones fueron causadas por la ingestión de un líquido ácido y son irreversibles, tanto en el conducto esofágico como en la plica vocalis », o sea, las cuerdas vocales.

La culta secretaria se quedó callada mientras hojeaba el resto del informe.

—¿O sea que un niño de diez años sufre lesiones graves mientras está bajo la custodia del colegio y encima lo echan a patadas? —La indignación en la voz de Helena no admitía réplica.

La secretaria miró a Assad en busca de ayuda.

—¿Patadas? Bueno, tampoco fue exactamente así…

—¿No dice nada de cómo se produjo la lesión? —intervino Assad—. Antes dijo que la familia de acogida tenía una farmacia en Fredensborg. ¿Pudo haber bebido algo peligroso en casa?

La mujer se puso a hojear los documentos de forma frenética.

—No… —negó con parsimonia—. No está del todo claro lo que ocurrió en realidad. —Sostenía una hoja amarillenta—. Aquí están las actas de una reunión de la dirección que se celebró en el despacho de Ole Horsten el 19 de diciembre de 1989. Las redactó mi predecesora, por lo que veo.

—¿Jette Horsten?

—Sí. Aquí abajo figura la conclusión de Ole Horsten tras la reunión, y fue que Jakob Solvig ya no reunía las condiciones necesarias para permanecer en el colegio.

—Levantó la mirada—. Era un alumno con beca completa, o sea, con plaza gratuita.

Solo se concede a cantantes con un talento extraordinario, y si el niño ya no podía cantar, pues… —Se encogió de hombros.

—¿Y no dice en ninguna parte cómo se lesionó la garganta?

—Se menciona un «incidente»… Esperen. —La secretaria rebuscó en la pila y sacó otro papel de más abajo—.

Aquí hay un acta de una conversación con el alumno unos días antes.

Dice: «Solvig mantiene su versión de los hechos ocurridos durante la noche del 17 al 18 de noviembre de 1989 en la salida a Heibergsminde».

Helena levantó una mano.

—¿Qué es Heibergsminde?

—Es… bueno, era un campamento escolar cerca de Tibirke. Una antigua casa señorial en un paraje idílico rodeado de bosques y lagos. Lamentablemente, la propiedad se vendió a un inversor hace veinte años, pero luego vino la crisis financiera y ahora está en ruinas, abandonada por completo.

—¿O sea que los niños estaban en un campamento escolar?

—De vez en cuando el coro se va de fin de semana para hacer ensayos intensivos de cara a los grandes conciertos, sí.

Por ejemplo, una salida a mediados de noviembre seguro que tendría como objetivo preparar el programa de Navidad.

Y fomentar la convivencia entre los alumnos, por supuesto.

Cocinan, hacen carreras nocturnas, hay competiciones…

Muy divertido. Veamos qué dice aquí… —La secretaria se acomodó las gafas en el puente de la nariz—.

«Solvig mantiene una serie de acusaciones contra cuatro alumnos: Mads-Peter Vang, Tommy Eckert, Konrad Horsten y Kaare Berg.

Después de conversaciones exhaustivas con cada uno de los alumnos mencionados, la dirección del colegio concluye que Solvig ofrece una versión de los hechos de esa noche que contrasta con la de los demás.

Se trata de un caso de una palabra contra la otra, por lo que la queja presentada por Asger Ritter en nombre de Jakob Solvig queda desestimada».

—La secretaria miró a Assad sorprendida—. Eso dice textualmente.

—Vaya, parece que para Jakob Solvig el campamento no fue tan divertido. ¿Qué pasó exactamente? —preguntó Assad.

La secretaria se encogió de hombros.

—No lo dice.

—¿Y en los expedientes de los otros niños?

La secretaria abrió los expedientes de los otros alumnos y los revisó durante unos minutos.

—Tampoco. —Se encogió de hombros otra vez—. Pero es que la queja fue desestimada. La dirección no se creyó la versión de Jakob, así que, ¿por qué iban a ensuciarles el expediente a los demás alumnos?

Tan pronto como la puerta se cerró tras Assad y Helena, Assad llamó a Gordon.

—Gordon, amigo. Tienes que volver a hablar con el pescador.

Presiónalo para que te cuente lo que sabe, pero con tacto.

Pasó algo entre él y los demás niños de Laurenti una noche de noviembre de 1989, aunque no sabemos gran cosa, solo que Jakob Solvig sufrió lesiones graves.

—Le lanzó las llaves del coche a Helena—.

Nosotros vamos a Vanløse a ver si lo localizamos.

Al otro lado de la línea se oía un zumbido.

—Justo voy en el coche de camino a Hirtshals. Vang me llamó esta mañana y me pidió que me pasara por su casa —dijo—. Ya os contaré.