Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 60. Terje
80%

60. Terje

TERJE

—¿Qué pasa? —Los ojos de Helena chisporroteaban bajo el espeso flequillo.

Terje no la conocía lo suficiente como para saber si era de rabia o de tensión; en cualquier caso, estaba molesta—.

Acabamos de identificar a un sospechoso en el caso Horsten.

¿Qué puede ser tan urgente? —Lo miró como lo haría un crío obstinado.

—Siéntate. —Terje señaló una de las dos incómodas sillas de la estancia.

La había llevado a un viejo despacho de la planta baja de la Jefatura de Policía, donde una mesa cubierta de grafitis, un cenicero y dos sillas con la chapa de teca astillada formaban todo el inventario entre las paredes amarillentas y desconchadas.

Helena tomó asiento con expresión terca, y en el fondo Terje la comprendía.

No solo había ido a buscarla a su departamento como un director que saca de clase a un alumno conflictivo para cantarle las cuarenta en su despacho, sino que lo había hecho delante de Rose y Assad, y de Carl Mørck, hiciera lo que hiciese ese hombre en el sótano de la Jefatura un sábado por la mañana.

Helena se sentía humillada, pero a Terje no le había quedado otro remedio porque los peritos forenses acababan de comunicarle algo que lo había dejado conmocionado.

—Se trata de los asesinatos de Marje Bakker, la dueña de TaTo, y de Knud Nilsen, su auditor.

Como ya sabrás, estamos trabajando con la hipótesis de que el mismo autor está detrás de ambos crímenes.

—Terje estudió detenidamente el rostro de Helena para descifrar su reacción, pero ella, con expresión neutra, se limitó a sostenerle la mirada sin desviarla ni un milímetro.

— Oui ?

—Hemos volcado el móvil de Marje Bakker y pedido el historial de llamadas a la compañía telefónica.

Justo antes de que le dispararan y la asesinaran, Marje recibió un mensaje en holandés en el que el remitente le decía que quería hablar con ella y que la estaba esperando en la puerta trasera de la panadería.

—¿Y por eso se fue a la trastienda?

—Eso parece. Y sabemos que conocía al autor de los hechos, porque ya había tenido contacto con ese mismo número.

Los peritos han encontrado mensajes de Marje diciendo que «no quería seguir con esto», y que iba a «ir a la policía», a lo que el destinatario le respondió, con términos muy gráficos, que era muy mala idea.

—Terje dibujó con la mano derecha la silueta de una pistola.

—¿Se comunicaban en holandés?

—En galimatías, diría yo.

—¿En gali… qué? —Las cejas de Helena se arquearon.

—Según los peritos, los mensajes están en una mezcla de holandés, inglés y francés.

Un auténtico batiburrillo gramatical. También volcaron el móvil y el ordenador del auditor, y todo apunta a que tenía información que acabó costándole la vida.

Vemos que, hace casi año y medio, Knud Nielsen le envió a Marje un mensaje de WhatsApp que decía, y cito textualmente: «Yo esto no lo puedo firmar».

Luego hubo un intercambio algo agitado de mensajes que, para resumir, terminó cuando ella le ofreció «cincuenta pastelitos de almendras».

—Terje dibujó unas comillas en el aire y hojeó su libreta—.

El auditor ya detectó irregularidades en las cuentas de 2022 y le escribió a Marje que no entendía cómo los gastos de personal de TaTo podían ser tan bajos cuando él mismo había visto a varios trabajadores en la panadería.

—Entonces, ¿Marje Bakker estaba blanqueando dinero?

—Esa es la teoría, sí. En un momento dado le escribió al auditor que «los cincuenta pastelitos de almendras estarán listos mañana», tras lo cual no volvieron a comunicarse, pero las cuentas de 2022 se aprobaron con la firma de Nilsen, sin objeciones, y lo mismo sucedió esta primavera de 2023.

Creemos que «cincuenta pastelitos de almendras» era un código para cincuenta mil coronas en efectivo, que Knud Nilsen recibió a cambio de hacer la vista gorda.

—Pero ¿Marje se había echado atrás?

—Eso parece por sus últimos mensajes —asintió Terje—. Probablemente firmó su propia condena y la del auditor cuando los amenazó con acudir a la policía.

—¿A quiénes? No creo que esto sea cosa de una sola persona… Huele a crimen organizado, non ? —Helena se inclinó hacia delante—. Pero ¿por qué me has traído aquí de esta manera?

Terje midió sus palabras antes de responder.

—Esa es la cuestión, Helena. ¿A quiénes? Pensaba que tal vez tú me lo podrías aclarar.

—¿¡Yo!?

Su asombro parecía tan sincero que Terje renunció a seguir haciendo de poli malo.

No se sentía cómodo en aquella situación; durante años había tenido la poco grata tarea de investigar a un compañero cercano, aunque de lo más problemático —Carl Mørck—, por delitos graves.

Al final, todo aquel embrollo había resultado ser producto de conspiraciones y confabulaciones maliciosas, y no le habían quedado ganas de volver a pasar por eso.

Carraspeó.

—Esta mañana he recibido una serie de resultados de los peritos que parecen guardar relación contigo y tu pasado.

—¿Conmigo? —Helena parecía a punto de echarse a reír en cualquier momento.

Terje alzó la mano para frenarla.

—Sí, contigo. Dentro de un momento te presentaré lo que han descubierto los peritos, y espero que respondas con sinceridad a todas mis preguntas.

No olvides que te contraté y te asigné al Departamento Q porque confiaba plenamente en tus capacidades, tu honestidad y tus intenciones, así que espero que no me defraudes y colabores conmigo. ¿Te parece?

Helena lo miró sin bajar la guardia y luego hizo un gesto vago con la cabeza que Terje decidió interpretar como una afirmación.

—Hace unos días encontramos en la cuneta de la autopista de Lyngbyvej una pistola sig Sauer, que ha resultado ser justo el arma que se usó tanto en el asesinato de Marje Bakker en Østerbro como en el caso del auditor Knud Nilsen en Hvidøvre.

Está comprobado que es el arma que disparó tanto el proyectil que tú recuperaste de la masa de pan de centeno en TaTo como el que encontramos incrustado en la pared del salón del auditor.

Helena entrecerró los ojos.

—¿Y…?

—Hemos hablado con peritos de toda Europa y parece ser que esta misma arma ya se usó en otro acto criminal hace muchos años. En 2011, para ser exactos. —Terje se detuvo un instante para observarla—. Helena, esta pistola, esta misma sig Sauer, fue con la que te apuntaron y te dispararon a ti.

Los ojos de Helena vacilaron un instante. Se inclinó sobre la mesa.

— Ce n’est pas possible. —Le temblaba la voz.

Terje chasqueó la lengua con discreción. Él había reaccionado con el mismo escepticismo cuando recibió la información sobre la coincidencia balística, pero la conclusión de los peritos no dejaba lugar a dudas.

—Helena, sé que en 2011 te dispararon en la espalda durante un operativo policial.

Y aquí viene lo curioso, porque cuando hace más o menos una hora hablé con tus antiguos compañeros de Lyon, les costó muchísimo encontrar un informe detallado de ese incidente.

El amable agente que me atendió me confirmó que en sus archivos lo único que consta es un informe balístico con unas cuantas anotaciones al margen y el nombre de la víctima tachado.

Por suerte, el hombre llevaba allí el tiempo suficiente como para acordarse del caso.

Y también de ti. —Terje siguió hablando sin dejar de observarla.

Helena no abrió la boca; miraba fijamente al vacío y respiraba de forma entrecortada—.

Los informes sobre incidentes concretos, y más aún cuando una agente de policía resulta herida de gravedad, no deberían desaparecer así como así, ¿no crees?

Aunque… —Terje tamborileó con suavidad sobre la mesa—.

Supongo que todo es posible si el padre de esa agente es el mandamás del distrito policial.

Helena levantó la vista, incómoda, al tiempo que Terje entrelazaba las manos sobre la mesa.

—Helena, sé que fuiste testigo de un crimen.

Un secuestro fallido, según tengo entendido.

Ibas persiguiendo a los delincuentes en tu propio vehículo, hubo un tiroteo y resultaste herida.

—Los ojos de Helena seguían fijos en las manos de Terje—.

Ahora vas a contarme con calma todo lo que sabes sobre ese caso, porque necesito entender cómo es posible que una pistola que se usó contra ti en Lyon hace doce años aparezca de repente como el arma homicida en dos casos de asesinato aquí, en Copenhague.

—No tengo ni idea. —Helena volvió a levantar la vista. Un espasmo nervioso le hizo temblar una ceja—. Debe de ser una coincidencia.

—¡Helena, tengo que saberlo todo! —La irritación de Terje iba en aumento.

Había dos asesinatos, dos ejecuciones en toda regla, marcados como «sin resolver» en su tablón de Teglholm y ni por asomo pensaba dejar que eso arruinara su tasa de casos resueltos—.

¿Qué pasó exactamente? ¿Quiénes eran los delincuentes?

¿Qué aspecto tenían? ¿Cómo se produjo el tiroteo?

¿Respondiste a los disparos? ¿Cómo diablos consiguieron alcanzarte por la espalda en medio del fuego cruzado?

Helena se levantó bruscamente.

—¡Basta ya! —Su voz retumbó en la sala semivacía.

Terje necesitó unos segundos para recuperar la compostura.

—Creo que no has entendido lo grave que es esto.

Tengo dos asesinatos que resolver y un arma homicida que, por alguna extraña razón, está vinculada a un caso en el que tú estás involucrada.

—Él mismo notó lo acusatorio que sonaba, como si fuera Helena la asesina de la dueña de la panadería, y supo que debía moderar el tono si no quería que ella se cerrara en banda—.

Necesito que me digas por qué viniste a Dinamarca —dijo, ya más calmado—.

Tendrás que reconocer que tu llegada resulta sospechosa a la luz de esta nueva información.

¿Estás aquí para hacer tus propias investigaciones privadas? ¿O corrías peligro en Francia?

—No puedo contarte más —intervino Helena, con la voz reducida a un susurro—. No me atrevo.

Terje se levantó y rebuscó en los bolsillos hasta encontrar su cigarrillo electrónico. No entendía a qué venía tanto misterio. A Helena le habían disparado en servicio; otros policías no habrían dejado pasar la oportunidad de presumir de ello y contar la hazaña a la primera de cambio.

—¿Puedo irme ya? —Señaló la puerta—. Tengo que pensar.

El jefe de Homicidios dio una calada y expulsó una nube de vapor con un suspiro de fastidio.

—Evidentemente, no puedo obligarte a nada.

Pero si no eres capaz de mostrarme la confianza suficiente como para compartir información que podría ser decisiva en dos asesinatos sin resolver…

, pues entonces no puedes trabajar aquí.

Eso sí lo entiendes, ¿verdad? —Helena no se movió—.

¿Entiendes lo que te digo, Helena? —insistió Terje—.

El lunes por la mañana te presentas en mi despacho y me lo cuentas todo sobre el incidente.

Con pelos y señales . De lo contrario, tendrás que recoger tus cosas y dejar la policía danesa.

Terje se dirigió a la puerta y puso la mano en el picaporte, pero vaciló un instante antes de abrir.

—¿Lo entiendes, Helena?

Por un momento, Helena no se movió. Luego asintió sin mirarlo y salió sin decir palabra.