Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 59. Jakob
78%

59. Jakob

JAKOB

Acababa de rendirse cuando algo pesado lo golpeó en la nuca.

El dolor del impacto le hizo abrir los ojos y, al aspirar, tragó una bocanada de agua del lago, que le supo a tierra y podredumbre.

Furioso por verse arrancado de aquel estado de paz en el que estaba inmerso, agitó los brazos y las piernas hasta que su mano tocó algo duro.

Se aferró con fuerza y consiguió sacar la cabeza a la superficie.

Entonces jadeó desesperado en busca de aire, como si quisiera inhalar el cielo entero de una sola vez, y en ese momento comprendió que aún no estaba muerto: su aliento oscilaba como humo blanco sobre el espejo oscuro del agua.

Vio algo moverse en la orilla, un destello claro que desapareció entre los árboles, engullido por las sombras.

Forcejeó hasta colocarse el salvavidas al que se había agarrado, resbaladizo y cubierto de moho, bajo el pecho.

Las manos, entumecidas por el frío, apenas lo obedecían, pero aún podía patalear, y vio con alivio que el borde del embarcadero estaba cada vez más cerca.

Encontró una rendija entre dos de las tablas, se impulsó con todas sus fuerzas y logró alzar el torso desnudo sobre el embarcadero.

El frío le había agarrotado los músculos, pero tenía que levantarse como fuera.

Como decían Asger y Lise, un talento como el de Jakob no era fruto del azar, y cuando uno estaba destinado a algo más grande, no podía quedarse allí tirado muriéndose de frío.

Así que se alejó del embarcadero a rastras, se puso en pie con las piernas temblorosas y dio con los pantalones del pijama.

Apestaban a orina y estaban manchados de tierra.

La camisa seguía en el lago, pero con solo ponerse algo sobre la piel mojada y protegerse la entrepierna desnuda del frío y de los matorrales del bosque se sintió mejor.

Se abrazó el pecho escuálido y, descalzo, avanzó a trompicones entre los árboles mientras trataba de convencerse de que lo peor había pasado ya.

Esta vez lo contaría todo. Les describiría a los adultos cada detalle de lo ocurrido, y ellos lo protegerían, porque para eso estaban los adultos: para cuidar de los niños.

Les diría que Berg, Konrad, Tommy y Vang eran los responsables.

Cuando se supiera que lo habían arrastrado por el bosque, que le habían meado encima y que lo habían atado a un árbol antes de arrojarlo al lago helado solo porque envidiaban su talento excepcional, los expulsarían del colegio hundidos en la vergüenza y la deshonra.

En cambio, él se sobrepondría a aquellas humillaciones.

Haría del canto el centro de su vida, sería un cantante famoso y admirado y, con el tiempo, aquella noche de terror no sería más que un recuerdo difuso, una anécdota macabra que contar a sus hijos.

Eso pensaba mientras caminaba solo por el bosque y eso seguía en su mente cuando el edificio del campamento escolar empezó a dibujarse en la oscuridad.

De adulto llegaría a culparse de aquella ingenuidad desesperada. Pero ¿cómo iba a saber que la noche no había hecho más que empezar?

Los oyó en el mismo instante en el que empujó la puerta cortafuegos que daba al ala de los dormitorios. Sus voces susurrantes flotaban por el largo y oscuro pasillo. Berg y Konrad sonaban alterados, mientras que el tono de Vang era más agudo de lo habitual, casi suplicante.

—¿Y si se ha ahogado? ¡Hay que despertar a los profesores! —La voz de Vang se quebró.

—Tú te callas la boca, ¿entendido? Si nos preguntan, diremos que quiso venir con nosotros al bosque, que nos perdimos y que entonces él se cayó al agua.

Jakob reconoció el aire de superioridad de Konrad.

—¿No podemos irnos a la cama? —protestó Tommy—. Estoy hecho polvo.

Jakob casi no sabía si le resultaba más gratificante escuchar a sus acosadores peleándose entre sí o sentir el calor que le envolvió los hombros desnudos en cuanto entró en el edificio.

Solo tenía que atravesar una puerta y avanzar por el pasillo para llegar al cuarto de la profesora de guardia.

La despertaría a sacudidas y se lo contaría todo.

Se armaría un buen escándalo cuando el director del coro se enterara por la mañ…

De pronto, el picaporte le resbaló de los dedos helados y la puerta cortafuegos se cerró de golpe tras él.

—¿Qué demonios…? —Berg salió de un rincón con Konrad pisándole los talones—. Anda, mirad qué hay aquí. ¡Si es el monstruo del lago Ness!

Se acercaron sin hacer apenas ruido, como depredadores.

Jakob levantó los puños a la altura del pecho.

—Se lo voy a cont… —intentó balbucear entre escalofríos.

—¡Tú no vas a contar nada, joder! —Berg se inclinó hacia delante hasta que tuvo los ojos a un par de centímetros de los de Jakob—. Una sola palabra a la profesora de guardia y estás acabado, cara de rata.

Jakob dio un paso atrás.

—Se lo diré a Horsten cuando venga mañana.

—¿Ah, sí? —Berg ladeó la cabeza—. ¿Te crees el niño bonito del director? —Se volvió hacia Konrad—. ¿Tú qué dices, Horsten júnior?

Konrad intentó reírse, pero no le salió.

—Tenías que haberte ahogado ahí fuera. —Berg apretó los puños—. Yo me merezco ese solo del concierto de Navidad tanto como tú.

Vang se acercó por detrás de Berg y miró a Jakob sin dar crédito a lo que veía.

—¿Conseguiste salir del agua?

—Sí, y ahora tenemos un problema. —Berg dio un par de pasos adelante y atrás—. El niñato quiere chivarse a Horsten.

—¿A Horsten? —Tommy sonaba asustado—. ¡Nos va a matar, jolines!

—Sí, a ti puede que sí —bufó Konrad—. ¡Tenías que haber cerrado con llave para que no pudiera entrar, imbécil!

—¡Ya vale! —Berg alzó una mano para frenar a Konrad.

—¡Tú cállate! ¡Siempre estás protegiendo a este mocoso de mierda! —gritó Konrad.

—¿Y ahora qué vais a hacer? —Vang tiró del cuello de su jersey, claramente incómodo—. Son las tres y media de la mañana.

—Echarlo fuera y cerrar la puerta. Así aprenderá. —Konrad agarró del brazo a Jakob, que apenas tuvo fuerzas para oponer resistencia.

—¡Mira quién fue a hablar de imbéciles! —replicó Tommy—. En cuanto lo echemos, no tendrá más que dar la vuelta al edificio y llamar a la ventana de la profesora de guardia. —Le sacó la lengua a Konrad a espaldas de Berg.

Berg se giró y lo miró fijamente.

—¿Tienes tú una idea mejor?

Tommy se desinfló como un globo pinchado.

—Pues venga. Hay que pensar algo antes de que se despierte alguien.

—El balcón. —Los ojos de Konrad se iluminaron—. Hay un balconcito en la sala de lectura del edificio principal. Ahí no lo podrá oír nadie. Mañana diremos que estábamos jugando al escondite y que nos cansamos de buscarlo.

El pánico sacudió a Jakob como un calambrazo.

—No…, esperad. ¿No puedo beber un poco de agua? ¡Me estoy muriendo de sed! —dijo asustado, pero Konrad le tapó la boca con la mano y tiró de él.

Lo arrastraron por el pasillo, escaleras arriba, hasta una sala a oscuras.

—¡Soltadme! —intentó gritar, pero la mano de Konrad le apretó la boca con más fuerza. Sabía a sal y a ácido, a sudor y nervios.

Jakob se resistió todo lo que pudo cuando abrieron la puerta del balcón.

Clavó los pies contra el marco, echó el cuerpo hacia atrás y empujó con todas sus fuerzas.

El aire frío lo golpeó de frente. Sabía que tenía que volver dentro, al calor.

Si helaba, se moriría: tenía los pantalones empapados y el torso desnudo.

Pero los chicos mayores eran demasiado fuertes y acabó perdiendo el equilibrio.

Cayó sentado sobre el hormigón del balcón y un dolor punzante le subió por la columna.

Iba a gritar, pero entonces algo mucho peor captó su atención: el ruido de la puerta cerrándose a su espalda y el sonido seco del pestillo al echarse.

Logró ponerse en pie y golpeó la puerta cerrada con todas sus fuerzas, olvidándose por un instante del frío que lo envolvía, pero la profesora de guardia no podía oírlo desde allí.

Llamó entonces a los cuatro niños, gritó sus nombres y les suplicó clemencia, pero no sirvió de nada.

Se habían marchado y lo habían vuelto a dejar solo en el frío de la noche.

Cuando ya lo había dado todo por perdido, un rostro se asomó tras el cristal.

Sintió un alivio inmenso al ver que aquellos ojos que brillaban en la oscuridad eran los de Mads-Peter Vang.

Señaló el pestillo al otro lado de la puerta y le indicó por señas que solo tenía que descorrerlo para dejarlo entrar.

Jakob no pudo evitar sonreír. Fue Vang quien le lanzó el salvavidas en el lago y confiaba en que esta vez también lo ayudaría.

Pero Mads-Peter se quedó paralizado, mirándolo indeciso durante unos segundos interminables.

Entonces bajó la mirada, retrocedió tres pasos y desapareció.

De espaldas a la puerta, Jakob se deslizó hasta sentarse en el suelo y se abrazó las rodillas.

Permaneció así un buen rato hasta que poco a poco fue cayendo de lado sobre el suelo frío.

Acurrucado en un rincón del balcón, quedó casi a resguardo del viento y notó que desde la pared le llegaba a los pies un poco de calor.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado en el suelo, medio dormido, cuando alguien descorrió el pestillo y entreabrió la puerta. Una mano con un lunar en forma de corazón dejó algo en el suelo y enseguida volvió a echar el pestillo.

Era una cantimplora azul de plástico con un tapón naranja de rosca.

Jakob logró incorporarse hasta alcanzar la cantimplora.

Casi no pudo creer su suerte al comprobar que estaba templada.

La abrazó contra sí, primero contra el pecho y luego contra el vientre, para que su cuerpo absorbiera todo el calor posible.

Tenía los dedos tan fríos, la garganta tan seca y dolorida de tanto gritar, y tal ansia por beber que al principio ni siquiera fue capaz de agarrar bien el tapón.

El líquido desprendía un olor fuerte, a hierbas.

Era té. Se llevó la cantimplora a los labios y bebió con desesperación.

Le quemó la garganta, pero no tardó en comprender que no era porque la bebida estuviera demasiado caliente.

Le quemaba de otra forma, más áspera. Y además tenía un sabor horrible, demasiado ácido.

Se inclinó hacia delante y con arcadas intentó retener el líquido en la boca para escupirlo, pero el esófago se le contrajo hasta que no tuvo más remedio que vomitar, y entonces aquella sensación de ardor se transformó en sabor a sangre.