58. Carl
CARL
Rose salió del despacho como un torbellino y, un instante después, la puerta del baño del departamento retumbó con tal violencia que hizo vibrar las tuberías de la calefacción bajo el techo.
Cuando reapareció tres minutos más tarde, le dirigió a Carl una mirada asesina que dejaba bien claro que la conversación sobre su salud no solo había terminado, sino que más le valía no volver a sacar el tema en lo que le quedaba de vida.
El arrepentimiento no figuraba entre los puntos fuertes de Carl, pero lo que sintió cuando aquella mirada fría como el sótano le barrió el cuerpo de arriba abajo se le parecía bastante.
¿En qué demonios estaba pensando? Preguntarle a una mujer de la edad de Rose si estaba embarazada venía a ser lo mismo que llamarla gorda.
Según Mona, todo un pecado mortal, y peor aún en boca de un hombre como Carl, con un six-pack que llevaba años jugando al escondite detrás de una generosa capa de michelines.
—¿Has dicho Tommy Eckert? ¿E-c-k-e-r-t? —Rose rebuscó frenéticamente en el bolso hasta dar con una libreta; un verdadero milagro, teniendo en cuenta su estado vegetativo hacía solo unos minutos.
Carl sacó del bolsillo interior una copia impresa de un artículo de Internet de casi diez años atrás.
—Sí, el mismo. Nuestro exministro de Sanidad.
Se dejó caer en el sofá y observó, entre asombrado y satisfecho, la velocidad con la que Rose anotaba «Colegio Laurenti 1988-89» y «Ole Horsten» en lo alto de la pizarra.
—Tenemos que averiguar qué pasó en ese colegio Laurenti de Hillerød —dijo ella—.
Ole Horsten dirigía su coro de niños a finales de los ochenta.
Ahora sabemos que, además de su propio hijo, también cantaban allí Kaare Berg, ahora director médico de Charis, y un niño llamado Mads-Peter Vang, que es pescador en Hirtshals.
A este lo visitamos ayer… —Escribió «Vang» y trazó una línea desde su nombre hasta «Ole Horsten»—.
La semana pasada voló por los aires su arrastrero nuevo, carísimo. Usaron C-4.
—O sea, el mismo explosivo de la caravana.
—Eso es. ¿Y qué se encontró en la caravana? Material del reciente programa de adelgazamiento de Charis. —Trazó otra línea entre «Ole Horsten» y «Kaare Berg»—. Y lo que pasó en Charis hace un par de días ya lo sabes, ¿no?
—Murió una paciente de ese programa. Envenenada, según la prensa.
—Exacto. Un escándalo que seguramente signifique el cierre de la clínica.
Y aquí tenemos el resto de la lista de los niños del coro en 1989 que nos dio Vang.
—Rose se inclinó hacia la pizarra y escribió tan deprisa que hizo chirriar el rotulador—.
Konrad Horsten, como ya he dicho. Luego estaban un tal Jesper Mathiesen, Jakob Solvig, Christian Funch y Nikolaj Slot o Sloth, además de Simon Persson y un niño llamado Peter Nielsen.
—Se volvió hacia Carl—. Y ya solo me queda un nombre en la libreta.
A ver si lo adivinas. —Casi había recuperado el color en las mejillas.
—¿Tommy Eckert?
—¡El mismo! —Rose escribió el nombre en la pizarra y trazó otra línea hacia «Ole Horsten»—. Eckert también cantaba en el coro hace unos treinta y cinco años. Y ahora me dices que la mujer que murió en el accidente de tráfico, la del artículo de Asserbo, era su amante.
Carl se frotó la barbilla.
—Joder, menuda historia… —Cuando aquella tal Gry lo fue a buscar hacía casi dos semanas con ese viejo mensaje del contestador, jamás imaginó acabar metido en semejante torbellino de muertes misteriosas y explosiones devastadoras.
—Esto no es una historia. Es un puto caos.
Está claro que hay conexiones por todas partes, pero por más vueltas que le doy, sigo sin ver la lógica.
—Rose se quedó pensativa frente a la pizarra—.
Si alguien va a por los niños del Laurenti, no tiene muy buen ojo.
Acertó con Ole Horsten, pero Vang, Berg y Eckert siguen vivos y coleando.
Los que caen como moscas son los que están a su alrededor.
Assad entró en el despacho con una barba de tres días con la que podría lijar tranquilamente treinta metros cuadrados de tarima de madera. Pisándole los talones iba Helena con una barrita de proteínas a medio comer en la mano.
—Muy buen esquema, Rose —dijo Assad tras observar un momento sus garabatos en la pizarra—.
Yo también conseguí que el médico me diera una lista de sus antiguos compañeros del coro.
Aparte de los que ya tienes, mencionó a Jan Birk Jensen y a Carsten Krogh, pero uno murió de cáncer de laringe en 2011 y el otro vive en Estados Unidos desde 2002, así que no creo que tengan mucho que ver con el caso.
—Assad le dio una palmada en el hombro a Carl a modo de saludo—.
Aunque puede que aparezcan más nombres, porque Berg me llamó anoche, pero no llegué a contestar, y cuando le devolví la llamada unos minutos después, me salió ese mensaje automático que usan mis hijas todo el rato: «Ahora no puedo hablar».
Rose le hizo señas para que se sentara en el sofá junto a Carl y cerrara el pico.
—Carl y yo estamos intentando encontrar alguna conexión entre los miembros del coro y los muertos —dijo—. Parece que el denominador común son los niños del coro, pero no son ellos las víctimas; bueno, lo son de forma indirecta.
—¿Podemos volver a escuchar la llamada de emergencia al municipio? ¿Qué dice exactement el hombre de la grabación?
Helena señaló a Carl con su barrita de proteínas y él sacó el móvil a regañadientes. Su plan había sido largarse en cuanto les contara su conversación con la amiga de Mira, pero allí seguía, escuchando por centésima septuagésima vez la llamada de emergencia de Jette Horsten.
—«En su día no asumiste tu responsabilidad. Ahora seré yo quien te haga cargar con una responsabilidad que no te dejará vivir» —repitió Helena cuando terminó la grabación—. El autor intenta que Ole Horsten se enfrente a algo relacionado con la responsabilidad.
—¡No me digas, Sherlock! —Rose puso los ojos en blanco—. Pero ¿responsabilidad de qué? ¿O de quién?
—Creo que el agresor trató deliberadamente de que el intento de asesinato de Jette Horsten pareciera obra de su marido —Carl salió en defensa de Helena—. No bastaba con que Ole asumiera la responsabilidad; también debía quedar señalado como responsable ante la opinión pública.
—¿Y eso por…? —Rose no parecía muy convencida.
—Fíjate bien en lo que dice. Es un castigo: «En su día no asumiste tu responsabilidad». El autor es alguien a quien Horsten falló, traicionó o dejó tirado de alguna manera, así que ahora quiere darle una lección de responsabilidad.
—¿Crees que es alguien del coro?
Carl se encogió de hombros.
—Parece que Laurenti es el único denominador común, porque vuestro amigo el pescador no tiene nada que ver con la clínica privada, ¿verdad?
—No. —Rose señaló la pizarra—. Pero sigo sin ver el patrón. La tripulación de Vang vuela por los aires y él sobrevive. Envenenan a una paciente de Charis aparentemente elegida al azar en vez de al propio Kaare Berg. Muere la joven amante de Tommy Eckert, pero él sigue ahí.
—«Seré yo quien te haga cargar con una responsabilidad que no te dejará vivir», dice —intervino Helena—.
Mirad, yo no creo que nuestro autor haya fracasado en sus objetivos.
Creo que eligió a propósito a personas del entorno de los niños del coro.
Sí, Vang y Berg aún están vivos, pero se enfrentan a una responsabilidad que les será muy difícil de llevar.
Su reputación está por los suelos; el esfuerzo de toda una vida reducido a escombros, y tendrán suerte si vuelven a encontrar trabajo alguna vez.
—Se puso en pie. Tenía las mejillas encendidas y la voz quebrada, y los brazos le colgaban inertes a ambos lados del cuerpo—.
Si de verdad quieres castigar a alguien, no lo matas.
Le haces daño a sus seres queridos, a aquellos por los que vive, aquellos que están bajo su responsabilidad.
—Su voz adquirió un tono áspero—. Vivir con eso es peor que morir, ¿no lo veis?
Cargar con esa responsabilidad. Con esa culpa.
Carl la estudió con la mirada, desconcertado. ¿A qué venía aquel arrebato? No podía ser solo el temperamento del sur de Europa. Había algo más.
—Es una idea que merece la pena tener en cuenta —reconoció, lo que le valió una mirada fulminante de Rose—.
A ver, Rose, piénsalo. La joven amante de Eckert muere justo una noche que iban a pasar juntos.
¿Y si ese accidente no fue un accidente?
¿Y si lo provocaron, no tanto para matar a Mira como para destrozar a Tommy Eckert?
Ya menos reticente, Rose se encogió de hombros, se sentó frente al ordenador y le hizo a Helena un gesto cansado.
—Muéstrales el vídeo de Ane.
Assad y Carl intercambiaron una mirada interrogante.
—El oficial de máquinas del arrastrero le envió un vídeo a la mujer de Vang poco antes de que el barco zarpara y explotara —dijo Helena mientras sacaba el móvil—.
Tenían un affaire , pero eso es otra historia.
Lo importante es el trasfondo; es en eso en lo que debéis fijaros.
—Se mordió el labio, pensativa, mientras Carl y Assad veían el vídeo un par de veces—.
Tengo la sensación de que ya he visto antes a este hombre, pero no consigo sitiarlo .
—Igual que yo, Helena —dijo Assad, dándose un golpecito en la sien—. Tampoco consigo sitiarlo .
—¡«Situarlo»! —Carl y Rose los corrigieron al unísono.
—¿Podemos difundir el vídeo? —preguntó Helena—. Alguien podría reconocerlo por su forma de andar o por la ropa.
—No serviría de nada. La calidad es pésima —lamentó Carl. Había visto ya demasiados casos de vídeos y fotos borrosos cuya difusión solo había servido para señalar a inocentes y generar una avalancha de pistas inútiles para la policía.
—A todo esto, hay un nombre interesante en la pizarra del que aún no hemos hablado —observó Rose mientras sus ojos recorrían la pantalla a toda velocidad—.
Vang nos comentó que se acordaba sobre todo de Mathiesen, Funch, Sloth, Persson y Nielsen porque también venían de lejos, pero en el día a día pasaba más tiempo con Jakob Solvig y Tommy Eckert.
A Eckert ya lo tenemos en el radar…, pero ¿qué ha sido de ese Jakob Solvig?
—Levantó la vista un instante—. ¿A que no se os había ocurrido?
Pues acabo de consultar el registro civil y resulta que en 1979 nació en Bornholm un Jakob Solvig, hijo de Karen Solvig y…
—hizo una pausa calculada— del dinamitero Gunnar Solvig.
—¿Un dinamitero? ¿De las canteras de granito de por allí? Joder… —Carl se palpó los bolsillos con la esperanza de encontrar en el forro alguna colilla olvidada—. ¿Y qué más sabemos de este Jakob?
—Un segundo. —Rose tecleaba con tanta energía que Carl sintió lástima por el teclado—.
En 2003 se cambió el nombre a Jakob Gade.
Está soltero y, según el padrón, vive en Vanløse; veo que el piso pertenece a una de esas grandes sociedades de vivienda.
—Siguió golpeando las teclas—. Parece que es periodista; en cualquier caso, trabaja en el Morgenavisen .
Hostias… —Se dejó caer hacia atrás en la silla—.
¿A que no adivináis sobre qué ha estado escribiendo en los últimos años?
Assad y Helena se encogieron de hombros a la vez.
—Resulta que firmó unos cuantos artículos del Morgenavisen contra la Clínica Privada Charis, esos a los que les echamos un vistazo el otro día.
A Carl se le escapó un silbido.
—¿Tienes una foto del tipo?
Rose giró la pantalla para que los otros tres pudieran verla. La foto mostraba a un hombre en la cuarentena, con el pelo moreno peinado hacia atrás y los ojos muy juntos.
Assad echó la cabeza hacia atrás de golpe.
—¡Es él! —Le dio un golpecito en el brazo a Helena—. Es el tipo que vimos en Charis, el que entró en el almacén de medicamentos.
Helena se quedó helada unos segundos. Luego sacó el móvil, volvió a reproducir el vídeo del oficial de máquinas enamorado y lo detuvo justo cuando el desconocido se bajaba del Maren II .
—¿Es él? —Giró el móvil hacia Assad—. Tú lo tuviste más cerca. A mí me parece que sí.
Assad se levantó de un salto.
—¿Lo llevamos ya a comisaría? —Buscó la mirada de Carl—. ¿Tú no irías a por él?
—¡Eh, para el carro! —Rose también se había puesto en pie—.
Para la prisión preventiva hacen falta pruebas, y no tenemos ni una miserable huella dactilar.
Desconocemos el móvil. No sabemos cuántas personas hay en la lista de Jakob Gade ni a quién persigue.
¿Qué demonios pasó entre esos chicos del coro para despertar en él tanto odio?
—Tuvo que ocurrir algo en el colegio mientras estudiaban allí. Quizá deberíais ir a Laurenti para ver qué podéis averiguar —propuso Carl.
Assad asintió.
—Vale. Salimos para Hillerød ahora mismo.
—Helena no se va a ninguna parte.
Una voz inesperada los hizo girarse. En el umbral estaba Terje Ploug con una expresión seria que Carl, por desgracia, conocía demasiado bien.