57. Carl
CARL
Hacía quince años que Carl conocía a Rose, y en todo ese tiempo ella había sido como un camaleón.
Un día lucía un peinado punk; al siguiente, maquillaje gótico; al tercero, un traje tirolés.
A Assad le gustaba decir que era como un camello de tres jorobas: difícil de montar, pero fácil de reconocer incluso en la distancia.
Y en ese momento avanzaba hacia la gran verja de acero de la entrada de personal de la Jefatura con la determinación de un carro de combate.
No era propio de Carl madrugar tanto, y mucho menos un sábado, pero la visita a una joven en el centro de Copenhague la noche anterior le había robado el sueño.
Estuvo dando vueltas en la cama hasta que Mona se hartó, lo echó del dormitorio y le dijo que se fuera a dar un paseo o lo que demonios quisiera, con tal de no tenerlo tumbado a su lado.
Así que se levantó, encendió el ordenador y estuvo un par de horas rebuscando en distintas bases de datos de periódicos y en páginas de cotilleo. Ahora tenía algo que compartir con los compañeros del Departamento Q, y no podía esperar.
—¡Bu! —dijo cuando alcanzó a Rose.
Ella se giró, exasperada.
—¡Tú otra vez!
—Es que te echaba de menos, Rosita. —Probó a ganársela a base de zalamería, pero la expresión de ella seguía siendo tan corrosiva como el salfumán.
—¿De verdad creéis que las mujeres nos tragamos esa cursilería barata?
Solo te dejo pasar porque traes bollería.
—Señaló la bolsa de papel marrón que Carl llevaba en la mano.
Luego acercó su tarjeta de identificación al lector y la verja se abrió—.
¿Cómo sabías siquiera que iba a estar aquí?
Los demás llegarán dentro de un rato. Ayer, Helena estuvo conmigo en el norte de Jutlandia y Assad en Charis. Estamos hasta arriba de trabajo —gruñó.
—Anoche estuve intercambiando mensajes con Assad. Tengo información que quizá os pueda servir.
—¡Anda! ¿Y se puede saber qué es?
Llegaron al despacho de Rose y, como siempre, Carl se dejó caer en el sofá como si estuviera en su propia casa.
—Ayer me pasé por el antiguo piso de Mira Dam, en la calle Herluf Trolle. Resulta que su amiga íntima, Astrid Kornbæk, aún vive allí. Al principio se mostró bastante hostil; en cuanto mencioné el nombre de Mira estuvo a punto de cerrarme la puerta en las narices.
—Bueno, así reacciona casi todo el mundo al verte el careto. —Rose se miró el esmalte desconchado del pulgar.
—Parecía nerviosa, como si tuviera algo que ocultar, y luego descubrí que sabía bastante más sobre la vida privada de Mira que sus propios padres.
—¿Y no es siempre así? —soltó Rose.
—Puede ser, pero el caso es que Mira tenía un secreto. Tuve que jurarle por la tumba de mi difunta exsuegra que no se lo contaría a nadie.
—¿Tu exsuegra? ¿Ha muerto la madre de Vigga?
—¡Qué va! Karla es inmortal. Mientras tenga su bata, sus cigarrillos y su oporto, no hay tsunami ni pandemia que pueda con ella.
—Carl se encogió de hombros—. Resulta que es cierto que Mira tenía novio cuando murió.
Aunque quizá «novio» sea mucho decir, porque la relación era secreta por una serie de motivos.
—Déjame que adivine… ¿Estaba casado? —Rose se removió inquieta en la silla.
—Bingo.
—¡Lo sabía! —soltó un bufido—. Los hombres casi nunca tenéis bastante con una.
Carl tuvo que contenerse para no hacer un comentario sobre el propio apetito de Rose por el sexo opuesto. Por lo que sabía, ella solía tener varios frentes abiertos a la vez.
—Pero aún hay más. Según Astrid, la noche en que murió, Mira estaba con ese amante secreto. Habían reservado una habitación, así que no debería haberse puesto al volante. Ella sospecha que se pelearon.
Rose frunció el ceño.
—¿Y por qué nunca se lo contó a los padres de Mira?
—Por respeto a ese hombre. Dijo que ya había sufrido bastante. A raíz de aquello, su vida y su carrera se fueron a pique.
—¿Qué carrera?
—Aquí es donde se pone interesante. Como sabrás, Mira estaba muy implicada en política juvenil y, según me contó Astrid, él le sacaba diez años y era un político prominente, miembro del Parlamento.
—Suena a abuso de poder puro y duro. ¿Una joven que quiere hacer carrera política y un ministro en activo? Un caso de MeToo en toda regla.
Carl se encogió de hombros.
—No digo que no, pero Astrid insistió en que Mira estaba locamente enamorada y que el sentimiento era mutuo.
—Vale, ¿y quién era él?
—Ahí se cerró en banda y no hubo forma de sacárselo.
—Carl alzó los brazos, resignado—. Lo intenté todo, pero al final me amenazó con llamar al director de la policía y contarle que voy por ahí, sin placa, haciéndome pasar por investigador.
Resulta que la tipa lleva diez años formándose como abogada.
Rose lo miró con ojos vacíos.
—¿Eso es todo? ¿Y dónde está la gracia, si ni siquiera tienes un nombre?
—La gracia está en que el artículo sobre el accidente de Mira no estaba en la caravana por casualidad.
Rose lo miró con aire cansado.
—Podría ser, ¿no? Igual usaron el periódico como aislante, o como alfombra, o qué sé yo…
—Vamos a ver… Aquí en el departamento no solemos tratar las pistas importantes como coincidencias, al menos hasta haber investigado a fondo y confirmado que lo son, y tú eso lo sabes mejor que nadie. —Carl se levantó—. De todos modos, anoche estuve curioseando por Internet.
—¡Vaya! Y fue en el año 2023 después de Cristo cuando Carl Mørck descubrió Internet —se mofó Rose.
Carl reprimió un gruñido. Si seguía así, el veneno de esta mujer acabaría corroyendo las tuberías de ventilación del techo y disolviendo el amianto del pasillo.
—Es bastante sencillo, Rose. ¿Cuál fue el gran escándalo político en los días que rodearon a la muerte de Mira, hace diez años?
Rose se frotó las mejillas.
—¿Qué es esto? ¿Un concurso?
—Tommy Eckert, entonces ministro de Sanidad y gran promesa de los Nuevos Demócratas, fue detenido por conducir borracho y tuvo que renunciar tanto a la cartera de ministro como a su escaño en el Parlamento.
De pronto, Rose levantó la vista con expresión hambrienta.
—¡Mierda, casi se me olvida que traía algo para ti! —Carl abrió la bolsa de papel, sacó dos botellas de plástico con un líquido verde y las plantó delante de Rose.
—Esto no tiene pinta de bollería, Carl. —Miró las botellas como si fueran granadas de mano con el seguro quitado.
—Es zumo recién exprimido, cargado de vitaminas. Lleva jengibre, apio, espinacas, manzana y col toscana. —Evitó mirar el contenido. Aquel brebaje le recordaba a un cruce entre el puré de col rizada de su infancia y un pozo de aguas subterráneas junto a un vertedero de residuos peligrosos.
—¿Col? ¡Ostras, como si no tuviera ya bastantes gases! —Se frotó el estómago.
—Rose, sabes que siempre puedes hablar conmigo. O con Assad, ya puestos. Tienes mala cara. Te noto distraída, apagada, sin energía. ¿Estás enferma? Cuéntame qué te pasa.
Rose dejó escapar un suspiro.
—¡No me pasa nada! Creía que ya te lo había dicho. Ya fui al médico.
—¿Y qué te dijo? ¿Hay algo que puedas hacer para encontrarte mejor?
—Carl no solía meter las narices en la vida privada de los demás ni hurgar en sus traumas; eso lo dejaba para Mona.
Pero con Rose era distinto; por ella se preocupaba de verdad—.
¿Es grave? ¿Cáncer… o algo psicológico? ¿Has hablado con tus hermanas últimamente?
Rose palideció aún más, si eso era posible, y se llevó la mano a la boca con un gesto que Carl asociaba con las náuseas continuas de Mona cuando esperaba a Lucia.
—No estarás embarazada, ¿no? —se le escapó.