Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 56. Tommy #2
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56. Tommy #2

—Pero tú mírate… —Kaare lo señaló—. ¡A ti también te persiguen, joder! Alguien te chantajea y amenaza con destruirte. ¿Quién te dice que no es la misma persona que está detrás de todo esto? ¿Es que no lo ves?

Tommy negó con la cabeza y se le escapó una sonrisa idiota, como si hubiera perdido todo el control sobre sus reacciones.

—Lo mío no tiene nada que ver con mi infancia ni con Laurenti. Nada en absoluto.

—Ah, ¿no? Entonces, ¿qué es lo que amenaza con sacar a la luz?

—Kaare fijó la mirada en Tommy y, al no obtener respuesta, agitó la mano con impaciencia—.

Ya, claro, eso no piensas contármelo porque es un secretazo, pero ¿sabes qué, Tommy?

Tienes que soltarlo de una puta vez, joder.

Tienes que ir a la policía y contárselo todo. ¡Me lo debes!

—¡Pero es que no puedo! —Tommy dejó escapar un grito tan desgarrador que Kaare se quedó clavado un instante.

Aún no se había repuesto cuando el móvil de Kaare se iluminó y vibró sobre el escritorio. Ambos lo miraron: era el mismo número terminado en 9850 que acababa de llamar a Tommy.

—¿Sí? —Kaare cogió el teléfono antes de que Tommy pudiera impedírselo y activó el altavoz.

—¿Kaare Berg? —preguntó una voz tan grave que hizo vibrar el aparato.

—¿Quién es? —Kaare se llevó un dedo a los labios y lanzó a Tommy una mirada de advertencia.

Se hizo un breve silencio.

—Soy Mads-Peter Vang —dijo al fin—, de Laurenti. Cantamos juntos en el coro hace muchos años.

Kaare tardó un segundo en reaccionar y luego acercó el móvil a la boca.

—Vang, joder… ¿Cómo te va? —Su tono jovial contrastaba tanto con el que Tommy había estado escuchando en los últimos diez minutos que no pudo evitar sentirse humillado.

—¿Has visto a alguno de los del coro últimamente? —inquirió una voz áspera al otro lado del teléfono.

Los ojos de Kaare recorrieron de arriba abajo la figura temblorosa de Tommy.

—¿Los del coro?

—Hoy ha venido a verme la policía. La semana pasada, mi arrastrero estalló al zarpar del puerto y se fue a pique.

Seguramente tenga que declararme en bancarrota.

—Hizo una pausa; la voz se le quebró en la última sílaba—.

Y, por lo que veo en las noticias, parece que tú también estás metido en un marrón de los grandes.

Kaare se ruborizó e intentó quitarle hierro al asunto con una risa nerviosa.

—Espero que no, Vang… Yo a esto lo llamo un revuelo mediático. Injustificado, además. Estoy intentando averiguar qué diablos está pasando.

—Según la policía, a Ole Horsten lo asesinaron hace cuatro años —prosiguió Vang—, y su mujer se salvó por los pelos.

Kaare miró un instante a Tommy.

—Ya lo sé —suspiró—. Fue lo mismo que me dijeron a mí.

—Me pidieron que anotara todos los nombres del coro que recordara.

—A mí también —dijo Kaare, reclinándose en la silla—. Supongo que es una medida de seguridad. Quizá alguien la tenga tomada con Laurenti, alguien que se sintiera despreciado, un empleado resentido… ¡Qué sé yo!

Se hizo un silencio tan largo al otro lado de la línea que Kaare decidió romperlo con un «¿hola?» inquisidor.

—O quizá alguien que nos odie a nosotros —respondió Vang al fin.

—¿A nosotros? ¿Qué quieres decir?

De nuevo, una larga pausa.

—¿Ya no te acuerdas de lo que hicimos…?

Las cejas de Kaare se dispararon hasta casi tocar el nacimiento del pelo.

—¿Lo que hicimos? ¿Quiénes…? ¿De qué estás hablando?

—Tú, Konrad y yo. Bueno, y Tommy. En el campamento escolar. Aquella noche, en el bosque.

Tommy sintió cómo su memoria viajaba al pasado para intentar reconstruir escenas, rostros y acontecimientos de hacía más de treinta años, pero ¿cómo iba a conseguirlo?

Había intentado borrar adrede todos esos años.

Dejarlos atrás. Se había convertido en otra persona, en un hombre de éxito. Al menos hasta que…

—¡Solvig, joder! —estalló Vang, en voz tan alta que tanto Kaare como Tommy dieron un respingo.

—¿Solvig? —Kaare frunció el ceño, como si estuviera dándole vueltas a la teoría de la relatividad—. ¿Jakob Solvig?

Hubo una nueva pausa al otro lado.

—Le destrozamos la vida a ese chico —murmuró Vang, casi inaudible—. Aquella noche se lo arrebatamos todo. Lo atamos al árbol. Lo tiramos al lago. Le lanzamos piedras. Y después… ¿No te acuerdas de lo del balcón? —Vang jadeaba, como si estuviera a punto de echarse a llorar—. He pensado que…

—¿Qué?

—Me avergüenzo hasta la médula de lo que hicimos. Jamás se lo he contado a nadie y no tengo la menor gana de contárselo a la policía, pero he pensado que quizá debería hacerlo…

La voz de Vang se apagó a mitad de la frase. Kaare había pulsado el icono del auricular rojo.

Tommy lo miró.

—¿Has colgado? ¿Por qué diablos lo has hecho?

Kaare se dio dos golpecitos en la sien.

—¡Piensa un poco, joder! Tengo que llamar a ese poli ahora mismo para que compruebe lo de Solvig.

—¡Espera! —Tommy le puso la mano en el brazo—. Vamos a pensarlo un momento.

—¿Pensarlo? —Kaare lo volvió a mirar con esa expresión que lo hacía sentir como un completo idiota, como si no valiera nada, como una masa amorfa de mierda desparramada sobre su alfombra tejida a mano.

Pero el que no entendía nada era Kaare. Tenía el móvil en la mano sin ser consciente de que era un arma mortal.

Una sola llamada y Tommy estaría acabado.

Si Kaare llamaba al investigador y le contaba que estaban chantajeando a Tommy, pondría en marcha una espiral que lo arrastraría directo al infierno.

«¿Con qué te chantajea?», le preguntaría la policía, y entonces tendría que confesarles lo de aquella noche, hacía diez años. No le quedaría otra que hablar de Mira. Tendría que explicárselo todo a Catrine… Pasaría años entre rejas, y entonces…

—¿Es que no lo ves, joder? ¡Puede que el que te chantajea sea Jakob Solvig! —gritó Kaare—. ¡Despierta de una puta vez, niñato inútil!

Tommy alzó la vista. Tenía la visión borrosa y las mejillas húmedas; había empezado a llorar sin darse cuenta.

—Te chorrea la nariz, llorica. Anda, ve al baño a limpiarte mientras yo llamo a este tipo. —Kaare volvió a darle la espalda, sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa, la examinó unos segundos y marcó el número.

Entonces Tommy fue testigo, atónito, de cómo su propio brazo trazaba un arco en el aire.

A lo largo de la noche acabaría convenciéndose de que no era esa su intención, que solo había levantado la mano y movido el brazo para impedir que Kaare llamara a la policía.

Que, en ese instante, se le había olvidado que tenía la bolsa de deporte en la mano y que, a través del fino nailon, sostenía el totschläger con firmeza .

Todos los sonidos se apagaron cuando la bolsa pasó sobre su cabeza. Solo un leve silbido cortó el aire antes de que se estampara con violencia, con todo su peso, contra el hombro de Kaare.

Para su sorpresa, Kaare permaneció en silencio. Debería haber gritado, porque tenía el cuerpo entero torcido y el hombro se le había hundido al menos cinco centímetros, pero se limitó a mirar el hombro destrozado y el teléfono móvil que aún llevaba en la mano, incapaz de soltarlo o levantarlo.

Se volvió hacia Tommy, y este se sorprendió a sí mismo disfrutando del momento.

Normalmente, cuando hacía algo irreflexivo, Kaare se le echaba encima con toda su prepotencia y su sarcasmo, y le bufaba un «¿qué demonios estás haciendo?

», un «eres un completo idiota» o incluso un «¿así me agradeces todo lo que he hecho por ti?

», porque así hablaba cuando estaba enfadado.

Y Tommy se había tragado esas humillaciones durante casi cuarenta años. Pero aquel día no iba a hacerlo.

—¿Qué demonios…? —dijo Kaare con terror en la voz, como si tuviera delante a la propia Muerte. A Tommy, aquella inversión de los roles de poder le resultó extrañamente satisfactoria.

Vio a Kaare girarse a cámara lenta y dar un paso tambaleante hacia el cajón entreabierto del escritorio.

Lo vio tirar del cajón y tantear en busca de su revólver, el mismo que había conseguido con la misma facilidad «con la que se rascaba el culo», mientras Tommy no era capaz de encontrar ni el culo ni la mano.

Y entonces volvió a suceder: ese silbido casi imperceptible de la bolsa de Tommy y el totschläger dibujando un arco en el aire por segunda vez.

Habría esperado un clanc, algo como el sonido de una sandía aplastada entre las fauces de un hipopótamo, pero no fue así. Cuando el totschläger lo alcanzó, el cráneo de Kaare sonó como un merengue al romperse. Solo un crujido seco y quebradizo.

El verdadero estruendo llegó cuando Kaare se desplomó de lado, sin doblar las rodillas ni apoyarse con los brazos, y cayó como un árbol talado en el bosque.

Tommy se quedó observándolo mientras yacía en el suelo con el cráneo partido, expresión incrédula y el teléfono móvil aún entre los dedos. Solo apartó la mirada cuando el móvil se iluminó, empezó a vibrar y se escurrió de la mano sin vida de Kaare.