56. Tommy
TOMMY
A Tommy le daba miedo la oscuridad.
Desde que, dos días antes, aquel desconocido surgió de entre las sombras difusas del aparcamiento subterráneo, temía las últimas horas de la tarde, cuando la luz se desvanecía y la noche empezaba a caer.
En casa tenía todas las luces encendidas.
Había pegado con cinta adhesiva pequeñas tiras de papel que aleteaban frente a los sensores del jardín, para que hasta el más leve soplo de aire activara la iluminación exterior.
Dejaba la lámpara de la mesilla encendida toda la noche.
Pero nada lograba apaciguar ese miedo.
Detestaba la oscuridad. Ahora que lo pensaba, todo lo terrible que le había sucedido en la vida había ocurrido de noche: la muerte de Mira, la detención, las amenazas de aquel desconocido…
Si por él fuera, en lo que le quedaba de vida solo saldría a la calle a plena luz del día.
Pero había perdido el control de su destino, y ahora estaba en Hareskovby, frente a una casa a oscuras, rezando para que le abrieran la puerta de una vez.
Dejó que la bolsa de deporte le resbalara del hombro, la palpó y se aseguró por enésima vez de que el totschläger estuviera dentro. El peso del arma era reconfortante. Tranquilizador.
Alzó la mano para volver a llamar. El terreno era enorme, y entre los arbustos y los árboles del jardín se oían crujidos, como si alguien merodeara entre la oscuridad. Así que aporreó la puerta con más fuerza, hasta que se abrió de golpe.
—¡Para ya, joder! —Kaare Berg le agarró el puño, arrastró a Tommy hasta el recibidor y asomó la cabeza a la calle—.
Un maldito fotógrafo me ha seguido hasta aquí.
¿Sigue ahí fuera? ¡Eh, no! —Le dio un manotazo a Tommy cuando este se disponía a encender la luz del recibidor—.
¿Es que no te enteras de nada? Intento que parezca que no hay nadie en casa.
Berg empujó a Tommy hacia el salón, donde la única iluminación provenía de un ordenador portátil encendido junto a un plato con un huevo frito a medio comer.
Uno de los cajones del escritorio estaba abierto, y Tommy no pudo evitar ver lo que había dentro: un blíster de analgésicos, un paquete de pilas y…
Retrocedió un paso y señaló el cajón.
—¿Qué narices es eso?
Con una sonrisa torcida, Kaare agarró el arma. Era un revólver con empuñadura de madera. Pesado. De esos que Tommy solo había visto en películas del Oeste.
—¿Es de verdad? —Tommy apenas se atrevía a moverse.
—Lo era cuando lo probé en el bosque. —Kaare esbozó una sonrisa fugaz—. Está cargado. No sabes la cantidad de médicos que han sido agredidos en su propia casa por tipos que buscan medicamentos con receta, así que hay que protegerse.
Dejó el revólver en su sitio y empujó el cajón con la cadera para cerrarlo.
—¿Y no es difícil conseguir un chisme de estos? —Tommy pensó en su chapucero intento de hacerse con un arma apenas unas horas antes. ¿Cómo podía ser que él no consiguiera nunca nada y que Kaare triunfara en todo?
—Es tan fácil como rascarse el culo. ¿Que si es legal? Pues no, pero puedo confiar en que no te irás de la lengua, ¿verdad?
Kaare lo estaba taladrando con la mirada, así que Tommy desvió la vista hacia el salón.
Las persianas venecianas, de pulcritud casi clínica, estaban completamente bajadas en todas las ventanas.
Kaare solía fanfarronear de que un arquitecto de interiores había diseñado la iluminación a medida, con focos led ocultos de forma estratégica por todas partes que realzaban a la perfección el mobiliario de diseño nórdico y el mármol italiano: un popurrí de elegantes tonos beige sumido ahora en la más completa oscuridad.
—Como sabrás, hoy he tenido el peor día de todo el puto siglo, así que… —Kaare miraba expectante a su invitado. Llevaba los botones superiores de la camisa desabrochados, y se le habían acumulado bajo la nuez unas gotas de sudor.
Una sensación desagradable le revolvió las entrañas a Tommy.
—Claro, si tienes el dinero, me marcho enseguida —logró articular—.
¿Cómo lo hacemos? Lo ideal sería en efectivo, pero, si no, puedo hacer una factura con fecha anterior y ponerlo como «honorarios de consultoría» o algo así, para que puedas hacer la transferencia al instante.
—Sonrió, aunque por dentro no las tenía todas consigo: ¿cómo demonios se sacan varios millones de la cuenta un viernes por la noche?
—. Si tienes efectivo, podemos meterlo aquí. —Señaló la bolsa de deporte.
—¿¡El dinero…!? —Kaare puso los ojos en blanco—.
¡Joder, Tommy, como si hubiera tenido tiempo de pensar en eso!
¿Has estado durmiendo todo el día o qué?
Una de mis pacientes está muerta y la policía no me da tregua; puede que hasta me acusen de haber tenido algo que ver con la muerte de la puñetera gorda esa.
El noventa por ciento de nuestras consultas y operaciones se han cancelado.
¡Si esto sigue así, me veo en la bancarrota! —Lo miró con ojos desbocados.
—Pero habíamos quedado en que…
Tommy se sobresaltó al sentir vibrar su smartwatch . Era una alerta de estrés.
—Pero ¿tú eres tonto de remate? —Kaare dio un paso hacia él—. ¿Cómo cojones quieres que te preste 2 millones de coronas, si yo mismo estoy con la soga al cuello?
De repente, la bolsa le pesaba como un yugo en el hombro, y las rodillas le empezaron a temblar.
—Es que el chantajista me ha citado para mañana por la tarde. Quiere el dinero, o si no…
—Si no, ¿qué? ¡Vete a la policía con esa mierda, joder! —Kaare se giró hacia el escritorio, de espaldas a Tommy—. Yo no te puedo ayudar.
—Pero…
—¡Que no! —Se dio la vuelta de golpe—. Para variar, tendrás que apañártelas tú solito. ¡Espabila de una puta vez, Tommy! ¡Me tratas como si fuera un puñetero servicio social! —Se sentó en la silla del escritorio.
—Pero… —Tommy tuvo la sensación de que lo sumergían de cabeza en un baño de hielo, y el frío se le extendió desde la coronilla hasta la garganta y los hombros—. ¿Por qué me mandaste el mensaje, entonces?
Sintió un tremendo alivio, como si le quitaran un gran peso de los hombros, cuando, a eso de las seis de la tarde, le llegó el mensaje de Kaare.
Faltaba menos de un día para la cita con el chantajista y estaba convencido de que Kaare había reunido el dinero.
2 millones y medio como mínimo; si tenía suerte, un poco más.
Era verdad que el tono de Kaare recordaba a veces al de los grandes terratenientes del sur de Estados Unidos con sus esclavos, pero, al fin y al cabo, siempre estaba ahí cuando lo necesitaba.
—Te he escrito porque hoy ha venido a verme un investigador especial, de esos que se dedican a reabrir casos antiguos. Piensan que a Ole lo asesinaron.
—¿Ole? —Tommy se quedó mirando la espalda de Kaare. Parecía un muro revestido de camisa.
—¡Ole Horsten, joder! ¿Quién va a ser? —Kaare se giró en la silla—.
Dicen que no se suicidó, que lo retuvieron en una caravana y luego lo asesinaron.
Y ahora, cuatro años después, ha habido otro intento de asesinato.
La semana pasada alguien intentó matar a Mads-Peter Vang…
¿Te acuerdas? Aquel pescador que formaba parte del coro, ese tan campechano.
La mente de Tommy trataba de procesar la información.
—Sí, claro…
—Y también ha muerto una de mis pacientes.
La policía sostiene que le dimos un medicamento adulterado, pero eso es imposible .
Alguien está intentando hacerme daño a mí y a mi clínica.
Destruirme. Puede que el verdadero destinatario de ese medicamento fuera yo.
Bueno, al menos yo lo entiendo así. —Miró a Tommy con impaciencia—.
Me dio la impresión de que la policía está buscando un denominador común, una conexión entre estos casos.
¿Sabes cuál es? —Hablaba como el presentador de un concurso.
—Mmm… —Tommy se sentía en la obligación de complacer a Kaare y resolver el acertijo, pero no podía pensar con claridad. Cada minuto que pasaba lo acercaba más a su encuentro con el chantajista, y no tenía ni una corona.
—¡El coro de niños, Tommy! El colegio Laurenti. Ole y Jette Horsten, Vang, yo… Coincidimos allí del 87 al 89, si no recuerdo mal. Me pidieron los nombres de todos los que estábamos en el coro en esa época.
—¿Le diste mi… mi nombre a la policía? —La bolsa con el totschläger se le cayó del hombro. Tommy trató de agarrarla al vuelo y consiguió atrapar la barra de hierro justo antes de que se estampara contra el parqué en espiga recién barnizado de Kaare.
—¡Pues claro! —De nuevo lo miró como si Tommy fuera corto de entendederas—. Yo no tuve nada que ver con la sobredosis de esa paciente, así que, si puedo ayudar a la policía con la investigación…
—Pero ¿por qué? —La voz de Tommy rozaba el falsete—. ¿Qué conexión podría haber? Hace más de treinta años que fuimos a Laurenti, y no he vuelto a ver a Vang desde que se largó en… ¿el 88?
—El 89. Mi última Navidad en el coro —confirmó Kaare sin titubear.
—Ojalá yo hubiera hecho lo mismo. Ojalá me hubiera largado. ¡Odiaba ese puñetero colegio con toda el alma! —se sinceró Tommy y, al maldecir, sintió un nuevo impulso de energía. El odio tenía algo de revitalizante; el miedo, en cambio, lo drenaba por completo.
—No sé cuál es la conexión, pero me dio la impresión de que quieren localizar a todos los chicos de aquella época, como mínimo para descartar cualquier vínculo —Kaare se frotó la barbilla—. Pero ¿y si sí lo hay?
El bolsillo de Tommy vibró y, distraído, sacó el móvil, miró la pantalla y decidió apagarlo. El número terminaba en 9850 y no era de nadie que conociera ni que tuviera guardado. Un maldito periodista, seguramente.
—¿Un vínculo? —dijo.
—Sí. —Kaare le sostuvo la mirada—. ¿Y si alguien le tiene manía a Laurenti y va a por nosotros solo porque estudiamos allí? Hoy en día la gente odia los colegios de élite; en los medios machacan sin contemplaciones a los internados y sus viejas tradiciones.
Tommy lo miró con escepticismo.