55. Jakob
JAKOB
El estuche de madera de arce llevaba años olvidado en la caravana de Asger y Lise, así que Jakob empezó por quitar el polvo y limpiar con un bastoncillo húmedo la suciedad acumulada en las finas ranuras.
No se decidió a abrirlo hasta que quedó completamente impecable.
La batuta de Ole Horsten seguía allí, intacta sobre su suave lecho de terciopelo verde oscuro.
La tela no olía a moho ni a rancio, pese a que el estuche había estado guardado cuatro años en un lugar sin calefacción. Las pequeñas bisagras, en cambio, crujían de forma leve. Bastarían un par de gotas de aceite para dejarlo como nuevo.
Se levantó y fue hasta la entrada a buscar un bote de lubricante universal.
La nota sobre el concierto del coro de niños de Laurenti en Kronborg, al día siguiente, seguía colgada en el tablón.
Por primera vez en los diez años que había compartido oficina con Laila, le dedicó un pensamiento cariñoso.
Nunca habría reparado en aquel anuncio de no haber sido por ella.
Y probablemente sería también ella la única que lo echaría en falta el lunes.
«Concierto de toma de posesión del nuevo director del coro Konrad Horsten», rezaba el anuncio. Jakob rio con desdén ante la solemnidad de aquel titular.
Casi había renunciado a vengarse de Konrad, ese chico delgaducho y escurridizo que había tomado la iniciativa aquella noche, hacía ya treinta y cuatro años.
Kaare Berg había sido, sin duda, el más sádico de todos, pero fue Konrad quien lo agarró primero para arrojarlo al lago, quien ideó lo del balcón y quien amenazó a Vang cuando este quiso avisar a los profesores.
Era el que más merecía la venganza. Y, sin embargo, llevaba una vida extrañamente retraída, oscilando como un péndulo entre la casa de Emdrupgårdsvej —ahora convertida en un bastión de alta seguridad—, su trabajo y la residencia de su madre, de modo que a Jakob nunca se le había presentado la oportunidad. Hasta ahora.
Encontró el bote de lubricante y aplicó una gota en cada bisagra del estuche. Después abrió y cerró la tapa hasta que el crujido desapareció. Ahora podía empezar con su verdadero trabajo.
Sacó la batuta del estuche y la blandió con gesto teatral, como si tuviera a toda una orquesta sentada ante él en la diminuta cocina.
Ole Horsten solo la usaba en ocasiones especiales y grandes conciertos, pero los niños de Laurenti la temían como si fuera un látigo o una vara de castigo.
Ahora, vista con ojos de adulto, le parecía ridícula.
Era más corta de lo que recordaba, poco más que un palo delgado insertado en una empuñadura algo más gruesa, con el nombre de Horsten grabado.
Con un movimiento brusco, la partió en dos y dejó los trozos sobre la mesa.
Se recordó a sí mismo que al día siguiente debía quemar esa basura o tirarla por la ventanilla del coche.
Tomó la ampolla con el extracto de fentanilo y la colocó con cuidado en el hueco donde debería ir la empuñadura de la batuta.
Como buenos farmacéuticos, Asger y Lise se habrían escandalizado al descubrir lo fácil que era conseguir fentanilo hoy en día.
A Jakob le bastó con merodear un cuarto de hora por la entrada trasera de la Estación Central, dejándose ver, para que un joven con ojeras marcadas y los bolsillos repletos de mdma, cocaína y parches de fentanilo se acercara y le preguntara qué necesitaba.
Había comprado cuatro parches. Ya en casa, se puso los guantes de látex y la mascarilla y, con una cucharilla, fue rascando con cuidado la capa gelatinosa de los parches. Después calentó aquella gelatina impregnada de fentanilo en el microondas con un poco de agua y vinagre de limpieza.
Solo había inyectado entre ocho y diez gotas de aquella solución en las agujas estériles que había encontrado en el almacén de medicamentos de Charis, perforando el precinto; el resto del preparado reposaba en la ampolla de vidrio, dentro del estuche.
No habría más de cinco mililitros, pero tenía de sobra para lo que se proponía.
Comprobó, satisfecho, que la ampolla tenía el tamaño perfecto.
No era demasiado grande y dejaba el espacio justo para el detonador, un tubo metálico del tamaño de un filtro de cigarrillo, que fijó con cinta adhesiva a la ampolla y a una batería provista de cables en ambos polos.
Ahora solo tenía que colocar en la tapa un cordón que accionara el mecanismo al abrir el estuche y provocara una descarga eléctrica que haría estallar la ampolla. Y entonces…
Jakob se reclinó en la silla y se sirvió otra taza de leche con miel.
Le dolía la garganta otra vez, como siempre que estaba estresado, cantaba a pleno pulmón o hablaba más de la cuenta.
Tenía las cuerdas vocales cicatrizadas y en constante tensión, y solo en contadas ocasiones —como cuando Mira murió y la vida de Eckert se vino abajo— lograba sobreponerse a las viejas lesiones y recuperar el control de su voz.
Se masajeó la nuez, se inclinó sobre la mesa y volvió a sacar la ampolla del estuche.
Palpó el hueco con los dedos. Bajo el terciopelo, la base del estuche era de madera maciza.
Eso era bueno, porque impediría que los fragmentos de vidrio salieran despedidos hacia los lados o cayeran al suelo.
La explosión lanzaría las esquirlas con la dosis mortal de fentanilo directamente hacia arriba , hacia el rostro y el cuello de quien abriera la tapa, y el veneno entraría directo en el torrente sanguíneo y acabaría con su vida.
Tampoco quedaría gran cosa de la mano con la que dirigía el coro.
A Jakob le pareció que había algo de justicia poética en todo aquello.
Sacó la lupa, devolvió la ampolla y el detonador a su sitio, ajustó el cordón de activación y cerró el estuche con sumo cuidado.
Luego lo rodeó con una goma elástica para evitar accidentes durante el viaje a Helsingør a la mañana siguiente.
Había que extremar las precauciones, porque bastaba con levantar ligeramente la tapa para activar el detonador, y eso debía evitarse a toda costa hasta que Konrad —y nadie más que Konrad— tuviera el estuche en las manos.