54. Rose
ROSE
—Ane me ha pasado algo que tenemos que ver —dijo Helena en cuanto dejaron atrás Hirtshals.
Rose puso las luces largas y miró la hora. Tenía hambre, y el crepúsculo envolvía el coche en un gris espeso que desorientaba a su mente fatigada. Y, para más inri, ahora también se sentía ninguneada.
—¿Y qué es? —masculló.
—Un vídeo que me envió por AirDrop en la cocina. Le prometí que no lo abriríamos hasta salir de Hirtshals.
Rose reprimió un suspiro. Para cualquier investigador, dar con esa pieza exacta del puzle que permitía avanzar en un caso enrevesado era una auténtica inyección de adrenalina. Y, al menos desde la marcha de Carl, ese papel había recaído en ella, y no estaba dispuesta a cedérselo a nadie.
No es que la conversación con el pescador hubiera sido en vano.
Había quedado muy claro que Mads-Peter Vang, Kaare Berg y los Horsten compartían un pasado en el coro de niños.
Lo que Rose no lograba desentrañar era cómo encajaba todo exactamente, porque a Ole lo habían asesinado y su esposa había sobrevivido a un intento de asesinato, pero tanto Vang como Berg seguían vivos.
Era cierto que todo lo que ambos habían construido estaba a punto de venirse abajo.
Pero si alguien quería liquidar a los antiguos miembros del coro uno por uno, había fracasado de forma estrepitosa: no era Vang quien había saltado por los aires, ni Kaare Berg quien yacía en una cámara frigorífica con una dosis letal de fentanilo en las venas.
Siempre podía suponerse que el autor del atentado había dado por hecho que Vang estaría a bordo cuando el Maren II zarpó del puerto diez días atrás. Pero ¿cómo demonios iba a pretender que un medicamento para adelgazar recetado a una paciente acabara en las venas de Kaare Berg?
Además, Ole y Jette Horsten no eran, en sentido estricto, miembros del coro de niños, sino adultos responsables de la actividad coral. Esa sutil diferencia trastocaba también la lógica de Rose.
Pero quizá todo fuera, como Assad se había atrevido a sugerir, pura coincidencia. Dinamarca era un país pequeño y la gente se conocía: todos eran parientes, vecinos o antiguos compañeros de estudios, habían compartido mesa en alguna celebración o jugado juntos al fútbol.
También podían eliminar a Mads-Peter Vang de la lista de sospechosos en el caso de Ole Horsten. Según su diario de navegación, había estado embarcado del 7 al 14 de noviembre de 2019, y tanto su mujer como la tripulación de entonces podían confirmarlo si hacía falta.
Rose se incorporó al carril de adelantamiento.
Tal vez consiguieran avanzar cuando examinaran la lista de miembros del coro que Vang había elaborado.
Solo había logrado rescatar de la memoria unos once nombres, pero tampoco se le podía reprochar: la propia Rose jamás se había esforzado en recordar sus años de primaria con álbumes de fotos o diarios.
Tenía por filosofía que lo que realmente merecía la pena quedaba grabado por sí solo en la corteza cerebral.
—Resulta que Ane tenía una aventura con el oficial de máquinas.
Anders Kro Madsen, se llamaba. —Helena alzó el móvil.
Había encontrado un perfil de Facebook con la foto de un chico bronceado, con la barba decolorada por el salitre, sonrisa pícara y un cigarrillo colgándole del labio—.
Estaba complètement destrozada por su pérdida.
—Mmm… ¿Crees entonces que Vang hizo detonar su propio barco para quitarse de en medio a su rival?
No sería la primera vez en la historia que un marido celoso se convierte en asesino.
—Rose miró de frente hacia la oscuridad de la carretera.
En la mayoría de los homicidios del país, tarde o temprano se acababa demostrando que el móvil tenía que ver con los celos.
—Eso es lo que la atormenta ahora: la mala conciencia por el affaire , mezclada con el miedo a que su marido lo descubriera y decidiera actuar. Ahí —Helena señaló hacia delante—, un parking de descanso .
Rose decidió ahorrarse la clase de idiomas, puso el intermitente a la derecha y giró hacia un área de servicio sumida en la más completa oscuridad.
Helena colocó el móvil entre las dos, sobre el salpicadero, y subió el volumen al máximo.
El vídeo empezó con un leve traqueteo, antes de que apareciera en la pantalla un rostro sonriente.
—Es él, Anders —aclaró Helena.
—Gracias. Tengo ojos en la cara —soltó Rose.
—Ya, ¿y dónde si no? —Helena la miró perpleja.
El hombre del vídeo tenía los ojos azul claro y vestía un recio impermeable rojo y un gorro naranja.
Su rostro, salpicado de pecas y surcado de arrugas, reflejaba una vida a la intemperie.
Mientras sostenía el móvil con un brazo extendido, se veía el arrastrero de Vang atracado en el muelle detrás de él.
«Hola, cariño. Zarpamos en un par de horas.
Hemos cargado provisiones y los demás están en casa recogiendo las últimas cosas…
Solo quería decirte… Espera, te he escrito un poema».
La cámara se movió de un lado a otro antes de enfocar de nuevo al oficial de máquinas, ahora con un trozo de papel en la mano.
«Escucha: las rosas son rojas y las violetas, azules; aunque fueras un pez luna, serías mi luz y mi fortuna».
Sonrió de oreja a oreja. «Te quiero, Ane.
Sin ti no soy nada. Te llevo aquí dentro».
Anders Kro Madsen se señaló al pecho y giró sobre sí mismo mientras el muelle, el barco y los edificios del puerto desfilaban a su alrededor.
—¿La está comparando con un pez luna? —Rose puso los ojos en blanco.
¿Era así como hablaban los hombres de hoy en día?
Ella rara vez recibía declaraciones de amor de ese estilo.
Pensándolo bien, en realidad nunca había recibido nada parecido, ni por escrito ni de viva voz; pero, mirando el lado positivo, se había librado de que la compararan con un pez rechoncho de ojos saltones.
Si había que compararla con un animal, prefería algo peludo y de mal genio. Un tejón de la miel, por ejemplo.
Helena parecía sumida en sus pensamientos.
—Ane dijo que teníamos que fijarnos en el trasfondo —comentó. Volvió a darle al play , y el clip de apenas dos minutos comenzó a reproducirse de nuevo.
—¡Ahí! —Helena señaló la pantalla.
Justo al comienzo del vídeo se podía ver, detrás de Anders Kro Madsen, a un hombre con gorro y chaqueta negros subiendo de espaldas por la escala del barco. Llevaba una bolsa de plástico azul en la mano.
Cuando el oficial de máquinas, ya a mitad del vídeo, giró sobre sí mismo, el arrastrero volvió a aparecer en el fondo.
El mismo hombre de negro estaba ahora a punto de abandonar el barco.
Se detuvo un instante en la escala y miró a lo largo del muelle, de un extremo a otro.
Luego pegó un salto y desapareció de la imagen.
Esta vez, como constató Rose, ya no llevaba nada en la mano.