53. Assad
ASSAD
Era media tarde, la hora en la que la sanidad pública recibe más visitas, pero cuando Assad giró para entrar en Charis, se encontró el aparcamiento casi vacío.
Tampoco era ninguna sorpresa. A primera hora, el periódico Morgenavisen había publicado la noticia de una mujer de mediana edad hallada muerta en Lyngby tras inyectarse un «preparado adelgazante sumamente popular».
El preparado, según «fuentes anónimas con conocimiento del caso», lo había prescrito nada menos que el propio director médico de Charis.
Y como si el reportaje no dejara lo bastante en entredicho el calibre moral del médico, la revista Gossip se apresuró a publicar fotografías de Kaare Berg brindando en un lujoso restaurante de Copenhague.
Las imágenes eran borrosas y estaban tomadas desde lejos, pero el titular era demoledor: «De fiesta mientras su paciente agoniza».
Nadie en la policía entendía cómo ni dónde había obtenido la prensa aquella información, pero el director de la policía de Selandia del Norte estaba investigando la filtración y había declarado una auténtica caza de topos, tanto en sus propias filas como en el Instituto Forense y en el Centro Nacional de Criminalística.
¿Cómo era posible que en los medios se publicaran datos sobre la fallecida y la causa de su trágica muerte cuando apenas se le había practicado la autopsia?
Por otro lado, negar la evidencia no tenía ningún sentido, porque aquella misma mañana había llegado un informe preliminar de los químicos forenses.
Tal como Anne Hanson había anticipado, habían encontrado trazas de fentanilo en la pluma de inyección de Linette Thykier y en el pequeño recipiente de plástico que contenía la aguja.
Tras examinarlo todo con cuidado, los peritos habían localizado un orificio microscópico en el precinto de aluminio.
La hipótesis que ahora se manejaba era que alguien había inyectado una dosis mortal de fentanilo en la aguja estéril de un solo uso, por lo que todo apuntaba a que no se trataba de una negligencia de Charis, sino de un asesinato.
Un equipo de televisión de una cadena nacional había aparcado su furgón justo frente a la entrada de la clínica, y Assad tuvo que atravesar un macizo de flores para no colarse en la retransmisión en directo.
«… y, como algunos recordarán, Kaare Berg y Charis ya se vieron envueltos en un escándalo por varios casos de presuntas negligencias médicas hace unos años», decía una reportera ante la cámara.
«El que más revuelo causó fue en 2018, cuando una mujer de mediana edad falleció tras someterse a una liposucción en esta misma clínica.
La responsabilidad directa del escándalo recayó en el entonces presidente del Consejo de Administración, Ole Horsten, que fue despedido.
Poco después acabó trágicamente con su vida. Y ahora, un nuevo suceso…».
Las puertas correderas se cerraron tras Assad, ahorrándole el resto de aquella cantinela más que previsible.
En el interior de la clínica reinaba un silencio de capilla. La sala de espera estaba desierta, los boles de caramelos seguían llenos y las revistas femeninas, intactas. Tras el mostrador de recepción se encontraba la misma mujer de hacía unos días.
—¿Otra vez? —dijo, alterada—. ¿No se había ido ya la policía?
Assad le sonrió lo más amablemente que pudo, pero ni siquiera eso pareció tranquilizarla.
—Es posible que la policía de Selandia del Norte haya estado aquí, sí —respondió—, pero yo tengo un par de preguntas para el doctor Berg sobre un caso anterior.
En realidad, había confiado en poder terminar pronto aquel día y dar por empezado el fin de semana para cortar de raíz la obsesión de su hija Nella con los servicios de inteligencia.
Pero entonces recibió un mensaje inequívoco de Rose que decía: «¡Vete a Charis pitando!
¡Tenemos que localizar a Berg!». Dos minutos después llegaba una explicación un poco más extensa: «Mads-Peter Vang estudió en Laurenti entre 1987 y 1989.
Cantaba allí con Konrad y Berg. Ole Horsten era el director del coro».
«¿No podría ser una coincidencia?», se había atrevido a responder.
«Eso lo sabremos cuando hayas hablado con Berg», fue la contestación de Rose.
—La policía ha interrogado a Kaare durante tres cuartos de hora. No entendemos nada de lo que está pasando —murmuró la recepcionista.
—Lo que está pasando es que esa pobre mujer volvió a casa con una jeringa que contenía fentanilo en lugar de ese potingue milagroso para adelgazar.
—Eso ya lo sé —asintió la mujer, desconcertada—. Pero, como ya le he dicho a la policía, el doctor Berg no tiene nada que ver con la dispensación de medicamentos; de eso se encargan los enfermeros, y a ellos también los han interrogado.
Assad se inclinó sobre el mostrador; su sonrisa se había desvanecido casi por completo.
—¿También se acordó de contarles a mis compañeros de Selandia del Norte que aquí cualquiera entra en su almacén de medicamentos como si nada? —dijo—. ¡Qué barbaridad!
Ella lo miró con gesto ofendido.
—¡Eso no es cierto! Tenemos procedimientos y rutinas, y…
—Puede ser. Pero cuando llegamos aquí el martes pasado, le estaba llamando la atención a un hombre que había entrado en el almacén de medicamentos —la cortó Assad—. ¿Podría haber manipulado los fármacos que luego se dispensaron?
La mujer abrió la boca para responder, pero las palabras no llegaron a materializarse. Assad se dio cuenta de que aquella idea, que hasta ese momento ni siquiera se le había pasado por la cabeza, la acababa de descolocar por completo.
—Pero si hicimos el recuento de… —empezó a decir.
—Si no recuerdo mal, fue también entonces cuando coincidimos con la víctima, Linette Thykier. ¿Podría haberse llevado algún medicamento adulterado? ¿O que alguien lo hubiera intercambiado? —insistió Assad.
—Yo… —La recepcionista se echó un poco hacia atrás y se armó de valor—. Como ya le dije a su compañera, lo comprobamos todo con lupa y no faltaba nada, ni siquiera fentanilo. Ese y los demás opioides los guardamos por separado, en una caja cerrada con llave, totalmente inaccesible.
—Mmm… —Assad retrocedió un paso y rastreó el techo y las esquinas con la mirada—. ¿Aquí dentro hay cámaras de vigilancia?
La recepcionista negó con la cabeza.
—No, nunca las ha habido…
—¿Y algún otro sistema para registrar quién entra y quién sale? —insistió Assad.
—Durante el horario de apertura siempre hay alguien en recepción, y los pacientes escanean la tarjeta sanitaria al llegar, así que sabemos quién ha estado aquí —respondió ella.
—¿Y los familiares? ¿Los proveedores? ¿La gente que viene de paso? ¿Los periodistas? —Assad señaló a la reportera, que seguía frente a la entrada, bañada por la luz de los focos.
La mujer dejó escapar un suspiro nervioso.
—En Charis no controlamos así a la gente. Llevo aquí desde que abrió la clínica. ¡Diez años! Nunca ha hecho falta vigilar ni a los pacientes ni a los visitantes.
Assad dio un par de golpes con los nudillos sobre el mostrador de recepción.
—Necesito una lista de todas las personas que pasaron por la clínica el martes 17 de octubre.
Nos interesan especialmente los hombres de entre treinta y cinco y cincuenta y cinco años.
O pacientes que puedan tener un marido, pareja o padre en ese rango de edad, ¿de acuerdo?
Volveré luego —le dijo a la recepcionista.
Y, sin hacer caso a su tímido intento de detenerlo, se alejó por el pasillo en dirección al despacho del director médico.
Encontró a Kaare Berg sentado tras su escritorio, en un estado cercano a la catatonia.
En la pantalla del ordenador se retransmitían imágenes en directo de la entrada de la clínica, a apenas diez o quince metros de distancia, como en una especie de microcosmos cerrado de la realidad.
Sin duda acababa de ver llegar a Assad por las cámaras.
—¡Usted otra vez! No entiendo…
Assad se sentó en la silla de pacientes que tenía frente a él, lo que le dio tiempo a Berg para tomar aire. Cuando habló, había un tono de súplica en su voz.
—¡Tienen que resolver esto cuanto antes!
Yo no tengo nada que ver, ¿lo entiende? Pero quieren hacerme responsable.
¡Mire! —Señaló la pantalla, por la que desfilaban una tras otra las fotos de paparazi de Gossip en las que se lo veía brindando en el restaurante—.
Esto me está destrozando. Llevan toda la mañana llamando para cancelar citas, incluso con cinco o seis semanas de antelación. ¡Si esto sigue así, me voy a arruinar!
—El caso de Linette Thykier lo lleva la policía de Selandia del Norte; nosotros investigamos la muerte de Ole Horsten —aclaró Assad—.
Como ya sabe, encontramos un folleto del programa de adelgazamiento de Charis en la caravana donde creemos que estuvo retenido durante unos días.
Y ahora ha muerto una paciente de ese mismo programa.
—¿Y qué tiene que ver conmigo la muerte de Ole? —Berg lo miró con los ojos muy abiertos.
—Es lo que estamos intentando averiguar. La última vez dijo que conocía a Ole Horsten desde «hacía décadas»… ¿Cuánto tiempo exactamente?
Berg lo miró, confundido.
—Desde siempre, diría yo.
Assad se incorporó, y un latigazo de dolor le recorrió la espalda.
Aún le costaba mantenerse erguido desde la explosión de ocho días atrás.
En el fondo se alegraba de que Rose no lo hubiera enviado a él a Hirtshals esa mañana.
No tenía del todo claro por qué había preferido a Helena, pero confiaba, ingenuamente, que aquel largo viaje hubiera puesto fin a la guerra fría entre las dos mujeres.
—¿Desde que era pequeño? —indagó.
—¿De verdad importa en esta situación? —Berg lo miró con impaciencia—.
Ole Horsten era el director del coro de niños del colegio Laurenti, donde yo estudié.
Nosotros (o, más bien, mis padres) seguimos en contacto con él también después, cuando se pasó al mundo empresarial.
En un momento dado me hacía falta un presidente para el Consejo de Administración.
Nada de nombres rimbombantes, solo una cara visible, con buenos contactos y algo de experiencia en gestión, y entonces… — Se encogió de hombros.
—Hace diez días explotó un arrastrero en el puerto de Hirtshals. Murieron cuatro hombres; seguramente lo haya visto en las noticias.
El brusco cambio de tema descolocó a Berg.
—¿Un… qué? Sí… quizá. No me interesan mucho esas cosas…
—El propietario del arrastrero se llama Mads-Peter Vang. ¿Le dice algo ese nombre?
Berg miró a Assad como si fuera un misterio imposible de descifrar.
—También fue al colegio Laurenti a finales de los ochenta; cantaba en el coro de niños, como usted —lo ayudó Assad.
Los rasgos de Berg se suavizaron y llegó a esbozar una tímida sonrisa, hasta que pareció recordar que no era el momento de sonreír.
—¡Vang! Hostias… sí, claro, había un Vang en el coro. ¿Un niño rechoncho que no decía ni mu? Pero no lo he vuelto a ver desde… sí, desde entonces.
—¿No ha hablado con él en los últimos dos años?
Berg negó con la cabeza.
—Que yo recuerde, desapareció del colegio de un día para otro.
—¿Sigue en contacto con alguien de aquella época? ¿Del colegio Laurenti?
—Solo con uno, y, para ser sincero, es más que nada por la vieja amistad familiar que nos une. Por motivos que se me escapan, mi padre y el suyo eran muy amigos.
—¿Nombre?
—Eckert. Tommy Eckert. Es político, exministro de Sanidad. —Berg se frotó con el dedo el lunar en forma de corazón en la mano izquierda.
Assad tomó nota del nombre. Le resultaba familiar.
—¿Un exministro de Sanidad? No es el peor contacto que puede tener un médico…
—No, desde luego que no —replicó Berg—, pero hoy por hoy el bueno de Tommy es, ante todo, «ex», así que… —Kaare Berg hizo un gesto con la mano, restándole importancia—. Yo prefiero las amistades de igual a igual, de dar y recibir. A Tommy solo le interesa recibir.
—¿Y qué me dice de Konrad, el hijo de Ole?
Berg sacudió la cabeza.
—Lo saludé en el entierro de Ole, por supuesto, pero no lo he vuelto a ver; ya no tenemos mucho en común.
El tipo se define a sí mismo como un «alma artística», pero, en mi humilde opinión, solo es un llorica.
En su cabeza, culpa a los demás de que no se haya convertido en un virtuoso de fama mundial.
Sobre todo a su padre. —Berg pasó la mano sobre el escritorio, como quitando un polvo imaginario—.
Si Konrad lloró la muerte de su padre en aquel momento, fue más que nada porque en el relato sobre su miserable vida había perdido a su gran villano.
Assad arrancó la página de la libreta donde había anotado los nombres de Tommy Eckert, Konrad Horsten y Mads-Peter Vang, y se la extendió a Kaare Berg junto con su tarjeta de visita.
—Apunte todos los nombres que recuerde de aquella época.
—¿Del coro?
—Sí.
—Pero… —Berg parecía resignado—. Han pasado más de treinta años. No reconocería a ninguno de ellos aunque los tuviera sentados frente a mí en la sala de espera.