Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 52. Rose
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52. Rose

ROSE

Las trenzas de chocolate que Gordon había dejado sobre la mesa no sirvieron para mejorar el ambiente.

Sin la presencia de su esposa, Mads-Peter Vang parecía replegarse aún más en sí mismo, preso de su propia indignación.

Cuando Gordon trató de preguntarle por su situación económica y por sus movimientos el día de la explosión, Vang lo despachó agitando en el aire una mano del tamaño de la zarpa de un oso.

—Pero ¿tú te das cuenta de lo ridículas que son tus preguntas? —acabó diciendo—. ¿Qué gano yo perdiendo el barco? ¿De qué voy a vivir sin él?

—Bueno, en su momento ya cobraste una jugosa indemnización del seguro por otro barco. El Maren I explotó en…

—¿Qué cojones insinúas? —saltó Vang—. Aquella explosión fue por una fuga en el motor; los vapores inflamaron el combustible y el barco ardió —cortó—.

Además, todos sabemos que las compañías de seguros acaban cerrando el grifo cuando empiezas a salirles demasiado caro.

¿Te crees que soy tan avaricioso y que estoy tan desesperado como para correr el mismo riesgo tres años después?

¿Y, ya de paso, matar a cuatro empleados a los que apreciaba?

—Miró a Gordon como si este fuera un idiota rematado—. ¡Eran amigos míos!

—Quizá la intención no fuera esa. Quizá el plan era que el arrastrero se hundiera mientras seguía atracado en el muelle. ¿Activaste el explosivo demasiado tarde? —preguntó Gordon.

Rose lo miró de soslayo. A Gordon le sentaba bien ese tono duro, pero empezó a inquietarla la posibilidad de que la conversación —y la disposición de Vang a seguir cooperando— se fuera al traste incluso antes de empezar.

—Quizá debería explicar por qué mi compañera y yo hemos venido hoy desde Copenhague —intervino—. En mi unidad, el Departamento Q, nos ocupamos de casos antiguos sin resolver, y ahora mismo estamos investigando uno en el que se ha usado el mismo tipo de explosivo que hizo naufragar al Maren II .

Vang la miró con más desconfianza que curiosidad.

—Es un caso de 2019. Un hombre apareció colgado de una grúa para barcos en el lago de Furesø. Muerto. En un primer momento se asumió que se había suicidado. Hoy sabemos que lo asesinaron.

Vang negó con la cabeza.

—¿Furesø?

—La geografía aquí es lo de menos —replicó Rose—. El caso es que la investigación nos llevó hasta una vieja caravana en una finca de Asserbo. Por desgracia, no llegamos a examinar el contenido, porque la caravana saltó por los aires en cuanto mi compañera tocó la puerta.

—La caravana era una trampa con explosivos —explicó Gordon—. Helena podría haber salido muy mal parada de no ser por la rápida actuación de un compañero con mucha experiencia.

—O si hubiera usado un poco la cabeza —añadió Rose.

Vang levantó las palmas en un gesto defensivo.

—Vaya, qué mal, pero ¿qué tiene que ver esto conmigo? Ya os he dicho que no sé nada de bombas ni explosivos. ¿Y Asserbo? Ni siquiera sé dónde está. Además, hace siglos que no voy a Selandia.

—¿Podrías precisar la fecha? —intervino Gordon—. ¿El año pasado? ¿En 2019, o…?

Vang se tomó su tiempo.

—Fuimos a Copenhague, al concierto de Bruce Springsteen, cuando mi suegro cumplió los sesenta y cinco… Eso fue en el 2013.

Rose se estaba impacientando; además, empezaba a sentir hambre y náuseas a la vez.

—¿Y el nombre Ole Horsten te suena de algo? —interrumpió, y en ese mismo instante supo que las cinco horas en coche no habían sido en vano, porque la respiración de Vang se detuvo un segundo y se le dilataron las pupilas.

—¿Ole Horsten? —Sorprendido, Vang miró a Rose, luego a Gordon y otra vez a Rose—. Era el director del coro de niños en el que yo cantaba de pequeño. Pero eso fue hace más de treinta años, en los ochenta.

Gordon y Rose intercambiaron una mirada.

—¿Qué coro era? —preguntó Rose.

—El del colegio Laurenti de Hillerød. A lo mejor habéis oído hablar de él, porque sale mucho en la tele. Cantan para la reina y cosas así. En mi época, venían a estudiar allí críos de todos los rincones del país porque tenía un prestigio de la leche, pero ahora les cuesta cap…

—¿Y Konrad Horsten, el hijo de Ole? —interrumpió Rose.

Vang la miró, visiblemente irritado. Aquel descaro tan propio de Copenhague seguro que chocaba con su comedido carácter del norte de Jutlandia. Se levantó, abrió un compartimento en la parte inferior de una estantería y volvió con un álbum encuadernado en cuero.

—Sabía que tenía que estar en alguna parte. —Vang rodeó la mesa de café y se dejó caer con toda su corpulencia entre Rose y Gordon. En medio de las páginas del álbum sobresalían recortes de periódico amarillentos—. Mi madre estaba orgullosísima de mí. Recortaba todo lo que salía en los periódicos.

Rose lo miró de reojo. Le costaba imaginar que aquel hombre con aspecto de tronco de roble, con las manos y el rostro curtidos por la vida, hubiera cantado alguna vez en un coro, con el pelo peinado hacia atrás y una voz angelical.

—Aquí está. —Vang abrió el álbum y les mostró una foto amarillenta de unos cuarenta o cincuenta niños distribuidos en tres filas. Todos llevaban camisa blanca y pajarita negra, y miraban rígidos al frente con una carpeta abierta entre las manos—. Es de un concierto de Navidad de 1988.

La puerta de la cocina se abrió y entró Ane con una bandeja cargada de tazas y galletas.

La seguía Helena, con una expresión inescrutable en el rostro.

Rose intentó discretamente establecer contacto visual con su compañera, pero cuando lo consiguió, Helena apretó un poco los labios y miró hacia otro lado.

¿Qué carajo quería decir eso? ¿Le habría sacado algo a la mujer de Vang?

—Este de aquí soy yo. —Vang señaló a un niño regordete con el pelo ondulado en la primera fila.

Helena se dejó caer en el sofá al lado de Rose y se inclinó sobre el álbum para poder mirar.

—¿Esto qué es?

Rose, que no soportaba el contacto físico no solicitado, consiguió a duras penas escabullirse del sofá y del amasijo de cuerpos musculosos en el que había quedado atrapada.

—Resulta que Mads-Peter cantaba en el coro de niños del colegio Laurenti. Con Ole Horsten como director —explicó.

Helena miró sorprendida a Rose y luego a Vang. Su cuerpo irradiaba toda la energía que en esos momentos le faltaba a Rose.

—¿En un coro de niños? ¿Cuándo?

—De 1987 a 1989 —respondió Vang sin titubear—. Lo dejé justo antes del concierto de Navidad de 1989, para gran decepción de mi madre.

Helena lo observó sin ningún pudor.

—¿Fue porque te cambió la voz?

Vang negó con la cabeza.

—No, solo tenía once años. Pero no me gustaba estar allí. Supongo que echaba de menos mi casa.

—¿Sigues en contacto con alguno de ellos? Me refiero a los niños.

—No, con ninguno.

—¿Y te acuerdas de cómo se llamaban?

Vang bajó la mirada.

—Este es Tommy, y el de mi derecha es Jakob.

Eran más o menos de mi edad. —Iba recorriendo los rostros de los niños en blanco y negro con los dedos—.

Antes preguntabais por Konrad Horsten. Es este de aquí.

—Su dedo se detuvo sobre un chico desgarbado con expresión altiva en la última fila—.

No era un gran cantante, pero sus padres trabajaban en el colegio, así que seguramente jugaba con ventaja.

Rose se agachó. Podía reconocer las facciones del Konrad adulto en aquel niño.

—¿A Jette Horsten también la conocías?

—Sí, era una especie de secretaria del colegio. Parecía una dama distinguida, siempre con traje y con el pelo recogido. De donde yo venía, las mujeres no se vestían así.

—Hazme el favor de apuntar todos los nombres que te vengan a la cabeza. —Rose le tendió su libreta a Vang—. Además, nos gustaría saber dónde estabas las dos primeras semanas de noviembre de 2019.

Vang levantó la vista.

—¿En 2019? ¿Por qué?

—Porque pensamos que alguien que conocía al matrimonio Horsten agredió a Jette y mató a Ole. Y creemos que, antes de morir, Ole estuvo retenido varios días en la caravana de la que hablamos antes, esa que iba cargada de explosivos del mismo tipo que hundió tu barco. Por eso.

Vang guardó silencio. Necesitaba un momento para procesar lo que acababa de oír. Entonces sonrió con incredulidad.

—¿No pensaréis que…? —Sacudió la cabeza y miró hacia su esposa—. ¡Esto es un disparate! Ane, ¿puedes comprobar mi diario de navegación del otoño de 2019?

Su esposa asintió en silencio y se retiró del salón.

—¿Y este? —Helena le había arrebatado el viejo álbum de fotos al pescador y señalaba a un muchacho alto y guapo que estaba al lado de Konrad, hombro con hombro.

Vang miró la foto un par de segundos.

—Este… este era un auténtico cabrón. Berg, se llamaba. Kaare Berg.