51. Helena
HELENA
Helena observaba cómo la mujer rubia echaba el café en el filtro y encendía el horno para calentar los panecillos con movimientos mecánicos y la mirada ausente.
—¿Corres? —Señaló hacia el recibidor, donde, bajo un anorak Nike ligero, sobresalían unas zapatillas de running con los talones desgastados por la parte interior.
—¿Qué? —Ane estaba ahora inclinada sobre el cajón del congelador, lleno a rebosar—. No… Bueno, supongo que sí. Sobre todo cuando Mads-Peter está embarcado. —Le temblaba la voz, como si estuviera a punto de echarse otra vez a llorar—. Perdona, no encuentro los dichosos panecillos.
—¿Largas distancias? ¿Maratones?
Ane negó con la cabeza.
—Eso más bien cuando era joven.
—¿Y entonces con qué matas el tiempo cuando tu marido está navegando?
La mujer se sobresaltó y, acto seguido, se desinfló como un globo pinchado y se desplomó de rodillas frente al congelador abierto.
Helena tiró discretamente de la puerta del salón para asegurarse de que estaba bien cerrada.
—Ya no está —murmuró Ane—. Nunca llegué a decirle que…
—¿Uno de los hombres del barco? —Helena se sentó a su lado y le acarició la espalda con suavidad.
Ane asintió y se secó la nariz con la manga.
—Anders —dijo, apenas en un hilo de voz.
—Anders ¿qué más?
—Anders Kro Madsen. El oficial de máquinas.
—¿Cuánto tiempo llevabais…?
—¿Qué importa ya? Estaba muy enamorada de él. —Agachó la cabeza—. ¡Era tan joven! Y ahora…
—¿Y tu marido no sabe nada?
Ane apretó los labios.
—No…, o sea…, eso es lo que no sé. —Giró la cabeza hacia Helena—.
Casi no duermo; siento que me falta el aire cuando estoy en casa.
No puedo dejar de pensar: «¿Y si Mads-Peter lo descubrió?
¿Y si fue él quien hizo estallar el barco?
». No lo sé… —susurró—. Mads-Peter cree que lloro por las sospechas que pesan sobre él y sobre nosotros.
Que estoy triste por haber perdido el Maren II , porque vamos a la quiebra y tendremos que vender la casa…
—Negó con la cabeza—. Pero a mí todo eso me da completamente igual.
Solo puedo pensar en Anders. —Se cubrió los ojos con las manos—. Y ni siquiera nos dejan ir al entierro.
—¿Ha dicho o hecho algo Mads-Peter que te lleve a pensar que está detrás de esto? —Helena intentó recuperar el contacto visual con Ane, que movía la cabeza en un gesto que podía significar tanto sí como no.
—Me estoy volviendo loca. No soporto acostarme a su lado.
Por las noches me levanto y me encierro a llorar en el baño.
Durante el día intento consolar a Mads-Peter y mantenernos unidos a los cuatro, pero al momento siguiente me provoca repulsión.
Si mató a Anders porque él y yo… —Se quedó en silencio.
—¿Le has contado algo de esto al comisario Taylor?
Sacudió la cabeza, abatida.
—Cuando pasó, no podía pensar con claridad. Pero ahora la policía dice que casi no hay duda de que fue sabotaje. Asesinato. Y no sé quién más podría querer matar a Anders y al resto de la tripulación de esa forma.
—¿Qué pasó exactamente el martes, antes de que el barco se hundiera?
Ane respiró hondo un par de veces y logró controlar la voz.
—Por la mañana fui al puerto a recoger a Mads-Peter; atracaron poco después de que amaneciera y todo fue como de costumbre. Estaba cansado y de mal humor, así que nos fuimos directos a casa. Desayunamos algo, luego él se fue arriba a dormir y yo me quedé aquí, fregando los platos, y entonces…
—¿Viste cómo pasó todo?
Ella asintió, con el rostro contraído por el dolor.
—Lo vi morir.
Helena le apretó la mano un instante. Ane parecía tan sola… Sola en su amor secreto por Anders, sola en el duelo.
—Pero dices que Mads-Peter estuvo aquí contigo toda la mañana, ¿no?
¿Lo viste llegar en el barco y luego estuviste con él hasta el momento de la explosión?
Si es así, tendría que haber llevado el explosivo a bordo durante toda la semana en alta mar y haberlo colocado en la cámara de máquinas justo antes de desembarcar esa mañana.
—Helena sopesó su propio razonamiento—. Y ha declarado que no tiene experiencia con explosivos.
Ane sacudió la cabeza.
—Mads-Peter se dedica a la pesca desde los dieciséis años.
No sabe hacer otra cosa ni nunca ha querido hacer otra cosa.
Se libró del servicio militar y jamás ha estado en el ejército.
Ya se lo he contado a la policía. —Se mordió el labio inferior y bajó la voz—.
Pero eso no quita que alguien pudiera echarle una mano…
Helena frunció el ceño.
—¿Te refieres a un asesino a sueldo?
Ane se levantó, abrió el cajón inferior del coqueto aparador de la cocina y sacó una funda plana de cuero de entre los manteles y servilletas. Dentro había un iPhone viejo.
—Me envió algo.
—¿Quién?
—¡Shhh! —Ane lanzó una mirada temerosa hacia la puerta, con el iPhone temblándole en las manos—. Anders… grabó un saludo para mí cuando embarcó esa mañana, una tontería…, pero en el vídeo hay algo raro.
—¿Me dejas verlo?
—Aquí no, por el amor de Dios —susurró, y volvió a mirar de reojo hacia la puerta del salón, con el miedo reflejado en sus ojos—. Mads-Peter no puede ver esto bajo ningún concepto. El vídeo lo destrozaría. Lo mataría. ¿Entiendes?
Helena asintió y extendió la mano.
—Te lo prometo. ¿Puedo llevarme el iPhone?
Ane apretó el teléfono contra el cuerpo y negó con la cabeza.
—Todos nuestros mensajes están aquí. Las fotos, las pequeñas poesías que me escribía… Es lo único que me queda de él. —Las lágrimas brotaron de nuevo, pero se apresuró a secarlas cuando la voz de Mads-Peter se filtró de pronto a través de la puerta.
—¡Ostras, el café! —Ane se apresuró a encender la cafetera y a sacar tazas y platillos del armario—. ¿Puedo enviártelo?
— Oui —asintió Helena, sacando el móvil del bolsillo—. Hazme un AirDrop.
Ane trasteó un rato con el móvil hasta que Helena sintió vibrar su iPhone.
—Recibido, gracias —dijo en voz baja—. ¿Qué es lo que quieres que mire? ¿Dice algo que…?
Ane había empezado a vaciar un paquete de galletas en un bol y ya no la miraba.
—No se trata de Anders. Tienes que fijarte en el trasfondo.