50. Tommy
TOMMY
La campanilla tintineó cuando Tommy entró en la tienda, y el hombre tras el mostrador alzó la vista.
— Oi ! —soltó, con un inconfundible acento británico—. Aquí abajo no hacen falta gafas de sol.
No era de extrañar que lo examinara de arriba a abajo con desconfianza. Además de las gafas, Tommy llevaba una vieja chaqueta encerada que su suegro ya no se ponía, una gorra y una bufanda de cuadros que le tapaba la boca. Era exactamente lo que parecía: un hombre disfrazado.
Antes de cerrar la puerta de la tienda del sótano, echó un vistazo a la calle. A esas horas había menos gente de la esperada; muchos aprovechaban las vacaciones escolares de otoño para salir de la ciudad. Aun así, el riesgo de que lo reconocieran seguía siendo demasiado alto.
—He dicho que nada de gafas de sol.
El hombre se había puesto en pie. Vestía de forma juvenil, con unos pantalones cargo holgados y una camiseta con el nombre de un grupo de heavy metal en el pecho, pero la barba de días, salpicada de canas, delataba que era de la edad de Tommy o incluso algo mayor. Y bastante más corpulento.
—Solo quería echar un vistazo —dijo Tommy, recorriendo con la mirada el inventario de la tienda: ropa de camuflaje, linternas, vitrinas con hachas y cuchillos.
Tenía la vejiga a punto de estallar, y aquella chaqueta sofocante lo hacía sudar a chorros. El corazón le latía con fuerza, como después de una carrera, y la postura intimidante del armero no hacía más que empeorar la situación.
Durante día y medio había intentado fingir ante Catrine que todo iba bien.
Sonreía por fuera, mientras por dentro lo consumía la angustia; elogió su nuevo guiso de lentejas y, una hora después, lo vomitó todo detrás del cobertizo del jardín.
Le dio un beso de buenas noches y escuchó su respiración rítmica mientras él seguía despierto, con los ojos clavados en el móvil.
No sabía cómo abordar aquello. ¿Cómo se compraba un arma de fuego en Dinamarca? ¿Cómo podía un ciudadano honrado hacerse con un artilugio capaz de matar, o al menos de evitar que lo mataran?
—Pues no creo que veas ni torta con esas gafas —le espetó el hombre, señalándolo directamente a la cara.
En sus nudillos, Tommy distinguió un tatuaje desvaído con los números 1 y 8 en tipografía gótica, una alusión, según tenía entendido, a las iniciales de Adolf Hitler.
Se quitó las gafas de sol con un gesto vacilante. No había peligro de que el dueño de la armería, extranjero de nacimiento y neonazi convencido, fuera votante de su partido, los Nuevos Demócratas; lo más probable era que no reconociera a Tommy.
—Mucho mejor. —El hombre se plantó con los brazos en jarra—. ¿Buscas algo en concreto?
—Una pist… Un arma, quiero decir. —Tommy notó el temblor en la voz.
—¿Para ir de caza?
Lo miró, desconcertado.
—Eres cazador, right ? —dijo el otro, señalando la chaqueta encerada—. La selección de rifles que tengo es muy limitada. Hunters House, en Frederiksberg, tiene mucha más variedad. Aquí nos especializamos en réplicas de airsoft .
—¿En qué?
El hombre señaló dos vitrinas con rifles negros que parecían de un tiroteo en una escuela de ee. uu.
—Pistolas de aire. Para hardball , paintball , survival…
—el dueño de la tienda titubeó. Tenía los ojos azules como un océano polar y una mirada serena y, aunque le sacaba media cabeza a Tommy, este tuvo que reprimir el impulso absurdo de lanzarse a sus brazos y dejarse proteger por aquel desconocido corpulento, aparentemente mucho más habituado a la violencia que él.
—Necesito un arma de verdad —dijo Tommy, con el llanto vibrándole bajo las palabras—. Para protegerme. A mí y a mi familia.
—¿Tu familia? —El hombre no parpadeó.
—Mi mujer y mis hijos —mintió Tommy. Los siete años de tratamiento de fertilidad con Catrine no habían dado fruto. No es que ella hubiera renunciado por completo a la idea de tener hijos, pero, ahora que ambos estaban en la cuarentena, hacía falta un milagro.
—¿Os amenazan? —El dueño dio un paso adelante.
Tommy fijó la mirada en el tatuaje de los nudillos del armero.
—Son bandas —soltó, sin saber de dónde había salido la idea. Supuso que de la experiencia. En política, una de las estrategias que mejor le funcionaban era jugar con el principal miedo del adversario.
—¿Esa escoria árabe? —Algo se encendió en los ojos del armero.
—Sí, pura escoria —añadió Tommy, cruzando los dedos para que en la tienda no hubiera cámaras de vigilancia. Tres de sus compañeros del grupo parlamentario tenían raíces en Oriente Medio, y si alguien escuchara eso en voz alta, su carrera se habría acabado en un abrir y cerrar de ojos.
—Les pedí a un par de tipos de la banda que se fueran a hacer sus trapicheos de hachís lejos de la esquina de nuestra calle, y ahora… —alzó los brazos—, amenazas, vandalismo… El otro día siguieron a mi hija cuando volvía del colegio.
— Fucking bastards! —murmuró el dueño—. ¿Tienes permiso de armas?
Tommy sacudió la cabeza.
—¿Y licencia de caza? —El dueño alzó los brazos—. Sin permisos no puedo venderte nada, my friend .
—¿No hay ninguna otra opción? —Tommy tuvo que contenerse para no agarrarlo del jersey y dejarse caer de rodillas—. Ya sabes…, esos tipos son impredecibles. No tienen ningún respeto por la vida.
El hombre sacudió la cabeza.
—Cualquier arma de fuego se puede rastrear hasta mí. Hoy en día, incluso los rifles de aire tienen que registrarse en la policía. Sorry, chap , es demasiado arriesgado.
Sintió el sudor resbalándole por la espina dorsal, frío y ajeno, y comenzó a temblar. Abrió la boca dispuesto a decir algo comedido, del tipo «vale, gracias de todos modos», que le permitiera salir de allí con un mínimo de dignidad, pero las palabras ya no le obedecían.
—Ayúdame —susurró—. Please . Ayúdame, por favor.
Sin mirarlo, el hombre apoyó la enorme mano tatuada sobre el hombro de Tommy, y este sintió que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Bajó la vista y se obligó a avanzar hacia la puerta.
Tenía que ponerse las gafas de sol, tenía que encontrar la forma de volver a casa en tren, pero ¿cómo iba a… ?
—¡Pst!
Se detuvo con la mano en el picaporte. El armero, medio oculto tras la cortina de la trastienda, le hacía gestos para que regresara.
—Escúchame —dijo, en voz tan baja que apenas se le oía—. Aquí los únicos que trafican con armas, aparte de la escoria árabe, son las bandas de moteros. Tienes que hablar con ellos. Hasta entonces, toma esto.
Echó un vistazo por los altos ventanales de la fachada de la tienda antes de encasquetarle en la mano un objeto largo y pesado de metal.
Era grueso, con uno de los extremos en forma de porra, y estaba compuesto por tres secciones que se podían desenroscar, como un telescopio, para alargar la barra metálica.
—¿Un totschläger ? —Tommy se secó la mejilla con el pañuelo—. Pero…
—Funciona, créeme. Cuatrocientos veinte gramos.
Artesanía de la era nazi. Calidad germánica cien por cien.
El dueño está en la cárcel por asesinato; le quedan ocho años como mínimo.
Llévatelo y sal ahora mismo de aquí. Úsalo contra la escoria árabe si te hace falta, pero no apuntes jamás a la cabeza, a no ser que quieras prison time . ¿De acuerdo?
Tommy titubeó un segundo, pero acabó metiéndose el totschläger bajo la chaqueta y se dirigió hacia la puerta a paso rápido.
Antes de salir, lanzó una última mirada al armero. El hombre de cabeza rapada estaba de pie, con los talones juntos y el brazo derecho rígido, extendido hacia delante, en un saludo de despedida cómplice.
Tommy pensó que, una vez más, había caído más bajo de lo que jamás habría creído posible.