49. Rose
ROSE
Mads-Peter Vang entreabrió la puerta con toda la pinta de llevar una semana sin dormir.
Tenía los ojos hinchados y entrecerrados por la luz cegadora, un ligero rastro de caspa en la barba descuidada y una mancha reseca e indefinida —quizá de leche o yogur— sobre su camiseta interior de lana azul oscuro.
—Buenas, Mads-Peter, ¿podemos pasar? —preguntó Gordon con un deje jutlandés—. He traído a mis compañeros de Copenhague.
Rose lo miró de reojo. Así que ahora se le había pegado también aquel acento tan particular.
Siempre había creído que el talento lingüístico de Gordon se limitaba a los tacos alemanes de las series policiacas de la zdf, pero en ese momento sonaba como alguien decidido a echar raíces en el norte de Jutlandia.
Tras unos largos segundos, el pescador abrió por fin la puerta.
—¿Acaso tengo otra opción? —dijo, y entró en la casa sin esperar respuesta.
La voz de Vang tenía un timbre profundo y melódico, como un contrabajo, y Rose reparó en que caminaba con dificultad, como si la vida le pesara demasiado sobre los hombros anchos y robustos.
En la cocina había una mujer inclinada sobre el fregadero, con el cabello recogido en un moño bajo y despeinado.
Cuando se giró, Rose pudo ver que había estado llorando.
Mucho. Tenía los ojos enrojecidos y la piel alrededor de la nariz en carne viva.
Mientras cada músculo del cuerpo de Vang parecía vibrar con una furia incontenible, ella se mostraba abatida, derrotada por la tristeza.
Su mirada era vacía y apática, como si el menor pensamiento consciente fuera a desencadenar un nuevo ataque de llanto.
Agarró un paño de cocina, se dio unos toquecitos en las mejillas y murmuró algo que nadie escuchó.
—Es Ane, mi esposa —dijo el pescador, y los guio hacia el salón, donde los ventanales panorámicos ofrecían unas vistas espectaculares del puerto—. Como podéis ver, el ambiente en casa podría ser mejor.
Con un gesto, los invitó a sentarse en los sofás.
Rose y Gordon obedecieron, pero Helena se quedó junto a la puerta de la cocina.
Parecía fascinada por el colorido collage de fotos escolares y recuerdos de vacaciones de los Vang, aunque Rose sospechaba que en realidad vigilaba a Ane.
Su mirada saltaba discretamente de las instantáneas veraniegas de la pared a esa mujer hecha pedazos que retorcía el paño entre las manos.
Lo más curioso era que la esposa del pescador parecía mirar en dirección opuesta, hacia Helena.
Rose habría jurado que intentaba buscar el contacto visual con la francesa cada vez que su marido apartaba la vista.
—Qué casa más bonita —halagó Rose.
—Sí, mientras dure. —La amargura en la voz de Vang dinamitó el intento de Rose por suavizar el ambiente—. Vamos de cabeza a la quiebra; no podremos quedarnos aquí.
—Sabemos que no estáis pasando por un buen momento, Mads-Peter —empezó Gordon, pero Vang lo hizo callar con un gesto brusco de la mano.
—Tú y los tuyos no habéis hecho más que empeorar las cosas —no gritó, pero se le quebraba la voz—. Mis hijas están contentas de que yo no estuviera a bordo cuando ocurrió. Pero, para ser sincero, hay días en los que preferiría haberme hundido con el barco.
Ane, ahora en el umbral entre la cocina y el salón, se cubría el rostro con el paño. Vang no hizo el menor ademán de consolarla. En su lugar, señaló a Gordon con el índice. Rose reparó en el temblor de la mano y en las uñas mordidas hasta la raíz.
—Tú no eres de aquí, pero conviene que sepas que Hirtshals es un pueblo pequeño y todos nos conocemos.
La gente señala a Ane y a las niñas por la calle; yo apenas puedo poner un pie fuera de casa.
Joder…, ¡si hasta nos han pedido que no vayamos a los entierros!
—Golpeó la mesa de café con el puño—. Habría preferido morir ahogado antes que cargar con esto.
Que me acusen de hundir mi propio barco, de dejar que mi gente se fuera a pique con él…
—Vang se frotó los ojos—. Y creo que ya he respondido a todas vuestras preguntas.
¿Tengo enemigos? ¡No! ¿Andaba alguno de mis hombres metido en asuntos turbios?
¡Que yo sepa, no! ¿Tengo experiencia con explosivos?
¡Ninguna en absoluto! ¿Le deseaba la muerte a alguien de la tripulación?
¡¡Estáis zumbados de la cabeza!! —Su mujer rompió a sollozar, desesperada, pero Vang ni siquiera se inmutó—.
Ya os he contado todo lo que sé, y aun así venís a casa a acosarnos, incomodáis a mi mujer y saboteáis mi reclamación al seguro —le espetó a Gordon.
Rose tomó aire, dispuesta a ofrecerle uno de sus largos discursos sobre el minucioso trabajo de la policía, la necesidad de esclarecer el móvil, el respeto a la Ley de Enjuiciamiento Criminal y la importancia de no perder la paciencia, pero Gordon le posó la mano en el brazo con discreción.
—¿No tendréis un café? —preguntó Gordon—. He hecho unos dulces.
Para sorpresa de Rose, sacó del bolsillo interior dos paquetes de trenzas de chocolate. Si a Vang no le apetecían, se las zamparía ella sin contemplaciones; tenía el azúcar por los suelos.
Vang alzó la vista hacia su esposa.
—Ane, ¿te importaría…?
La mujer dio un pequeño respingo.
—Claro, ahora mismo pongo el café —dijo con voz débil, y volvió a mirar a Helena—. Creo que también tengo panecillos en el congelador, si alguien…
—Sí, gracias. —A Rose le rugía el estómago.
—Yo te ayudo. —Helena la siguió hasta la cocina y cerró la puerta tras ellas.
Rose se quedó mirando la puerta cerrada con fastidio. Estaba claro que la mujer de la casa tenía algo que ocultar, algo que su marido no comprendía o no debía saber. Y, por lo visto, Helena lo había intuido bastante antes que ella.
Maldita sea.