48. Rose #2
—Las investigaciones técnicas han sido complicadas, porque no es fácil determinar con exactitud lo que le ha ocurrido a un barco que se va a pique —prosiguió Gordon—.
Pero, como decía, se han encontrado restos de C-4, el mismo tipo de explosivo que estáis buscando vosotros, Rose.
Por lo tanto, no cabe duda de que se trata de un sabotaje deliberado.
Un arrastrero no lleva C-4 a bordo; desde luego, no de forma legal, así que alguien tuvo que ponerlo allí y, además, he de decir que sabía lo que hacía, porque lo colocó bajo el motor, justo donde más daño le podía causar al casco.
—Gordon se subió la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla.
Rose reparó entonces en cómo el viento barría el aparcamiento del área de servicio con ráfagas heladas.
El aire se sentía pegajoso y olía a sal, aunque se encontraban a un par de kilómetros del mar.
A decir verdad, resultaba bastante reconfortante para alguien que, como ella, arrastraba ese malestar permanente en lo alto de la garganta.
—¿Tenéis idea de cuál podría haber sido el móvil? ¿Dinero, celos, venganza? —preguntó Helena.
—No hay duda de que el propietario, un pescador de la zona llamado Mads-Peter Vang, podría tener motivos económicos.
A lo largo de su carrera ganó bastante dinero con la pesca, millones de coronas, según las cuentas.
Pero en los últimos años la cosa había ido cuesta abajo.
Las poblaciones de peces han descendido y las cuotas se han ido reduciendo.
A eso hay que sumar los altos precios del combustible y los tipos de interés, que están asfixiando al sector —explicó Gordon—.
La embarcación era casi nueva cuando saltó por los aires.
Le costó más de 30 millones de coronas, de los cuales aún debe 27 al banco.
—¿30 millones por un pesquero? —Helena abrió los ojos como platos.
—No es uno de esos veleros azul claro que salen en los folletos turísticos. Un arrastrero moderno va equipado con electrónica de última generación. Además, llevaba a bordo un sistema de procesamiento. Ya solo la maquinilla de arrastre y la hidráulica cuestan una fortuna —dijo Gordon.
—¿Creéis que se endeudó más de la cuenta? —preguntó Rose.
—Que Vang se arrepintiera de la compra es bastante plausible, sí.
Encargó la embarcación a principios de 2020 y se la entregaron en 2022, pero no contó con la pandemia, la inflación ni la subida de los tipos de interés, así que, al final, el barco seguramente le haya salido mucho más caro de lo previsto.
Lo hemos imputado por incendio provocado, pero, a decir verdad, no tenemos pruebas sólidas.
De todas formas, ya está pagando las consecuencias, porque la aseguradora se niega a tramitar el siniestro mientras continúen las investigaciones contra él, así que todo apunta a que acabará en concurso de acreedores.
—¿Es el único sospechoso?
—Todas las demás teorías han resultado ser callejones sin salida.
Mads-Peter es un hombre muy apreciado por aquí, y los demás pescadores solo tienen elogios para él, así que nos cuesta imaginar que fuera capaz de dejar morir a cuatro empleados solo para arreglar sus problemas económicos.
Pero, aparte de Vang, ¿quién podría tener interés en que el barco se hundiera?
Que nosotros sepamos, ninguno de los fallecidos estaba implicado en actividades delictivas.
—¿Y no hay ninguna ex ni nadie que lo tuviera entre ceja y ceja? —indagó Rose.
—En principio, no. Vang lleva quince años casado.
—¿Entre ceja y ceja? —Confusa, Helena miró a Rose y luego a Gordon, que ya tomaba aire, preparándose para dar una larga explicación semántica que, a buen seguro, era otro intento de flirteo.
—O sea, que es un tipo agradable que no tiene antecedentes —se apresuró a intervenir Rose—. Todo el mundo habla bien de él y no tenéis pruebas. Entonces, ¿qué es lo que os hace sospechar que pudiera haber provocado la explosión? ¿Solo el tema económico?
Gordon abrió la cremallera de la chaqueta y sacó un papel del bolsillo interior.
—Eso, y el pasado de Vang. El barco que explotó el martes era prácticamente nuevo y estaba, en parte, financiado con dinero del seguro —dijo, girando el papel para mostrarles la foto de un arrastrero blanco y azul—.
Este es el Maren I , su primera embarcación.
—Gordon sacó una segunda foto. Era el mismo barco, pero el puente de mando estaba ahora carbonizado y partido por la mitad, y una sección entera yacía torcida y deformada sobre el muelle, con enormes agujeros donde antes estaban los cristales de las ventanillas—.
El Maren I se fue al carajo en 2020 tras, nada más y nada menos, un incendio causado por una explosión a bordo.
—Gordon se inclinó hacia atrás, con una expresión en su cara de niño que lo decía todo.
Helena carraspeó.
—Estamos aquí porque Assad y yo casi bombeamo s por los aires en Asserbo la semana pasada.
—«Volamos» por los aires… Se dice «volamos» —puntualizó Rose con aspereza, intentando cruzar una mirada con Gordon, pero ni él ni Helena hicieron el menor caso a la corrección—.
Sabemos que, tanto en nuestro caso como en el tuyo, se ha utilizado explosivo plástico del tipo C-4 —continuó—.
He pedido a los peritos forenses que comprueben si, además, se trata de la misma marca y, con un poco de suerte, incluso del mismo lote.
—¿Y…? —Los ojos de Gordon se abrieron de par en par.
—Por desgracia, este tipo de investigación tarda varias semanas. Pero ¿sabes si nuestro amigo el pescador ha ido por Selandia últimamente?
Gordon sacudió la cabeza.
—Vang lo niega, y su mujer nos contó por teléfono que no ha ido al este del Gran Belt por su cuenta desde que iba al colegio.