Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 48. Rose
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48. Rose

ROSE

Lo vio mucho antes de que él reparara en ellas.

Resultaba imposible equivocarse: aquella inconfundible figura larguirucha plantada en el área de servicio de las afueras de Hirtshals era, sin duda alguna, la de Gordon Taylor.

Iba vestido con botines safari, pantalones de sarga grises y un cortavientos amarillo que no le hacía ningún favor a su tono de piel.

Sostenía en la mano una taza de café; seguramente el séptimo chute de cafeína del día.

Rose pasó junto a él y buscó la plaza de aparcamiento más apartada de la gasolinera, mientras trataba de comprender aquel extraño sentimiento que la invadía. No recordaba haber sentido nunca esa mezcla de vergüenza e incomodidad.

No se habían vuelto a ver desde aquella fatídica mañana.

Apenas unos días después de que acabaran borrachos perdidos en su cama, Gordon se había mudado al otro extremo del país, llevándose consigo su obsesión de tantos años por ella.

Aunque le dolió perderlo, se quitó también un gran peso de encima; pero ahora que aquel fideo pálido con pinta de colegial estaba a solo unos metros de ella, Rose experimentó algo insólito más allá de la incomodidad: no tenía la menor idea de qué decirle.

Desde la llamada del médico, no podía quitarse de la cabeza esas dos palabras: «Estás embarazada».

Palabras que deberían llenarla de alegría, pero que, en realidad, no le decían nada.

Claro que llevaba semanas sin tener la regla, y últimamente se notaba la barriga más abultada, pero lo había achacado al estrés y al malhumor provocado por el trato despótico que la dirección dispensaba al Departamento Q.

Aunque, pensándolo bien, recordaba haber llorado una noche delante de la tele al descubrir que se le habían acabado las rocas de cacahuete.

Por supuesto que era un alivio saber que todo se debía a un desequilibrio hormonal y no a una depresión, pero ¿ahora qué?

La noche anterior había estado consultando páginas web sobre el ciclo menstrual, en un intento de poner fecha al inicio de la catástrofe, y calculó que estaba embarazada de unos cuatro meses.

Después buscó información sobre el aborto y la adopción, e incluso imprimió un artículo finlandés muy útil en el que se afirmaba que los bebés de pocos meses podían dormir sin problema en una caja de cartón acolchada; una solución de lo más práctica, sobre todo si trabajabas en la policía y tenías que seguir dando el callo.

De pronto se echó a llorar como una magdalena. Irritada consigo misma, se pasó la manga de la chaqueta por la cara. Por lo visto, ni siquiera podía pensar en un bebé dentro de una caja de cartón sin que se le saltaran las lágrimas.

«Contrólate, Rose», murmuró para sí misma mientras intentaba despertar a Helena de un codazo.

La francesa se incorporó de golpe y, de un manotazo certero, apartó el brazo de Rose antes de sujetarlo con la otra mano.

Se miraron a los ojos. Los de Helena brillaban salvajes hasta que recobró por completo la conciencia y reconoció a Rose.

—Relájate —dijo Rose, liberándose de la férrea mano de Helena—. ¿Eres ninja por las noches o qué?

— Pardon. —Helena, aún confusa, echó un vistazo a su alrededor y luego se miró las manos—. Creía que estaba en otra parte.

Rose soltó un gruñido. No le parecía que su compañera se mereciera un simple «no pasa nada», así que se apartó sin decir palabra y se frotó la muñeca, que le dolía más de lo que esperaba.

La velocidad, precisión y fuerza con la que Helena le había atrapado el brazo no podían ser fruto de la casualidad ni de la suerte.

Sumó otro elemento a la larga lista de cosas que le llamaban la atención de Helena: «¿Entrenamiento en artes marciales? ».

El viaje en coche desde la capital hasta el norte de Jutlandia había durado más de cinco horas, pero el tiempo que pasó a solas con Helena no dio los frutos que Rose esperaba.

Nada más salir de Copenhague, la había acribillado a preguntas con una insistencia que rozaba la obsesión.

Aunque tuvo el cuidado de camuflarlas bajo un interés profesional y educado, de compañera de trabajo, e incluso se hizo pasar por una chica más, charlando sobre detalles intrascendentes de su propia vida para incitar a Helena a hacer lo mismo, fue imposible sacarle información.

La francesa se limitó a responder con una sucesión de «¿comment?

», «¿qui?» y «no lo sé» mientras las espesas cejas se movían arriba y abajo como dos orugas sobre un balancín.

Tal vez el danés de Helena fuera peor de lo que había dado a entender, pero Rose sospechaba que se escudaba en malentendidos lingüísticos para evitar hablar de sí misma.

En lugar de abrirse, había hablado de su ronda de visitas a los antiguos pacientes de Charis en compañía de Assad.

A primera vista, ninguno parecía tener los medios, la voluntad ni la capacidad de haber asesinado a Ole Horsten cuatro años atrás.

No habían siquiera pasado Slagelse y Helena roncaba ya en el asiento del copiloto, completamente rendida.

Rose apuró el último trago de agua de su botella antes de girarse hacia Gordon, que les sonrió y las saludó como un chaval de doce años en un concierto de Taylor Swift.

Tuvo que reconocer que tenía mejor aspecto que nunca; incluso se apreciaba algo de color en esas mejillas normalmente más blancas que la leche.

Sería el mar del Norte… o quizá su nuevo ligue.

En la fiesta de despedida celebrada en Teglholm el verano anterior, Assad había logrado que Gordon les contara algo más sobre aquella belleza del norte de Jutlandia que había conocido en una aplicación de citas.

La chica, que tenía treinta y dos años y un nombre nada jutlandés —Jennifer—, era propietaria de un salón de peluquería y uñas en Hjørring.

Al parecer, habían compartido una croqueta de pescado y… ¡el resto era historia!

Rose había dado por sentado que la mujer era delgada, rubia teñida y con unos pechos que con dificultad podrían ser obra de la madre naturaleza, pero hacía poco Assad había conseguido una foto de la media naranja de Gordon y se había desplomado sobre su silla con la mandíbula desencajada.

Según Assad, Jennifer no solo era deslumbrante, sino que tenía siete empleados y casa propia y, según Gordon, su sentido del humor era increíble, aunque no se podía decir que él fuera precisamente un experto en la materia.

«¡Déjame ver!», había exigido Rose, pero Assad se había deshecho del correo con rapidez. «Uf, no creo que sea buena idea, Rose».

—¡Qué alegría verte, Rose! —exclamó Gordon, abriendo los brazos.

Ella, esquiva, le dio un medio abrazo.

—Igualmente, Gordon, igualmente —respondió, pero lo apartó hacia un lado al oír a sus espaldas los pasos de Helena—. Te he traído a tu sustituta. Se llama Helena Henry, o eso creemos, y habla danés, aunque hasta hace poco vivía en Francia.

— Enchanté —saludó Gordon, tendiéndole la mano con galantería. Luego explicó que su francés no iba más allá de «deux bières, s’il vous plaît » y, por si eso no bastara, añadió un «hablas un danés excelente» después de que Helena se presentara.

Rose puso los ojos en blanco y miró al cielo plomizo de la costa oeste de Jutlandia. Aquel hombre solo pensaba en mujeres, y Helena parecía receptiva, porque se deshacía en sonrisas, y aún más cuando Gordon la invitó a un café de la tienda de la gasolinera.

Rose sintió el ácido del estómago que le subía por la garganta. Puede que le costara soportar a aquel hombre pálido y desgarbado, con su aluvión de cumplidos y galanteos torpes y fuera de lugar, pero seguía siendo suyo . Helena no tenía derecho a plantarse allí y acaparar toda la atención.

—Rose, mi equipo y yo hemos estado muy ocupados toda la semana con el caso de la explosión por el que me llamaste —dijo Gordon, después de ir a por cruasanes y café.

Para satisfacción de Rose, Helena miraba la bollería de la gasolinera con el mismo entusiasmo con el que un chef Michelin contempla una lasaña congelada—.

Os lo resumo: el martes 10 de octubre, a las 11.

35, el arrastrero Maren II zarpó del puerto de Hirtshals, como de costumbre.

A bordo iban cuatro hombres de entre treinta y dos y cincuenta y nueve años, todos ellos miembros de la tripulación fija.

Normalmente, el barco permanecía en el mar una semana, y el propietario solo estaba a bordo la mitad del tiempo.

—¿Están fuera toda una semana? —preguntó Helena.

—Así es. Un arrastrero como el Maren II navega por la fosa noruega para pescar bacalao, eglefino y carbonero, que luego se clasifican a mano y se limpian a bordo antes de regresar a puerto. El barco tenía dos tripulaciones que se iban turnando: salían dos veces al mar y tenían dos semanas libres.

—¿Vamos al grano? —Rose se había bebido de golpe su doble expreso, y ahora el corazón le martilleaba en el pecho.

—Está bien. El pesquero aún no había terminado de salir del puerto cuando explotó.

Como sabéis, murió toda la tripulación. —Gordon hizo una breve pausa—.

Conseguimos recuperar algunos restos humanos del agua, y también algunos fragmentos del pecio, pero, a decir verdad, no quedó gran cosa ni del barco ni de las personas.

—¡Qué tragedia! —Helena enrolló con disimulo el cruasán intacto en una servilleta.