Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 47. Jakob
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47. Jakob

JAKOB

—Me juego lo que quieras a que este tipo está detenido y en prisión preventiva antes de que acabe el fin de semana.

—¿Cómo? ¿Qué? —Jakob se volvió hacia el fotógrafo que estaba junto a él. El hombre, que llevaba un chaleco acolchado sobre un atuendo que parecía de cazador, era un freelance autodidacta, de esos que salen corriendo detrás de las ambulancias cuando hay una emergencia.

—El marido. —El fotógrafo señaló su cámara, equipada con un teleobjetivo tan potente que incluso tenía su propio trípode—.

Está ahí delante, llorando y pegando alaridos como si estuviera loco de remate.

¿Nos apostamos algo a que ha sido él? La gente que de verdad está en shock se queda petrificada.

—El fotógrafo resopló—. Quieras o no, después de veinte años en el gremio, uno sabe cómo van estas cosas.

—Ajá. —Jakob miró hacia los coches patrulla estacionados frente al complejo de ladrillo rojo, pero a simple vista era imposible ver nada; los agentes habían mantenido a la prensa a distancia y a él ni siquiera se le había pasado por la cabeza que la gorda de la sala de espera pudiera tener familia.

Marido. Puede que incluso hijos o mascotas.

No era una persona nada agradable, a juzgar por cómo lo había tratado en la clínica Charis, así que Jakob no tuvo ningún reparo en usarla como instrumento.

Sus jeringas y agujas estaban marcadas con claridad, con su nombre, número de identificación personal y dirección, en el almacén de medicamentos; literalmente, le habían servido el arma en bandeja.

En una de plástico azul claro, para ser exactos.

Pero en realidad podía haber elegido a cualquiera porque, al fin y al cabo, lo único que importaba era que a Berg lo responsabilizaran de esa muerte y que su obra de toda una vida se fuera al traste.

No le convenía en absoluto que ahora las sospechas se desviaran hacia el esposo.

Miró con disimulo al fotógrafo, que había vuelto a poner el ojo en la cámara y masticaba de forma rítmica su chicle de nicotina.

«El último paparazi de Dinamarca», se leía en mayúsculas en la funda de su objetivo, como si fuera algo de lo que estar orgulloso.

Seguro que trabajaba para la redacción de Gossip o de otra de esas revistas carroñeras que competían por ver quién tenía la tirada más alta y la ética más baja.

—¡Venga, va, apostemos! —propuso entonces Jakob.

El fotógrafo giró la cabeza y lo miró con aire retador.

—¿De verdad?

—Claro. Sé a ciencia cierta que el esposo no tiene nada que ver.

El fotógrafo entrecerró los ojos.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Jakob se tomó su tiempo antes de responder.

—Me han dado un soplo.

El paparazi dio un paso hacia él.

—A ver, cuéntame.

Jakob soltó un bufido.

—No puedo contártelo, y menos aún cuando la fuente es tan fiable. —Se pasó dos dedos por los labios, como si cerrara una cremallera.

Esta vez el hombre se acercó tanto que Jakob pudo olerle el aliento a chicle.

—¿Sabes qué te digo? ¡A la porra con la apuesta! Te doy dos mil coronas aquí mismo si me lo cuentas. Al fin y al cabo, no somos rivales, ¿no? Tú escribes el artículo, yo saco fotos exclusivas del sospechoso y las vendo a tu periódico. ¡Venga, joder, así ganamos todos!

Mientras fingía pensárselo, Jakob miró de reojo a ambos lados para asegurarse de que nadie los escuchaba.

—Cinco mil y hay trato.

El fotógrafo lo miró atónito antes de asentir a regañadientes.

—Más te vale que la historia sea buena de cojones.

—Está bien —dijo Jakob en voz baja—. Me he enterado de que la difunta era paciente de la Clínica Privada Charis. Ya sabes, esa de Blovstrød con la que tanto revuelo se armó hace unos años: operaciones fallidas, pacientes cabreados, una mujer que murió tras una liposucción…

El fotógrafo asintió. Su cara delataba que quería a toda costa una buena exclusiva.

—Y eso no es todo. Resulta que era paciente nada menos que de Kaare Berg, el propietario. —La voz de Jakob se redujo a un susurro—. Según mi fuente, el doctor Berg cometió una negligencia con la medicación. —Se apartó del paparazi, dando a entender que aquello era todo lo que le iba a contar.

—¿Y de dónde sacas tú eso? La forense acaba de marcharse. —Los ojos del fotógrafo se iluminaron.

Con un chasquido seco, Jakob volvió a cerrar la cremallera imaginaria de sus labios.

—No voy a decir nada más. ¿Me dejas…? —Y, sin esperar respuesta, se inclinó sobre los brazos del fotógrafo y puso el ojo en el visor de la cámara. Tuvo que parpadear un par de veces antes de que la escena frente a la entrada del edificio donde había vivido Linette Thykier se mostrara con nitidez.

Se levantó de golpe. Un hombre corpulento, vestido de civil, de piel aceitunada y rizos negro-grisáceos, hablaba con una mujer de cabello castaño caoba.

Ella le daba la espalda, pero no había duda de quién era el hombre: lo había visto en Charis, y el hombre lo había visto a él.

Sacó del bolsillo una tarjeta de visita y se la entregó al fotógrafo.

—Cinco mil coronas por MobilePay. Que sea antes del sábado.

El fotógrafo asintió.

—¿Y estás seguro de que todo esto es cierto? Porque si es verdad, Berg y su clínica están acabados. Ese hombre jamás volverá a ejercer como médico.

—Tan cierto como que mañana saldrá el sol —afirmó Jakob—, créeme.