46. Assad
ASSAD
—Nunca conseguiremos bajarla de aquí. No sé ni cómo vamos a meterla en la bolsa funeraria y subirla a la camilla. —El sanitario se cruzó de brazos y contempló con ojos resignados el desafío que se le presentaba ese día.
En el pasillo del apartamento, una mujer yacía en el suelo en una postura poco natural; todo indicaba que estaba muerta. La toalla que apenas la cubría dejaba ver que era de complexión corpulenta.
—¡Cuánto echo de menos a Flemming! —replicó su compañero, un tipo mayor y musculoso, con el pelo rapado bajo la redecilla y un tono de piel que delataba cierta afición a los autobronceadores.
—¿A Flemming?
—Sí. Flemming trabaja más los músculos que la lengua, no como otros. ¡Claro que la vamos a bajar! —El sanitario más veterano alzó la vista hacia Assad—. ¡Eh, amigo, tú pareces fuerte! ¿Nos echas una mano para bajar a la señora y acabar ya de una vez? No es más que una planta.
—Lo intento —asintió Assad, barriendo el piso con la mirada.
En realidad, no sabía muy bien a qué había venido.
Después de hablar con Max Pil Clausen el día anterior, Helena y él planeaban visitar al resto de pacientes descontentos de Charis.
Iban en el coche a visitar a la mujer con el retoque de nariz mal hecho cuando los llamó la forense Anne Hanson pidiéndoles que acudieran a Lyngby de inmediato.
Así que allí estaba, enfundado en un mono blanco, con la redecilla y la mascarilla puestas.
El piso, en la primera planta de un edificio de ladrillo rojo de los años ochenta, era pequeño: salón, dormitorio, cocina-comedor, baño y un pasillo de tres o cuatro metros cuadrados donde yacía el cadáver de la mujer. De Anne Hanson, en cambio, no había ni rastro.
—Oye, ¿a ti se te ha ido la olla o qué…? Es policía, no puede ayudarnos a cargar el cuerpo. ¿Crees que lo cubrirá el seguro si se lesiona una rodilla o se rompe un hombro? Mejor llamo a Jamal y a Kalle. —El sanitario joven resopló y se dirigió a la escalera con el móvil pegado a la oreja.
—¿Dónde se ha metido Hanson? —Assad asomó la cabeza al baño. Un perito forense con un traje de protección biológica igual al suyo examinaba con lupa cada bastoncillo de algodón, cada frasco y cada pinza del armario del espejo.
—¡Ostras, Assad! Con esas pintas no te había reconocido. ¿Qué haces tú por estos lares? ¿No lleva el caso la policía de Selandia del Norte?
—Así es, pero Anne Hanson me pidió que me pasara por aquí. ¿La has visto?
—Me parece que está en el parque infantil.
La encontraron unos minutos después, sentada en un columpio, al sur del edificio.
Tenía cincuenta y seis años y era menuda; apenas medía metro sesenta.
Sin la redecilla y el termo inmenso que la acompañaba a todas partes desde unas prácticas en ee.
uu., habría pasado por una colegiala. El termo tenía una muesca en el medio que, según Hanson, era el recuerdo de un tiroteo en la sala de urgencias del centro de Filadelfia, donde había vivido una temporada en los años noventa.
Ese termo le había salvado literalmente la vida al detener una bala que iba directa hacia ella.
—¡Vaya, el Departamento Q! —Levantó un bocadillo de pan de centeno medio envuelto en papel de aluminio—. ¿Os importa que coma mientras hablamos? En un momento tengo que ir a un hallazgo de cadáver en Amager; lo típico de las vacaciones: la gente se muere hasta de aburrimiento.
—Anne, no entiendo por qué nos has hecho venir hasta aquí —dijo Assad—. Me dejaron subir al piso, pero no creo que al director de la policía de Selandia del Norte le haga mucha gracia saber que nos entrometemos en la investigación.
—¿Ya habéis subido a ver el cadáver? —Hanson miró a Assad y luego a Helena.
—Solo Assad. —En el arenero, Helena daba pequeñas patadas con la punta de la bota a una pala roja de plástico.
Parecía irritada por la pérdida de tiempo que suponía aquel desvío a Lyngby.
Aún tenían pendientes cuatro entrevistas, y los antiguos clientes de Charis estaban repartidos por toda Selandia.
A Assad casi le había dado un patatús cuando Helena le mostró su apretado itinerario para ese día.
La midió con la mirada. También él quería llegar al fondo del caso Horsten, pero no entendía la impaciencia de su compañera.
La prisa nunca traía nada bueno. En sus quince años al lado de Carl se había enfrentado a muchas dificultades, pero las prisas y el estrés jamás habían sido un problema, gracias a Alá.
—La difunta se llamaba Linette Thykier, tenía cincuenta y dos años y trabajaba en la droguería Matas de Sydhavnen desde 2011.
Se casó con Per en el año 2000; a él lo están interrogando en estos momentos.
No era mucho más alta que yo, o sea, un retaquito, pero calculo que pesaba el doble, unos 110 kilos, lo que, según el imc, la sitúa en la categoría de obesidad de grado III, o sea, obesidad mórbida.
—Hanson dio un sorbo al termo que, además de la muesca, mostraba la imagen de una calavera y la inscripción «Killadelphia».
—Que yo sepa, en el Departamento Q no investigamos casos de muertes naturales —dijo Helena, arisca.
Anne Hanson esbozó una tenue sonrisa.
—Con sobrepeso o sin él, en la muerte de esta mujer no hay nada de natural.
Según su marido, fue a ducharse después del café de la mañana y, al parecer, se inyectó una dosis de medicamento para adelgazar; aún llevaba la pluma en la mano cuando salió del cuarto de baño.
Estuvo un par de segundos jadeando en el pasillo y luego se desplomó.
—¿Murió en el acto? —Assad sacó una libreta del bolsillo interior.
—No sé si en el acto, pero sí bastante rápido.
El marido intentó reanimarla, sin éxito.
—Se llevó el último trozo de pan a la boca y se sacudió las migas de los pantalones—.
Según él, en el último año Linette había consultado a varios médicos.
La examinaron a fondo y, al margen del sobrepeso, en líneas generales gozaba de buena salud.
Mi primera impresión es que, o se inyectó una dosis excesiva, o le dieron el medicamento que no era.
Es posible que la pluma o la aguja estuvieran contaminadas.
Es más, me atrevería a decir que… —Anne Hanson hizo una pausa calculada— a esta mujer la envenenaron.
—¿Envenenarla? ¿Con un medicamento para adelgazar? —Helena salió del arenero.
—Lo dudo. En breve, el químico forense os podrá confirmar la sustancia exacta —respiró hondo, como si fuera a presentar una teoría arriesgada—, pero yo apuesto por el fentanilo que, por desgracia, ya se empieza a ver por aquí, en el mercado negro.
Es cien veces más potente que la morfina y, en la dosis correcta, se usa como analgésico, pero, tomado en exceso, paraliza todo el sistema nervioso central y, con él, la respiración.
—Hizo con la mano un movimiento circular sobre los pulmones—.
En Estados Unidos lo llaman «la droga zombi» porque los adictos vagan como zombis por las calles.
Es peligrosísima. Hace cinco o seis semanas tuvimos un caso de sobredosis en Frederiksberg, otra historia de este tipo: un chico joven, en buena forma, que sufría unos dolores de espalda tremendos tras un accidente de esquí.
Había conseguido fentanilo en la Estación Central.
—¿Una sobredosis accidental? —Helena miró a la forense con el ceño fruncido.
—O intencionada —intervino Assad.
—¿Entonces ha sido un suicide ?
Anne Hanson se encogió de hombros.
—Imposible no es, pero, sinceramente, no le veo la lógica. ¿Por qué iba a gastarse miles de coronas en un medicamento para perder peso o usar una pluma de inyección y una aguja de este tipo, cuando le habría bastado con una jeringuilla normal?
—¿Se ponía inyecciones en vez de dejar de comer? —Assad se sintió mal solo de pensarlo.
—No, tomaba un medicamento para adelgazar. Semaglutida. Es un reductor del apetito. —Hanson miró a Assad y luego a Helena—. Por eso os llamé. El fármaco lo recetó un tal Kaare Berg, director médico de Charis. ¿No es la clínica privada que estáis investigando?
Assad intercambió una mirada con Helena que hizo que Anne Hanson bajara la voz.
—Tranquilos, me lo contó Rose. Me llamó la semana pasada para pedirme una segunda opinión sobre un caso antiguo. El de Ole Horsten, el presidente del Consejo de Administración de Charis.
—¿La difunta era paciente de Charis? —A Assad le había llevado unos minutos reconocer el nombre, pero de pronto todo encajó.
—En cualquier caso, fue el propietario en persona quien le recetó el medicamento, y Charis quien lo dispensó.
La clínica, por decirlo de forma diplomática, va a tener que dar una explicación más que creíble si mi teoría del envenenamiento es cierta.
Los pacientes saldrán por patas, y doy por descontado que las autoridades acabarán cerrando el centro.
Además, como médica que sí tiene su almacén de medicamentos bajo control, solo me queda esperar que a estos chapuceros los aparten del ejercicio profesional.
—Hanson miró el reloj y señaló hacia el bloque de viviendas—.
Venid conmigo; el marido está aquí al lado, en uno de los coches del operativo.
Hanson, Assad y Helena rodearon el edificio y llegaron al aparcamiento justo en el momento en el que cuatro sanitarios sacaban a la difunta en la camilla.
El más joven, que era el que más sudaba, soltó un «¡joder, menuda paliza!
» que silenció casi por completo el chasquido de las cámaras con teleobjetivos del puñado de fotógrafos congregado al otro lado del cordón policial.
—¿Puedo verla? —Assad señaló la bolsa funeraria.
Hanson se encogió de hombros.
—¿Nos cubrís un momento?
Los sanitarios alzaron una sábana a cada lado de la camilla para que Hanson pudiera abrir la cremallera de la bolsa unos veinte o treinta centímetros, lo suficiente para dejar al descubierto el rostro de la difunta.
Assad se inclinó sobre ella. La piel, pálida, mostraba ya un tono azulado, pero, a pesar de su edad, apenas tenía arrugas.
El doble mentón se había deslizado hacia un lado del cuello, de modo que la delicadeza de sus rasgos se apreciaba con claridad.
—Es esa señora —dijo Assad a Helena.
—¿Qué señora?
—La que estaba en la consulta de Kaare Berg el martes, mientras esperábamos para interrogarlo.
Helena se acercó y, de puntillas, se inclinó sobre el cadáver.
— Quel dommage . —Sacudió la cabeza mientras los sanitarios volvían a cerrar la bolsa.
—Sí, ya ves —asintió Hanson—. Esta mujer se descuidó a sí misma durante demasiado tiempo.
Tenía los armarios llenos de productos dietéticos y libros para adelgazar.
Seguro que se pasó la vida luchando contra el sobrepeso y odiándose a sí misma, y justo ahora que encuentra algo que de verdad funciona, la mata.
La forense hizo un gesto discreto con la cabeza en dirección a un coche patrulla a seis o siete metros de allí. Tenía la puerta abierta, y en el asiento trasero había un hombre de cabello ralo con la cabeza hundida entre las manos, en lo que representaba la viva estampa del dolor y la derrota.
—Al parecer, el marido no sabía nada del tratamiento hasta que la encontró en el suelo, con la pluma de inyección aún en la mano —explicó Hanson.
Assad observó al hombre unos segundos. Sus alaridos le recordaban a las plañideras que lloraban en los entierros de su país natal. En algunas culturas de Oriente Medio se creía que un llanto fuerte ayudaba a sobrellevar el duelo, pero allí en Lyngby no parecía servir de nada.
—¿Qué voy a hacer sin ella? —se lamentaba una y otra vez.
—¿Podría haber sido él quien manipuló la inyección? —sugirió Assad—. Casi siempre es el marido, ¿no?
Antes de que Hanson pudiera responder, los interrumpió la vibración de un móvil. Helena se excusó, se colocó un auricular en el oído y se alejó unos pasos.
—Ya veremos si los peritos encuentran las huellas dactilares del hombre en el embalaje, pero parece que de verdad está en shock , así que yo me inclino por un error de Charis.
Si no me equivoco, estaríamos ante dos muertes en cuatro años vinculadas a esta clínica.
Dos muertes innecesarias. —Con un gesto, la forense se despidió de Assad y Helena—.
Os llamaré en cuanto los químicos forenses confirmen o desmientan mi teoría.
—Era Rose —anunció Helena una vez que Anne Hanson se hubo marchado—. La he puesto al corriente sobre Linette, pero tenía prisa por contarme que mi predecesor, Gordon, ¿verdad?, había llamado desde Jutlandia.
Assad esbozó una amplia sonrisa. «¡Gordon! Siempre es un placer trabajar con él», pero dejó de sonreír al ver la expresión de Helena.
—¿Y a qué debemos la llamada?
—La semana pasada tuvieron un caso de un barco que saltó por los aires nada más zarpar del puerto de Hirtshals.
Murieron los cuatro tripulantes. Según Rose, salió en las noticias.
Al principio pensaron que se debía a un fallo mecánico, pero los investigadores acaban de recibir el informe forense y se ha confirmado que también se usó explosivo C-4.
—¿El mismo que en Asserbo? —De repente Assad sintió un dolor punzante en las sienes y la espalda, y notó en Helena la misma inquietud. Señaló el coche. Tenían que interrogar cuanto antes a los demás pacientes descontentos de Charis.
—Entonces, ¿mañana por la mañana vamos a ver a Gordon?
Helena negó con la cabeza.
—No. Rose dice que va ella, y quiere que yo la acompañe. Solo yo.