45. Rose
ROSE
«Su llamada será atendida lo antes posible. Le rogamos que permanezca a la espera».
Rose miró el móvil con incredulidad. Había llamado al médico nada más abrir la consulta para conocer de una vez por todas los resultados de las numerosas pruebas y análisis que le habían hecho.
La secretaria, seca y escueta, se limitó a decirle que el médico la llamaría «enseguida», pero había pasado más de una hora y el móvil seguía en silencio absoluto.
Este tipo de desidia le producía sarpullidos.
Se había hartado de esperar, así que allí estaba otra vez, con el jovial jazz del contestador automático taladrándole los oídos.
Para su sorpresa, los nervios le pesaban más que la irritación. ¿Por qué tardaba tanto el médico en llamarla para decirle que todo estaba en orden? ¿Sería quizá porque no lo estaba?
Sujetó el móvil entre la oreja y el hombro, se inclinó sobre el teclado y escribió «cansancio, náuseas, vómitos, mareos» en el buscador.
En un milisegundo, el doctor Google le devolvió una retahíla de diagnósticos fatales: tumor cerebral, enfermedad de Lyme, mononucleosis.
Un miedo incipiente empezó a apoderarse de ella. ¿Y si tenía algo grave?
—¿Todo bien?
Rose se sobresaltó y el móvil cayó sobre el escritorio. En la puerta del despacho, mirándola con expresión preocupada, estaba Carl Mørck.
—¿Otra vez por aquí? ¿Tan mal te fue en Louisiana que has decidido volver con nosotros? —soltó Rose, y se apresuró a cerrar la ventana del navegador con todas aquellas enfermedades espantosas.
—No podría haber ido peor. —Carl se encogió de hombros.
—¿Así que se acabó la alta cultura?
—Mucho peor. Me han pedido que vuelva en primavera. —Se dejó caer en el sofá y apoyó los pies sobre una caja de cartón—. Oye, ¿te acuerdas de aquella vez que ampliaste el mensaje de la botella y lo colgaste aquí, en la pared del sótano? —le preguntó.
—Claro que me acuerdo. ¿Por qué?
—Quizá me puedas ayudar con un par de detalles; tienes mejor memoria que yo.
—¡Hostias, Carl, eso sería antes, últimamente ya no!
Además, he visto que en Los chicos que cayeron en la trampa dices que suelto muchas palabrotas y que voy vestida como «un espantajo».
¿A qué demonios te refieres? —le espetó.
Lo de las palabrotas se lo tomaba como un cumplido, pero lo de su estilo de ropa… ¡Si siempre iba de punta en blanco!
Algo turbado, Carl sacó una libreta del bolsillo interior.
—Ayer estuve en Humlebæk —dijo para desviar el tema.
Para alivio de Rose, fue directo al grano. Si de verdad tenía un tumor cerebral, no podía malgastar sus últimos días en la Tierra en trivialidades.
—Thøger Dam, el pastor, no conocía ni a la familia Horsten ni la clínica privada, y tampoco le sonaban de nada el matrimonio de farmacéuticos ni la casa de Asserbo.
—Mmm —murmuró Rose, mirando el móvil por el rabillo del ojo. Se había perdido la cobertura. Más tiempo desperdiciado, aunque quizá fuera mejor así; ¿qué prisa tenía por recibir su sentencia de muerte?—. ¿Y la hija? ¿No pudo tener contacto con la clínica?
—El padre fue tajante. Mira estaba en contra de la cirugía estética y no tenía problemas de salud. Era una joven políticamente activa, con convicciones claras y abierta al mundo. Una muchacha sensata.
—Sí, tan sensata que conducía borracha…
—Ya ves. El pastor tampoco se lo explica. Su hija vivía en Copenhague y quizá había salido, pero en lugar de ir a casa de sus padres en tren o en taxi, se puso al volante y se mató a un par de kilómetros de allí. Cuando beben, hasta los más sensatos hacen estupideces.
¡A ella se lo iban a decir! Unos años atrás se había despertado con un asta de bandera de metro y medio, dos botellas de ginebra vacías y un gnomo de jardín en la cama, además de una resaca monumental. A día de hoy seguía sin recordar nada de lo ocurrido aquella noche.
—¿Así que el padre no cree que el accidente de tráfico guarde relación con nuestro caso?
—No, pero conseguí un dato que quizá sí sea relevante —dijo Carl—. Todos los años, por el aniversario de la muerte de la hija, dejan un ramo de flores en su tumba. Viene de una floristería y no se sabe quién lo envía.
El móvil vibró y Rose se estremeció con solo ver la pantalla. ¡Dios mío, el médico! ¡La cosa era grave!
—¿No serán de un amigo o de un admirador secreto? —logró articular mientras sus pensamientos gravitaban ya en torno a testamentos, bajas por enfermedad y el tipo de alcohol con el que ahogar sus penas más tarde.
—Puede ser —concedió Carl—, pero ¿diez años seguidos? Quizá tuviera novio cuando murió, aunque, si los padres nunca llegaron a conocerlo, no debía de ser una relación muy seria. No sabemos si las flores son suyas, pero aun así me resulta interesante.
—¿Por qué?
—Si Mira mantenía una relación seria cuando murió, ¿por qué el novio no fue al entierro? ¿Y no crees que, a estas alturas, ya se habría casado con otra? Tengo la sensación de que lo que estas flores simbolizan no es duelo ni dolor.
—¡No me digas! —Rose volvió a mirar de soslayo el móvil, que había dejado de vibrar—. ¿Y entonces qué es?
—Culpa.
—¿Culpa?
—Sí, el remitente siente algún tipo de culpa por la muerte de Mira. —Carl se levantó y se encogió de hombros—. En fin, no es más que una corazonada; el caso lo lleváis vosotros. —Se detuvo a medio camino de la puerta y la observó con atención—. ¿Cómo te encuentras? Te veo un poco pálida.
—Bien. No para tirar cohetes, pero bien —respondió.
—¿Has ido ya al médico? Esta gripe estomacal se está alargando demasiado —dijo Carl mientras se ponía la cazadora de cuero.
—Pues… ya que lo preguntas, sí, fui al médico y me examinaron de pies a cabeza —contestó sonriente.
La gente mentía, de media, un par de veces al día, así que ella ya había agotado su cupo, pero aquello era una emergencia, porque el móvil volvió a vibrar y la pantalla se iluminó con el número del médico.
Cuanto antes lograra deshacerse de Carl, mejor.
—¿Molesto? —preguntó entonces una voz a su espalda.
Konrad Horsten asomó la cabeza por el despacho. Iba vestido con chaqueta, camisa y pajarita y, al lado de Carl y su cazadora de cuero desgastada, parecía un niño de catequesis que se hubiera equivocado de puerta, lo cual, a ojos de Rose, no se alejaba demasiado de la realidad.
—¿No me digas que te han dado una tarjeta de acceso para entrar y salir a tu antojo, sin pasar por el portero? —Su sarcasmo era intencionado.
—La recepcionista te llamó varias veces, pero la línea estaba ocupada, así que uno de tus compañeros tuvo el detalle de acompañarme hasta aquí… ¿Llego en mal momento?
—Pasa, pasa —dijo Rose, claramente de mal humor—. Total, aquí todo dios entra sin avisar; parece que hoy tampoco voy a hacer un carajo.
Konrad entró en el despacho. Llevaba un trozo de papel en la mano.
—No sé si esto será importante, pero después de la charla del otro día, uno no puede dejar de darle vueltas a las cosas, ¿verdad? —comentó, mirando a Carl.
—Qué va, a mí solo me pasa en los días realmente buenos —rezongó Carl.
—Creo que dije que en casa de mis padres no faltaba nada después de que los… después de ese día, quiero decir. Pero entonces me acordé de una cosa.
—Ya, ¿y qué fue? —Rose estaba a punto de perder la paciencia.
—Hace poco, cuando me nombraron director del coro de Laurenti, registré la casa entera en busca de algo que para mi padre tenía un valor especial: su batuta de director.
Pero no la encontré. Desde que tengo uso de razón estuvo siempre en la misma estantería del salón, pero ahora tanto la batuta como su estuche han desaparecido.
—A ver si lo entiendo… ¿Estás hablando de un palo de madera? —Rose tuvo que morderse la lengua para no añadir «¿y a quién narices le importa?».
—No, no es un palo. Es una batuta de director, y además bastante fuera de lo común.
—No sabía que los directores de coro usaran batutas. ¿No dirigen con las manos? —Carl acababa de volver a la realidad.
—Exacto. Normalmente sí, pero en ocasiones especiales, cuando al coro lo acompaña una orquesta, se usa batuta. Mi padre apenas la usaba, pero yo toqué algún tiempo en una orquesta sinfónica, y, ahora que dirijo el coro de Laurenti, tenemos previstas colaboraciones importantes con varios ensembles .
—Ajá —asintió Carl—. ¿Y qué tenía de particular esa batuta?
—Es de arce, hecha a mano en Italia. Mi padre la guardaba en un estuche forrado de terciopelo verde oscuro y lleva nuestro apellido grabado, tanto en el estuche como en la empuñadura.
—Si tan importante era, ¿no puede ser que tu padre llevara el estuche cuando murió y que se extraviara por el camino? —preguntó Rose.
—Tal vez. Pero dudo mucho que pudiera hacer las maletas antes de que lo obligaran a…
—A Konrad le hizo falta un instante para recomponerse—.
En cualquier caso, el estuche no estaba entre las pertenencias que me entregó el funerario, y si hubiera quedado por la zona de la grúa, la policía lo habría encontrado.
—Dejó el papel delante de Rose—. Encontré esta casi igual en Internet.
Rose observó la imagen de lo que, a sus ojos, no era más que una aguja gruesa de calcetar dentro de un joyero.
—Vaya… ¿Y estos chirimbolos valen un pastón?
Konrad se encogió de hombros.
—No es fácil ponerle precio; como mucho, un par de miles de coronas. De todas formas, con el apellido grabado, no se puede vender.
—¿Y nadie más pudo llevárselo? —Carl siguió indagando.
Konrad parecía estar a punto de llorar.
—¿Quién querría algo tan personal? No tiene valor para nadie, excepto para mí.
—Si tu padre se llevó el estuche, cabe la posibilidad de que estuviera en Asserbo, donde creemos que lo retuvieron antes de morir. En tal caso, se habrá quemado. —Carl le puso una mano en la espalda a Konrad—. Pero me alegro de que hayas venido; Rose lo investigará.
Rose lanzó a Carl una mirada de agradecimiento cuando este se despidió con una inclinación de cabeza y se llevó con él a Konrad.
Cuando estuvo segura de que habían desaparecido por las escaleras, sacó el móvil y se quedó mirándolo unos segundos. Entonces sonó. Era el médico, por tercera vez. Respiró hondo y, mientras él se presentaba, se despidió mentalmente de la vida.
—Buenos días, Rose —saludó el médico con un ligero deje de sorna.
Ella habría esperado un mínimo de solemnidad en un momento tan funesto como aquel—.
Vayamos al grano. Tu analítica confirma que estás embarazada.
Muy embarazada. Diría que tan avanzada que ya te has perdido la ecografía de pliegue nucal.
A tu edad es un poco problemático, pero todo va a salir bien, ¿de acuerdo?
Rose dejó de respirar.
—¿Qué es lo que ha dicho? —logró articular.
—Que enhorabuena, Rose. Estás embarazada.
Rose se fijó en una polilla que revoloteaba en el techo, entre las tuberías de la calefacción. Había que quitar el polvo por allí arriba, pensó.
—Y… ¿cuánto dura eso, más o menos?
Entró otra llamada, y apartó un momento el móvil de la oreja para ver quién demonios la interrumpía en un momento tan oportuno.
Ahora que sabía que no se estaba muriendo, solo quería deshacerse del médico y su perorata sobre matronas, cursos de preparación al parto, ácido fólico, analíticas y listas interminables de prohibiciones, entre ellas el alcohol, justo lo que más falta le hacía en ese momento.
Entonces leyó el nombre en la pantalla: Gordon Taylor.