44. Linette
LINETTE
De tanto estirarse y agacharse se había quedado casi sin aliento, pero eso no le impidió volver a pasar la rasqueta de goma por los azulejos del baño, todavía envuelto en vapor.
Hizo lo mismo con el espejo. Per, que seguía en la cocina esperando a que ella terminara para ir juntos a la tienda de bricolaje, no soportaba que en las superficies quedaran gotas de agua y que luego aparecieran cientos de manchas de cal por todas partes.
Sacó de debajo del lavabo una de las viejas camisetas interiores que usaba para limpiar y frotó con ella el espejo empañado hasta dejarlo reluciente.
A Per le gustaba el orden. Le gustaba que su vida transcurriera en línea recta.
También le gustaban las cosas bonitas y la gente bonita, pero la imagen que se reflejaba en el espejo difícilmente podía calificarse como tal.
Tenía la cara enrojecida por el vapor y el esfuerzo de limpiar y secar.
La toalla que llevaba alrededor del torso apenas le rodeaba el cuerpo entero.
Los pechos le colgaban, tristes y pesados, y los brazos eran del color y el tamaño de dos costillares crudos.
El cabello lacio y sin vida se le pegaba a la cabeza, e incluso las cejas y las pestañas habían perdido el color.
¿Cuándo había llegado a tal grado de decadencia? Ni siquiera lo sabía porque llevaba años evitando los espejos. Pero ese día tenía que ser distinto. Se tomó su tiempo para fijar aquella visión en la memoria porque quería recordarla. La imagen del antes. «La vieja Linette».
Muy pronto, los kilos comenzarían a bajar en picado.
En un par de meses, los compañeros le preguntarían si había adelgazado.
Al cabo de seis, hasta Per notaría la diferencia.
Se lo imaginaba agarrándola con pasión, como en los viejos tiempos.
En un año habría logrado su objetivo de perder cuarenta kilos, si no más. Se lo había dicho el médico.
«Linette, vas a parecer un figurín», le había dicho dos días atrás, al despedirse, y ella rio.
Rio de verdad por primera vez en meses. No solo porque el médico fuera un tipo apuesto, ni porque la mención de ella y un «figurín» en la misma frase fuera tan absurda y maravillosa a la vez.
Rio porque, en el fondo, se lo creía. El sueño ya no era solo un sueño; lo sostenía en sus propias manos, dentro de una pequeña caja de cartón.
Entreabrió la tapa con cuidado y encontró una pluma de inyección parecida a un rotulador y cuatro agujas, cada una en su recipiente de plástico precintado.
El doctor Berg había reiterado que el medicamento podía provocar efectos secundarios; era habitual experimentar náuseas y dolores de estómago, sobre todo al principio.
Por eso decidió retrasar la primera inyección hasta su día libre.
Pero ahora… ahora comenzaba el viaje de regreso a la Linette de antes.
Eligió uno de los pequeños recipientes de plástico, retiró el precinto y encajó la aguja en la pluma de inyección.
Luego quitó el capuchón y sostuvo el dispositivo hasta que en la punta de la aguja apareció una pequeña gota que brillaba como una pompa de jabón bajo la intensa luz del baño.
Giró el selector hasta que en el contador se mostró la cantidad correcta: 0,25 miligramos, la dosis inicial estándar, que en los próximos meses se incrementaría considerablemente.
Esperaba con ansia ese momento; se impacientaba incluso al pensar en esa misma tarde y en el día siguiente, cuando empezara a notar los primeros efectos del medicamento.
Por un instante, la desbordaron las emociones. ¿Cuándo había sido la última vez que sintió algo así, que se alegró por algo tan sencillo como la idea de despertar al día siguiente?
Con la pluma en la mano derecha, apartó un poco la toalla y sujetó la lorza más baja del abdomen.
Iba a inyectarse, pero se detuvo a medio camino.
¿Y si le salía un hematoma gigante? Podía pasar si la aguja alcanzaba un vaso sanguíneo, así que buscó más abajo, muy cerca de la ingle, donde la piel quedaría oculta por la ropa interior y Per jamás descubriría un moratón.
Agarró un pliegue de piel, hundió la aguja, apretó el émbolo hasta el fondo, contó hasta cinco y levantó la mirada.
Fue como inyectarse pura felicidad en el torrente sanguíneo.
La envolvió una calma profunda, incluso le pareció que le estaba bajando la tensión, y cerró los ojos un instante para saborear aquel primer paso hacia la nueva Linette.
De repente notó una extraña sensación de parálisis en el cuerpo.
Abrió los ojos de par en par. De pronto, su reflejo en el espejo se volvió distorsionado y ondulante, y unas fuertes náuseas le subieron desde el estómago; ni siquiera sentía los pies.
—¿Qué está pasando aquí? —le preguntó a la imagen del espejo, mientras sus rasgos se derretían ante ella como un bloque de mantequilla en una sartén caliente. Ya no podía respirar.
Se tambaleó hacia la puerta. Era incapaz de controlar las piernas, y los pulmones se le encogían. Agarró el picaporte y vio manchas negras que danzaban ante sus ojos. A duras penas logró atravesar el umbral y avanzar dos pasos por el pasillo, mientras la toalla se le caía de la mano.
—Linette, ¿estás bien? —oyó. Era la voz de Per, pero sonaba extraña, lejana.
Entonces se desplomó.
No sintió dolor, solo el golpe sordo de su cuerpo contra el suelo. El aire no le llegaba a los pulmones; su cuerpo, paralizado, le resultaba ajeno. Se quedó allí, inmóvil, con las nalgas al descubierto y el parqué helado bajo el vientre y los pechos desnudos.
En cuestión de segundos, Per iría corriendo desde la cocina. Su último pensamiento fue lo mucho que la avergonzaba que la fuera a encontrar así.