Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 43. Jakob
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43. Jakob

JAKOB

Aquel día, Jakob había asistido al entierro de Asger, en Fredensborg.

Había visto la esquela en el periódico por casualidad, y la mezcla de dolor y remordimiento estuvo a punto de desgarrarlo por dentro.

Asger y Lise le habían escrito sin falta durante años: sus postales de cumpleaños y de Navidad llegaban siempre puntuales, y lo habían invitado a que los visitara una y otra vez; al principio incluso lo llamaban por teléfono.

Pero Jakob siempre se negó a hablar con ellos y jamás respondió a ninguna de las cartas.

Escuchar la voz de Asger al teléfono le habría dolido demasiado.

Lo abrumaba la vergüenza de haberlos decepcionado, de no ser el niño prodigio que creían.

Ahora ambos estaban muertos, y tras el entierro se sentía tan alterado que no tuvo fuerzas para volver a su piso vacío. En su lugar, condujo sin rumbo por el paisaje empapado por la lluvia entre Fredensborg y Humlebæk, hasta que vio una posada y decidió entrar a ahogar sus penas.

Iba por la tercera cerveza cuando apareció en el restaurante una cara conocida.

Nadie dio muestras de saber quién era; en sitios como aquel, a la gente la política le daba igual.

Pero Jakob reconoció a Tommy Eckert al instante, y también conocía lo suficiente los entresijos de la prensa del corazón como para saber que la atractiva joven que acompañaba al ministro no era su esposa.

Al verlo así, no en la pantalla de la tele, sino tan cerca de él, con aquella corbata cara y una sonrisa reservada para los triunfadores, estuvo a punto de quedarse sin aliento.

Allí estaba. Tommy, el niño que de pequeño se había meado de miedo, que se sobresaltaba con solo oír los pasos del director del coro, que jamás había tenido ni un pellizco del talento natural de Jakob…

y que aun así lo había conseguido todo en la vida: riqueza, influencia y, por lo visto, también cualquier mujer que se le antojara.

Jakob no pudo dejar pasar la oportunidad.

Quería oír a Tommy disculparse por lo que él y los demás le habían hecho.

No se habían vuelto a ver desde aquel día de diciembre de 1989 en el despacho del director del coro, pero Jakob llevaba cada segundo de aquel episodio grabado a fuego en la memoria, y estaba convencido de que también Tommy recordaba cada detalle, atormentado por su oscura conciencia.

Así que se dedicó a esperar, paciente, el momento oportuno. Cuando a las once el ministro se levantó para ir al baño, fue tras él y se colocó a su lado.

—Tommy…, cuánto tiempo.

Pero el cabrón de Tommy se limitó a mirarlo con ojos inexpresivos y a responder con un comedido «hola».

La ansiedad empezó a apoderarse de Jakob allí mismo, junto al urinario. Como periodista, sabía mejor que nadie cómo saludaban los famosos a quien se les acercaba demasiado: siempre alerta, ligeramente evasivos. Pero Jakob no era ningún acosador; lo único que buscaba era una disculpa.

—La última vez que nos vimos fue en circunstancias mucho menos agradables, ¿verdad? —intentó entablar conversación, pero en los ojos del político no había indicio alguno de que lo reconociera. Más bien todo lo contrario.

Se subió la cremallera de golpe, visiblemente irritado. La sonrisa ebria había dado paso a un gesto de repulsión.

—Mira, estoy aquí a título personal, así que si eres tan amable de… —Tommy agitó la mano en el aire como si Jakob fuera una mosca y se dispuso a lavarse las manos.

—Solo quería hablar un momento —dijo Jakob. Se colocó en el lavabo contiguo y abrió el grifo, pero estaba algo flojo y el agua salió con fuerza, empapándolos a ambos.

—¡Ten más cuidado, hostia! —bufó Tommy mientras inspeccionaba sus pantalones—. A ver si me explico. No he venido aquí a que me den buenas ideas ni a que me cuenten rollos de enfermedades. —Se quitó de un tirón la corbata mojada y la guardó en el bolsillo—. Mándame un correo, como todo el mundo.

Hizo ademán de marcharse, pero Jakob le sujetó el brazo con firmeza.

—¿No sabes quién soy? ¿Es que ya no te acuerdas de mí?

Tommy lo miró y sus ojos se cruzaron durante tres interminables segundos, hasta que logró soltarse del brazo de Jakob.

—¡Si supieras la cantidad de idiotas como tú que se me acercan todos los días! —gruñó, y se alejó.

Jakob se quedó paralizado sobre el pequeño charco de agua. Poco a poco empezó a comprender que aquel hombre que le había arruinado la vida, arrebatado su talento excepcional, su única alegría y su futuro, ni siquiera lo recordaba.

Se tambaleó hasta el coche. Solo quería largarse de allí; confiaba en no haber bebido demasiado, pero al cabo de medio kilómetro supo que no estaba en condiciones de conducir.

Se sentía mareado, veía borroso y tenía que orinar otra vez, así que se desvió por un sendero del bosque y, sollozando, vació la vejiga entre los árboles, consciente de que en cualquier momento se vendría abajo.

No solo por la incesante lluvia que le empapaba la chaqueta, sino porque el mundo no funcionaba como él había esperado.

No había justicia ni nadie que asumiera responsabilidades, solo ganadores y perdedores.

Los ganadores se protegían entre sí, mientras que él, nacido con un don excepcional, moriría siendo un perdedor.

La oportunidad de oro que le habría permitido brillar entre la mediocridad se la habían arrebatado cuando aún era un niño.

Entonces, desde la linde del bosque, vio aparecer los faros delanteros del Ford Ka azul oscuro que serpenteaban por la carretera.

Jakob sabía que más adelante había una curva muy cerrada, y el coche iba demasiado deprisa.

El rostro de Eckert, pálido como un fantasma tras la ventanilla del acompañante, pasó ante él a gran velocidad.

Unos segundos más tarde se oyó el impacto: el golpe corto y seco del metal contra una superficie más blanda.

Entonces se hizo el silencio. Solo la lluvia seguía repiqueteando, como queriendo borrar el drama que Jakob acababa de presenciar.

A día de hoy, aún no sabía por qué había grabado la escena en lugar de llamar al 112; quizá fuera una vieja costumbre de sus tiempos como periodista de sucesos.

Si el ministro de Sanidad hubiera muerto en un accidente de tráfico, de las imágenes del coche siniestrado podría haber sacado fácilmente cinco cifras en la prensa amarilla, una suma que Jakob se habría embolsado sin pestañear.

Pero Tommy Eckert no estaba muerto. Apenas tenía un par de rasguños, según constató Jakob cuando, unos segundos después, el político salió del coche de espaldas, tambaleándose, antes de abandonar el lugar del accidente como un vil cobarde.

Algo captó la atención de Jakob mientras se acercaba con cautela al amasijo de metal que había quedado del Ford Ka: la corbata de Eckert, la carísima corbata de seda dorada que se había arrancado con rabia en el baño, yacía ahora arrugada y ensangrentada en el suelo.

Dentro del coche encontró a la joven, con la parte inferior del cuerpo atrapada; seguro que tenía las piernas rotas.

Su torso reposaba sobre el volante y el airbag desinflado.

Aunque tenía los ojos abiertos, Jakob tuvo la sensación de que no lo veían, sino que miraban mucho más allá, hacia el infinito.

Se enfundó los guantes, recogió la corbata y la enrolló en la manilla de la puerta para abrirla con cuidado.

Tomó el brazo de la mujer, que colgaba inerte junto a la palanca de cambios.

Con los guantes puestos era imposible localizar el pulso en aquella muñeca tan fina.

Entonces reparó en las pequeñas nubes de vaho blanco que salían de la boca entreabierta.

Pegó la oreja al rostro de la joven y comprendió que su vida o su muerte dependían de lo que él decidiera en ese preciso instante.

Era una sensación de poder embriagadora, pero también inquietantemente íntima.

Notó el calor de su mejilla y escuchó su respiración temblorosa y entrecortada. Parecía aterrorizada, así que le tomó la mano y le cantó el largo solo del Laudate Dominum una y otra vez, hasta que su respiración se detuvo.

Fue hermoso, aunque de una forma extraña. Cuando todo terminó, volvió corriendo al coche y se adentró en el bosque, donde esperó a sentirse lo bastante sobrio como para conducir hasta casa.

Pasó la noche sin dormir y, durante varios días, siguió moviéndose como si estuviera en trance.

Se sentía ligero, poderoso, feliz. Nunca había escrito así de bien.

Le ardía el pecho; la voz le había cambiado por completo y sonaba ahora amplia y aterciopelada, como si todas las lesiones vocales y el bloqueo mental se hubieran disipado.

Dos días más tarde, bajo la ducha, alcanzó un tono que ya no creía posible.

Aunque no ocurrió exactamente como había imaginado, aquella noche Eckert había recibido una lección de responsabilidad.

En las semanas que siguieron, Jakob disfrutó de cada coma, cada palabra y cada imagen que los medios publicaron sobre la conducción bajo los efectos del alcohol del ministro, y se complació al ver que «la gran promesa política de la década» se caía del pedestal, quedaba en evidencia y lo perdía todo.

No era simple satisfacción; sentía que por fin se había hecho justicia.

Y así fue como sus planes de venganza empezaron a tomar forma. Se vengaría de todos y cada uno de ellos: Eckert, Berg, Vang, la familia Horsten al completo…, pero no tenía intención de matarlos. Matar era demasiado vulgar, demasiado cliché.

No, la mejor venganza no consistía en quitarles la vida a aquellos que odiaba con toda el alma.

La mejor venganza era convertir su existencia en un infierno, hacerla tan dolorosa, agónica, humillante y vacía que la muerte se sintiera como una liberación.

Les arrebataría aquello que más les importaba y luego los responsabilizaría de ello.

Se aseguraría de que el peso de esa responsabilidad fuera tan enorme que los destrozara por dentro.

Les desgastaría la psique hasta tal punto que despertarían cada mañana en una pesadilla sin fin que los llevaría al borde del suicidio.

O incluso más allá.