Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 42. Jakob
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42. Jakob

JAKOB

Jakob inspiró profundamente el aire frío de octubre, levantó la cabeza hacia el cielo del atardecer y tarareó dos o tres compases de especial bellezal. Lo ayudó. La música siempre lo ayudaba.

Esperaba haberle dejado bien claro a ese cobarde egocéntrico de Tommy lo grave que era la situación.

De niño, le había fallado a él; de adulto, a Mira, siempre para salvar su propio pellejo.

Pero ahora, con su reputación y su futuro en juego, tendría que apañárselas para encontrar una salida.

¿Acaso la historia del padre de Tommy no había sido parecida?

Los innumerables fiascos empresariales de Eckert padre habían dejado tras de sí un reguero de quiebras personales y acreedores furiosos, pero el hombre siempre resurgía de las cenizas, con una nueva empresa, nuevos préstamos y la más absoluta indiferencia hacia las personas a quienes les había arruinado la vida.

Jakob se quitó los auriculares y echó un vistazo a su alrededor antes de detenerse frente a la sepultura de Mira.

El cementerio parecía desierto. Eran pocos los que se aventuraban a pasear entre los muertos después de caer la noche, pero Jakob lo prefería así.

Tampoco venía con frecuencia; el ramo del aniversario lo encargaba todos los años por Internet y, cuando acudía en persona, siempre elegía horas en las que el riesgo de cruzarse con los padres de Mira era mínimo.

Aun así, tenía preparada una historia por si ocurría un imprevisto.

Diría que trabajaba en la Comisión Europea y que había conocido a Mira en un acto político.

«Solo la vi una vez, pero me causó una profunda impresión», explicaría.

Algo a la vez cierto y respetuoso, pero también lo bastante impreciso como para que nadie pudiera identificarlo.

Contempló la lápida. Aquel sábado se cumplirían exactamente diez años del fallecimiento de Mira. Fue ese día cuando comenzó todo: el 21 de octubre, un triste y lluvioso lunes de 2013, así que, de alguna manera, tenía sentido que la vida que conocía terminara también en esa fecha.

En su momento, en los medios de comunicación se había insinuado que la joven hija del pastor tenía alcohol en la sangre cuando se estrelló contra el árbol a más de setenta kilómetros por hora, y que el accidente había sido culpa suya.

Pero no era cierto. La culpa era solo de Tommy.

Fue él quien decidió marcharse de la posada, y también quien le pidió a Mira que condujera.

Jakob se sentía muy unido a esa joven por dos motivos. El primero era que Tommy la había dejado tirada cuando más lo necesitaba, igual que a él. El segundo, que cuando Mira murió, era él quien le sostenía la mano.