41. Carl
CARL
C arl inclinó la cabeza hacia atrás y fijó la mirada en el enorme crucifijo esculpido en la fachada de la casa parroquial.
Lo que resultaba más dudoso era si esa hospitalidad se extendería también a un inspector de policía retirado que no había rezado desde que se inventó la televisión en color.
Por supuesto, en el mundo había pecadores muchísimo peores que Carl, y él mismo se había encargado de meter entre rejas o de llevar directamente a los brazos del Creador a buena parte de ellos; pero lo más probable era que su visita inesperada aquella noche no sirviera más que para reabrir en vano las viejas heridas de esa familia.
Echaba de menos muchos aspectos del trabajo policial, pero esa sensación de plantarse ante una puerta como un vendedor ambulante, sin nada que ofrecer salvo dolor y preguntas sin rumbo, no era, desde luego, uno de ellos.
Al menos iba mejor vestido que de costumbre.
En el armario había encontrado una americana oscura que no se ponía desde el bautizo de Lucia, unos vaqueros decentemente limpios y una camisa de color claro.
Anni, la responsable de prensa de la editorial, llevaba semanas parloteando sobre lo maravilloso que era que a un experimentado investigador de homicidios y humilde escritor de novela negra como él lo hubieran invitado a un sarao con la crème de la crème de la alta cultura en el museo Louisiana de arte moderno.
Allí participaría en una mesa redonda con un joven que escribía libros sombríos sobre lo que implica ser hijo de dos celebridades y con un antiguo traficante de drogas que probaba suerte como poeta.
El tema del debate era «Cuando la realidad supera a la ficción», significara lo que significara, y el coloquio comenzaba en tres cuartos de hora, así que no podía entretenerse ni un segundo de más con la visita al pastor.
Golpeó suavemente el vidrio esmerilado de la puerta principal y fue a abrirle un hombre con barba poblada.
—¿Sí? —preguntó en tono amable mientras se limpiaba la barba con una servilleta de tela.
Carl se presentó. Si el pastor se sorprendió, lo disimuló con total naturalidad.
—Pase —dijo—, y perdone que hoy esté cenando en el escritorio; mi mujer ha salido a visitar a una amiga.
—Solo he venido a hacerle unas cuantas preguntas. —Carl se quitó los zapatos en el recibidor y acompañó al pastor hasta su despacho. O, como rezaba en la puerta, su «Espacio de consultoría espiritual».
En las estanterías, los libros se amontonaban en varias pilas, aunque era improbable que entre ellos hubiera novelas policíacas.
El pastor tampoco pareció reconocer a Carl.
Con un gesto, le indicó que tomara asiento en la silla de invitados, apartó a un lado el plato de la cena y entrelazó las manos sobre el escritorio.
—¿En qué puedo ayudarle? —Lo dijo con un tinte casi terapéutico, y Carl comprendió que el hombre debía de pensar que había venido a confesar sus pecados, lo que volvía la situación aún más incómoda.
—Trabajo para el Departamento Q de la policía de Copenhague.
Investigamos casos de interés especial. —Confiaba en que los altos mandos le perdonaran que, en la casa del Señor, hubiera tenido que recurrir a una mentirijilla sobre su situación contractual—.
En el caso que estamos investigando acaba de aparecer una nueva pista importante, un artículo sobre la muerte de su hija.
La expresión de Thøger se apagó, como si hubieran pulsado un interruptor.
Hundió la cabeza en el pecho por un instante y, cuando volvió a alzar la vista, los ojos antes abiertos y amables se habían tornado vacíos y oscuros.
Carl reconoció al momento esa mirada descompuesta de un padre que ha perdido a su hijo; la había visto demasiadas veces.
—¿La muerte de Mira? ¿Por qué quieren volver a eso? ¡Hace tanto tiempo! Este sábado hará diez años que… —El pastor se quedó en silencio.
—Lo sé. No me malinterprete: no investigamos la muerte de Mira; es un caso distinto. Solo me gustaría hacerle unas preguntas, después me marcharé. —Carl sacó su libreta—. Clínica Privada Charis… ¿Le dice algo el nombre?
—Nunca lo había oído, no. —El pastor negó con la cabeza.
—¿Y un hombre llamado Ole Horsten?
—Tampoco. —El pastor lo miraba cada vez más desconcertado.
—¿Jette Horsten? ¿Konrad Horsten?
—Nunca he oído hablar de ellos. ¿Son de esta parroquia?
—¿Y los nombres de Lise y Asger Ritter? Regentaban hace años la farmacia de Fredensborg, y tenían una casa de veraneo en Asserbo.
—¿Asserbo? No, para nada. —La confusión en la mirada de Thøger era más que evidente—. Y tampoco entiendo qué tiene que ver todo esto con nuestra Mira. Mi hija murió en un accidente en el que no hubo más vehículos implicados; los resultados de la investigación policial fueron concluyentes.
Incómodo, Carl cambió de postura en la silla; la americana parecía haber encogido de estar tanto tiempo en el armario.
—Estoy aquí más que nada para descartar que Mira o el accidente que sufrió guarden relación con el caso que estamos investigando. Ya conoce el dicho: no hay que dejar ni una piedra sin mover, ¿verdad?
El pastor asintió en silencio.
—¿Alguna vez mencionó Mira a cualquiera de estas personas o lugares?
—Yo diría que no. Y una clínica privada…
¿Qué iba a buscar ella allí? Por cuestión de principios, estaba en contra de las operaciones estéticas, si es eso lo que está pensando.
—Thøger Dam se quitó las gafas sin montura y se frotó los ojos—.
Era nuestra única hija. Nuestro rayo de sol.
—En su rostro se dibujó una fugaz sonrisa que se desvaneció casi de inmediato, como si le pesara el gesto—.
Estaba en un buen momento de su vida. Estudiaba Ciencias Políticas, la carrera ideal para una joven tan comprometida como ella, que soñaba con cambiar el mundo para mejor.
Además, participaba activamente en política y era una firme defensora de la cooperación internacional: la onu, la ue, la ocde…
todo eso en lo que los viejos cínicos como yo hemos dejado de creer.
Y se había mudado al piso de una buena amiga en la calle Herluf Trolle, en Copenhague.
En definitiva, era feliz. Mi esposa, además, tenía la sensación de que había empezado a salir con alguien, pero nunca llegamos a conocerlo.
—¿No vino al entierro?
—No, que nosotros sepamos —dijo Thøger—, aunque también es cierto que en su momento no nos fijamos en eso.
Lo comentamos después, porque todos los años, en el aniversario de su muerte, alguien envía un ramo de flores a su tumba.
Siempre llegan sin remitente. La verdad es que nos parece un gesto precioso.
Y, si las flores son de ese novio, debe de estar aún de duelo, igual que nosotros.
Pero en la floristería no pueden revelar quién las envía; son las normas.
Thøger Dam bajó la cabeza, y Carl le dio un par de segundos para recomponerse.
—Dice que Mira vivía en Copenhague. ¿Había venido a verlos cuando tuvo el accidente? ¿O quizá estaba de camino hacia aquí? —preguntó Carl.
El pastor sacudió la cabeza.
—Es una de esas cosas que nunca sabremos.
El accidente ocurrió un lunes por la noche, muy tarde.
Iba muy arreglada: un jersey carísimo que mi esposa le había comprado en París y una falda muy fina, nada apropiada para la época del año.
El accidente ocurrió a menos de un kilómetro de aquí, pero aquella noche no la esperábamos.
—¿Así que no sabe qué hacía por esta zona?
El pastor volvió a negar con la cabeza.
—Pensamos que quizá había salido por la noche y necesitaba volver a casa para dejarse mimar un poco. Estábamos muy unidos. Puede que estuviera triste por algo…, pero si se puso al volante después de haber bebido es que las cosas no andaban bien. Normalmente era muy sensata.
Carl asintió y tomó nota.
—¿El coche era de ella?
—Era el viejo coche de mi mujer. Mira no se sacó el carné hasta cumplir los veintitrés; durante años tuvo miedo a conducir, pero al final se armó de valor y ahorró para hacer las prácticas mientras estudiaba.
Nos impresionó tanto que decidimos sorprenderla con el pequeño Ford Ka por su cumpleaños.
—Alzó la vista, con los ojos cargados de culpa—.
No hace falta que le diga cuánto nos hemos culpado por haberle regalado el coche.
A veces pienso que fui yo quien la mató. Le di el arma del crimen.
Carl cerró la libreta mientras digería la última observación del pastor. ¡Qué pesada cruz para un solo hombre!
—¿Nunca descubrieron dónde estuvo antes del accidente?
Thøger volvió a sacudir la cabeza.
—Tenía veinticuatro años y un montón de amigos; ni siquiera los conocíamos a todos. La iglesia estaba a rebosar cuando la enterramos.
—¿Fue usted quien ofició el servicio funerario?
El pastor asintió.
—Yo la traje al mundo, la bauticé, la confirmé… así que también quise ser quien la entregara a Dios. Nuestro Señor debe de tener un motivo para todo esto, aunque sigamos sin saber cuál es. Si no pensara así, no podría hacer este trabajo.
Se puso en pie, salió de la habitación y regresó con una fotografía enmarcada. En ella se veía un caballo castaño rojizo con una escarapela en la brida y, junto a él, una chica de unos quince años, de cabello largo y rubio oscuro, vestida con chaqueta de equitación.
—Esta es Mira —dijo—. Así es como la recuerdo.
—Una joven muy bonita —comentó Carl antes de apoyar brevemente la mano sobre el brazo del pastor y despedirse con un gesto de la cabeza.
Unos minutos después estaba en la carretera Strandvejen, con la libreta en la mano y un sistema nervioso que le pedía nicotina a gritos.
Se palpó todos los bolsillos como loco hasta caer en la cuenta de que sus cigarrillos secretos seguían en casa, escondidos en la caja de herramientas que Mona —al igual que él— solo abría en casos extremos.
Miró su libreta y subrayó la palabra «¿novio?
». Si una estudiante se vestía con sus mejores galas un lunes por la noche, lo más probable es que tuviera una cita.
Pero ¿por qué ese hombre no había asistido al entierro?
No hacerlo, dadas las circunstancias, era, en el mejor de los casos, una falta de respeto, y en el peor, sospechoso.
Carl volvió a sacar el bolígrafo y anotó «¿hombre casado? » en su libreta.
Cruzó la calle y alzó la vista hacia el campanario de la iglesia. Eran las 19.10; en veinte minutos debía estar listo en el escenario del Louisiana. Aceleró el paso y se encaminó hacia el museo, con aire torpe y apresurado.
Se cruzó con un tipo con gorro negro, auriculares sobre la cabeza y las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta que venía en sentido contrario.
Estaba tarareando, y era evidente que no tenía la menor intención de ir a escuchar las divagaciones de Carl sobre lo difícil que era para un autor construir una curva de tensión y personajes creíbles.
No se lo podía reprochar; el propio Carl se sentía agotado solo de pensarlo.
Saludó con la cabeza al hombre que tarareaba y entonces vio a Anni, la responsable de prensa, que lo esperaba en la entrada.
Una completa pérdida de tiempo: no había otra forma humana de describir aquella velada.