Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 40. Tommy
55%

40. Tommy

TOMMY

Como siempre que salía de una reunión de Alcohólicos Anónimos, Tommy se sentía vacío por dentro.

No porque aquellas sesiones lo agotaran, sino porque tenía la sensación de dejar en su pequeño círculo de exadictos al hombre que habría querido ser.

Allí no solo lo animaban a mostrar sus errores y debilidades, sino que incluso lo elogiaban por hacerlo y, aunque al principio asistía tembloroso y avergonzado, había acabado por tomarles cariño a aquellas reuniones mensuales en la biblioteca de Hørsholm.

Miró al cielo y respiró hondo. Ya estaba anocheciendo y el viento hacía remolinos entre los edificios con las hojas caídas.

Vio a Bent, un banquero prejubilado que había sido bebedor empedernido durante veinte años y que no reconoció su problema hasta el día en que casi atropelló a su nieto con el tractor cortacésped.

Al igual que Tommy, Bent siempre dejaba el coche en el aparcamiento cubierto del centro comercial, donde, entre amas de casa con prisas y jóvenes con ropa deportiva, era fácil mantener el anonimato.

Seguramente fueran en la misma dirección, pero Tommy fingió atarse el cordón del zapato hasta que Bent desapareció de su vista.

Nunca le había gustado quedarse a charlar después de las reuniones y ese día, de repente, comprendió por qué: era un mentiroso y un hipócrita, un completo farsante que vivía con el miedo a ser descubierto.

En las reuniones de aa hablaba largo y tendido sobre asumir la responsabilidad por las consecuencias de haber conducido ebrio para él y para su entorno.

Pero, en realidad, el Tommy de verdad no había asumido ni una puñetera responsabilidad.

El Tommy de verdad había arruinado su carrera tras el incidente, pero conducir borracho no era, ni por asomo, lo peor que había hecho esa noche.

Había hecho algo atroz, y la semana pasada había comprendido que el hombre que lo llamó para chantajearlo tenía toda la razón.

Había cometido un acto imperdonable y jamás se lo había contado a nadie.

Ni siquiera había llorado su muerte como era debido, como lo hicieron su familia y sus amigos.

Había reprimido aquel suceso; lo había metido en una caja negra y cerrado la tapa de golpe.

Un fuerte odio hacia sí mismo lo envolvió como una niebla pegajosa, y Tommy se abrazó el torso para conservar el calor mientras se apresuraba dando pequeños pasos por la acera.

Cuando llegó hasta las sombras oscuras del aparcamiento, comprobó el móvil por enésima vez en lo que iba de día.

No tenía llamadas perdidas ni mensajes de WhatsApp.

Habían pasado ocho días desde la llamada de ese desconocido que le exigía aquella cantidad demencial y, aunque había dicho que se pondría en contacto con él la semana siguiente, estaban ya a miércoles por la noche y el chantajista seguía sin dar señales de vida.

Sintió un leve destello de esperanza. ¿Y si todo era una broma de mal gusto, un engaño maquiavélico? Había oído hablar de esos chantajes en los que un anciano confiado recibía la llamada de estafadores profesionales y acababa cayendo en la trampa y entregándoles una suma de cinco o seis cifras.

Pero entonces recordó la imagen de su corbata Ferragamo empapada en sangre, y volvió a sentir el mareo que lo había estado atormentando toda la semana. Dudó incluso de si sería capaz de conducir hasta casa cuando ni siquiera lograba orientarse en el laberinto de hormigón del aparcamiento.

Presionó la llave del coche y sintió un profundo alivio al ver que su Fiat 500 parpadeaba en la oscuridad, a cincuenta metros de él.

Estaba totalmente agotado y lo que más le apetecía era quedarse allí en la penumbra, cerrar la puerta, reclinar el asiento y sumirse en un sueño inconsciente para escapar por completo de las imágenes que lo perseguían.

Tenía que encontrar una alcantarilla y deshacerse del móvil para que aquel tipo repulsivo no tuviera forma de volver a loca…

—Eckert, ¿tienes el dinero? —El desconocido emergió de entre las sombras de repente.

Tommy se dio la vuelta y se encontró cara a cara con un hombre que llevaba un gorro negro, una mascarilla negra y una chaqueta abrochada hasta la barbilla. Solo se le veían los ojos, muy juntos y de color azul claro.

—Cinco millones de coronas, Eckert. Eso era lo pactado. ¿Los tienes?

Tommy levantó involuntariamente las manos en el aire, como si el hombre le apuntara con un arma de fuego. Y así se sentía: como si su vida pudiera terminar en ese instante.

—No tengo cinco millones —tartamudeó—. No dispongo de semejante cantidad de dinero.

El desconocido inclinó la cabeza y entrecerró los ojos.

—La familia de tu mujer va sobrada de dinero, ¿no?

¿No podrías sacarle la cuchara de oro del trasero y sacudirla un poco?

—Con gesto teatral, colocó la mano enguantada delante de la mascarilla—.

¿O es que quizá no has compartido tu pequeño secreto con tu esposa?

¿Nunca ha oído hablar de Mira? —Dejó caer la cabeza hacia un lado.

Tommy sintió un escalofrío. Su coche estaba a solo cinco metros; podría echar a correr, abrir la puerta, cerrarla de un portazo y poner el seguro…, pero le resultaba imposible. Tenía el cuerpo paralizado.

—Puedo conseguir dos. Tal vez dos y medio, no lo sé aún, pero…

—¿Dos millones? —La voz del hombre titubeó un instante. Abrió y cerró las manos enfundadas en guantes negros de cuero antes de dar un paso más—. Estás jugando con fuego, Eckert. Con dos no me basta. Necesito cinco millones, ni una corona menos. ¡Cinco!

El hombre metió la mano en el bolsillo de la chaqueta con un movimiento resuelto. Tommy estaba convencido de que iba a sacar una pistola o una navaja.

Por un momento imaginó cómo su vida se le escapaba, desangrado, cómo iba a morir demasiado pronto y completamente solo sobre ese frío suelo de hormigón…

, pero de repente lo asaltó un pensamiento: «¿No se haría justicia, en realidad?

». Mira había muerto así, demasiado pronto y completamente sola.

Tal vez eso era justo lo que él merecía.

El desconocido le puso un móvil delante de la cara.

—Ahora presta mucha atención —dijo, y empezó a reproducir un vídeo.

Tommy trató de concentrarse en la pantalla.

Al principio solo vio una oscuridad profunda, acompañada de un extraño zumbido murmurante, pero cuando la cámara se desplazó hacia arriba, comprendió que era el sonido de la lluvia al caer sobre un manto de hojarasca, sobre un árbol con un tronco de un metro de grosor y sobre el techo humeante de un coche.

El vehículo, si es que todavía podía llamarse así, era un Ford Ka azulado, con el capó enrollado casi por completo alrededor del tronco del árbol.

El impacto debía de haber empujado el motor hacia el interior del vehículo.

Al principio, la cámara se mantuvo a distancia.

La persona que grababa estaba, sin duda, oculta entre unos matorrales, porque había pequeñas ramas y hojas marrones que enturbiaban la visión.

Pero entonces enfocó de cerca la escena, y Tommy comprendió, horrorizado, que el vídeo reproducía con exactitud todo lo que había revivido en sus pesadillas durante los últimos diez años, salvo que su mente siempre había recreado la escena desde dentro del vehículo, y ahora la veía desde fuera.

Vio cómo se abría la puerta del copiloto y cómo del Ford Ka salía un hombre con camisa blanca, de espaldas y tambaleándose.

Lo observó ponerse en pie y situarse a dos o tres metros del coche, encorvado y asustado, como si estuviera en un planeta desconocido intentando defenderse de un entorno hostil.

Entonces dio un par de pasos hacia la puerta abierta y miró con cautela en el interior del vehículo.

Incluso a través de la pantalla se podía apreciar lo sobrecogido que estaba.

Se incorporó y permaneció indeciso unos segundos, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados por el miedo.

De pronto, su cuerpo reaccionó y, con movimientos rápidos y decididos, metió los brazos en el coche y sacó algo: una chaqueta de traje y una bolsa de fin de semana.

De dentro de la bolsa, el hombre arrancó un jirón de lo que parecía una camiseta…

No, Tommy sabía que era una camiseta, porque era la suya.

Quien estaba en aquella curva cerrada, en aquella carretera mojada, borrando sus huellas de la manilla del coche y del salpicadero no era otro que él en 2013.

Era él quien cerraba la puerta y agarraba la bolsa, quien se ponía la chaqueta y miraba a su alrededor, desorientado, antes de marcharse.

Tommy se vio a sí mismo, diez años más joven, huyendo bajo la lluvia por una carretera desolada, justo antes de que la cámara hiciera otra panorámica del coche y el vídeo se detuviera.

—Sí, y entonces te largaste —dijo el desconocido, agitando el móvil frente a la nariz de Tommy—. Te largaste y dejaste a Mira sola en el coche.

—Estaba muerta —se oyó decir a sí mismo.

—No, no lo estaba. Hacía frío; se veía el vaho de su respiración, le salían nubecitas blancas por la boca abierta. De eso también tengo un vídeo, si lo quieres ver.

Tommy negó con la cabeza. No le hacía falta ningún vídeo.

El recuerdo de Mira con la cabeza apoyada en el volante, el jadeo de su respiración, la sensación de su sangre caliente y pegajosa en sus propios dedos cuando probó a despertarla…

Lo tenía todo grabado en el alma. Las imágenes, la sensación, el sonido…

lo llevaban atormentando desde hacía diez años.

—Podría haberse salvado si hubieras llamado al 112.

O mejor aún, si aquella noche no le hubieras pedido a tu joven amante de apenas veinticuatro años que se pusiera al volante.

—El desconocido dio un paso atrás, como si Tommy le repugnara—.

Cinco millones de coronas, Eckert, o el vídeo acabará en manos de la prensa.

—Pero no puedo… —balbuceó Eckert.

—No creo que haga falta cursar muchos créditos de Periodismo para reconstruir los hechos a partir de las imágenes y vídeos que tengo —interrumpió el desconocido—.

La cosa sería más o menos así: en octubre de 2013, el intachable ministro de Sanidad se fue a una posada rural con su jovencísima amante.

Cenaron bien y bebieron en exceso porque tenían previsto pernoctar allí.

Pero ocurrió algo inesperado, y el ministro y la muchacha (o sea, Mira y tú) decidieron marcharse del lugar a toda prisa.

El desconocido hizo una pausa, y Tommy levantó la mirada, desorientado. No recordaba lo sucedido en la posada. Por más que lo intentara, no lograba recordar por qué Mira y él no se habían quedado a pasar la noche allí como habían planeado.

—Pero el coche derrapó en el asfalto mojado…, quizá ella no distinguió a tiempo la curva en la oscuridad…, y qué quieres, si es que la pobre chica acababa de sacarse el carné de conducir.

Tommy apretó los ojos con fuerza. El chirriar de los neumáticos, la imagen del árbol que se les venía encima, con la corteza gris como una roca… Todo se reproducía dentro de su cabeza.

—El coche impactó de frente contra un árbol.

—Con cada palabra, el hombre iba subiendo el tono de voz—.

Y mientras la chica permanecía atrapada e indefensa dentro del vehículo, el ministro de Sanidad decidió que su carrera y su matrimonio valían más que la vida de su amante, ¿verdad?

Mientras la vida de Mira se apagaba lentamente, tú echaste a correr bajo la lluvia, de vuelta a la posada, recogiste tu coche y pusiste rumbo a Copenhague.

—El desconocido estaba exaltado—. El plan era olvidarlo todo, ¿verdad, Tommy?

Volver a casa, meterte en la cama con tu mujer y hacer como si allí no hubiera pasado ni una puñetera cosa — escupió esas últimas palabras señalándolo con un dedo acusador—.

Pero entonces… —el hombre alzó el dedo índice—, en un giro de justicia poética, esa misma noche te paró la policía y tu vida se derrumbó.

—Esa noche lo perdí todo. —Tommy hablaba al suelo de hormigón, sin atreverse ya a mirar al hombre—. Mi trabajo, a Mira, mi matrim…

—¡Sabes que eso no es cierto! Recuperaste tu trabajo, tu matrimonio sigue en pie, y Mira… Mira te importaba una mierda. ¡A ti nadie te importa una mierda! —El tono de voz del desconocido había bajado al menos una octava y ya no hablaba, gruñía. Tommy se asustó aún más.

—Sí, ¡sí me importaba! ¡Yo a Mira la quería de verdad!

—Ni se te ocurra hablar de amor, ¿me oyes? No tienes derecho a hacerlo. ¿Cuántas veces has ido a visitar su tumba en estos diez años? Ninguna, ¿verdad?

Tommy alzó la vista y lo miró. Lo invadió una sensación de paranoia, como si lo hubieran estado siguiendo durante años. ¿Cómo podía aquel hombre saber todas esas cosas? ¿Cómo sabía que estaría en un aparcamiento de Hørsholm en ese preciso momento?

—Ahora voy a darte una pequeña lección, Eckert.

¿Me escuchas? —Respiraba tan fuerte que su mascarilla negra se inflaba y se le pegaba a la boca con cada movimiento—.

Todo lo que hacemos, o dejamos de hacer, tiene consecuencias para los que nos rodean.

Nuestras decisiones pueden arruinarles la vida a otras personas, ¿lo entiendes?

No, eso jamás lo entendiste. Pero sí tomaste decisiones y les arruinaste la vida a otros.

No solo a Mira. Y jamás has pedido perdón, ¿verdad?

Nunca has asumido tu responsabilidad, pero ahora no te va a quedar más remedio que hacerlo.

—Pero ¿qué es lo que he hecho…? —A Tommy le flaquearon las piernas y sintió una necesidad imperiosa de dejarse caer de rodillas, de suplicarle al desconocido, o a cualquier dios misericordioso, que tuviera piedad.

No entendía nada; solo sabía, por la mirada taladrante del hombre, que ahora su vida estaba en sus manos.

—Cinco millones de coronas. Tienes hasta el sábado.

De lo contrario, todas las imágenes y todos los vídeos de aquella noche acabarán en un usb, en la recepción de Gossip o de cualquier otra revista basura.

Quizá adjunte también tu corbata empapada en sangre, para darle un toque de color a la historia.

—¡Pero no sé de dónde voy a sacar tanto dinero…! —La voz de Tommy rebotó contra las paredes de hormigón y regresó convertida en un eco de pánico.

—El sábado por la tarde en el norte de Selandia; una hora antes del encuentro te confirmaré la hora exacta y la dirección —dijo el hombre. Después se giró bruscamente y se apresuró hacia la salida del aparcamiento.

Tommy comprendió que solo tenía dos opciones si quería sobrevivir al fin de semana, ambas igual de desesperadas.

O conseguía los 5 millones, o tendría que matar a ese desconocido.