Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 39. Assad
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39. Assad

ASSAD

—Rose lleva todo el día con Terje. Han encontrado a un auditor muerto en Hvidovre.

—Assad sostenía el móvil sobre el regazo mientras contemplaba la descuidada casa adosada de Ballerup a la que acababan de llegar.

El jardín delantero estaba tan desatendido que apenas dejaba ver las losas que conducían a la entrada.

En el buzón aún se podía leer «Mariann desde la entrada se podían ver el salón y el jardín, pero todas las superficies, desde el pequeño mueble de la entrada hasta el sofá y la mesa del comedor, estaban abarrotadas de cachivaches, algo que Assad solo había visto en programas de televisión estadounidenses sobre acumuladores compulsivos: propaganda, cajas de cartón, envases vacíos y ropa por todas partes.

Los únicos muebles medianamente ordenados eran una cama canapé apoyada contra la pared del fondo del salón y un equipo de música en la ventana.

Más allá del desorden, el mobiliario era en realidad bastante bonito.

Las paredes debían de haber sido blancas antes de que la nicotina y la falta de ventilación las amarillearan, y tanto el salón como la cocina estaban equipados con muebles de gama media.

Un hogar bonito, ahora sumido en el abandono, que dejaba patente que aquel hombre había perdido mucho más que a su esposa.

—¿Por qué no habéis venido hasta ahora? Intenté durante años que la policía investigara el caso de Mariann. —Le temblaba el labio inferior—. La prensa se ha desentendido por completo. La última vez que hablé con un periodista de Gossip , me llamó «Max, el Maníaco». ¿Qué os parece?

A Assad no le pasó desapercibido que la voz del hombre se elevaba hasta el falsete cuando se enfadaba.

—Estamos investigando el asesinato de Ole Horsten, el presidente del Consejo de Administración de la Clínica Privada Charis —dijo Helena.

Max la miró perplejo.

—Horsten se suicidó y, francamente —se le escapó de nuevo la voz de falsete—, yo también lo habría hecho si fuera él. Debía de tener la conciencia más negra que un infierno sin llamas.

—No fue un suicidio. A Horsten lo agredieron en su casa y luego lo tuvieron retenido en Asserbo antes de estrangularlo.

—Helena hizo una pequeña pausa dramática—.

Antes de eso había recibido varias amenazas.

Y pensamos que usted, después de la muerte de su esposa, empezó a cartearse con Ole Horsten y el director médico de Charis, Kaare Berg.

Pero no eran precisamente lettres d’amour las que enviaba, ¿verdad?

—Significa «cartas de amor» —puntualizó Assad.

Max Clausen lo miró fijamente.

—Me da que no lo ha pillado, Assad —insinuó Helena, sin apartar la vista de Clausen.

—¡Es que el hombre no entiende a la escoria árabe como yo! Tendremos que intentar adaptarnos —ironizó Assad, guiñándole un ojo a Helena, que esbozó una sonrisa fugaz.

Entonces Max abrió los ojos de par en par.

—¿Creéis que tengo algo que ver con la muerte de Horsten? ¿Es eso lo que estáis insinuando?

El hombre demacrado se dejó caer con dificultad en un taburete y se reclinó, apoyando los hombros contra la pared. Por un instante pareció que iba a romper a llorar, pero los amagos de sollozo acabaron convirtiéndose en una especie de risa ahogada.

Helena metió la mano en el bolso, sacó una fotocopia y la sostuvo frente al rostro de Max. Las palabras «asume tu responsabilidad. o cierras charis, o tú y tu familia os arrepentiréis» podían leerse a varios metros de distancia.

—¿Fue usted quien escribió estas cartas?

Max no titubeó ni un segundo.

—¡Pues claro que fui yo, maldita sea!

—¿Y qué pensaba conseguir con ellas?

—Exactamente lo que dice ahí —respondió Max.

Siguió la mirada de Assad, que se había detenido en una fotografía enmarcada de la pared del recibidor en la que se veía a una mujer joven con un vestido azul de fiesta y a un Max más arreglado, en traje, delante del Teatro Real de Copenhague.

La foto debía de haberse tomado al menos veinticinco años atrás.

—Mariann llevaba tiempo ahorrando para costearse la operación —dijo Max.

Su voz sonaba ahora un poco más sosegada—.

Habíamos planeado un viaje a la Ópera de Viena, en 2019; su gran sueño era poder volver a ponerse ese vestido azul.

Pero la mataron con sus chapuzas. —Su mirada se volvió a clavar en Helena, y el tono de su voz se elevó de nuevo—.

Se ofrecieron a reembolsarme los costes y un poco más, pero a mí no me interesaba su sucio dinero.

¡Quería que asumieran la responsabilidad de sus errores! ¡Quería una disculpa!

—Y si no, ¿qué? —Assad señaló el papel que Helena tenía en la mano—. ¿Le escribió a Ole que él y su familia se arrepentirían?

Max sacudió la cabeza.

—¡Solo quería que supieran que existo! —El labio inferior le volvió a temblar—.

A la gente como nosotros, como Mariann y yo, que no tenemos grandes titulaciones ni vamos sobrados de dinero, nadie nos ha regalado nunca nada.

Pero también somos alguien. Mariann era alguien, y eso es lo que yo quería que reconocieran.

Helena se puso de cuclillas frente a él y permaneció un par de segundos en silencio.

—Lo entiendo a la perfección —dijo al fin.

En el recibidor se hizo un silencio tan profundo que pudieron oír cómo el equipo de música del salón se apagaba solo, mientras Helena y Max seguían mirándose fijamente.

—¿Ha estado en Asserbo hace poco? —interrogó Assad, sintiéndose extrañamente excluido de la conversación.

—¿Y qué iba a hacer yo en Asserbo? ¿Tienes idea de lo aburridas que pueden ser las vacaciones de un viudo prejubilado? —Max alzó la cabeza un instante, pero enseguida volvió los ojos hacia Helena. El silencio invadió de nuevo la estancia.

—¿Desde cuándo usa ese bastón? —preguntó Helena.

—¿Este? —Max lo sostuvo en posición horizontal—. Es bastante nuevo. Material ligero y tres patas, para apoyarlo sin que se caiga.

—Quiere decir que cuánto hace que necesita bastón para andar —puntualizó Assad.

Max lo ignoró. Aún no había apartado la mirada de Helena, y Assad no podía culparlo: aquellos ojos verdes eran como imanes.

—Desde el accidente —dijo por fin.

—¿Qué accidente? —consultó Helena con la empatía de una buena amiga.

—Soy techador, o bueno… lo fui hasta 2015, cuando me caí del andamio a dos metros de altura y me rompí la cadera.

Desde entonces me cuesta andar recto porque la pierna izquierda se me quedó más corta.

Y el dolor… —El rostro se le contrajo en una mueca—.

Lo único bueno es que ya no me pierdo: siempre giro sobre mí mismo. —El chiste sonaba trillado.

Helena se levantó, le dio las gracias a Clausen por atenderlos y se dirigió a la puerta.

—Nos pondremos en contacto si surge algo más. —Y desapareció por el jardín delantero.

Assad le hizo un gesto con la cabeza al hombre, que seguía en el taburete con expresión de estupor, y se apresuró a seguirla.

—No ha sido él —aseveró Helena cuando Assad la alcanzó junto al coche.

—Ya… ¿y estás del todo segura?

Ella lo miró como si se le estuviera escapando lo más obvio.

—Por supuesto que lo estoy. Para empezar, a Jette Horsten la ataron a una cama en el sótano. Nuestro amigo Max duerme en el salón y no en la habitación del primer piso. ¿Por qué? Porque ya no puede subir las escaleras. Además, ¿no viste las huellas delante de la caravana?

Assad trató de recordarlas. Francamente, había estado concentrado en otro tipo de cosas, como en el hecho de que le acababa de explotar encima una caravana.

—Había huellas de los dos pies, izquierdo y derecho, ambas igual de nítidas. No podrían ser de un hombre que se apoyara más sobre la pierna derecha al caminar —dijo Helena. Encendió el motor y arrancó antes de que Assad acabara de cerrar la puerta.

Él no se atrevió a abrir la boca hasta que se incorporaron a la carretera de circunvalación.