Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 38. Terje #2
52%

38. Terje #2

Terje soltó una risa breve y seca.

—Dime, ¿tú cómo llegas a estas conclusiones?

Esto ya roza la paranoia. ¿No duermes bien?

—Bajó la voz—. Ya sabes que puedes acudir a nuestra psicóloga interna siempre que lo necesites —añadió, apoyando la mano con firmeza en el hombro de Rose.

A continuación, se dio la vuelta y entró en el edificio, pero ella no estaba dispuesta a dar por finalizada la conversación.

—Gracias por la consulta, doctor Ploug —ironizó, acelerando el paso para no perderlo de vista—.

Pero dime, ¿por qué al buscar en Google no aparece nada sobre ella?

Que en 2023 no haya ni rastro en Internet de una mujer de cuarenta y cuatro años debería ser motivo de alarma: o está muerta, o es una delincuente.

—Rose, no tengo tiempo para más tonterías. —Los ojos le echaban chispas y no hizo el menor esfuerzo por disimularlo.

Sí, estaba al tanto del pasado de Helena, de un grave incidente cuando solo era una investigadora joven y sin experiencia, pero de eso hacía más de diez años y, a su juicio, no era motivo para descalificarla.

Por esa regla de tres, también él habría tenido que jubilarse cuando le dispararon en la espalda.

—¿Por qué está revisando las cámaras de vigilancia de Brønshøj? ¿Son órdenes tuyas?

Terje bajó un poco el ritmo.

—¿Brønshøj?

—Sí —dijo Rose alzando la barbilla, satisfecha por haber sembrado la duda en Terje—. Helena ha sacado información de polcam que nada tiene que ver con nuestra investigación. Parece tener un especial interés en una serie de direcciones de Frederikssundsvej. ¿De qué se trata?

Terje suspiró.

—La verdad es que no tengo ni idea. ¡Pregúntaselo a ella!

Seguro que estaba siguiendo alguna pista o una hipótesis.

Rose, por lo que yo sé, tú vas a lo tuyo montones de veces, y además sin sentirte en la obligación de justificarte ante nadie.

Sin ir más lejos, ahora mismo te estás metiendo en mi investigación.

Con Rose pegada a los talones, entró en un despacho donde encontraron a dos jóvenes concentrados ante la pantalla del ordenador. Los dos analistas, con vaqueros desgastados y camisas holgadas, habían pasado los últimos días revisando las cuentas de la panadería TaTo.

—Buenos días, caballeros. Hoy traigo refuerzos. ¿Conocéis a Rose Knudsen, del Departamento Q?

Uno de ellos se presentó como Lukas, pero no parecía el tipo de persona que se entretuviera en conversaciones triviales.

—Terje, en esto que nos has traído hay algo raro —señaló—. No entiendo mucho de panadería, pero según las cuentas, en TaTo compraban todos los meses suministros por el valor de diez mil coronas o más. Mira. —Giró la pantalla para que Rose y Terje pudieran ver el balance de cuentas de la panadería.

—¿Y? Para tomarse un café y un pastel en un sitio así casi hay que pedir una hipoteca —dijo Rose.

—Es que no consigo que los ingresos de TaTo encajen con gastos de ese calibre.

—¿No era un negocio rentable? —preguntó Terje.

—El año pasado, TaTo apenas llegó a cubrir gastos, aunque, sorprendentemente, había bastante efectivo en caja. Pero hay algo aún más extraño. —Lukas deslizó el cursor hacia abajo—. Según los interrogatorios, además de la dueña, había tres empleados fijos y tres o cuatro ayudantes jóvenes.

Terje asintió.

—Correcto. En la cafetería había una chica menor de edad cuando se produjeron los disparos.

—Pues, en las cuentas los sueldos no aparecen por ningún lado. De hecho, los gastos de personal son irrisorios. Y Marje Bakker ni siquiera se pagaba un sueldo a sí misma, así que cómo se apañaba para costear el alquiler y la comida es todo un enigma.

—Habrá sobrevivido a base de pasteles —intervino Rose—. ¿Podemos ir al grano?

Terje le lanzó una mirada de advertencia. Los pasos intermedios de la investigación —a no ser que fueran los suyos propios— nunca habían sido el plato fuerte de Rose, pero era importante no pasar por alto ni el más mínimo detalle.

—¿Sospechas de blanqueo de dinero? —preguntó.

—Es una posibilidad —asintió Lukas—. Desde luego, en las cuentas hay ciertos indicios: algunas facturas son casi idénticas, aunque proceden de proveedores distintos.

Mismo tipo de letra, mismo formato. Estamos tratando de averiguar qué sucedió exactamente, pero una de las hipótesis es que TaTo pagó facturas desorbitadas por mercancías o servicios que nunca recibió.

Por ejemplo, hay una factura de cien camisetas de impresión especial y cien botellas de vino dulce caro (artículos promocionales, supongo), pero en los estantes de TaTo no habéis visto ropa ni vino de Oporto, ¿verdad?

—Nada. —Metódico, Terje iba tomando notas en su libreta.

—Exacto. Mi teoría es que esas camisetas y botellas jamás se entregaron, pero Marje Bakker recibió el importe de la factura en efectivo.

—¿Además de una pequeña bonificación? —Terje alzó la mirada.

—Es el procedimiento habitual para el blanqueo de dinero en empresas establecidas, sí.

—O sea, que ella pagaba una factura por mercancías ficticias a través de su banco online y luego recuperaba el dinero en efectivo. ¿De dónde salía ese dinero? —Rose parecía pensar que había llegado la hora de volver a meter baza.

—Buena pregunta. Detrás de estas extrañas facturas debe de esconderse alguna red criminal que necesita blanquear grandes sumas de dinero. En ese sentido, lo más seguro es que Marje Bakker solo fuera un instrumento. Tal vez la estuvieran chantajeando.

Lukas miró a Terje con expresión apesadumbrada, y Terje comprendió con exactitud por qué.

Con aquella información, los brutales disparos contra la dueña de la panadería dejaban de ser un simple homicidio para convertirse en un caso de extraordinaria complejidad, que seguramente exigiría la intervención de la Unidad contra el Crimen Organizado e incluso la colaboración de colegas internacionales.

—Pero entonces la dueña debía de tener un montón de dinero en efectivo pululando por ahí, ¿no? Hoy en día no puedes pagar el alquiler ni comprarte un coche nuevo con dinero en metálico —intervino Rose.

Lukas asintió.

—Debió de darle más de un quebradero de cabeza, sí. Quizá lo usara para pagar los sueldos. En cualquier caso, no estamos hablando de calderilla.

—Pero ¿no tenía un auditor? ¿Por qué no hizo saltar las alarmas? —intervino Terje.

—El informe de auditoría lo firma un tal Knud Nilsen, un nombre que de entrada no nos dice nada. Tiene una empresa unipersonal registrada en su domicilio particular, en Hvidovre.

—Habrá que localizarlo. —Terje anotó la dirección y miró a Rose—. Muy bien, Rose, si de todas formas tenías pensado seguirme durante todo el día, ¿por qué no te acercas hasta allí conmigo?

Al cabo de veinte minutos aparcaron frente a una vivienda unifamiliar roja cerca del parque junto a la playa de Hvidovre.

En la cochera se estaba cargando un Toyota eléctrico de un modelo bastante nuevo y, cuando Terje llamó a la puerta, un perro empezó a ladrar, alterado, desde el pasillo.

Como nadie abría, se acercó a la ventana de la cocina para echar un vistazo.

Estaba entreabierta, pero bien asegurada con un limitador de apertura y, aparte del perro, la casa parecía desierta.

Según el padrón, el auditor de cuentas de sesenta y tres años vivía solo.

Al parecer, era una persona muy metódica: no había platos sin fregar en la encimera ni un triste paquete de tostadas o un bote de café a la vista.

—Es miércoles por la mañana. Quizá esté visitando a un cliente —sugirió Rose, que acababa de regresar del jardín, después de comprobar que no estaba allí.

—¿Sin el coche? —A Terje algo le daba mala espina—. Voy a llamarlo; tenemos que hablar con él cuanto antes. —Sacó el móvil y marcó. En ese mismo instante oyó un leve zumbido.

Rose apoyó las manos en la ventana y miró hacia la cocina.

—El móvil está ahí cargándose. Si no está en casa, debe de andar muy cerca. —Se dirigió hacia la puerta principal y puso la mano en el picaporte para intentar abrirla.

Para sorpresa de Terje, la puerta cedió y un labrador negro salió disparado. De cerca, el animal no parecía tan aterrador, sino más bien contento de verlos. Saltó emocionado sobre Rose y le lamió la cara.

—Tranquilo, campeón —dijo Terje, dándole palmaditas para calmarlo. Luego avanzó hacia el interior de la casa. El aire estaba cargado; la atmósfera, enclaustrada—. Aquí pasa algo raro.

Se dirigieron primero hacia el salón, de donde les llegó un hedor insoportable. Olía a excremento de perro. Y a descomposición.

El cadáver yacía entre el sofá y la mesita de café.

Knud Nilsen —Terje supuso que era él— vestía pantalones de pana oscuros, una camisa blanca y un fino jersey gris.

Estaba boca arriba, con los pies orientados hacia Rose y Terje y los brazos caídos a los lados, como un títere agotado.

La sangre del disparo en el pecho ya se había secado sobre el parqué.

Era evidente que llevaba bastante tiempo muerto.

—¡Hay que llamar a los peritos ahora mismo!

—exclamó Terje e intentó atraer al perro con voz suave, mientras el animal daba vueltas, alborotado, alrededor de su dueño muerto.

Al auditor le faltaban una oreja y un trozo de la mejilla: el labrador debía de haber pasado hambre hasta el punto de la desesperación.

No era la primera vez en la historia de la policía que ocurría algo así, y tanto él como Rose conocían casos similares e incluso peores, pero la escena pareció afectarla más a ella. No en vano, el perro le había lamido la cara hacía apenas un momento.

Se tambaleó un instante y se cubrió la boca con la mano. Justo cuando estaba a punto de salir del salón en dirección a la puerta principal, sonó el móvil.

—Estoy con un cadáver. Te llamo luego —dijo, medio ahogada, antes de salir al jardín delantero y vomitar sobre el seto del auditor.