Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 38. Terje
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38. Terje

TERJE

Cuando Terje Ploug decía que adoraba su trabajo como jefe de Homicidios, que lo disfrutaba, la gente lo miraba como si fuera un marciano.

Entendían su sentido del deber, pero ¿cómo se podía disfrutar de una vida profesional que lo obligaba a presenciar las más crueles atrocidades y que acumulaba más penas y desgracias de las que un pueblo entero soporta en generaciones?

Lo cierto es que lo que agradaba a Terje no eran los homicidios ni las escenas del crimen en sí, sino el enigma, el tener ante él un confuso revoltijo de pistas, fragmentos y cabos sueltos e ir conectándolos poco a poco hasta conseguir la imagen completa.

Identificar patrones y lograr que todo encajara: esa sí era su verdadera pasión.

Su esposa, unos años más joven, solía burlarse cariñosamente de su obsesiva manía por el orden y le decía que, de haber sido niño hoy en día, ya le habrían diagnosticado algo.

Pero Terje disfrutaba cargando el lavavajillas, emparejando los calcetines o apilando la leña con una precisión digna del Tetris, y allí, en el sótano de Criminalística, donde las primeras piezas empezaban a encajar, Terje se encontraba en su elemento.

Y, por lo tanto, no quería que nadie lo interrumpiera bajo ningún concepto.

El día anterior, un operario de carretera había encontrado una pistola sig Sauer en la cuneta de la autopista de Lyngbyvej, cerca de la salida hacia Gentofte.

Al parecer, la habían arrojado por la ventanilla de un coche, y aún no se podía descartar que se hubiera usado en un delito, quizá incluso tenía conexión con el homicidio de la dueña de la panadería.

En cualquier caso, el calibre coincidía, así que Terje y Tue, uno de los peritos en balística del Centro Nacional de Criminalística en Ejby, se habían puesto los protectores auditivos y las gafas de seguridad, y se disponían a probar la pistola cuando la puerta se abrió y Rose Knudsen irrumpió bruscamente en la galería de tiro.

Terje reprimió un suspiro. La calma y la tolerancia no se encontraban entre las muchas virtudes de Rose. Alzó una mano y logró frenarla a tiempo, justo antes de que estallara.

—Tápate los oídos. Tue va a disparar —la advirtió.

Se oyó un fuerte estampido cuando el perito disparó a un recipiente metálico lleno de agua.

El proyectil intacto acabó en el fondo del recipiente; ahora podrían examinar tanto el proyectil como el casquillo y comprobar si la pistola había dejado alguna marca característica.

Era algo así como un análisis de huellas dactilares para armas de fuego.

—¿Habéis encontrado el arma del crimen de la panadería?

—Aún no estamos seguros. Esta pistola apareció ayer. —Escudriñó a Rose durante unos segundos—. ¿Ha pasado algo? Te noto un poco…

—Sí, tengo que hablar contigo a solas. Es importante. —Resopló de una forma poco habitual en ella.

—¿Es un tema privado? —Terje bajó la voz y se alejó un poco de Tue.

Ser jefe de Homicidios conllevaba también mantener a raya a una jauría de egos exigentes y temperamentales, pero desde el primer día había decidido que todos tenían cabida en el departamento.

Rose era una cascarrabias de tomo y lomo, pero su capacidad de investigación y su dedicación le daban mil vueltas a cualquiera, así que no tenía más remedio que soportar aquel rostro lívido de ira que tenía ante él.

—¿Privado? No, por Dios, ¡qué va a ser privado! ¿Cuánta vida privada crees que he tenido yo en los últimos veinte años, trabajando como una burra para la administración, eh? He…

Terje levantó ambas manos para calmar la situación.

—Vale, vale, vale…, pero ahora mismo no tengo ni tiempo ni ganas de escuchar nada sobre el caso Horsten, Rose. De eso ya os ocupáis vosotros, y con mi plena confianza —dijo, y hablaba en serio.

La opinión pública aún no conocía los últimos avances del caso Horsten, mientras que el asesinato de la dueña de la panadería acaparaba todos los titulares, así que Terje tenía muy claro dónde estaban sus prioridades como jefe de Homicidios.

—O sea, que no conseguís avanzar en la investigación de TaTo. —Rose tenía un extraño talento para meter el dedo en la llaga.

—Bueno…, hemos solicitado un examen más exhaustivo del casquillo que Helena encontró en la amasadora de la panadería, para luego compararlo con la base de datos de la Europol, porque en principio no hay coincidencias ni en el registro danés ni en el sueco.

—Entonces, ¿el arma homicida no se había usado antes en Dinamarca?

—Probablemente no, pero las armas suelen circular entre las redes de delincuentes, así que quizá se haya usado en otro lugar de Europa. —Terje se quitó los protectores auditivos y, con un gesto, le indicó a Tue que se marchaba.

Rose lo siguió escaleras arriba hasta el exterior.

—Pero las redes de delincuentes y la amable dueña de la panadería… Ahí hay algo que no concuerda, ¿verdad?

Terje hizo un gesto de resignación con el brazo.

—Así es. Marje Bakker no tenía ni siquiera una multa por exceso de velocidad en su expediente.

—¿Y los culpables? ¿Se esfumaron sin más? —Rose intentaba seguirle el paso mientras Terje cruzaba el patio en dirección al edificio vecino.

—Conseguimos localizarlos en algunas grabaciones de vídeo, pero el coche no tenía matrícula y les perdimos la pista en Lyngbyvejen, en dirección norte.

Mi equipo ha volcado el móvil de la fallecida y está examinando el historial de llamadas.

Justo antes del crimen, hay un intercambio de sms algo misteriosos que estamos intentando descifrar.

—Se detuvo a la entrada del edificio principal, donde se encontraba la Unidad Nacional de Crímenes Especiales.

Fue entonces, a la luz del día, cuando reparó en el mal aspecto de Rose.

Su rostro, antes rojo de indignación, tenía un tono gris pálido—.

¿De qué querías hablar conmigo? Ahora tengo que ir a ver a los chicos de contabilidad, pero tú deberías tomarte el día libre, Rose. Estás demasiado pálida.

Rose ignoró sus intentos de mostrar que se preocupaba por ella.

—Quiero saber quién es Helena y qué hace en el Departamento Q.

—¿Helena Henry? —preguntó Terje, sorprendido.

—Sí, si te apetece llamarla así…

Terje la miró. ¿Qué diablos querría decir con eso?

—Pues… ya que lo preguntas, es una investigadora excelente y el complemento perfecto para el Departamento Q —dijo Terje, aunque en realidad no tuviera que rendir cuentas a Rose por sus decisiones de personal.

—¿Y eso por qué? ¿La conoces? ¿Qué hizo en Lyon?

Terje guardó silencio un instante, tanteando los bolsillos del pantalón en busca del cigarrillo electrónico. Era en momentos como ese cuando más echaba de menos su pipa.

—Helena se formó como policía en Francia, hizo cursos complementarios en la Facultad de Derecho y también aprobó una docena de cursos de actualización en técnicas de investigación; tiene bastante más preparación académica que la mayoría del personal del Departamento Q.

Estudió el rostro de Rose y observó que sus comentarios tenían justo el efecto que buscaba. ¿A qué venía tanta desconfianza? ¿Era simple envidia o algo más?

—Sí, la madame es tan inteligente que puede prescindir del cerebro y de los buenos modales —soltó Rose—. Pero dime, ¿qué sabes de ella como persona?

Terje estaba perdiendo la paciencia. A los suyos solía darles margen de maniobra, y a Rose más que a nadie, pero esta vez estaba yendo demasiado lejos.

—Viene con las mejores recomendaciones de Lyon y punto. En mi unidad no revolvemos en la vida privada de nadie antes de contratarlo.

Le sostuvo la mirada a Rose unos segundos, en un gesto que pretendía recordarle que ella, por el contrario, no tenía formación policial formal y no estaba precisamente libre de sombras.

—O sea, que no la conoces de nada. Podría estar loca de remate: chiflada, tarada, desquiciada o haber nacido en el planeta de los pirados, y aun así seguirías convencido de que es «perfecta» para el Departamento Q —dijo Rose, trazando unas comillas en el aire.

—Pues sí —afirmó Terje, abandonando la búsqueda del cigarrillo electrónico y conformándose con un paquete de chicles de nicotina—. Y, la verdad, acabas de hacer una descripción bastante exacta del Departamento Q.

Rose no pudo seguir disimulando su indignación.

—Es que no entiendo por qué hablas con ella todo el rato.

Según Helena, mantenéis conversaciones «no relacionadas con el caso».

Además, la orientas a ella y no a mí sobre las conclusiones técnicas del caso Horsten, cuando la responsable de facto de esa investigación soy yo. ¿Estás liado con ella? —explotó Rose.

Terje sacudió la cabeza, irritado, como si algo repugnante se le hubiera pegado al pelo.

—¡Mira una cosa! Sé que habéis pasado por un período turbulento: Carl se marchó, luego la dimisión de Gordon…

Ha sido duro para vosotros, y sé muy bien que la dinámica del sótano cambia cuando llega alguien de fuera, pero te estás comportando como una niña mimada y una esposa resentida al mismo tiempo. ¡Y con eso no puedo, Rose, joder!

—Disculpa —dijo Rose, en un intento de suavizar las cosas—. Solo que me sorprende que incorporéis gente nueva justo cuando planeáis cerrar el Departamento Q.

Terje levantó una ceja.

—No tengo la menor intención de cerrar el Departamento Q.

Al contrario, hago todo lo posible por evitarlo, y por eso mismo os he enviado a una compañera tan competente.

Para mí, el Departamento Q debe reforzarse y ampliarse, y no solo por el aprecio que os tengo —aclaró, subrayando la idea con una breve pausa—.

No puedo permitirme prescindir de las partidas especiales que, por razones que se me escapan, se le siguen asignando a este departamento.

Rose abrió la boca, pero Terje levantó un dedo de advertencia.

—Y en cuanto a Helena…, debes confiar en mí cuando te digo que vale. No es que tengáis fama de recibir a los nuevos con los brazos abiertos; piensa en el pobre Gordon, pero…

—Gordon era un espía de Lars Bjørn. ¿Trabaja Helena como espía para ti? —preguntó Rose.